Podría haber sido un día cualquiera, con el mismo aire y el mismo sol,
las mismas nubes de siempre y la misma gente. Podría haber sido cualquier día,
uno más, como todos los demás, pero no fue así, fue un día especial, diferente
a cualquier otro día que recuerde, muy diferente.
Al despertar no vi mi ventana, ni mis paredes,
estaba recostado sobre un pasto fino y suave, bajo las nubes más blancas que he
visto. El aire, también se respiraba diferente, como un líquido transparente,
etéreo. Todo era diferente, mejor o peor, no lo sé, pero seguro, diferente.
Frente a mis ojos, que también
miraban diferente, estaba un árbol extraño, desigual al resto de los árboles y
tenía un solo fruto, hermoso y oloroso, llamativo en todos sentidos. Me acerqué
al árbol diferente y tomé el fruto entre mis manos. Lo comí, lentamente,
saboreando cada mordida.
-Has comido el último fruto de mis
ramas, extinto la esperanza que quedaba. –Me gritó el árbol desesperanzado-.
¿Qué dices? –Le pregunte extrañado-.
No entiendo lo que pasa.
-Yo soy el árbol de la hermandad y
de la paz, de la sabiduría y el amor. Yo soy ese árbol que daba equilibrio a la
vida y mis frutos eran buenos para los humanos. Tú has comido el último, ya no
habrá esperanza para tus hermanos.
-Lo lamento, yo no sabía. He
cometido un grave error. ¿Cómo podré remediarlo?
-Deberás esparcir nuevas semillas
por el mundo, llenar de árboles el planeta, que den más frutos para que todos
coman.
En ese instante desperté, todo había
sido un sueño. Respiré el mismo aire de siempre y todo se veía igual que
siempre. No entendí lo que había soñado o tal vez, no quise entenderlo. Lo
único que se es que podría haber sido un día cualquiera, pero no lo fue, era
diferente.
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