Construí un barco con
partes de mis ilusiones y sueños, con refacciones de mi pasado y anhelos de mi
futuro. Quedó hermoso mi barco.
-Viajaré por el mundo, -le grité a
los vientos-. Conoceré territorios y gentes, viviré mil aventuras, seré feliz
como nunca antes lo he sido. La historia me recordará como un gran aventurero,
descubridor de mil aventuras y de tierras extrañas, seré un guerrero del mar.
Puse mi barco en las quietas aguas
del mar dispuesto a partir rumbo a una aventura desconocida, por fin el reto
del mar había sido aceptado. Pero Tena detuvo mi partida.
-No te vayas Mohamed, no sin mí.
Quiero viajar por el mar contigo. Quiero vivir tus aventuras y compartir cada
momento de tu vida con mi vida. Siempre hemos estado juntos, como uno solo, un
mismo espectro. Si te vas quedaré incompleta. Debo ir contigo.
Yo acepté con gusto, sería más
placentera la aventura en compañía de Tena. Realizamos los últimos preparativos
para zarpar y comenzar la gran aventura. Nos fuimos del puerto de Larra rumbo a
lo desconocido con gran tristeza en nuestros corazones, pues dejábamos atrás a
nuestro Padre Luar y a nuestra Madre Ave, además de un sin fin de recuerdos y
amigos.
No omito mi infancia por apresurar
la historia, sino porque fue en aguas tranquilas, casi imperceptible,
invisible, sin amarguras, fue casi como si hubiera nacido el día que zarpe en
mi barco. Mi infancia, ese viejo recuerdo, pasó entre lo imperceptible y lo
monótono. Como entre la niebla del tiempo que se escurre. Es por eso que mi
historia comienza en el día en que comenzó éste viaje.
El viaje comenzó, todo era nuevo a
nuestros sentidos, cada ola y su susurro, cada ave en el cielo, cada soplo del
viento, los alimentos, los olores, los sonidos, todo era una maravillosa
novedad. Fueron buenos días sobre la piel del mar.
De vez en cuando recogíamos
pasajeros en algunas islas y nos acompañaban hasta que descendían en otra isla,
así conocimos a muchos. De todos tipos, locos, extraños, serios, blancos,
negros. Fueron grandes las aventuras en
la inmensidad del océano.
Un día, en una extraña isla
encontramos a un viajero que no tenía rumbo ni embarcación. El viajero, de
nombre Odranoel Ram nos pidió que lo lleváramos hasta la isla de su salvación.
(Donde quiera que esa isla estuviera). Tena y yo
aceptamos llevarlo y fue una buena elección. Odranoel nos enseñó un camino
hacia el paraíso y algunas otras cosas del mundo de la sabiduría. Era un buen
hombre, con defectos y virtudes. Un iluminado, podría decir con reservas de
equivocarme.
Tena y Odranoel sintieron en sus
corazones esa extraña sensación del amor
y pronto su alma fue
una y sus corazones latieron al
unísono. Yo era feliz al verlos, aunque no entendía el concepto por completo.
Tal vez porque en esos momentos de mi vida era lo menos que me importaba.
El viaje con Odranoel fue
interesante pero corto. Pronto llegamos a la isla de la salvación de Odranoel.
La isla se llamaba Sorelem Mont. Era una isla maravillosa en su hermosura y en
su paz, había árboles de todas clases, animales exóticos y otras tantas
bellezas. Anclamos nuestro barco en el puerto de Sorelem Mont y al conocer la
isla nos enamoramos de ella. Era como si algo muy familiar nos estuviera
esperando y nos invitara a quedarnos ahí.
Tena y yo discutimos un poco acerca
del viaje y de la nueva isla. Después de la discusión decidimos quedarnos a
vivir por un tiempo en la isla, su belleza y paz nos había vuelto esclavos. Así
que bajamos nuestras pertenencias del barco y buscamos un buen lugar para habitar,
no fue difícil, la isla estaba llena de buenos humanos que nos dieron asilo sin
pedir mucho a cambio.
