Me
levanté de madrugada, cuando todo estaba en calma. La oscuridad aún dominaba a
la tierra y el silencio era lo único que se escuchaba. La pesadilla de mi
tristeza no me dejaba dormir en paz. Recordé la muerte de mi luz en todo
momento. La ausencia de sueños y la orgía de pesadillas me volvieron amante de
la noche. Caminé por toda la casa y no encontré nada que hacer, chocaba
constantemente con los muebles de la casa a pesar de que creía conocerla a la
perfección. Choqué con la pequeña mesa rustica de centro, también con las
sillas de la cocina, aún con las paredes. También destruí un antiguo jarrón del
rincón de mi casa. Choqué y destruí muchas cosas, pero me negaba a encender la
luz, porque mi vida era condenada a la triste oscuridad. No tenía nada que
hacer en esa madrugada, así que me acerqué al espejo y entré a un mundo extraño
a través de él.
¡OH
mundo maravilloso! Donde las espadas unen países, donde llueve al punto exacto
entre lo bueno y lo malo, donde sobra una razón para reír, donde no habita el
miedo, donde hay luz en todo momento. Me adentré al corazón de ese mundo raro y
entre más adentro de él estaba más paz
a mi alma llegaba, el aire
era tan puro y claro que me
ardían los pulmones y la luz era tan brillante que me cegó por un instante. Seguí
adentrándome en el corazón de aquel mundo y vi lagos, ríos y mares tan
cristalinos que podía ver su fondo como si fuera parte de ellos. Había tanta agua, como
en las minas de agua, pero al aire libre, bajo el cobijo del cielo. También vi
montañas que se
levantaban como majestuosos
pilares de un templo natural y en sus
picos la nieve coronaba la belleza de aquel lugar. Yo me sentí tan feliz por
estar ahí que ya me había olvidado que venía de un mundo diferente.
Continué
caminando debajo de la sombra fiel de los gigantes verdes, mientras escuchaba
la canción de la naturaleza perfecta. Este lugar me recordó a la ciudad de mi
imaginación, pero este lugar si era real.
De
pronto escuché que alguien gritaba mi nombre, miré a todos lados pero no pude
ver a nadie, entonces, alguien volvió a gritar mi nombre y miré hacia lo alto
de una cascada de mil colores y ahí, entre las rocas y el agua estaba parado
Juan, me quedé mirándolo por un momento y corrí presuroso hacia él.
Llegué
hasta la cascada y atravesé sus cristalinas aguas sin que éstas me mojaran.
Escalé por sus húmedas y mohosas rocas sin resbalarme, y me colgaba de sus
enredaderas hasta que llegué a la pequeña cueva en dónde estaba Juan. Miré a Juan con calma, como si quisiera
reconocer lo que ya había olvidado y después lo abracé fuertemente. Él con
mucha calma me miró como si no hubieran pasado los años por entre nosotros, y
me dijo estas palabras:
-Yo
sólo soy un recuerdo guardado en lo más recóndito de los corazones de los que
me amaron, soy el primero de una larga lista de amargura, pero aquí, en este
mundo se ha muerto el rencor que guardábamos para el dragón que
exterminó mi aliento,
ahora, todo es
paz, viajando del aroma puro de las flores al cristalino color de esta
cascada. El ardor en la piel y el dolor de la cabeza se han transformado en
tranquilizantes momentos. La paz es perdurable y la armonía nos gobierna.
Extasiado
por la belleza del lugar y por la profundidad de las palabras de Juan, dije:
-Tu
mundo es maravilloso, sería feliz viviendo en él. Podríamos estar juntos y
aprovechar los momentos que antes perdimos, vamos a ser felices juntos, como nunca
antes fuimos.
-No
es tu momento, ni tu mundo. Has venido por una razón especial que tienes que
descubrir por ti mismo.
Quise
refutar las palabras, pero Juan tajantemente y con una gran sonrisa en los
labios me dijo:
-Ahora
vete, tienes que encontrar tu camino, tienes que encontrar lo que perdiste. Has
venido a buscar algo y debes encontrarlo, estás más cerca de lo que te
imaginas, a un solo salto de tus suspiros.
