lunes, 23 de enero de 2012

19. EL ÁRBOL Y EL AVE


 

A la distancia distinguí un enorme barranco y corrí para disfrutar de esa profundidad, el valle que se recostaba a los pies del barranco era blanco por la nieve que había caído en días pasados y toda la vida se encontraba dormida. Mientras admiraba esa blanca inmensidad, noté que en una roca más debajo de donde yo estaba se encontraba una mujer de delicada figura pintando un cuadro enorme. Por un momento me recordó a la reina de las minas de agua, pero no esta mujer no era tan bella. El dibujo era un enorme árbol verde y frondoso y mil avecillas a su alrededor. La mujer miraba hacia el valle como si el árbol, que no estaba allí le estuviera modelando. Bajé por la ladera del barranco hasta que llegué a donde  estaba la mujer,  la saludé y le dije:
-Pierdes el tiempo en estar mirando al valle, porque allí no está lo que pintas.     
            Ella sonrió en una forma un tanto burlona y me dijo:
-Estás ciego, ese árbol siempre ha estado allí y así seguirá.
            Yo le refuté y le volví a decir:
-Allí no hay nada más que un valle cubierto de nieve, todo blanco, sin árboles y mucho menos aves, tu dibujo sólo es parte de tu imaginación, pero créeme, no hay nada ahí.
            La mujer un tanto molesta me dijo de nuevo:
-El árbol allí está y no es un dibujo lo que estoy pintando sino una historia.
            -¿Una historia? -Le pregunté extrañado-, ¿Cómo puedes pintar una historia? Me parece que estás algo mal, no estás pensando con claridad.   
            -Me parece muy extraño –dijo la mujer- que tú que has vivido tantas cosas maravillosas y extrañas en tu viaje, pienses que estoy loca, a ti mismo te han juzgado loco y no te agrado, entonces, ¿porqué lo haces conmigo?
            -Tienes razón, te pido una disculpa sincera. Lo que pasa es que no alcanzo a comprenderte.
            -Es muy fácil, -contestó ella-, cada pintura es una historia,  el  pintor  traza  sobre  el  lienzo  algo que  no  se atreve a platicar o escribir, una historia a color. Lo interesante de esto es tener la capacidad de comprender el dibujo y la historia que está escrita en cada uno de sus trazos.
            -Ya entiendo. ¿Cómo sabes lo de mi viaje? Eso tampoco lo entiendo.
            -En mi mundo lo sabemos todo, te hemos estado cuidando. Pero no entremos en esos temas que están muy por encima de tu entendimiento. Mejor permíteme  contarte esta historia.
Bajo el fuego frío de la soledad, hace millones de años, vivía un árbol enorme y viejo, sus raíces se extendían más allá del centro de la tierra y sus gigantes ramas atravesaban de lado a lado el cielo. Sus hojas eran como enormes cobijas y las flores de vivos colores adornaban el universo. Su aroma era delicado y dulce y el fruto de sus brotes era un manjar exquisito.  El viento tocaba suavemente  sus hojas y aunque  estuviera furioso siempre respetaba al viejo y sabio árbol, el sol ofrecía su energía para que  el  gigante  creciera  a  cada  segundo,   la  tierra  le  regalaba  con mucho gusto sus nutrientes y el agua regalaba su propia existencia por amor a aquel sabio.    
            El enorme árbol a pesar de ser tan viejo, sabio, respetado y querido por todos los elementos que le rodeaban, se sentía triste y solo porque no podía ofrecerle nada a nadie, en sus ramas no vivía nadie, ni en el centro de su tronco, ni a los pies de sus raíces. El viejo árbol pensaba que su existencia había sido totalmente inútil porque los elementos habían sacrificado todo para darle vida y él nunca había tenido la oportunidad de ofrecerle algo a otros seres vivientes.    
            Un día cuando el sabio árbol meditaba a cerca de su vida escuchó a la distancia  un canto de sin igual  belleza como jamás había escuchado antes y de pronto sintió unas pequeñas patas que se posaban en una de sus ramas y de inmediato preguntó:
            -¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
            -No te asustes, -contestó el extraño visitante-, sólo soy una pequeña ave que ha huido de su nido en busca de aventuras y una vida maravillosa.
            -Pero, ¿qué tiene de malo tu nido? -Preguntó el gran viejo sabio-.     