Los días corrían como el viento, las
horas se iban como el agua. Cada minuto en esa isla estaba lleno de sorpresas
nuevas y agradables que nos permitían olvidar por instantes los dolores del
ayer. Sorelem Mont nos ofreció gran sabiduría, amor, paz, mansedumbre y tantas
bendiciones que antes no habíamos sentido ni tan siquiera en la imaginación.
Conocimos mucha gente que nos ayudaba y nos quería a pesar de ser quienes
éramos. La isla de Sorelem Mont fue una increíble aventura para las almas de
los cansados navegantes.
Un día, escuchamos en el viento los
ecos de las voces de nuestros Padres que informaban que el puerto de Larra no
sería más el hogar de sus vidas, habría un nuevo hogar, un puerto lejano
llamado Karelez, allí buscarían nuevos horizontes para mejorar. Tena se
emocionó al escuchar la noticia y quiso ir a Karelez a visitar a nuestros
Padres y a conocer ese puerto de fama mundial. Ese día fue mi paso entre el
último de mis años y el primero de mis años. Tena y Odranoel lo festejaron
vaciándome la mitad del mar en el rostro y devorando lo que se pudiera devorar.
Fue un gran día entre los días grandes. Cuando el sol se ocultó fuimos al campo
del santo silencio desde donde podíamos contemplar el maravilloso cielo
estrellado de Sorelem Mont. Llegamos al campo del santo silencio y Tena no
quería ingresar en él, era extraño, porque nuestras visitas a ese campo se
habían vuelto una costumbre, pero en esa noche, había algo diferente en la
vida. Tena entró a empujones, con un claro temor en la mirada. Odranoel y yo
tratamos de consolarla e infundirle valor y en la oscuridad de la noche dimos
un paso en falso y casi nos derrumbamos en el abismo que habitaba al campo del
santo silencio.
Tena nos miró con miedo y dijo:
-Le temo a ese abismo más que a
cualquier cosa en el mundo. Apártenme de él, tápenlo con sus fuerzas y con su
valor, y huyamos de este campo hacia nuestro amigo el mar. El abismo me llama,
me aclama con su tétrica voz. Apártenme y apártense de el.
Odranoel no entendía el temor de
Tena, aun así la consoló diciendo:
-Este abismo no es abismo, tan sólo
es un bache en el camino. No le temas pues inerte está e inerte se quedará.
Las lágrimas brotaban copiosamente
de los ojos de Tena, era como si vislumbrara el fin del destino. Ella alzó su
rostro al cielo, me tomó de la mano y me dijo:
-Prométeme que me cuidarás para
siempre.
Apreté la mano de Tena fuertemente y
le prometí:
-Mañana elevaremos nuestras miradas
y contemplaremos nuestro futuro. Yo obedeceré y confiaré, ya no seré ese amargo
animal, lo haré por ti. Nunca más tendrás temor, porque estaré en donde tú
estés y protegeré tus sueños con las alas de mi martirio. Siempre has temido, pero
no temerás más, porque protegeré con mi muerte lo santo de tu vida.
Así prometí en aquella noche de
estrellas, sujeto a la mano de mi querida Tena a la orilla del abismo del campo
del santo silencio. Nos fuimos de ese lugar sonriendo entre nervios. Tena
miraba con recelo el fondo del abismo. (Cuan cierto es: no prometas lo que no
podrás cumplir).
A la mañana siguiente, un poco antes
de que el sol abrazante saliera, salí a
caminar en la playa para tranquilizarme
un poco y recolectar
provisiones para nuestro futuro viaje al puerto de Karelez.
Mientras caminaba escuché a alguien que me llamaba:
-Mohamed, ven, necesito hablar
contigo.
Era un hombre anciano el que me
hablaba. Yo no lo conocía, pero él si me conocía a mí. Lo normal en mí hubiera
sido un rechazo, pero en ese momento me ganó la curiosidad y me acerqué a él.
-¿Qué es lo que quiere? –Le pregunté
al anciano-.
-Quiero contarte una historia,
escucha con atención.
Caminaban en la oscuridad, en una
noche de estrellas. El león que arde, la amante del infinito y el camaleón. El
camino era el que recorrían todas las noches, (camino que no los volvería a ver
nunca más, no a los tres) El asar de la riqueza más pura enriquecía su caminar
y las luces voladoras, almas que murieron felices los iluminaban, al fondo se
miraba la tierra de fuego, pero su destino era el valle silencioso.
