viernes, 27 de enero de 2012

6. ESPEJO DE LA ETERNIDAD



Me levanté de madrugada, cuando todo estaba en calma. La oscuridad aún dominaba a la tierra y el silencio era lo único que se escuchaba. La pesadilla de mi tristeza no me dejaba dormir en paz. Recordé la muerte de mi luz en todo momento. La ausencia de sueños y la orgía de pesadillas me volvieron amante de la noche. Caminé por toda la casa y no encontré nada que hacer, chocaba constantemente con los muebles de la casa a pesar de que creía conocerla a la perfección. Choqué con la pequeña mesa rustica de centro, también con las sillas de la cocina, aún con las paredes. También destruí un antiguo jarrón del rincón de mi casa. Choqué y destruí muchas cosas, pero me negaba a encender la luz, porque mi vida era condenada a la triste oscuridad. No tenía nada que hacer en esa madrugada, así que me acerqué al espejo y entré a un mundo extraño a través de él.    
¡OH mundo maravilloso! Donde las espadas unen países, donde llueve al punto exacto entre lo bueno y lo malo, donde sobra una razón para reír, donde no habita el miedo, donde hay luz en todo momento. Me adentré al corazón de ese mundo raro y entre más adentro de él estaba más  paz a  mi alma  llegaba,  el aire  era tan puro y  claro que me ardían  los pulmones y  la luz era tan  brillante que me cegó por un instante. Seguí adentrándome en el corazón de aquel mundo y vi lagos, ríos y mares tan cristalinos que  podía ver  su fondo como si  fuera parte de ellos. Había tanta agua, como en las minas de agua, pero al aire libre, bajo el cobijo del cielo. También  vi  montañas  que  se   levantaban   como majestuosos pilares de un templo  natural y en sus picos la nieve coronaba la belleza de aquel lugar. Yo me sentí tan feliz por estar ahí que ya me había olvidado que venía de un mundo diferente.     
Continué caminando debajo de la sombra fiel de los gigantes verdes, mientras escuchaba la canción de la naturaleza perfecta. Este lugar me recordó a la ciudad de mi imaginación, pero este lugar si era real.
De pronto escuché que alguien gritaba mi nombre, miré a todos lados pero no pude ver a nadie, entonces, alguien volvió a gritar mi nombre y miré hacia lo alto de una cascada de mil colores y ahí, entre las rocas y el agua estaba parado Juan, me quedé mirándolo por un momento y corrí presuroso hacia él.    
Llegué hasta la cascada y atravesé sus cristalinas aguas sin que éstas me mojaran. Escalé por sus húmedas y mohosas rocas sin resbalarme, y me colgaba de sus enredaderas hasta que llegué a la pequeña cueva en dónde estaba Juan.  Miré a Juan con calma, como si quisiera reconocer lo que ya había olvidado y después lo abracé fuertemente. Él con mucha calma me miró como si no hubieran pasado los años por entre nosotros, y me dijo estas palabras:
-Yo sólo soy un recuerdo guardado en lo más recóndito de los corazones de los que me amaron, soy el primero de una larga lista de amargura, pero aquí, en este mundo se ha muerto el rencor que guardábamos para el dragón  que  exterminó  mi  aliento,   ahora,   todo  es  paz, viajando del aroma puro de las flores al cristalino color de esta cascada. El ardor en la piel y el dolor de la cabeza se han transformado en tranquilizantes momentos. La paz es perdurable y la armonía nos gobierna.
Extasiado por la belleza del lugar y por la profundidad de las palabras de Juan, dije:
-Tu mundo es maravilloso, sería feliz viviendo en él. Podríamos estar juntos y aprovechar los momentos que antes perdimos, vamos a ser felices juntos, como nunca antes fuimos.
-No es tu momento, ni tu mundo. Has venido por una razón especial que tienes que descubrir por ti mismo.
Quise refutar las palabras, pero Juan tajantemente y con una gran sonrisa en los labios me dijo:
-Ahora vete, tienes que encontrar tu camino, tienes que encontrar lo que perdiste. Has venido a buscar algo y debes encontrarlo, estás más cerca de lo que te imaginas, a un solo salto de tus suspiros.
