lunes, 23 de enero de 2012

20. LA TORRE CAÍDA


 

Regresé por el mismo camino por donde había venido, yo creía que conocía el camino a la perfección por haber buscado lo perdido en cada rincón del camino, pero de pronto vi frente a mí una torre muy alta que no había visto antes. En su parte más alta tenía una pequeña ventana, sus muros eran lisos y oscuros y sus rejas eran fuertes barrotes. La torre era vieja pero se veía bien conservada, como si el abandono y los elementos naturales no pudieran tocarla.
            Cuando iba pasando cerca de ella sentí que me llamaba, traté de ignorarla pero su llamado era cada vez más fuerte. Era una atracción casi fatal, irresistible. Me acerqué con desconfianza y vi que en la reja estaba puesta la llave, abrí la reja y entré, cerré de nuevo la reja con llave y empecé a subir los escalones. En toda la parte baja y media de la torre no había absolutamente nada, era un vacío interno como el de mi alma. Así que seguí subiendo los escalones y cuando estuve en la parte más alta de la torre descubrí que había varias celdas, como si fuera una extraña prisión del medioevo. Solo una de las celdas tenía ventana. Entré en la celda y me encerré en ella, miré por la ventana y me gusto como se veía todo desde ahí. Se alcanzaba a ver el desierto y la montaña e incluso algunos resplandores del mar. Por lo menos había algo de belleza en ese enclaustro.   
            Mi tristeza era tan grande que pensé que no valía la pena regresar a casa, al fin y al cabo nadie me esperaba, así que, me quedaría a vivir encerrado en esa torre. Yo solo con la oscuridad de mi corazón y con la ausencia de mi luz.    
            Ahí tenía todo lo que necesitaba para sobrevivir; un baño con agua, cama, mesa y muchas hojas de papel blanco para escribir lo que se me viniera en gana. También tenía mi pluma y provisiones para varios meses. Además de una vela que escasamente iluminaba mis oscuras noches de soledad.
Nada más eso necesitaba. Ya no me importaba sanar mi corazón, ni encontrar mi luz. No me importaba la compañía de ningún ser humano. Solo estaría mejor hasta el día de mi muerte. Si es que la misma muerte no se olvidaba de amarme alguna vez. Con tantas tragedias era lo único que me faltaba, que la muerte pasará de largo por mi ventana y me ignorara burlándose de mi desdicha. ¿Qué más podía pasarme? ¿Qué otro dolor me encontraría?
            Pronto los segundos se hicieron minutos y los minutos horas, las horas se transformaron en semanas y las semanas en meses. Perdí los deseos de mirar por la ventana y de hacer cualquier otra cosa, excepto escribir, todo el tiempo estaba escribiendo, pero no mis experiencias en el viaje, porque esas ya las había olvidado,  escribía cosas oscuras y malas como mi alma y mi corazón. Cosas que no compartía con nadie, sólo yo las leía y eso envenenaba aun más mi alma sin vida. Mis escritos eran con tinte maligno y muy escasas veces escribí poemas dolorosos, pero no perturbadores. Este fue uno de ellos:


NO TE ENCUENTRO


Es tarde ya y la noche cae en pedazos sobre mis ojos.
Antes de dormir te busco en todos lados y no te encuentro.
Una sombra me ilusiona pero sólo es el desvarío de mis recuerdos
Y entonces te busco en la escasa luz de la luna y no te encuentro.

Es la noche más inmensa que mi alma ha vivido,
Ha sido más larga porque tú no estás conmigo.
Te quise hallar en mi sueño y no hubo ni un sueño
Y entonces lloré dormido, como lloro tu recuerdo.

Amanece de nuevo y la luz despierta a mis ojos.
Al despertar te busco de nuevo en todos lados y no te encuentro.
Un sonido me ilusiona pero sólo es el desvarío de mis anhelos
Y entonces te busco en lo azul del cielo y no te encuentro.

