“Le quito sus mascaras
por diez pesos.”
La
curiosidad me invadió y entré a la casita para ver que era lo que
ofrecían.
En
cuanto entré a la casita un hombre muy extraño, con largas barbas y ropas
harapientas, me dijo mientras sonreía e irradiaba luz con sus ojos:
-He
quedado ciego, no de mi vista, sino como los que tienen ojos y no ven, ciego
del alma. Un delfín en el mar de mi esperanza nadaba con los ojos hacia arriba,
yo al verlo lo juzgué loco y se lo grité, él, tranquilamente me miró y me dijo:
-No
estoy loco, sólo que me gusta mucho ver el cielo como se mueve junto con las
olas y me gusta ver pasar a otros seres como si fueran sombras de otros mundos.
Yo,
desconcertado le protesté:
-Yo
únicamente veo basura y mucha agua, ¿qué hay de bello en eso?
El
delfín se quedó mirándome fijamente y me dijo:
-Hay mucha belleza en esto sólo que
tú no puedes verlo porque tienes puesta la mascara de la amargura, quítate
la mascara y
verás.
El delfín
me ayudó a arrancarme la mascara de la amargura, con su
hocico me la quitó y la arrojó a la profundidad oscura del océano y recuperé la
vista para ver.
-Me
he quedado sin olfato, no el olfato de mi nariz, sino como los que tienen nariz
y no respiran, sin olfato en la vida.
Un
gigante en el desierto de mi vida lloraba al contemplar el color de una rosa y
al oler su perfume, yo, enojado me acerqué a él y le dije:
-Como
es posible que tú tan grande y fuerte estés llorando con el color y el perfume
de una rosa.
Él
se limpió un poco las lágrimas y me dijo:
-No
porque sea grande y fuerte voy a ser insensible, me gustan las cosas pequeñas y delicadas y no tengo miedo de expresar mis
sentimientos. Tú en cambio tienes puesta esa horrible mascara de la insensibilidad por eso no
aprecias las cosas y no expresas tus sentimientos.
El
gigante me dio un golpe en la cara y con eso me arrancó la mascara de la
insensibilidad. La tomó en sus manos y la arrojó fuera del planeta. Entonces
pude oler el perfume de la rosa y recuperé el olfato en mi vida.
-Me
he quedado sin audición, no la audición de mi oído, sino como los que tienen
oídos y no oyen, sin audición en el espíritu.
Un
cuervo en el bosque de mi imaginación silbaba una dulce melodía y parecía estar
inmensamente feliz, yo le dije a gritos:
-Oye,
tú, cuervo, los cuervos no cantan, sólo graznan fuertemente y tampoco son
felices, son aves que siempre están molestas y enojadas.
-Acaso
estás loco, -me recriminó el cuervo-. Yo soy feliz y canto cuando quiero. Tú
eres un pobre infeliz porque tienes puesta la mascara del rencor y eso no te
deja oír los cantos de toda la vida, ni te deja ser feliz.
A
picotazos el cuervo me quitó la mascara del rencor y la puso en el centro de
una hoguera y pude escuchar los cantos de la naturaleza y ser feliz. He
recuperado la audición en mi espíritu.
-He
perdido mi voz, no la voz de mi boca, sino como los que tienen boca y no
hablan. Mudos de esperanza.
Una
paloma y un dragón en la ciudad de mi corazón platicaban de forma emocionante y
abierta, yo, precavido y temeroso me acerqué a ellos y les dije:
-¿Por
qué platican ustedes dos si son enemigos naturales? ¿De que pueden hablar una
paloma y un dragón?
Los
dos se quedaron mirándome y en coro me dijeron:
-Nosotros
dos somos amigos, los mejores del mundo, tenemos muchas cosas de que hablar, somos felices platicando, mas tú no puedes
hacer esto porque tienes puesta la mascara de la enemistad, no tienes amigos.
El
dragón aventó una llamarada a la mascara de la enemistad y la paloma la
arrojó al abismo, entonces vi lo
que es la amistad y pude platicar con todo el mundo. He recuperado la voz en mi
esperanza.
-He
perdido el amor, como muchos otros, el amor en todos los sentidos.
En
mi camino se atravesó una princesa, la princesa Marus y me dijo:
-¿Por
qué tienes puestas esas mascaras?
-¿Mascaras...?
-le pregunté yo-, ya me he quitado todas las mascaras, otros me ayudaron a
despojarme de ellas.
Pero
la princesa Marus me dijo que ella veía en mí la mascara de la hipocresía, del
resentimiento, de los celos, de la envidia y muchas otras mascaras, pero la más
arraigada de todas es la mascara del desamor, entonces ella con mucho cuidado y
cariño, con caricias y besos tiernos, fue quitando una por una todas las
mascaras que me quedaban hasta llegar a
la mascara del desamor y me la quitó con
mucho cuidado.
La
princesa Marus me quitó muchísimas mascaras y también la del desamor. He
recuperado mi amor, ahora puedo amar.
Si
tú ves alguna mascara en mí, te pido que no hables en mi contra,
ni a mis espaldas, mejor ayúdame a quitarme la mascara para poder
recuperar juntos lo que perdimos, yo te prometo hacer lo mismo por ti.
Ahora
que he perdido mis mascaras solo me queda decir una cosa:
-Que
bella es la vida”
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