Caminaban en la oscuridad, en una noche de estrellas. El León que arde, la amante del infinito y el camaleón.
El camino era el que recorrían todas las noches, (camino que no los volvería a ver nunca más, no a los tres), el asar de la riqueza más pura enriquecía su caminar, y las luces voladoras, almas que murieron felices los iluminaban, al fondo se miraba la tierra de fuego, pero su destino era el valle silencioso.
Corrieron el último tramo del camino y se adentraron al valle silencioso, hasta el lugar desolado, donde no hay vida ni muerte que lo habite. El león que arde le dijo al camaleón:
-Enséñame los secretos de las estrellas y yo te enseñaré mi paz interior.
Es un trato justo, -dijo el camaleón-. Apuntando con su dedo hacia el cielo comenzó con la lección:
-Aquella constelación es Andrómeda, hija de Cefeo y Casiopea, Perseo la libró del gran monstruo marino y la hizo su esposa. Aquella otra es la osa menor, en ella habita la estrella polar. Aquella otra constelación es unicornio, maravilloso animal imaginado (?) por los antiguos poetas. Y la última constelación que te enseñaré hoy es aquella, la más hermosa de todas, su nombre es Orión, el gran cazador que murió en manos de Artemisa. Los que saben también la nombran como la puerta del cielo, eso es lo que le da su belleza.
-Ahora es tu turno, -le dijo el camaleón al león que arde-, enséñame tu paz interior.
-Escucha con atención; en la soledad del pensamiento encontré la más hermosa paz, me pude comunicar con Dios, encontré lo que algunos llaman fe, yo lo llamo amistad pura y sincera con el cielo. Al mismo tiempo encontré la cordura con mis hermanos de especie y también con mis hermanos más pequeños. Pero es paz interior no llega sola, tienes que pedirle al cielo con todas tus fuerzas que te la envíe y tienes que luchar por ella, y ya por último tienes que aprender a reconocerla cuando llegue a ti y aceptarla, porque hay muchos que piden y cuando reciben no reconocen que están recibiendo lo que pedían, y lo rechazan. No seas tú como ellos, pide, recibe, y acepta la paz interior.
La amante del infinito escuchaba en silencio la platica del león que arde y del camaleón. Después de un rato rompió el silencio y les dijo:
-Está bien, ustedes ya se enseñaron muchas cosas interesantes, pero a mí no me han enseñado nada, ¿qué es lo que me van a enseñar?
El león que arde gritó:
-Enseñemos le a la amante del infinito la profundidad de este abismo, arrojemos la a el.
El camaleón gritó:
-Arrojemos la.
La amante del infinito con voz apacible les dijo:
-El abismo es profundo, es una eternidad, si me arrojan ¿qué quedará de mí?
El león que arde y el camaleón se asomaron al abismo, no era tan profundo, pero la amante del infinito no le veía final, para ella era un abismo profundo y eterno.
Siete días después, ya cuando aquella noche se estaba olvidando, la amante del infinito tuvo que ser arrojada al abismo y no tenía posibilidades de defenderse, ahora era la muerte que habitaba el abismo, el lugar sin vida, valle silencioso.
El camaleón y el león que arde enloquecieron, cada uno en su forma, cada uno en su soledad, jamás se volvieron a ver. En el corazón de ambos se escribió la respuesta a aquella pregunta.
¿Si me arrojan al abismo que quedará de mí?
Solo el polvo y el recuerdo y miles de lagrimas ahogadas en dolor. Pero ese polvo y ese recuerdo y esas miles de lagrimas son ahora las estrellas que admiramos en el cielo y que nos regalan esa paz interior.
