Regresé por el mismo camino por donde había venido, yo creía que conocía
el camino a la perfección por haber buscado lo perdido en cada rincón del
camino, pero de pronto vi frente a mí una torre muy alta que no había visto
antes. En su parte más alta tenía una pequeña ventana, sus muros eran lisos y
oscuros y sus rejas eran fuertes barrotes. La torre era vieja pero se veía bien
conservada, como si el abandono y los elementos naturales no pudieran tocarla.
Cuando
iba pasando cerca de ella sentí que me llamaba, traté de ignorarla pero su
llamado era cada vez más fuerte. Era una atracción casi fatal, irresistible. Me
acerqué con desconfianza y vi que en la reja estaba puesta la llave, abrí la
reja y entré, cerré de nuevo la reja con llave y empecé a subir los escalones.
En toda la parte baja y media de la torre no había absolutamente nada, era un
vacío interno como el de mi alma. Así que seguí subiendo los escalones y cuando
estuve en la parte más alta de la torre descubrí que había varias celdas, como
si fuera una extraña prisión del medioevo. Solo una de las celdas tenía
ventana. Entré en la celda y me encerré en ella, miré por la ventana y me gusto
como se veía todo desde ahí. Se alcanzaba a ver el desierto y la montaña e
incluso algunos resplandores del mar. Por lo menos había algo de belleza en ese
enclaustro.
Mi
tristeza era tan grande que pensé que no valía la pena regresar a casa, al fin
y al cabo nadie me esperaba, así que, me quedaría a vivir encerrado en esa
torre. Yo solo con la oscuridad de mi corazón y con la ausencia de mi luz.
Ahí tenía todo lo que necesitaba
para sobrevivir; un baño con agua, cama, mesa y muchas hojas de papel blanco
para escribir lo que se me viniera en gana. También tenía mi pluma y
provisiones para varios meses. Además de una vela que escasamente iluminaba mis
oscuras noches de soledad.
Nada
más eso necesitaba. Ya no me importaba sanar mi corazón, ni encontrar mi luz.
No me importaba la compañía de ningún ser humano. Solo estaría mejor hasta el
día de mi muerte. Si es que la misma muerte no se olvidaba de amarme alguna
vez. Con tantas tragedias era lo único que me faltaba, que la muerte pasará de
largo por mi ventana y me ignorara burlándose de mi desdicha. ¿Qué más podía
pasarme? ¿Qué otro dolor me encontraría?
Pronto
los segundos se hicieron minutos y los minutos horas, las horas se
transformaron en semanas y las semanas en meses. Perdí los deseos de mirar por
la ventana y de hacer cualquier otra cosa, excepto escribir, todo el tiempo
estaba escribiendo, pero no mis experiencias en el viaje, porque esas ya las
había olvidado, escribía cosas oscuras y
malas como mi alma y mi corazón. Cosas que no compartía con nadie, sólo yo las
leía y eso envenenaba aun más mi alma sin vida. Mis escritos eran con tinte
maligno y muy escasas veces escribí poemas dolorosos, pero no perturbadores.
Este fue uno de ellos:
NO TE ENCUENTRO
Es tarde ya y la noche cae en
pedazos sobre mis ojos.
Antes de dormir te busco en
todos lados y no te encuentro.
Una sombra me ilusiona pero sólo
es el desvarío de mis recuerdos
Y entonces te busco en la escasa
luz de la luna y no te encuentro.
Es la noche más inmensa que mi
alma ha vivido,
Ha sido más larga porque tú no
estás conmigo.
Te quise hallar en mi sueño y no
hubo ni un sueño
Y entonces lloré dormido, como
lloro tu recuerdo.
Amanece de nuevo y la luz
despierta a mis ojos.
Al despertar te busco de nuevo
en todos lados y no te encuentro.
Un sonido me ilusiona pero sólo
es el desvarío de mis anhelos
Y entonces te busco en lo azul
del cielo y no te encuentro.
Es el día más horrendo que en la
vida ha existido,
Ha sido más horrible porque tú
no estás conmigo.
Te quise hallar en mi camino y
no hubo ni un camino
Y entonces lloré despierto, como
lloro tu recuerdo.
Por ahí alguien me dijo loco...
¿Y que quiere amigo mío si no la
encuentro?
¿Y
que quiere amigo mío si su muerte me dejó vacío?
Fue
de lo poco que escribí con dolor pero sin arrepentirme después. En memoria de
mi luz pérdida.
Así
pasaron muchos meses, no sé cuantos. Perdí la noción del tiempo y de la vida,
no recordaba ya casi nada, ni siquiera estaba seguro de quien era yo. Me estaba
volviendo inconciente de mi propia existencia.
La
vida se había vuelto un suplicio para mí, ya ni siquiera me interesaba buscar
lo que había perdido. (Si es que algún día perdí algo).
La
amargura me invadió y también el odio, me volví violento conmigo mismo y con
los seres insignificantes que me rodeaban.
Cree mil mundos en mi imaginación a donde
podía escapar de mi cruel realidad y nadie lo entendía (hasta hoy nadie
me entiende). Escapaba a las minas de agua y a otros tantos mundos maravillosos
a través de las puertas de mi mente, la única puerta que no utilizaba era la de
la realidad. Pronto corrió la fama del pobre loco que vivía en lo alto de la
torre, y toda la gente iba a la torre a burlarse de mí, pero nadie se atrevió a
ayudarme, sólo se
burlaban y me criticaban.
Nadie me consoló, sólo me miraban
con desprecio. Ni uno de ellos curó mis heridas, únicamente me bañaron en sal. Así
es la gente “normal”. Se ríen de ti y no te ayudan, pero cuando son ellos los
necesitados ruegan por el favor que ellos nunca darían.
Así
pasaron más meses, y me hice insensible a las críticas y a las burlas, mis
sentidos se opacaron, ya no usaba mis ojos, ni mi lengua, ni mis oídos, ni mi
tacto, ni nada de sentimientos, sólo estaba encerrado en mi propio mundo, en mi
cárcel creada por mí y solo para mí.
Llegue
al punto de no saber ni siquiera que estaba haciendo ahí…
Un
día cuando estaba encerrado en mi torre quise ver el mundo por una de las
ventanas de mi imaginación y vi que todo era aparente, los que decían amar no
amaban de verdad, (no sé que significa amor, pero nadie amaba) el hambre se
comía al hambriento, toda esa gente allá abajo con sus miles de rostros
sonrientes que no eran mas que mascaras cubriendo el llanto, (mascaras que yo
mismo tenía de vuelta) también vi a la muerte rondando el mundo, (esa que me
robó lo que perdí) traiciones, heridas,
decepciones, vidas vacías, soledad... cerré apresurado y asustado la ventana de
mi imaginación y decidí que era mejor estar encerrado por siempre en mi torre.
Ya sin mirar afuera.
Pasó
el tiempo, mis ojos ya se habían olvidado de ver, mis oídos ya se habían olvidado de oír y mi corazón se había olvidado de sentir, y
cuando estaba yo rasgando lo más profundo de ese abismo oscuro que existe en mi
mente se abrió la reja de mi torre y entraron nuevos presos en mi celda y
ninguno de ellos quería mirar por la ventana de la imaginación. Todos eran como
yo, huyendo de sus tristezas, seres oscuros, amargos, como animales reptantes
en el fuego traidor del infierno, escapando del olvido del cielo.
Uno
de ellos me comentó:
-El
aire me pesa sobre los hombros y le delicada fragancia de la pesadilla no me
deja cerrar los párpados, el
miedo vive en el interior
de mis miedos y mi corazón
tiembla en escalofrío. No soporto ya la situación de mi alma. Exijo un minuto
de paz y un buen motivo para luchar, pero la voz que todos oyen y que nadie
escucha guarda silencio. Así que a
falta de sueños y a sobra de cansancio
he decidido no mirar al mundo y vivir encerrado en esta torre. Claro si tú me
permites habitar en ella.
Otro
de ellos me dijo:
-Yo
tenía un muro inmenso que me protegía del sol y del viento, era lo único que
tenía en este mundo traicionero y era feliz con ello, pero un día el sol y el
viento se aliaron con el agua y las piedras y derrumbaron mi muro, me quedé
solo y sin consuelo, la más grande protección me fue arrancada y es por eso que
no tengo lugar a donde ir ni con quien ir. La traición me ha llenado de
tristeza y amargura y no quiero jamás volver a vivir en ese mundo falso y cruel
y es por eso que decidí encerrarme en esta torre. Por supuesto, si es que
tienes la bondad de recibirme en ella.
El
tercero de ellos me contó una historia que me heló la sangre, y decía así:
-Un
día cuando la inocencia vivía en mi casa y la paz y la armonía la visitaban
continuamente, escuché que el mar insultaba fuertemente al cielo y el cielo en
su ironía le contestaba maldiciendo. Los gritos se tornaron en golpes y los
golpes en maleficios. Entonces cuando el cielo se cansó de aquella pelea, juntó
en sus brazos todas las nubes que pudo y le mandó al mar un par de rayos y lo
mató, cuando el mar ya estaba inerte el cielo se sintió vencedor, pero lanzó su
mirada a un rincón del mundo y vio que un par de gotas miraban aterradas la cruel escena, entonces el cielo
comprendió el enorme mal que había hecho y se escapó ahogándose en el
cuerpo inerte del mar. El par de gotas lloraron, sangraron, se mutilaron al ver
que su madre el cielo y su padre el mar yacían muertos en su propia soledad.
-Yo
era una de las gotas -me dijo llorando-, también he perdido a mi hermana, la
otra gota, por eso he decidido abandonar la crueldad de aquel mundo y
encerrarme en esta torre. Te suplico que no me arrojes fuera de ella, quiero
vivir aquí.
-Y
tú ¿porque estás aquí? -Me preguntaron los tres en coro-.
-Bueno,
-les dije-, permítanme contarles mi historia:
-Yo
vivía en un mundo bello, donde cada sonrisa era una estrella en
el cielo, donde
daba igual si era
día o era noche porque la luz la llevábamos por dentro, allí no había pesadillas, ni necesitábamos un
muro porque el sol, el viento, el agua y las piedras eran de mi propia familia,
y el cielo y el mar se hacían el amor día con día, pero un mal día, no sé quien,
no lo recuerdo, a través de un ser inexistente me robó de mi alma la parte más
amada, la destrozó frente a mis ojos y la arrojó a las piedras para que su
sangre llegara como un río hasta mi alma destrozada, yo lloré desesperado
porque ya no veía las estrellas en el cielo y la luz que llevaba por dentro ya
no brillaba inmensamente y se consumía muy lento como la luz de la mirada de mi
alma. Y les reclamé por mi dolor a todos, al árbol, al río, a la luna y aun
hasta a la montaña, más vi que a nadie le importaba, vi que mi frágil mundo
bello era en realidad un baúl de hipocresía que gritaba amor, amor sin sentir
nada. Así, cansado, triste y destrozado decidí buscar mi luz por todo el
universo, pero el destino y el cielo me
llevaron de fracaso en fracaso, hasta que me invadió por completo la locura y
fue cuando decidí encerrarme en esta torre. Más yo miraba por esa ventana
de vez en cuando buscando no
sé que y jamás encontré nada, así que decidí no mirar por la ventana y
ser eterno prisionero de esta torre.
Los
cuatro dejamos de hablar y pronto se hizo de noche, y sin decir nada los cuatro
nos hicimos la promesa de nunca ver por la ventana y de ser presos eternos de
nuestra torre.
Pero
el tiempo pasó y aquellos tres, uno a uno se fueron marchando y de nuevo me
quedé solo con las promesas olvidadas, y pasaron las horas, los días, las
semanas, los meses, los años... mi corazón ya se había hecho de piedra y mi
alma estaba cauterizada, y ya se me había olvidado que hacía encerrado y solo,
fue en ese momento cuando vi, con la escasa luz de mi fuego, un verso que yo
mismo había escrito en la pared.
Que triste es la vida del día
Que no tiene una noche para
descansar.
Que triste es la vida de la
noche
Que no tiene un día para
trabajar.
Así de triste es mi vida cuando
tú no estás.
Intenté recordar lo que quería decir
con ese verso y fue en ese preciso momento que recordé mi luz pérdida y sentí
deseos de ir en su búsqueda nuevamente, pero tenía miedo, mi encierro era ya
muy largo y no sabía que encontraría fuera de mi torre, así que me acerqué a la
ventana con temor y la abrí, la luz de afuera me cegó por unos instantes y el
aire puro me quemó la piel.
En
aquel mundo no vi nada que me pudiera ayudar, así que me volví a encerrar en la
torre. El tiempo pasó y la depresión invadió mi vida a tal grado que lo único
que podía exigir al cielo era la muerte, en mi corazón no existía ni una
esperanza de vida y con todas mis fuerzas deseaba morir. Llegué a exigir con
desesperación mi muerte. Pasaba
el tiempo escribiendo amargura en las paredes de la
torre pues hasta el papel me había abandonado.
Un
día decidí asomarme por la ventana, no fue una decisión tan propia, sino más
bien el cumplimiento inconciente de una orden de un ser supremo cuya voz no se
escuchaba pero se sentía dentro de lo que quedaba de alma. Duré unos instantes
mirando el mundo y de pronto vi a una mujer, o tal vez no era mujer, tal vez
era una estrella o un rayo de luz al amanecer.
Y
me dijo con voz dulce y tierna.
-¿Por
qué no sales de tu torre?
-Porque
soy prisionero y no puedo salir.
Y
me volvió a decir:
-Tú
tienes la llave de tu torre, eres prisionero de ti mismo, no tengas miedo de
vivir acá afuera, mira, aquí hay aire, agua, luz, color, vida, amor. No
desperdicies tu vida encerrado en esa horrible torre, ven afuera y disfruta de
todo lo hermoso que la vida te ofrece. Seca el llanto de tu alma y borra lo
negro de tu corazón. La luz de la vida está en todo lugar, nunca se perderá.
-Todo eso es mentira -le dije-, la
luz muere cuando la oscuridad quiere, el color también se va, y la vida
termina, hasta el arco iris en su belleza muere y el amor... no conozco el amor
¿qué es?
-Sal
de tu torre y te lo explicaré -me dijo amablemente-.
Con
mucho temor dentro de mi confundida mente salí de la torre casi temblando y fui
al lado de la mujer. Me negaba a dejar por completo mi refugio, así que me
quedé parado en el umbral de la puerta de mi torre.
-Mira,
-apuntó con su dedo al sol-. El sol no muere ante la oscuridad sólo se esconde
para salir de nuevo porque el sol y la oscuridad viven en perfecta armonía. Y mira al arco iris en su belleza, jamás muere,
siempre esta ahí, lo que pasa es que tú apartas tu vista de él y por eso
piensas que ha muerto. Y el amor, no puedo explicarte el amor, el amor se
siente adentro en el corazón, es esa necesidad de lo amado, es esa paz y esa
guerra unidas de la mano, es la luz y la oscuridad besándose, es la vida y es
la muerte amándose.
Camina
junto conmigo en la vida -me dijo aquella bella mujer- y día con día, noche con
noche, con cada evento, con cada sueño, con cada lágrima, aprenderemos juntos
lo que es el amor.
Y
así lo hice, tomé el riesgo de salir de mi torre y empezar una nueva vida y he
llegado a amar tanto a esa mujer que a veces pienso que me explotará el
corazón, y soy un hombre inmensamente feliz porque sé que ella me ama tanto a
mí como yo a ella.
Al lado de esa mujer recuperé todos
los recuerdos de mi fantástico viaje y recuperé todo lo que había encontrado. Mi
luz, la que perdí, no la encontré, aunque debo admitir que en los ratos en que
la soledad me acompañaba la seguía buscando, pero sin enloquecer por no
encontrarla. Tal vez no lo hacía como antes porque ya tenía a mi lado la luz del
amor.
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