Aparté
mi vista de aquella montaña.
Se cayó
mi vida como se cae cada mañana.
Y
olvidé lo cierto, lo bueno y tu aroma,
ignoré
tu miedo, tu celo y tu corona.
Y tú me
diste la mano y tú me dijiste hermano
volviéndote
sed en mi piel.
Déjame
morir tranquilo
entre
tus labios de aroma herido.
Y es
verdad, sólo al momento
que
para matar existe su tiempo
y que
hiriendo se puede salvar.
Alejé
mi llanto de aquella tormenta.
Se veló
mi vida como se vela cada palabra.
Y besé
tu labio, tu mano y tu cara,
acaricié
tu ojo, tu espanto y tu espalda.
Y tú me
amaste tanto y tú me dijiste hermano
volviéndote
sed en mi piel.
Déjame
morir tranquilo
entre
tus labios de calor y olvido.
Y es
verdad, en todo momento
que al
amar se hiere a lo incierto
y que
olvidando se puede matar.
Aparté
mi vista de aquella montaña,
alejé
mi llanto en cada mañana.
Déjame
morir tranquilo durmiendo en tu almohada
y
déjame soñar contigo durmiendo en tu nada.
Entre
tus labios de aroma herido
y tus
brazos de calor y alivio.
Y tú me
devolviste la vida
y tú me
diste alegría
volviéndote
sed en mi piel.
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