Me
despedí de él y me fui caminando por las aguas frescas del río. Caminé durante
mucho tiempo y mis pies no se cansaron, ni las piedras me lastimaron. El agua
era como una caricia hermosa al alma y las piedras como un delicado masaje a la
piel. Era una frescura que trataba de aliviarme de un calor que no existía,
pues en ese mundo, todo era perfecto.
Un rato después sentí hambre (no el hambre
dolorosa que conocemos) y busqué algo que comer y para mi gran sorpresa aquel
mundo estaba lleno de frutos que nunca jamás había visto. Los árboles y sus
frutos eran muy diversos, tanto en color, aroma, textura y olor. A la distancia
vi un enorme árbol de hojas de un verde intenso que tenía unos frutos rojos
enormes que llamó mi atención, me acerqué al árbol y cuando iba a tomar un
fruto escuché una voz que me decía:
-Hola,
¿cómo has estado?
Miré
hacia lo alto del árbol y ahí estaba Jarinci meciéndose en la rama sujeta del
viento. Como pude escalé el árbol y llegué hasta
donde ella estaba, le di un beso en la mejilla y la abracé. Me
senté a un lado de ella y me dijo estas palabras:
-Aquí
soy tan feliz que ya casi ni
recuerdo como era mi vida en tu mundo,
en mi vieja memoria sólo encuentro a un gusano de metal
devorándome, pero también veo personas que me amaron y que todavía me
aman, yo tengo la fe de que muy pronto
vendrán conmigo y viviremos donde más nos
agrade, ya sea en la
semilla de una de estas frutas, en el intenso color de las
hojas o en un copo de nieve fresca, y reiremos todos los días.
-Tienes
alimentos deliciosos, debes de vivir feliz en este mundo, quisiera quedarme contigo,
-le dije a Jarinci en tono de súplica-.
Recordé
lo que Juan me había dicho y temí que Jarinci también me rechazara.
-Por
favor. –Supliqué-.
-Este
no es tu mundo y comer no es tu misión, ya es tiempo de que te vallas, aún
tienes cosas más bellas e importantes que hacer en éste mundo. Recuerda lo que
te trajo hasta aquí, tus esperanzas y deseos están a punto de coronarse en
realidad.
Me
despedí de Jarinci y me fui zigzagueando entre los troncos de ese huerto.
Pasó
el tiempo sin que realmente pasara, la luz seguía igual de brillante y por más
que busqué el sol, no lo pude encontrar. Continué mi camino y en lo alto de un
monte vi una caverna, me dio mucha curiosidad y escalé el monte para entrar en
la caverna. En varias ocasiones estuve a punto de resbalar y caer por la ladera
de la montaña, pero extrañamente, una fuerza invisible me sujetaba y me
alentaba a continuar escalando. Por fin logré subir hasta la cueva y me
aventuré a entrar en ella. Ya adentro de
la cueva me quedé impresionado por la belleza de ese mundo subterráneo. Tenía
ríos de agua clara, formaciones rocosas que me despertaron la imaginación y sus
paredes tenían mil
incrustaciones de piedras
preciosas que iluminaban toda la
caverna. Por momentos recordé las minas de agua y me sentía como en casa, pero
también recordaba la desesperación que sentí al saberme atrapado dentro de la
tierra y quise salir, pero seguí
caminando hacia adentro de la
caverna hasta que
llegué a una bóveda de gran tamaño y me llevé una gran sorpresa
al ver que en el centro estaba sentado José sobre piedras de oro y plata.
Me
acerqué a él y lo abracé, con voz clara y serena, voz que yo le desconocía, me
dijo:
-Sé
que fui la espina en el alma de muchas generaciones, que mi voz desgarraba las mentes inocentes y que la
venganza fue la única dicha de mi vida, pero yo también conocí lo que es el
amor y lo que es perder lo amado. Aquí, en este mundo de humildad encontré la
verdadera paz, no creas que siempre estoy encerrado en esta caverna de piedras
preciosas, aquí sólo vengo a meditar por instantes, yo vivo en el canto de las
aves y en el centro de las nubes. En cada piedra preciosa esta una parte de mí.
Soy uno con el todo y el todo es uno conmigo. Así soy ahora.
-Tu
mundo es de mi agrado, si fuera tu voluntad que te acompañe, lo haré con gusto.
Podré ser tu amigo ya que en el otro mundo no fuimos capaces de hacerlo.
