Al
inicio de la vida de los hombres se les entrega una hoja en blanco que cada uno
debe llenar con su propia mano. Somos libres de escribir en ella lo que
queramos y con lo que queramos. Algunos han escrito con lágrimas, con sangre, con espinas, con lodo o con
cenizas, algunos otros sólo han escrito el primer renglón de la hoja, o tal vez
hasta el segundo y el fin. Pero algunos otros que son menos, han escrito en sus
hojas con sonrisas, con placeres, con pétalos de rosas y han bordado su nombre
con letras de oro.
Las
historias escritas en las hojas de papel son muy variadas, las hay de odio, de
guerra, de maldad, de depravación, de muerte y de otras tantas cosas malas y
negativas que no vale la pena mencionar.
Estas hojas están manchadas de oxido,
casi se han convertido en polvo, están arrugadas, algunas quemadas y
están olvidadas en algún rincón de un cajón, de un panteón o de un
corazón.
Mas
sin embargo, hay otro tipo de historias: de amor, de paz, de ayudar a los
demás, de benignidad, de seguir
sinceramente a Dios y de
otras cosas buenas
y positivas que valdría la pena mencionar si no tuviera tanta prisa.
Estas hojas no están olvidadas, no, al contrario, están colocadas en un marco
de oro y diamantes, protegidas en el lugar más seguro del universo: el corazón
de Dios.
Todo
se vuelve blanco y negro, el aliento poco a poco te falta, tu boca dice adiós,
sabes que pronto tienes que escribir el final en tu hoja casi llena, pero...
¿qué poner como frase final? Puedes poner: ésta fue mi vida, no volveré jamás,
o puedes poner: hoy comenzaré a vivir en la eternidad.
No
sé cuantos renglones vaya a escribir en mi hoja, pero si estoy seguro de algo,
esa hoja que todos debemos de escribir no lo es todo, sólo es el centro entre
dos eternidades. La primera eternidad no la conocimos, sólo podemos conocer sus
ecos y fantasmas a través de la historia y la imaginación, la segunda eternidad
tampoco la conocemos, pero podremos conocerla dependiendo de lo que escribamos
en la hoja que es nuestra vida. Yo, en lo personal quiero escribir una hoja
llena de amor, de paz, de felicidad, de belleza y quiero bordar mi nombre con
letras de oro y en vez de fin poner:
“Hoy
comienza mi eternidad.”
No
importa lo que hubo al principio, no importa lo que habrá al final. Lo
realmente importante es lo que hagas entre las dos eternidades.
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