            -Bueno, en el nido todo eran reglas tontas, todo era aburrido y tenía que compartir el alimento y el cariño de mis padres con muchos hermanos, por eso huí de mi nido.    
            El sabio árbol guardó silencio por unos instantes, suspiró profundamente y le dijo a la avecilla: 
            -Yo tengo miles de años sembrado sobre esta tierra, todos los días al amanecer extiendo mis ramas hacia el sol y tomó de él la energía que necesito para vivir, el agua  viene  y me  da  de  beber y  se vuelve  a  ir  vuelve a venir y así a través de los tiempos y el viento me refresca y me da paz.     
Como podrás ver he tomado de mis años una gran sabiduría, lo que para ti es  una eternidad para mí es  tan sólo un instante,  lo que para ti es una enorme montaña para mí es un grano de arena, lo que para ti es un huracán para mí es una brisa fresca.    
            Permíteme decirte una cosa:
            Si tú haces cosas malas mañana recibirás un castigo y si haces cosas buenas recibirás un premio, piensa un poco en lo que están sufriendo tus padres al haberte perdido, las reglas del nido no son tontas, son totalmente necesarias para tu propio bien y, lo de compartir, amar de verdad es compartir todo sin pedir nada a cambio.
            La pequeña ave se quedó pensando un momento y le preguntó al viejo árbol:
            -¿Por qué si eres tan viejo y sabio tienes ese semblante de dolor y tristeza?
            El árbol contestó de forma suave y clara:
            -Ese semblante triste que tengo es porque me he pasado toda mi vida solo, he recibido amor de los elementos y no he tenido a quien ofrecerle amor, por eso es mi tristeza...
            El ave lo miró de reojo, levantó el vuelo y se fue tan rápido como había llegado.    
El gran sabio árbol se quedó nuevamente solo con los elementos que se sacrificaban para que él viviera. Pasaron dos semanas desde que el ave se había marchado, ya era tarde y el sol se estaba ocultando, el árbol se disponía a dormir cuando escuchó el hermoso canto de nuevo, pero ahora no era un canto, eran dos, no, eran tres, no, no, eran cientos de hermosos cantos formando un coro tan bello que hizo que el viejo  árbol derramara un poco de savia en forma de lágrimas, de pronto, cuando  todavía  no salía  de  la  impresión  del  angelical  canto, sintió como en todas sus ramas se colocaban cientos de patitas y dentro de su impresión les preguntó:
            -¿Qué hacen todos ustedes aquí?
            Entonces el pequeño pajarito fugitivo se le acercó y le dijo:
-Tus consejos y tus sabias palabras me hicieron reaccionar y volví a mi nido, entendí que fuera de él y lejos de mi familia sólo corría peligro y que no tardaría mucho tiempo en morir, así que decidí volver a mi nido y mis padres y hermanos me dieron su perdón y me aceptaron nuevamente. Como ves, tú me salvaste de la perdición y la muerte, en forma de agradecimiento, al ver tu gran tristeza, les dije a mis padres, a mis amigos y a mis vecinos, que en mi viaje había conocido a un ser maravilloso y sabio,  que estaba lleno de amor y  de frutos deliciosos para regalar y que en compañía de él no existía peligro, todo era seguridad, amor y felicidad, así que todos decidimos venir a vivir  en tus frondosas y  enormes ramas para siempre, juntos todos podemos vivir en armonía para la eternidad. Bueno, aquí estamos todos si tú nos aceptas como tus huéspedes.  
            Desde aquel día el gran sabio y viejo árbol, todas las aves, y los elementos vivieron felices en un perfecto equilibrio. El árbol se convirtió en un sabio feliz porque ahora no sólo recibía amor de los elementos sino también de las aves y él podía dar el doble de amor al dar su oxigeno, su alimento y su protección a todos aquellos seres que se acercaran a él.
            Esa es la historia del árbol y el ave que estoy pintando.    
            -Tengo que admitir que es una bella historia al igual que la pintura, -le dije a la bella mujer-, pero el árbol no está allí.