Haremos cosas que nunca quisimos hacer y que debimos. La paz será con y entre
nosotros.
-Hijo
mío, -me dijo José-, yo te amo, me gustaría tu compañía, pero no has venido a
este mundo para ser mi amigo. Continúa tu camino que aún te falta encontrar la
razón más importante por la cual estás en este mundo. Ya falta poco, muy poco,
para que se disipen tus miedos, tus terrores, tus pesadillas se apagarán. Sabes
bien que por eso has venido a este mundo dentro de tu espejo. Sigue adelante.
Me
despedí de José y salí de la caverna.
Caminé
durante mucho tiempo y por muchos caminos pero no encontraba la razón por la
cual había venido a este mundo. Conocí muchos lugares hermosos y a muchas
personas maravillosas, tuve experiencias increíbles, pero no podía encontrar la
razón por la cual había entrado a ese mundo a través del espejo. Después de
tanto andar sentí un calor extraño en mi espalda y una voz dulce que hizo que
todo mi cuerpo temblara me llamó por mi nombre, voltee y vi un fuego enorme y
dentro del fuego estaba Janeth.
-Acércate
a mí, bésame y abrázame, -me dijo con su dulce voz-.
-Pero,
me quemaré con el fuego, -le dije con un poco de temor-.
Ella
sonrío y estiró sus manos hacia mí.
-No
tengas miedo, confía en mí.
Lentamente
me acerqué a ella y el fuego no me quemó ni una pestaña, al contrario, me llenó
de una sensación de frescura que inundó mi cuerpo. Abracé y besé a Janeth y
lloramos durante mucho tiempo, cada lágrima era como una gran sonrisa, cada
beso como un poema y cada palabra era como un estruendo de amor en el viento.
Los volcanes adornaron el cielo con juegos de colores, las bestias del campo
enmudecieron ante tanta alegría y las aguas y el aire detuvieron su eterna
marcha para contemplar aquella escena que conmovió hasta al más duro de
corazón. (Si es que había alguno en ese mundo). Los astros del cielo bailaban
gozosos, el tiempo retrocedió en su inmutable seguir sólo para contemplar la
ternura de aquella imagen que quedará petrificada en el corazón de lo eterno.
Janeth
tomó mi mano y se quedó viendo dentro de mis ojos con sus grandes ojos claros,
y me dijo con su dulce voz:
-Aquí
corro de los jazmines a las rosas, de las perlas a las llamas que no queman,
aquí no sufro dolor, ni se seca el mar en llanto, el rencor ya se olvido, la
paz y el amor viven en nuestros
corazones. Mi alegría por mirar dentro de tus ojos es
indescriptible, es el día más feliz de mi feliz existencia en la segunda vida.
Pero ahora tienes que marcharte hermano mío, que todavía no es tu oportunidad
de estar aquí.
-Pero
estos momentos en que he vivido en tu mundo he sido tan feliz y no quiero irme
de tu lado, -le protesté-. Aquí vi a Juan, a Jarinci, a José y a ti, tanto
tiempo nos ha separado, tanto dolor me ha marcado. Eras la luz de mi vida, sin
ti estoy perdido en la más densa oscuridad. No me quiero ir de tu lado.
-Pero
debes hacerlo, tú todavía tienes una misión que cumplir allá en tu mundo, debes
encontrar una nueva luz, la luz que salvará tu vida, te amo, -me dijo-, me dio
un beso y se fue envuelta en el fuego que no quema.
De
pronto, cuando le decía adiós con mi mano y mi llanto, tuve un impulso de
seguirla y no dejarla ir nuevamente de mi lado, acababa de encontrar mi luz
perdida y no podía permitir que se fuera nuevamente de mi vida dejándome en la
terrible oscuridad, pero hubo algo, una
fuerza superior a mis fuerzas, que me obligó a verla partir por segunda vez en
mi vida.
Un
rayo de sol de mi mundo entró por mi ventana, se reflejó en el espejo y entró
directo a mis ojos y me sacó del mundo extraordinario en el que
estaba. Me quedé
mirándome fijamente en el
espejo, llorando de dolor, en ese mundo había sido tan feliz, pero
entendí que aquel mundo maravilloso no
existía todavía, que
sólo era el reflejo de mi ilusión y de mi corazón que vi a través de mi espejo.
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