Me despedí de él y me fui caminando por las aguas frescas del río. Caminé durante mucho tiempo y mis pies no se cansaron, ni las piedras me lastimaron. El agua era como una caricia hermosa al alma y las piedras como un delicado masaje a la piel. Era una frescura que trataba de aliviarme de un calor que no existía, pues en ese mundo, todo era perfecto.
 Un rato después sentí hambre (no el hambre dolorosa que conocemos) y busqué algo que comer y para mi gran sorpresa aquel mundo estaba lleno de frutos que nunca jamás había visto. Los árboles y sus frutos eran muy diversos, tanto en color, aroma, textura y olor. A la distancia vi un enorme árbol de hojas de un verde intenso que tenía unos frutos rojos enormes que llamó mi atención, me acerqué al árbol y cuando iba a tomar un fruto escuché una voz que me decía:
-Hola, ¿cómo has estado?
Miré hacia lo alto del árbol y ahí estaba Jarinci meciéndose en la rama sujeta del viento. Como pude escalé el  árbol y  llegué hasta  donde ella  estaba,  le di un beso en la mejilla y la abracé. Me senté a un lado de ella y me dijo estas palabras:
-Aquí soy tan feliz que ya casi ni  recuerdo  como era mi vida  en tu mundo,  en mi  vieja  memoria sólo encuentro a un gusano de metal devorándome, pero también veo personas que me amaron y que todavía me aman,  yo tengo la fe de que muy pronto vendrán conmigo y  viviremos  donde más nos  agrade,  ya  sea en la  semilla de  una  de estas frutas, en el intenso color de las hojas o en un copo de nieve fresca, y reiremos todos los días.
-Tienes alimentos deliciosos, debes de vivir feliz en este mundo, quisiera quedarme contigo, -le dije a Jarinci en tono de súplica-.
Recordé lo que Juan me había dicho y temí que Jarinci también me rechazara.
-Por favor. –Supliqué-.
-Este no es tu mundo y comer no es tu misión, ya es tiempo de que te vallas, aún tienes cosas más bellas e importantes que hacer en éste mundo. Recuerda lo que te trajo hasta aquí, tus esperanzas y deseos están a punto de coronarse en realidad.
Me despedí de Jarinci y me fui zigzagueando entre los troncos de ese huerto.     
Pasó el tiempo sin que realmente pasara, la luz seguía igual de brillante y por más que busqué el sol, no lo pude encontrar. Continué mi camino y en lo alto de un monte vi una caverna, me dio mucha curiosidad y escalé el monte para entrar en la caverna. En varias ocasiones estuve a punto de resbalar y caer por la ladera de la montaña, pero extrañamente, una fuerza invisible me sujetaba y me alentaba a continuar escalando. Por fin logré subir hasta la cueva y me aventuré a entrar en ella.  Ya adentro de la cueva me quedé impresionado por la belleza de ese mundo subterráneo. Tenía ríos de agua clara, formaciones rocosas que me despertaron la imaginación  y sus   paredes   tenían    mil    incrustaciones    de    piedras  preciosas  que iluminaban toda la caverna. Por momentos recordé las minas de agua y me sentía como en casa, pero también recordaba la desesperación que sentí al saberme atrapado dentro de la tierra y quise salir, pero  seguí caminando hacia adentro de  la caverna  hasta  que  llegué a  una bóveda  de gran tamaño y me llevé una gran sorpresa al ver que en el centro estaba sentado José sobre piedras de oro y plata.     
Me acerqué a él y lo abracé, con voz clara y serena, voz que yo le desconocía, me dijo:
-Sé que fui la espina en el alma de muchas generaciones, que mi voz  desgarraba las mentes inocentes y que la venganza fue la única dicha de mi vida, pero yo también conocí lo que es el amor y lo que es perder lo amado. Aquí, en este mundo de humildad encontré la verdadera paz, no creas que siempre estoy encerrado en esta caverna de piedras preciosas, aquí sólo vengo a meditar por instantes, yo vivo en el canto de las aves y en el centro de las nubes. En cada piedra preciosa esta una parte de mí. Soy uno con el todo y el todo es uno conmigo. Así soy ahora.
-Tu mundo es de mi agrado, si fuera tu voluntad que te acompañe, lo haré con gusto. Podré ser tu amigo ya que en el otro mundo no fuimos capaces de hacerlo. Haremos cosas que nunca quisimos hacer y que debimos. La paz será con y entre nosotros.