Corrieron el último tramo del camino
y se adentraron al valle silencioso, hasta el lugar desolado, donde no hay vida
ni muerte que lo habite.
El
león que arde le dijo el camaleón:
-Enséñame
los secretos de las estrellas y yo te enseñaré mi paz interior.
-Es
un trato justo, -dijo el camaleón-. Y apuntando con su dedo hacia el cielo
inició con la lección:
-Aquella
constelación es Andrómeda, hija de Cefeo y Casiopea, Perseo la libró del gran
monstruo marino y la hizo su esposa. Aquella otra es la osa menor, en ella
habita la estrella polar. Aquella otra
constelación es unicornio,
maravilloso animal imaginado
por los antiguos poetas. Y la
última constelación que te enseñaré hoy es aquella, la más hermosa de todas, su
nombre es Orión, el gran cazador que murió en manos de Artemisa. Los que saben
la nombran también como la puerta del cielo, eso es lo que le da su belleza. Por
ahí se entra al paraíso.
-Ahora
es tu turno de hablar, -le dijo el camaleón al león que arde-, enséñame tu paz interior.
-Escucha
con atención; en la soledad del pensamiento encontré la más hermosa paz, me
pude comunicar con Dios, encontré lo que algunos llaman fe, yo lo llamo amistad
pura y sincera con el cielo. Al mismo tiempo encontré la cordura con mis
hermanos de especie y también con mis hermanos más pequeños. Pero esa paz
interior no llega sola, tienes que pedirle al cielo con todo tu corazón que te
la envié y tienes que luchar por ella, y ya por último tienes que aprender a
reconocerla cuando llegue a ti y aceptarla, porque hay muchos que piden y
cuando reciben no reconocen que están recibiendo lo que pedían y lo rechazan.
No seas tú como ellos, pide, recibe y acepta la paz interior.
La
amante del infinito escuchaba en silencio la plática del león que arde y del
camaleón. Después de un rato rompió el silencio y les dijo:
-Está
bien, ustedes ya se enseñaron muchas cosas interesantes, pero a mí no me han
enseñado nada. ¿Qué es lo que me van a enseñar?
El
león que arde gritó:
-Enseñémosle
a la amante del infinito la profundidad de este abismo, arrojémosla a él.
El
camaleón gritó:
-Arrojémosla.
La
amante del infinito con voz apacible les dijo:
-El
abismo es profundo, es una eternidad, ¿si me arrojan que quedará de mí?
El
león que arde y el camaleón se asomaron al abismo, no era tan profundo, pero la
amante del infinito no le veía final, para ella era un abismo profundo y
eterno.
Siete
días después, ya cuando aquella noche se estaba olvidando, la amante del
infinito tuvo que ser arrojada al abismo y no tenía posibilidades de
defenderse, ahora era la muerte que habitaba el abismo, el lugar sin vida,
valle silencioso.
El
camaleón y el león que arde enloquecieron, cada uno de su forma, cada uno en su
soledad, jamás se volvieron a ver. En el corazón de ambos se escribió la
respuesta de aquella pregunta;
-¿Si
me arrojan al abismo que quedará de mí?
-“Solo
el polvo y el recuerdo y miles de lágrimas ahogadas de dolor.”
Pero
ese polvo y ese recuerdo y esas miles de lágrimas son ahora las estrellas que
admiramos en el cielo y que nos regalan esa paz interior.
El
anciano terminó de contar la historia y con lágrimas en los ojos me dijo:
-Olvida
esta historia, porque no la debes recordar.
El
anciano se fue caminando por la playa pero sus huellas no se pintaban en la
arena. Yo me quedé perplejo y pronto olvidé la historia, porque no debía
recordarla sino hasta años después.
El
tiempo pronto pasó y llegó el momento en que teníamos que partir al puerto de
Karelez. Tena y yo nos preparamos emocionados para el viaje, aunque Odranoel no
podría acompañarnos por una razón que no recuerdo. El momento nos alcanzó, el
barco y las provisiones estaban listas. Tena se despidió de Odranoel con un
beso y le dijo que pronto se verían otra vez, yo me despedí de él, diciéndole
adiós con mi mano. Si pudiéramos mirar hacia enfrente del tiempo. ¿Qué cosas
nos hubiéramos dicho?
Con
lentitud, el barco se alejó de la bella isla de Sorelem Mont y muy pronto sólo
estuvimos rodeados de agua salada. El viaje fue largo y cansado pero sin
contratiempos. Unos kilómetros antes de llegar al puerto de Karelez, escuchamos
la voz de nuestro Padre Luar cantando una canción de bienvenida:
-“El
sol y la luna vieron partir a las estrellas y lloraron, y con llanto las verán
volver. ¡Bendecido sea este día por la eternidad!
Escuchamos
la voz de nuestro Padre Luar y lloramos de felicidad. Un poco más tarde, antes
de que el sol muriera, vislumbramos las bellas costas de Karelez. A primera
vista se notaba que Karelez era una ciudad hermosa, llena de tradición,
historia y futuro. Su gente era amable y sencilla. Todo parecía bueno en la
ciudad de Karelez. Al atracar en el puerto vimos a Nuestro Padre Luar y a
nuestra Madre Ave, nos esperaban impacientes y con lágrimas de felicidad. Tena
y yo bajamos del barco y nos fundimos en fuerte abrazo con aquellos que nos
habían regalado la vida y a los cuales habíamos abandonado meses atrás. Hasta muy
entrada la noche estuvimos
platicando de la vida desde que nos separamos, todo lo que habíamos hecho,
nuestros sueños y deseos, las tristezas y decepciones, y otras tantas cosas,
fue una buena noche de conversaciones.
Al
día siguiente, nuestros Padres nos llevaron a conocer la ciudad. Primero
caminamos en sus antiquísimas calles de piedra y conocimos sus milenarios
edificios. Observamos con atención cada cicatriz dejada por el tiempo y las
batallas en las duras paredes de roca. Después conocimos un lugar encantado, en
donde el lago, los pinos y los seres del agua y del viento, conviven con paz y
equilibrio. En un pequeño bote navegamos alrededor de las islas del lago. Era
igual que nuestro barco y era igual que nuestro mar, solamente que en pequeño.
Dependiendo como se miren los relativos tamaños. También adoramos al rey del
infinito, en su templo finito, con cantos y rezos, con palabras de paz, con el
amor sincerado. Fue un esplendido día, lleno de sol que no quema, de aire que
no destruye y de agua que no ahoga. Sin embargo, ese esplendido día, al igual
que todo, llegó a su fin. La noche nuevamente nos ha vencido, ha muerto un día
más.
El
siguiente día no era un día esperado, en ese día teníamos que volver a la isla
de Sorelem Mont para continuar con nuestro camino hacia la sabiduría, pero en
realidad no estábamos ansiosos de volver. Durante ese día conocimos más lugares
de Karelez, algunos no los recuerdo, pero otros marcaron para siempre mi vida.
Conocimos el centro de la tierra, ajena a nuestros sentidos acostumbrados al
mar, el centro de la tierra
era algo increíble;
sus formaciones rocosas;
sus barrancos infinitos; sus betas de distintos metales; sus ríos internos;
todas las cosas que vimos en el centro de la tierra eran increíbles. Al
abandonar el centro de la tierra conocimos a un ave que transportaba a la gente
desde el fondo hasta la montaña más alta de Karelez; el monte Aubaf. La altura
y la belleza del monte Aubaf me dejaron cautivado, aunque después habría de
odiar ese mismo lugar. Desde esa altura se podía ver toda la ciudad, el puerto,
la playa y aun más allá del mar. No quería bajar de esa montaña, no sé si por
lo hermoso de su cautiverio o por el hecho de que pronto tendríamos que partir
en nuestro barco dejando nuevamente
atrás a nuestros amados Padres. El hecho es que el sol estaba declinando y la
hora de partir se acercaba como bólido de acero. Ese tiempo, enemigo
implacable, indestructible, inamovible.
