Entre las tumbas que creí olvidadas
apareció una sombra guiada por la voz que no
escuchaba
entre sus manos traía unos huesos y su rostro
se mutaba,
sus ojos profundos como el infinito miraban
todo
y al mismo tiempo no miraban nada.
Con su voz, como voz de caverna antigua me
dijo:
No he muerto, sigo vivo, porque viví como se
debe,
no como los que estando muertos viven.
La sombra se fue a su mundo sonriendo
ampliamente.
Sombras en la pared, rozándose no como ayer.
Almas que en pecado la muerte sorprendió,
se retorcían entre las cruces gimiendo de
dolor,
entre sus gritos se escuchó un murmullo que
decía:
Nunca estuve vivo y hoy estoy muy muerto,
cuando tenía un cuerpo mi alma estaba muerta,
hoy soy un alma tan muerta como el cuerpo.
Las sombras tristes se fueron al subsuelo
con el alma en polvo y sangre negra en la
mirada.
Le temo a la muerte muerta que se convierte
en ceniza.
Le temo a la muerte muerta que se convierte
en olvido.
No quiero la muerte muerta de los más.
Quiero la muerte viva de los menos.
Quiero la muerte viva de los que ríen,
de los que viven aún muertos,
porque no han muerto en la muerte,
porque no han muerto al olvido,
porque sencillamente no han muerto,
porque simplemente siguen vivos.

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