            La mujer pegó un grito de coraje y me reprimió diciéndome:
-No puedo creer que estés tan ciego y que en este viaje por el mundo de la sabiduría en donde has buscado lo que no has perdido y has encontrado tantas maravillas que no buscabas no hayas aprendido nada. Has sido testigo de milagros, encontraste una parte de Dios, te quitaste las mascaras que tenías, encontraste esperanza, paz, un maravilloso don, la hoja de tu vida, libertad y tantas otras cosas maravillosas y no has aprendido nada. Sabes sólo has estado perdiendo el tiempo, tal vez no mereces encontrar lo que buscas, ni mereces recibir todo lo  que  has  encontrado.  No  te  has  dado  cuenta  que  el  árbol siempre  ha estado allí y estará para siempre,  tú eres tan pequeño que no lo puedes ver, vives en una de las hojas de ese maravilloso árbol, él te da protección, agua, alimento, amor y todo lo que necesitas, pero si no tienes la capacidad de creer en él, de sentirlo y amarlo, no vales la pena. No desperdicies más tu tiempo buscando lo que no mereces, porque en realidad nunca lo perdiste, mas bien nunca fue tuyo. Regresa a casa con tu amargura.
-Tienes razón, -le dije a la mujer-. He tenido un viaje maravilloso en donde encontré mil cosas que no he aprendido a apreciar, tal vez no merezco encontrar mi luz, sin embargo, me he esforzado mucho para conseguirlo, he pasado muchas penas, he recorrido miles de kilómetros, sufrí hambre y humillación, hice cosas que nunca imaginé poder hacer, conocí a mucha gente, buena y mala. Todo ese esfuerzo merece una recompensa aunque sea pequeña, ¿no lo crees? Estás siendo muy dura conmigo, además, ¿cómo sabes lo que he hecho en este viaje? ¿Quién eres tú para castigarme y menospreciarme de esta forma tan cruel? ¿Qué te da derecho a dañarme con las palabras envenenadas de tu boca?
La mujer se quedó mirándome con sus ojos tristes como si con esa mirada quisiera hacerme sentir lo que su alma y corazón sentían en ese momento. Después me dijo con la voz quebrada:
-No me reconoces, ¿verdad? Durante todo el viaje he estado a tu lado,  te he cuidado, te he guiado.  Yo soy la reina de las minas de agua de la cual huiste. Yo creí que después de todas las maravillas que has visto serías otro hombre, pensé que encontrarías tu luz y que aceptarías por fin mi amor, pero me equivoqué, tu egocentrismo no te ha permitido entender nada. Tu corazón sigue igual de negro, tu alma enferma, tu mente corrompida y tu vida totalmente vacía. A partir de este momento no te voy a ayudar más, si quieres encontrar tu luz tendrás que continuar solo y si algún día logras cambiar y quieres amarme y dejarte amar, sabes donde encontrarme, tú tienes el mapa de mi corazón guardado dentro de ti. Espero con todo mi corazón que encuentres tu luz y que las tinieblas de tu interior se disipen. Recuérdalo, te estaré esperando para amarte por siempre.      
            La mujer me dio un tierno beso mientras el llanto se asomaba en sus ojos y se fue saltando de copo en copo, la nieve había comenzado a caer como gélidas lágrimas del viejo y sabio árbol. Y yo me quedé llorando de tristeza en una de las hojas del milenario árbol, pensé que tal vez  era cierto lo que me había dicho la mujer y que no valía la pena, ni yo, ni la vida, ni todo lo que había vivido, ni lo que había encontrado y mucho menos continuar mi búsqueda.   
            Durante horas me quedé admirando ese gélido y blanco paisaje, tratando de contemplar un árbol que no estaba ahí o que si estaba y yo era incapaz de ver. Estaba tratando de tragarme mi rabia y las palabras de la mujer. Todo había acabado, era hora de regresar a casa, a mi oscuro rincón de soledad, a sufrir mi dolor.  
            Me fui triste y desconsolado, bajé las montañas e inicié el camino de regreso a casa. El mismo camino que me vio pasar me verá regresar, no fui capaz de obtener la victoria de la batalla con migo mismo.    
            Toda mi vida viviré con el desconsuelo de haber perdido algo y el fracaso de no haberlo encontrado, seré un amargo y un oscuro como lo era hasta antes de mi viaje.     
            La oscuridad seguirá siendo mi aliado y la soledad mi compañía. Moriré viejo y triste, nunca sonreiré, nunca lloraré.   
              Casi al instante mi amargura desplazó todo lo que había  aprendido  y encontrado  y me olvidé de la paz,  del amor, de la libertad, de todo lo demás e inclusive me olvidé hasta de Dios…

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