Tena,
Luar y Ave lloraban a mares, yo en silencio preparaba al barco para zarpar
hacia Sorelem Mont. Nos despedimos nuevamente de aquellos que nos dieron la
vida, levamos las anclas de nuestro barco, izamos las velas y partimos hacia
nuestro destino. (Ignorando que el destino venía veloz a encontrarnos).
Desde
la proa del barco mirábamos en silencio la oscuridad del horizonte y nos
negábamos a mirar hacia atrás. Sabíamos que ahí estarían nuestros padres Luar y
Ave llorando nuestra partida, ahí estaría la mitad de nuestro corazón. La
escasa luz de la luna dibujaba siluetas negras en la profundidad del océano,
nosotros las mirábamos con recelo, al igual que las ondas que surcaban la piel
del agua al pasar veloz de la embarcación.
Un
poco más tarde, Tena alzó su cabeza hacia el cielo y dijo:
-Mira
Mohamed, ¡que bellas están las estrellas! Siento que ellas me abrazan con su
luz y me dan consuelo de mi pasado. Sabes, ya no siento rencor por todos
aquellos que me han dañado, el daño fue mucho, pero lo he olvidado, ya siento
el perdón dentro de mí. El rencor nunca más nacerá en mi corazón. (Recuerdo el
daño del que Tena hablaba, se lo hicieron a ella, pero a mí aún me cala).
Yo
alcé mi cabeza para mirar esas estrellas, no sentí que me abrazaran, pero si
sentí que me daban consuelo, lamentablemente no era consuelo de mi pasado sino
trataban de consolarme por mi futuro. Al mirar las estrellas recordé a las
personas que mucho habían dañado a mi hermana Tena y me dio gusto saber que
ella ya no sentía rencor. Aunque el rencor a penas estaba naciendo en mi
corazón. No le comenté nada de esto a Tena, y sólo me quedó decirle:
-Tienes
razón amada, ¡que lindas están las estrellas!
-Tengo
sueño, -dijo Tena-. Me recostaré a dormir por un instante.
-Tengo
sueño, -dije-. Me recostaré sobre tus piernas a dormir por un instante.
El
sueño era pesado, como si supiera del dolor que me alcanzaba, cuando la
violencia de un grito me despertó. Yo volaba por los aires precipitándome al
contacto del mar. Caí con dolor y de inmediato me di cuanta de que un ser
inexístete había profanado nuestra existencia. Con dolor en cuerpo y alma
busqué a Tena, la busqué en el frío de la noche, en las piedras que flotan en
el agua, en el fuego de la oscuridad. La busqué en la estrella del consuelo, en
la sangre de mil tiempos, en lo invertido de alta mar. Y la encontré, la
encontré sin luz, sin esperanza y sin vida. La encontré como nunca pensé
hallarla. Su sangre se confundía con la oscuridad de esa profundidad traidora,
sus ojos no miraban, su piel se arrugaba en un segundo. El aliento de vida la
dejó en el abandono. Sus heridas son mis heridas a pesar del tiempo y de la
vida. Al mismo instante de descubrir la muerte de Tena, elevé mi mirada al
cielo, tan sólo para ver que ya no había estrellas, tampoco nubes, solamente un
cielo negro. Un vacío profundo, así, al igual que el de mi alma.
-¿Qué
pasará después de hoy? ¿Qué razón habrá para vivir? ¿Cómo lo soportarán Luar y
Ave? ¿Qué será de mí sin ella? Sólo dolor, sólo amargura.
Todo
esto le grité con lágrimas al cielo, pero únicamente hubo un silencio mortal.
La vida se fue y nada la hará regresar. Los milagros escuchados ya no son,
hemos perdido esa virtud.
Horas
después, un barco que navegaba por el mismo rumbo que el nuestro, nos sacó del
mar y fue como pasar del hielo al fuego. A mí me curaron mis heridas y a Tena
la guardaron en el último rincón. En ese rincón en donde se olvidan los que
nunca fueron, los que pasaron sin ser vistos ni admirados sus anhelos.
