La
noche se acercaba cabalgando en su oscuridad, en el
horizonte el sol parecía
derretirse lentamente, los últimos rayos de luz parecían lágrimas de
adiós y el fuego que se perdía parecían débiles brazos diciendo hasta luego. En
otro lado del cielo aparecía tímidamente la luna y en su cara casi iluminada se
dibujaba una sonrisa tenue pero hermosa.
Dejé
de mirar al cielo y sumido profundamente en mis pensamientos emprendí una
caminata sin sentido alguno, de pronto, me encontré en lo más alto de una
montaña, al filo de una barranca enorme y traicionera, miré a mis lados y vi
que estaba completamente solo en aquella enorme oscuridad, con la escasa luz de
la tímida luna vi una piedra que me pareció perfecta para tomar un breve
descanso, coloqué sobre la piedra una manta que traía en mi mochila, me recosté
sobre ella y me quedé profundamente dormido.
Un
sueño se apoderó de mi mundo, me fermentó el llanto por detrás de la mirada y
me hizo añejo un dolor que nunca dejará de ser dolor. Ese sueño, si es que en
realidad fue un sueño, porque me pareció más que sueño, un recuerdo doloroso,
me hizo entender, junto con lo que pasó después, que mi luz no estaba muerta
sino escondida en algún lugar esperando por mí.
Éste fue mi sueño:
La amante del
infinito y yo volábamos juntos entre las alas de un cisne, a la altura del
cielo en que volábamos se podía ver el espesor de tu piel de terciopelo,
estrechábamos las galaxias como si fueran polvo y el mundo era como un limón
bajo nuestros pies. Y de pronto, un trueno sacudió al cisne, dio una vuelta
violentamente, después otra aún más violenta y la amante del infinito y yo
caímos al vacío... en mi inconciencia escuché voces, abrí los ojos como pude y
no vi a nadie, con dolor profundo en todo mi cuerpo me levanté y como queriendo
encontrarte miré a todos lados. Busqué soles, encontré lunas. Busqué flores,
encontré espinas. Busqué besos, encontré traiciones. Busqué consuelo, encontré
rencor. Y te busqué, y te busqué, debajo
de las piedras, entre las gotas de la
lluvia, en lo más profundo del mar, en
el último segundo y jamás te pude
encontrar, te volví a buscar, en el centro de una rosa, entre los labios de los amantes, en el frío
del viento, en la oscuridad de la noche y no te pude encontrar.
Un grito desesperado
de mi boca me arrancó del sueño, brinqué de la roca y quedé parado al filo del
abismo. Mirando estupefacto el final de la caída, ¿será mi sepulcro tan lejos del tuyo? ¿Será
mi muerte tan similar a la tuya? Las lágrimas de mis ojos no alcanzaban a
llegar al final, antes se evaporaban junto a mi odio. Mi interior se derretía de dolor y a mis pies
un abismo mudo me extendía lo brazos.
Alcé mis manos al cielo y grité:
“Que
extraño, tú que temblabas hasta por un año perdido, tú que temías hasta por lo
huraño de un río, tú que perdías el sueño por imaginar un negro manto. Hoy
estando entre los muertos, no tiemblas, no temes, no pierdes el sueño y dormida
no soñarás”.
Caí
de rodillas y mi llanto cegó mis ojos, y de nuevo grité:
“Aférrate,
no te pierdas, no mires hacia abajo, ni las frentes que se asoman por encima de
la tierra, aférrate a la cuerda de descenso, a la raíz de tus paredes o a la
cruz de tu vecino”.
Y
mis ojos buscaron consuelo en la tierra y no lo encontraron jamás.
Y
mis ojos buscaron consuelo en el cielo y no lo encontraron jamás.
Me
quedé un momento pensando en mis suplicas y entendí que eran injustas, yo no
debía obligarte a estar aquí y mi grito cambió:
“Huye
mi alma, huye herida, huye mi ave, huye al alma mía.”
Solo
con mi soledad, parado a la orilla del nunca jamás, le reclamé con lágrimas a
todos porque me habían robado a la amante del infinito y dispuesto a saltar me
puse a
pensar que nada
valía la pena y
en ese
mismo instante miré a la distancia una pequeña figura que caminaba
lentamente hacía mí. Era un perrito, todo sucio, flaco y cansado, llegó hasta
donde estaba yo y recargó su
cabecita en mis
pies, me agaché y
lo acaricié, empezó a menear la
cola fuertemente y a saltar como si
quisiera volar hasta mis brazos, me lamió las manos y ladró como queriendo
decir algo. Yo le di un poco de alimento y agua, y él, agradecido, se durmió en
mis pies. Me senté junto a él y le acaricié la cabeza y de nuevo sentí ganas de
dormir para recobrar fuerzas, sintiendo un poco de temor por mis pesadillas
volví a cerrar mis ojos. Casi al amanecer desperté, mi compañero, mi salvador
nocturno ya estaba jugando con un pequeño tronco. Me había acompañado toda la
noche.
De
nuevo miré hacia el cielo y vi una estrella que me recordó a tus ojos, sentí tu
presencia en el viento al mover mis cabellos y en el mar al susurrar tu nombre
en lento.
Di
la media vuelta, le troné los dedos al perrito y juntos emprendimos el viaje de
vuelta. Aquel pequeño animalito, tal vez sin darse cuenta me salvó la vida. ¿Acaso
sería mi ángel?
Antes
de bajar de la montaña volví a mirar el cielo, y el cielo se lleno de un
extraño sentimiento mientras una lágrima de mis ojos te decía adiós.
Para
cuando mi fiel amigo y yo estábamos a punto de dejar atrás a la montaña, el sol
ya estaba naciendo de nuevo a la vida, sus rayos de luz parecían blancas
sonrisas y su fuego fuertes brazos que nos daban una nueva bienvenida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario