lunes, 30 de enero de 2012

1. LA TRISTEZA DEL ALMA




Déjenme que les cuente la forma en como me convertí en lo que soy...
            Esta es la tristeza de mi alma.
Hace un año y siete más en algún lugar del mundo un reloj se detuvo a las nueve y quince y una mujer dejó de respirar. Se truncó el camino que nos guiaba a la conclusión de nuestros sueños, el ave en la que volábamos sobre los vientos oscuros y rojos se estremeció, zigzagueó y se derrumbó sobre las rocas y la tierra. Los sueños cayeron, las ilusiones murieron, todo un gran futuro que nunca será, un maravilloso pasado que no volverá. Las estrellas como testigos mudos lloraban su luz, las piedras como frías cobijas recibían su vida y alguien encendió una  fogata y me soñé dentro del fuego que ahora crema tu cuerpo,  y me soñé dentro del fuego que ahora consume tu recuerdo, y me soñé dentro del fuego que ahora quema tu amor.    
En el día de nacer recuerdo mi penúltima felicidad contigo, en silencio me hiciste sonreír, labios que no solían hacerlo, sin darme cuenta me diste el mundo a los pies e intentaste vaciarme el mar en el rostro. Tú y el león que arde. Los días pasaron como segundos y pronto estuvimos listos para ir al nuevo origen. Escuchamos la voz del sol a la distancia, nos adentramos al centro de la Madre  más  antigua,  casi pudimos  tocar el  cielo con  los dedos, viajamos en un gusano de metal y hule y esparcimos estrellas en las tersas aguas encantadas. El aire olía a felicidad, la paz nos invadía, pero así de rápido transcurrieron los días y pronto tuvimos que regresar.    
Tensa la aventura de ir en bólidos de acero y plástico, nuestras miradas al cielo contemplaban el firmamento profundo y eterno.
-El rencor no existe -me dijo tu voz-.
-El dolor aún existe -me dijeron tus ojos-.
Yo guardaba el silencio que habría de prolongar por años, como si fuera una luz al final del camino.
Después el silencio reinó como si supiera lo que habría de venir. Recostado en tus caminos te miré por última vez.
-Hasta mañana –dije- (el mañana sólo habría de existir para mí).
-Hasta mañana –contestaste- (sin velo de temor en los labios).    
-¿Quién grita? ¿Quién trata de arrancarme la piel? ¿Quién me ha cegado? ¿Quién me ha dejado en inconciencia?
Los ojos se abren, mas lloran sangre, la piel casi marchita como si los años hubieran pasado por ellos en  un instante, y el dolor, ¡ay que dolor!, en cuerpo, alma y corazón, ¡ay que dolor!
A la distancia observo una silueta delicada e inmóvil, bañada en sangre, fría, lacerada. Fue entonces cuando encendieron la fogata y aún así el frío triunfó, el fuego no calentaba nada.  Me dejé caer,  los segundos pasaron como años, después nada está claro, sólo el recuerdo  de la  tristeza  y del  dolor  que se  extendían  por  mí,  como enredaderas en un árbol.    
Yo terminé el viaje, en las alas de otra ave, mientras desenterraban las espinas de metal y de cristal de mi carne lacerada, mis heridas eran cubiertas con sal para que ya no sangraran. Pero tú, terminarías el viaje en un ave sin alas, en silencio, sin dolor.
Los que me dieron la vida llegaron lentos y se abrazaron a mi llanto. Como en un sueño llegamos al lugar en donde tantas veces adoramos, sólo que ahora veníamos a llorar, mis pasos al centro del templo, mi mirada a un cajón rosa, el objeto más horrible de la tierra, estaba rodeado de tantas y tantas flores de distintos colores que morirían tu muerte, que junto contigo correrían tu suerte, y me senté cansado de esperar el milagro que no llegará y me negaba a verte, mas pensé que mi recuerdo de ti sería oscuro, frío y triste, así que me asomé a tu pequeña capital y te vi, tan linda como siempre, con esa sonrisa en los labios, la que siempre tuviste y me pregunté:
-¿Por qué sonríes?
Y el llanto sacudió mi ser y las lágrimas chocaban con tu  cristal,  estrellándose en  mil partes  como nuestros cuerpos en las piedras. Más tarde antes de que el sol se ocultara, te llevamos al abismo que el león que arde y yo te habíamos enseñado hacía unos instantes de tiempo atrás y te abandonamos por la eternidad. Mientras descendías, un hombre silbó tu himno favorito con su armónica y un ave le hacía compañía, y el cielo lloró con todos nosotros mientras con el corazón quebrado te decíamos adiós.    
Hace un año y siete más que esto sucedió... 
Así amigos míos, fue como me convertí en lo que soy…

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