Es el día más horrendo que en la vida ha existido,
Ha sido más horrible porque tú no estás conmigo.
Te quise hallar en mi camino y no hubo ni un camino
Y entonces lloré despierto, como lloro tu recuerdo.

Por ahí alguien me dijo loco...
¿Y que quiere amigo mío si no la encuentro?
¿Y que quiere amigo mío si su muerte me dejó vacío?
  
            Fue de lo poco que escribí con dolor pero sin arrepentirme después. En memoria de mi luz pérdida.
Así pasaron muchos meses, no sé cuantos. Perdí la noción del tiempo y de la vida, no recordaba ya casi nada, ni siquiera estaba seguro de quien era yo. Me estaba volviendo inconciente de mi propia existencia.        
La vida se había vuelto un suplicio para mí, ya ni siquiera me interesaba buscar lo que había perdido. (Si es que algún día perdí algo).     
La amargura me invadió y también el odio, me volví violento conmigo mismo y con los seres insignificantes que me rodeaban.  Cree mil  mundos en  mi imaginación  a donde  podía escapar de mi cruel realidad y nadie lo entendía (hasta hoy nadie me entiende). Escapaba a las minas de agua y a otros tantos mundos maravillosos a través de las puertas de mi mente, la única puerta que no utilizaba era la de la realidad. Pronto corrió la fama del pobre loco que vivía en lo alto de la torre, y toda la gente iba a la torre a burlarse de mí, pero nadie se atrevió a ayudarme,  sólo  se  burlaban y  me  criticaban.  Nadie  me consoló, sólo me miraban con desprecio. Ni uno de ellos curó mis heridas, únicamente me bañaron en sal. Así es la gente “normal”. Se ríen de ti y no te ayudan, pero cuando son ellos los necesitados ruegan por el favor que ellos nunca darían.
            Así pasaron más meses, y me hice insensible a las críticas y a las burlas, mis sentidos se opacaron, ya no usaba mis ojos, ni mi lengua, ni mis oídos, ni mi tacto, ni nada de sentimientos, sólo estaba encerrado en mi propio mundo, en mi cárcel creada por mí y solo para mí.    
            Llegue al punto de no saber ni siquiera que estaba haciendo ahí…     
Un día cuando estaba encerrado en mi torre quise ver el mundo por una de las ventanas de mi imaginación y vi que todo era aparente, los que decían amar no amaban de verdad, (no sé que significa amor, pero nadie amaba) el hambre se comía al hambriento, toda esa gente allá abajo con sus miles de rostros sonrientes que no eran mas que mascaras cubriendo el llanto, (mascaras que yo mismo tenía de vuelta) también vi a la muerte rondando el mundo, (esa que me robó lo que perdí)  traiciones, heridas, decepciones, vidas vacías, soledad... cerré apresurado y asustado la ventana de mi imaginación y decidí que era mejor estar encerrado por siempre en mi torre. Ya sin mirar afuera.  
            Pasó el tiempo, mis ojos ya se habían olvidado de ver,  mis oídos ya se habían  olvidado de oír  y mi corazón se había olvidado de sentir, y cuando estaba yo rasgando lo más profundo de ese abismo oscuro que existe en mi mente se abrió la reja de mi torre y entraron nuevos presos en mi celda y ninguno de ellos quería mirar por la ventana de la imaginación. Todos eran como yo, huyendo de sus tristezas, seres oscuros, amargos, como animales reptantes en el fuego traidor del infierno, escapando del olvido del cielo.    
            Uno de ellos me comentó:
-El aire me pesa sobre los hombros y le delicada fragancia de la pesadilla  no me  deja cerrar  los párpados, el miedo vive  en el  interior  de mis miedos  y mi corazón tiembla en escalofrío. No soporto ya la situación de mi alma. Exijo un minuto de paz y un buen motivo para luchar, pero la voz que todos oyen y que nadie escucha guarda silencio. Así que  a falta  de sueños y a sobra de cansancio he decidido no mirar al mundo y vivir encerrado en esta torre. Claro si tú me permites habitar en ella.    
            Otro de ellos me dijo:
            -Yo tenía un muro inmenso que me protegía del sol y del viento, era lo único que tenía en este mundo traicionero y era feliz con ello, pero un día el sol y el viento se aliaron con el agua y las piedras y derrumbaron mi muro, me quedé solo y sin consuelo, la más grande protección me fue arrancada y es por eso que no tengo lugar a donde ir ni con quien ir. La traición me ha llenado de tristeza y amargura y no quiero jamás volver a vivir en ese mundo falso y cruel y es por eso que decidí encerrarme en esta torre. Por supuesto, si es que tienes la bondad de recibirme en ella.                   
El tercero de ellos me contó una historia que me heló la sangre, y decía así:
            -Un día cuando la inocencia vivía en mi casa y la paz y la armonía la visitaban continuamente, escuché que el mar insultaba fuertemente al cielo y el cielo en su ironía le contestaba maldiciendo. Los gritos se tornaron en golpes y los golpes en maleficios. Entonces cuando el cielo se cansó de aquella pelea, juntó en sus brazos todas las nubes que pudo y le mandó al mar un par de rayos y lo mató, cuando el mar ya estaba inerte el cielo se sintió vencedor, pero lanzó su mirada a un rincón del mundo y vio que un par de gotas miraban  aterradas la cruel escena, entonces el  cielo  comprendió  el enorme  mal  que  había hecho y se escapó ahogándose en el cuerpo inerte del mar. El par de gotas lloraron, sangraron, se mutilaron al ver que su madre el cielo y su padre el mar yacían muertos en su propia soledad.
            -Yo era una de las gotas -me dijo llorando-, también he perdido a mi hermana, la otra gota, por eso he decidido abandonar la crueldad de aquel mundo y encerrarme en esta torre. Te suplico que no me arrojes fuera de ella, quiero vivir aquí.   
            -Y tú ¿porque estás aquí? -Me preguntaron los tres en coro-.        
            -Bueno, -les dije-, permítanme contarles mi historia:
-Yo vivía en un mundo bello, donde cada sonrisa era una estrella  en  el  cielo,  donde  daba  igual si  era  día  o era  noche porque la luz  la llevábamos por dentro,  allí no había pesadillas, ni necesitábamos un muro porque el sol, el viento, el agua y las piedras eran de mi propia familia, y el cielo y el mar se hacían el amor día con día, pero un mal día, no sé quien, no lo recuerdo, a través de un ser inexistente me robó de mi alma la parte más amada, la destrozó frente a mis ojos y la arrojó a las piedras para que su sangre llegara como un río hasta mi alma destrozada, yo lloré desesperado porque ya no veía las estrellas en el cielo y la luz que llevaba por dentro ya no brillaba inmensamente y se consumía muy lento como la luz de la mirada de mi alma. Y les reclamé por mi dolor a todos, al árbol, al río, a la luna y aun hasta a la montaña, más vi que a nadie le importaba, vi que mi frágil mundo bello era en realidad un baúl de hipocresía que gritaba amor, amor sin sentir nada. Así, cansado, triste y destrozado decidí buscar mi luz por todo el universo,  pero el destino y el cielo me llevaron de fracaso en fracaso, hasta que me invadió por completo la locura y fue cuando decidí encerrarme en esta torre. Más yo miraba por esa  ventana  de vez en  cuando  buscando no  sé que y jamás encontré nada, así que decidí no mirar por la ventana y ser eterno prisionero de esta torre.
Los cuatro dejamos de hablar y pronto se hizo de noche, y sin decir nada los cuatro nos hicimos la promesa de nunca ver por la ventana y de ser presos eternos de nuestra torre.    
            Pero el tiempo pasó y aquellos tres, uno a uno se fueron marchando y de nuevo me quedé solo con las promesas olvidadas, y pasaron las horas, los días, las semanas, los meses, los años... mi corazón ya se había hecho de piedra y mi alma estaba cauterizada, y ya se me había olvidado que hacía encerrado y solo, fue en ese momento cuando vi, con la escasa luz de mi fuego, un verso que yo mismo había escrito en la pared.