-Hijo mío, -me dijo José-, yo te amo, me gustaría tu compañía, pero no has venido a este mundo para ser mi amigo. Continúa tu camino que aún te falta encontrar la razón más importante por la cual estás en este mundo. Ya falta poco, muy poco, para que se disipen tus miedos, tus terrores, tus pesadillas se apagarán. Sabes bien que por eso has venido a este mundo dentro de tu espejo. Sigue adelante.
Me despedí de José y salí de la caverna.    
Caminé durante mucho tiempo y por muchos caminos pero no encontraba la razón por la cual había venido a este mundo. Conocí muchos lugares hermosos y a muchas personas maravillosas, tuve experiencias increíbles, pero no podía encontrar la razón por la cual había entrado a ese mundo a través del espejo. Después de tanto andar sentí un calor extraño en mi espalda y una voz dulce que hizo que todo mi cuerpo temblara me llamó por mi nombre, voltee y vi un fuego enorme y dentro del fuego estaba Janeth.       
-Acércate a mí, bésame y abrázame, -me dijo con su dulce voz-.
-Pero, me quemaré con el fuego, -le dije con un poco de temor-. 
Ella sonrío y estiró sus manos hacia mí.
-No tengas miedo, confía en mí.
Lentamente me acerqué a ella y el fuego no me quemó ni una pestaña, al contrario, me llenó de una sensación de frescura que inundó mi cuerpo. Abracé y besé a Janeth y lloramos durante mucho tiempo, cada lágrima era como una gran sonrisa, cada beso como un poema y cada palabra era como un estruendo de amor en el viento. Los volcanes adornaron el cielo con juegos de colores, las bestias del campo enmudecieron ante tanta alegría y las aguas y el aire detuvieron su eterna marcha para contemplar aquella escena que conmovió hasta al más duro de corazón. (Si es que había alguno en ese mundo). Los astros del cielo bailaban gozosos,  el tiempo retrocedió en su  inmutable seguir sólo para contemplar la ternura de aquella imagen que quedará petrificada en el corazón de lo eterno.
Janeth tomó mi mano y se quedó viendo dentro de mis ojos con sus grandes ojos claros, y me dijo con su dulce voz:
-Aquí corro de los jazmines a las rosas, de las perlas a las llamas que no queman, aquí no sufro dolor, ni se seca el mar en llanto, el rencor ya se olvido, la paz y el amor  viven en  nuestros  corazones.  Mi alegría  por mirar dentro de tus ojos es indescriptible, es el día más feliz de mi feliz existencia en la segunda vida. Pero ahora tienes que marcharte hermano mío, que todavía no es tu oportunidad de estar aquí.
-Pero estos momentos en que he vivido en tu mundo he sido tan feliz y no quiero irme de tu lado, -le protesté-. Aquí vi a Juan, a Jarinci, a José y a ti, tanto tiempo nos ha separado, tanto dolor me ha marcado. Eras la luz de mi vida, sin ti estoy perdido en la más densa oscuridad. No me quiero ir de tu lado.
-Pero debes hacerlo, tú todavía tienes una misión que cumplir allá en tu mundo, debes encontrar una nueva luz, la luz que salvará tu vida, te amo, -me dijo-, me dio un beso y se fue envuelta en el fuego que no quema.    
De pronto, cuando le decía adiós con mi mano y mi llanto, tuve un impulso de seguirla y no dejarla ir nuevamente de mi lado, acababa de encontrar mi luz perdida y no podía permitir que se fuera nuevamente de mi vida dejándome en la terrible oscuridad,  pero hubo algo, una fuerza superior a mis fuerzas, que me obligó a verla partir por segunda vez en mi vida.
Un rayo de sol de mi mundo entró por mi ventana, se reflejó en el espejo y entró directo a mis ojos y me sacó del mundo extraordinario en el  que  estaba.  Me  quedé  mirándome  fijamente  en el  espejo, llorando de dolor, en ese mundo había sido tan feliz, pero entendí que aquel mundo  maravilloso  no  existía  todavía,  que  sólo  era  el reflejo de mi ilusión  y de mi corazón que vi a través de mi espejo.

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