El
día y la noche como feroces soldados se disputaban la potestad sobre la tierra
y la noche iba ganando. A la distancia, mis ojos cansados y tristes observaban
como los últimos rayos de luz intentaban vanamente atravesar las densas nubes
negras y mis oídos escuchaban una melodía de flauta que estremecía el rincón
más insólito de mi alma, en eso, un rayo de luz poderoso fermentó el suelo que
distante observaba mi figura y me arrancó de mí mismo por unos momentos. Por el
cielo ennegrecido por la triunfante noche y por las densas nubes pasaron varias
parvadas de aves,
el viento acaricio
mi cabello y jugó con él como el destino juega con nuestras vidas.
En
ese momento sentí que tus brazos se enredaban en mi cuello y sentí tus pechos
aplastándose en mi espalda, tus labios con su delicado y peculiar sabor dulce
imprimieron un doloroso tatuaje en mis labios y sentí en toda mi
piel un escalofrío mientras
una lágrima que se ahogaba en tus párpados caía lenta como
punzante fuego sobre mí.
Y
como si el cielo supiera y sintiera lo que nuestros corazones sentían en ese
momento comenzó a llorar, pero fue solo un instante.
Me
levanté de mi asiento, te tomé de la cintura y me quedé mirando en la
profundidad de ese universo que tienes en tus ojos de mar y fuego, y en
silencio, sin decir una sola palabra, a través del poder de una mirada, le
contamos al mundo nuestra historia.
El
silencio que existía entre nuestras miradas se rompió como una copa de cristal
cuando tu voz retumbó en todo aquel universo que nos rodeaba.
-Tú
no puedes abandonarme, no puedes dejarme de amar, -me dijiste con palabras
quebradas y te sujetaste a mi cuerpo como si quisieras fundirme contigo-.
Yo
no te dije nada, sólo te tomé entre mis brazos, te besé en los labios y con
todo mi cuerpo te dije cuanto te amo.
Cerré
mis ojos y te acaricié con palabras el oído.
Te
hago una promesa con los ojos cerrados:
Esa sustancia que
nutre a las almas, esa necesidad de verter mi mirada en tu piel, la
desesperación por sentir la calidez de tus labios, esa ausencia de miedo cuando
estoy a tu lado, ese miedo a vivir sin ti, la esencia de nuestras miradas
cruzadas, la gran fortaleza de los dos corazones latiendo al unísono, esa
ansiedad del golpe de tu voz, esa fuerza
que me da tu amor, esas noches de
llantos serenos en que comimos del pan mojado con nuestras lágrimas y en que
nos secamos el agua de los ojos con los labios, esos regaños envueltos de amor,
las caricias de ternura y fuego, esa paz
en tu mirada, ese sentimiento de vacío cuando estás lejos
de mí, cada momento de pasión, cada día de alegría, también los de llanto, cada
felicidad, cada tristeza, cada beso, cada golpe, todos los instantes eternos a
tu lado, cada segundo de nuestro amor, todo ese cariño, fidelidad, confianza,
pasión, comprensión, amistad, consuelo, amor y tantas otras cosas bellas que
siento contigo y por ti, jamás terminaran, jamás...
Sólo
Dios y yo sabemos lo que tenía dentro de mi corazón, de mi mente y de mi alma
en aquel día, tal vez ese silencio nos lastimó demasiado a los dos, pero...
dejarte de amar, abandonarte, no lo podría hacer jamás. ¿Quién puede dejar de
amar a la luz de sus ojos, a una parte de sí mismo, a su propia vida? ¿Quién
puede abandonar a su sombra, a su corazón, al aire que respira? Sería como
la sangre que lastima al corazón
sin saber que a sí misma se asesina. Yo amo todo en ti, tu cabello, tu
rostro bello, tus ojos que alumbran mi camino,
tus manos que acarician mi cuerpo,
tu espalda, tus piernas, tus brazos, tus pies y hasta el suelo por donde
caminan, amo tu voz, tus días y tus noches, tu mirada, el color de tu piel, tu
estatura, la forma como te mueves cuando te enojas, tus gestos, hasta amo la
tristeza que siente tu corazón, y por siempre así será. Ese hermoso sentimiento
que me limpió el corazón y que devolvió la luz a mi vida no morirá nunca. Será
vencedor de las tormentas y de las dudas. Se alzará triunfante por sobre todas
las desgracias de esta vida.
Con
mis labios cierro tus ojos, te envuelvo suavemente entre mis brazos deseosos
de ti, te
digo al oído
cosas bellas con
mi boca sedienta de ti, y con
pasos lentos y seguros recorremos el camino que nos llevará al momento
más hermoso de nuestras vidas, y
en la oscuridad nuestras bocas
se buscan y
se encuentran, nuestras manos se
entrelazan como lo hace una enredadera a un tronco fuerte, nuestros cuerpos
buscan fundirse el uno al otro como la oscuridad a la noche o como las estrellas
al cielo. Para que necesitamos
la luz si somos de fuego, para
que necesitemos del agua si de nuestros labios bebemos, para que necesitamos
del alimento si de nuestros cuerpos comemos.
Hacemos
el amor en un silencio tan lleno de palabras de amor, flotando en un vacío tan
repleto de recuerdos y sueños, acariciando cada rincón de este universo. Nos
envolvemos en una cobija de felicidad, esperanza y anhelos, entre nuestros
labios existe un mar de ilusiones, entre nuestros cuerpos un cielo de pasiones,
y en el centro de la tormenta que nos ha enseñado lo que es vivir después de
haber muerto se gesta una nueva vida, tan llena de amor, del amor nuestro,
somos tú y yo en un solo cuerpo, nuestra sangre, nuestra carne, el fruto del
amor que por siempre nos tendremos.
Pones
tu cabeza en mi pecho con una sonrisa que me deslumbra y te abrazas a mí como
queriendo evaporarme, yo toco tu espalda suavemente y te digo al oído cuanto te
amo. La noche transcurre en su victoria y tú y yo seguimos abrazados en el
reino de los sueños teniendo ilusiones maravillosas. Hasta en sueños nos
amamos. ¡Ay luz de mi vida! ¿Cómo puedes pensar que algún día te he de
abandonar? Antes de eso me abandono a mí mismo.
En
la madrugada nos levantamos y vamos de nuevo a hacerle compañía al
viento, miramos al
cielo y este ya no
es negro, ahora las estrellas brillan en todo su
esplendor y parecen mil sonrisas que se agrandan al ver lo maravilloso de este
amor.
Nuevamente
el día y la noche se enredan en una feroz batalla, pero ahora el día fue el que
ganó.
¡Ah!
Que maravilloso ha sido nuestro amor, si no existe la magia, la hemos hecho.
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