Que triste es la vida del día
Que no tiene una noche para descansar.
Que triste es la vida de la noche
Que no tiene un día para trabajar.
Así de triste es mi vida cuando tú no estás.

            Intenté recordar lo que quería decir con ese verso y fue en ese preciso momento que recordé mi luz pérdida y sentí deseos de ir en su búsqueda nuevamente, pero tenía miedo, mi encierro era ya muy largo y no sabía que encontraría fuera de mi torre, así que me acerqué a la ventana con temor y la abrí, la luz de afuera me cegó por unos instantes y el aire puro me quemó la piel.
            En aquel mundo no vi nada que me pudiera ayudar, así que me volví a encerrar en la torre. El tiempo pasó y la depresión invadió mi vida a tal grado que lo único que podía exigir al cielo era la muerte, en mi corazón no existía ni una esperanza de vida y con todas mis fuerzas deseaba morir. Llegué a exigir con desesperación mi  muerte.  Pasaba  el  tiempo  escribiendo amargura en las paredes de la torre pues hasta el papel me había abandonado.
            Un día decidí asomarme por la ventana, no fue una decisión tan propia, sino más bien el cumplimiento inconciente de una orden de un ser supremo cuya voz no se escuchaba pero se sentía dentro de lo que quedaba de alma. Duré unos instantes mirando el mundo y de pronto vi a una mujer, o tal vez no era mujer, tal vez era una estrella o un rayo de luz al amanecer.
            Y me dijo con voz dulce y tierna.
            -¿Por qué no sales de tu torre?
            -Porque soy prisionero y no puedo salir.
            Y me volvió a decir:
            -Tú tienes la llave de tu torre, eres prisionero de ti mismo, no tengas miedo de vivir acá afuera, mira, aquí hay aire, agua, luz, color, vida, amor. No desperdicies tu vida encerrado en esa horrible torre, ven afuera y disfruta de todo lo hermoso que la vida te ofrece. Seca el llanto de tu alma y borra lo negro de tu corazón. La luz de la vida está en todo lugar, nunca se perderá.
            -Todo eso es mentira -le dije-, la luz muere cuando la oscuridad quiere, el color también se va, y la vida termina, hasta el arco iris en su belleza muere y el amor... no conozco el amor ¿qué es?
            -Sal de tu torre y te lo explicaré -me dijo amablemente-.
Con mucho temor dentro de mi confundida mente salí de la torre casi temblando y fui al lado de la mujer. Me negaba a dejar por completo mi refugio, así que me quedé parado en el umbral de la puerta de mi torre.
-Mira, -apuntó con su dedo al sol-. El sol no muere ante la oscuridad sólo se esconde para salir de nuevo porque el sol y la oscuridad viven en  perfecta armonía. Y mira al arco  iris en su belleza,  jamás muere,  siempre esta ahí, lo que pasa es que tú apartas tu vista de él y por eso piensas que ha muerto. Y el amor, no puedo explicarte el amor, el amor se siente adentro en el corazón, es esa necesidad de lo amado, es esa paz y esa guerra unidas de la mano, es la luz y la oscuridad besándose, es la vida y es la muerte amándose.
Camina junto conmigo en la vida -me dijo aquella bella mujer- y día con día, noche con noche, con cada evento, con cada sueño, con cada lágrima, aprenderemos juntos lo que es el amor.    
            Y así lo hice, tomé el riesgo de salir de mi torre y empezar una nueva vida y he llegado a amar tanto a esa mujer que a veces pienso que me explotará el corazón, y soy un hombre inmensamente feliz porque sé que ella me ama tanto a mí como yo a ella.
            Al lado de esa mujer recuperé todos los recuerdos de mi fantástico viaje y recuperé todo lo que había encontrado. Mi luz, la que perdí, no la encontré, aunque debo admitir que en los ratos en que la soledad me acompañaba la seguía buscando, pero sin enloquecer por no encontrarla. Tal vez no lo hacía como antes porque ya tenía a mi lado la luz del amor.

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