Déjenme que les cuente la forma en como me convertí en lo que soy...
Esta es la tristeza de mi alma.
Hace
un año y siete más en algún lugar del mundo un reloj se detuvo a las nueve y
quince y una mujer dejó de respirar. Se truncó el camino que nos guiaba a la
conclusión de nuestros sueños, el ave en la que volábamos sobre los vientos
oscuros y rojos se estremeció, zigzagueó y se derrumbó sobre las rocas y la
tierra. Los sueños cayeron, las ilusiones murieron, todo un gran futuro que nunca
será, un maravilloso pasado que no volverá. Las estrellas como testigos mudos
lloraban su luz, las piedras como frías cobijas recibían su vida y alguien
encendió una fogata y me soñé dentro del
fuego que ahora crema tu cuerpo, y me
soñé dentro del fuego que ahora consume tu recuerdo, y me soñé dentro del fuego
que ahora quema tu amor.
En
el día de nacer recuerdo mi penúltima felicidad contigo, en silencio me hiciste
sonreír, labios que no solían hacerlo, sin darme cuenta me diste el mundo a los
pies e intentaste vaciarme el mar en el rostro. Tú y el león que arde. Los días
pasaron como segundos y pronto estuvimos listos para ir al nuevo origen.
Escuchamos la voz del sol a la distancia, nos adentramos al centro de la Madre más
antigua, casi pudimos tocar el
cielo con los dedos, viajamos en
un gusano de metal y hule y esparcimos estrellas en las tersas aguas
encantadas. El aire olía a felicidad, la paz nos invadía, pero así de rápido
transcurrieron los días y pronto tuvimos que regresar.
Tensa
la aventura de ir en bólidos de acero y plástico, nuestras miradas al cielo
contemplaban el firmamento profundo y eterno.
-El
rencor no existe -me dijo tu voz-.
-El
dolor aún existe -me dijeron tus ojos-.
Yo
guardaba el silencio que habría de prolongar por años, como si fuera una luz al
final del camino.
Después
el silencio reinó como si supiera lo que habría de venir. Recostado en tus
caminos te miré por última vez.
-Hasta
mañana –dije- (el mañana sólo habría de existir para mí).
-Hasta
mañana –contestaste- (sin velo de temor en los labios).
-¿Quién
grita? ¿Quién trata de arrancarme la piel? ¿Quién me ha cegado? ¿Quién me ha
dejado en inconciencia?
Los
ojos se abren, mas lloran sangre, la piel casi marchita como si los años
hubieran pasado por ellos en un
instante, y el dolor, ¡ay que dolor!, en cuerpo, alma y corazón, ¡ay que dolor!
A
la distancia observo una silueta delicada e inmóvil, bañada en sangre, fría,
lacerada. Fue entonces cuando encendieron la fogata y aún así el frío triunfó,
el fuego no calentaba nada. Me dejé
caer, los segundos pasaron como años,
después nada está claro, sólo el recuerdo
de la tristeza y del
dolor que se extendían
por mí, como enredaderas en un árbol.
Yo
terminé el viaje, en las alas de otra ave, mientras desenterraban las espinas
de metal y de cristal de mi carne lacerada, mis heridas eran cubiertas con sal
para que ya no sangraran. Pero tú, terminarías el viaje en un ave sin alas, en
silencio, sin dolor.
Los
que me dieron la vida llegaron lentos y se abrazaron a mi llanto. Como en un
sueño llegamos al lugar en donde tantas veces adoramos, sólo que ahora veníamos
a llorar, mis pasos al centro del templo, mi mirada a un cajón rosa, el objeto
más horrible de la tierra, estaba rodeado de tantas y tantas flores de
distintos colores que morirían tu muerte, que junto contigo correrían tu
suerte, y me senté cansado de esperar el milagro que no llegará y me negaba a
verte, mas pensé que mi recuerdo de ti sería oscuro, frío y triste, así que me
asomé a tu pequeña capital y te vi, tan linda como siempre, con esa sonrisa en
los labios, la que siempre tuviste y me pregunté:
-¿Por
qué sonríes?
Y
el llanto sacudió mi ser y las lágrimas chocaban con tu cristal,
estrellándose en mil partes como nuestros cuerpos en las piedras. Más
tarde antes de que el sol se ocultara, te llevamos al abismo que el león que
arde y yo te habíamos enseñado hacía unos instantes de tiempo atrás y te
abandonamos por la eternidad. Mientras descendías, un hombre silbó tu himno favorito
con su armónica y un ave le hacía compañía, y el cielo lloró con todos nosotros
mientras con el corazón quebrado te decíamos adiós.
Hace
un año y siete más que esto sucedió...
Así
amigos míos, fue como me convertí en lo que soy…
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