viernes, 27 de enero de 2012

9. LAS MASCARAS



 “Le quito sus mascaras por diez pesos.”
La curiosidad me invadió y entré a la casita para ver que era lo que ofrecían.    
En cuanto entré a la casita un hombre muy extraño, con largas barbas y ropas harapientas, me dijo mientras sonreía e irradiaba luz con sus ojos:    
-He quedado ciego, no de mi vista, sino como los que tienen ojos y no ven, ciego del alma. Un delfín en el mar de mi esperanza nadaba con los ojos hacia arriba, yo al verlo lo juzgué loco y se lo grité, él, tranquilamente me miró y me dijo:
-No estoy loco, sólo que me gusta mucho ver el cielo como se mueve junto con las olas y me gusta ver pasar a otros seres como si fueran sombras de otros mundos.
Yo, desconcertado le protesté:
-Yo únicamente veo basura y mucha agua, ¿qué hay de bello en eso?
El delfín se quedó mirándome fijamente y me dijo:
            -Hay mucha belleza en esto sólo que tú no puedes verlo porque tienes puesta la mascara de la amargura,   quítate  la  mascara   y  verás.  
El  delfín  me  ayudó  a arrancarme la mascara de la amargura, con su hocico me la quitó y la arrojó a la profundidad oscura del océano y recuperé la vista para ver.     
-Me he quedado sin olfato, no el olfato de mi nariz, sino como los que tienen nariz y no respiran, sin olfato en la vida.
Un gigante en el desierto de mi vida lloraba al contemplar el color de una rosa y al oler su perfume, yo, enojado me acerqué a él y le dije: 
-Como es posible que tú tan grande y fuerte estés llorando con el color y el perfume de una rosa.
Él se limpió un poco las lágrimas y me dijo:   
-No porque sea grande y fuerte voy a ser insensible,  me gustan las cosas pequeñas  y delicadas y no tengo miedo de expresar mis sentimientos.  Tú en cambio tienes  puesta esa horrible  mascara de la insensibilidad por eso no aprecias las cosas y no expresas tus sentimientos.
El gigante me dio un golpe en la cara y con eso me arrancó la mascara de la insensibilidad. La tomó en sus manos y la arrojó fuera del planeta. Entonces pude oler el perfume de la rosa y recuperé el olfato en mi vida.   
-Me he quedado sin audición, no la audición de mi oído, sino como los que tienen oídos y no oyen, sin audición en el espíritu.
Un cuervo en el bosque de mi imaginación silbaba una dulce melodía y parecía estar inmensamente feliz, yo le dije a gritos:
-Oye, tú, cuervo, los cuervos no cantan, sólo graznan fuertemente y tampoco son felices, son aves que siempre están molestas y enojadas. 
-Acaso estás loco, -me recriminó el cuervo-. Yo soy feliz y canto cuando quiero. Tú eres un pobre infeliz porque tienes puesta la mascara del rencor y eso no te deja oír los cantos de toda la vida, ni te deja ser feliz.
A picotazos el cuervo me quitó la mascara del rencor y la puso en el centro de una hoguera y pude escuchar los cantos de la naturaleza y ser feliz. He recuperado la audición en mi espíritu.    
-He perdido mi voz, no la voz de mi boca, sino como los que tienen boca y no hablan. Mudos de esperanza.
Una paloma y un dragón en la ciudad de mi corazón platicaban de forma emocionante y abierta, yo, precavido y temeroso me acerqué a ellos y les dije:    
-¿Por qué platican ustedes dos si son enemigos naturales? ¿De que pueden hablar una paloma y un dragón?
Los dos se quedaron mirándome y en coro me dijeron:
-Nosotros dos somos amigos, los mejores del mundo, tenemos muchas  cosas de que hablar,  somos felices platicando, mas tú no puedes hacer esto porque tienes puesta la mascara de la enemistad, no tienes amigos.    
El dragón aventó una llamarada a la mascara de la enemistad y  la paloma la  arrojó al abismo,  entonces vi lo que es la amistad y pude platicar con todo el mundo. He recuperado la voz en mi esperanza.     
-He perdido el amor, como muchos otros, el amor en todos los sentidos.
En mi camino se atravesó una princesa, la princesa Marus y me dijo:
-¿Por qué tienes puestas esas mascaras?
-¿Mascaras...? -le pregunté yo-, ya me he quitado todas las mascaras, otros me ayudaron a despojarme de ellas.
Pero la princesa Marus me dijo que ella veía en mí la mascara de la hipocresía, del resentimiento, de los celos, de la envidia y muchas otras mascaras, pero la más arraigada de todas es la mascara del desamor, entonces ella con mucho cuidado y cariño, con caricias y besos tiernos, fue quitando una por una todas las mascaras que me quedaban  hasta llegar a la mascara del  desamor y me la quitó con mucho cuidado.
La princesa Marus me quitó muchísimas mascaras y también la del desamor. He recuperado mi amor, ahora puedo amar.    
Si tú ves alguna mascara en mí, te pido que no hables en  mi contra,  ni a mis espaldas,  mejor  ayúdame a quitarme la mascara para poder recuperar juntos lo que perdimos, yo te prometo hacer lo mismo por ti.
Ahora que he perdido mis mascaras solo me queda decir una cosa: 
-Que bella es la vida”     

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