Dos
días después depositamos el cuerpo inerte de Tena en el abismo del campo del
santo silencio. Antes de eso celebramos en un lugar santo su paso de esta vida
mortal a la eternidad. Las flores brillaban su resto de vida, los cantos
surcaban el infinito, las oraciones se escapaban como un suspiro hacia el
cielo, las palabras de los hombres santos resonaban como ecos incesantes. A
pesar de la belleza del lugar y de las voces, ese, me parecía el lugar más
horrible de la tierra o si no horrible, doloroso. Luar y Ave lloraban a mares,
yo lloraba por dentro, mientras mi corazón ennegrecía de odio y mi alma se
perdía en un abismo sin fin, igual que el que devoraba el cuerpo de mi querida
hermana, el mismo abismo que tanto la había hecho temer unos días antes en el
campo del santo silencio, valle de ángeles. Mucha gente llegó a Sorelem Mont
para despedir a Tena. De muchas partes vinieron, pues ella no era como yo, era
fácil que la gente la amara, era alegre y divertida. Odranoel y yo,
enloquecidos por el dolor nos negamos a partir de Sorelem Mont. Ese era el
lugar en el que creíamos deber estar. La gente, mi Padre Luar y mi Madre Ave,
la lluvia, las flores que murieron su muerte, las aves que cantaban, todos y
todo se fueron a seguir con sus vidas. Odranoel y yo nos quedamos en
Sorelem Mont y
todos los días
posteriores visitábamos el campo del santo silencio y hablábamos con
Tena, como si ella estuviera presente, como si pudiera escucharnos. Como si la
muerte no apagara todos los sentidos y te dejara profundamente dormido en la
oscuridad y el silencio. Sabíamos eso, pero nos negábamos a comprenderlo. Era
normal…
Un
día, tiempo después, Odranoel decidió irse de esa isla hermosa que le causaba
un profundo dolor, era una tortura para él estar cerca de Tena y no poder
verla, abrazarla y besarla. Jamás volví a saber de él. Yo también decidí irme
de allí, para mí también era doloroso estar en esa isla que ahora parecía tan
vacía y sin vida, regresaría a mi hogar, junto a mis Padres en el puerto de
Karelez.
Hasta
hoy, me sigo preguntando si esa fue una buena o mala elección. No lo sé, lo
único que sé es que el destino nos lleva a donde debemos estar, a la hora
exacta, con las personas exactas y en las situaciones que deben ser. Así es el
destino. Si fue una buena o una mala elección, ya descubriría más tarde la
respuesta.
Preparé
mis cosas, lo poco que me quedaba y me fui a Karelez, solo, con mis fatigas y
mis penas. En Karelez mis doloridos Padres me esperaban con los brazos abiertos
y con el corazón destrozado. La vida ya no era la misma para ellos, habían
perdido su más grande motivo de vida, su dulce niña. Ellos me miraban al llegar
y en sus ojos vislumbré una esperanza de ver a Tena junto a mí, pero pronto la
esperanza se desvaneció acrecentando el dolor y la soledad. Llegué al puerto,
bajé de mi barco y nos abrazamos en un mar de lágrimas, allí estábamos los
tres, casi sin vida, decepcionados de todo.
Sin esperanza, sin fe, sin amor.
Todo
lo que viví en el hermoso y antiquísimo puerto de Karelez quedó grabado en sus
viejas paredes para la eternidad. Algunas pocas cosas fueron agradables, pero
en su gran mayoría fueron tragedias dolorosas. Allí aprendí a odiar en realidad
y a mirar el cielo negro, también aprendí a amar, lo que sea que eso signifique
y sin recordar a ciencia cierta lo que se siente. Aprendí que por más profundo
que un dolor sea, siempre podrás sentir otro peor. Aprendí que la vida, este
breve paso entre eternidades, es doloroso, es desleal, triste y solitario. Así
era la vida según lo que aprendí en Karelez.
El dolor de la muerte de Tena fue grande, cada día
fue más difícil. Pero el mar y el destino nos llevan a lugares y situaciones
insospechadas y debemos aprender que eso es lo mejor. Por algo las olas nos
encaminan a un puerto y los vientos nos transportan a otras vidas. Al final de
la vida, siempre descubrimos las razones, aunque ese transitar sea tan
doloroso. Nos veremos, a donde el mar
nos lleve.
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