Dos pétalos de rosa vi caer desde tu mano hasta la tierra, como gotas de lluvia cayendo de la nube al mar. lo vi desde el sol y la luna me lo platicó como si nunca lo hubiera visto.
-Maldita sea la tierra -grité-, como si la tierra fuera la culpable de tu caída.
-Malditos rosales -grité-, como si ellos hubieran abierto tu mano.
Y que perverso sol que me aprisiona en sus llamas y no me deja verte. Y que sangrante luna que abre el recuerdo de la herida una y otra vez. Y lloré hasta sofocar el fuego del sol y le maté, y la luna se lleno de agua y la ahogué. Así quedé libre de mi prisión y fui a verte, más no te encontré, pero encontré escrito en una piel la verdad; los pétalos no eran pétalos, el rosal no era rosal, los pétalos eran gotas de sangre, el rosal la herida de tu piel. Y el sol no era sol, y la luna no era luna, el sol era mi corazón y la luna mi conciencia. Y la tierra que maldije no era tierra, era tu sepulcro natural, abismo de los dioses, prisión de libertad. Maldita sea la hora en que solté tu mano enviándote a la inmensidad.
Esta es la última maldición que mis labios pronunciarán.

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