jueves, 26 de enero de 2012

11. UN MILAGRO




La noche se acercaba cabalgando en su oscuridad, en  el  horizonte el  sol  parecía  derretirse  lentamente,  los últimos rayos de luz parecían lágrimas de adiós y el fuego que se perdía parecían débiles brazos diciendo hasta luego. En otro lado del cielo aparecía tímidamente la luna y en su cara casi iluminada se dibujaba una sonrisa tenue pero hermosa.    
Dejé de mirar al cielo y sumido profundamente en mis pensamientos emprendí una caminata sin sentido alguno, de pronto, me encontré en lo más alto de una montaña, al filo de una barranca enorme y traicionera, miré a mis lados y vi que estaba completamente solo en aquella enorme oscuridad, con la escasa luz de la tímida luna vi una piedra que me pareció perfecta para tomar un breve descanso, coloqué sobre la piedra una manta que traía en mi mochila, me recosté sobre ella y me quedé profundamente dormido.        
Un sueño se apoderó de mi mundo, me fermentó el llanto por detrás de la mirada y me hizo añejo un dolor que nunca dejará de ser dolor. Ese sueño, si es que en realidad fue un sueño, porque me pareció más que sueño, un recuerdo doloroso, me hizo entender, junto con lo que pasó después, que mi luz no estaba muerta sino escondida en algún lugar esperando por mí.  Éste fue mi sueño:
            La amante del infinito y yo volábamos juntos entre las alas de un cisne, a la altura del cielo en que volábamos se podía ver el espesor de tu piel de terciopelo, estrechábamos las galaxias como si fueran polvo y el mundo era como un limón bajo nuestros pies. Y de pronto, un trueno sacudió al cisne, dio una vuelta violentamente, después otra aún más violenta y la amante del infinito y yo caímos al vacío... en mi inconciencia escuché voces, abrí los ojos como pude y no vi a nadie, con dolor profundo en todo mi cuerpo me levanté y como queriendo encontrarte miré a todos lados. Busqué soles, encontré lunas. Busqué flores, encontré espinas. Busqué besos, encontré traiciones. Busqué consuelo, encontré rencor. Y te busqué, y te busqué,  debajo de las piedras,  entre las gotas de la lluvia,  en lo más profundo del mar, en el último segundo y  jamás te pude encontrar,  te volví a buscar,   en el centro de una rosa,  entre los labios de los amantes, en el frío del viento, en la oscuridad de la noche y no te pude encontrar.         
            Un grito desesperado de mi boca me arrancó del sueño, brinqué de la roca y quedé parado al filo del abismo. Mirando estupefacto el final de la caída,  ¿será mi sepulcro tan lejos del tuyo? ¿Será mi muerte tan similar a la tuya? Las lágrimas de mis ojos no alcanzaban a llegar al final, antes se evaporaban junto a mi odio.  Mi interior se derretía de dolor y a mis pies un abismo mudo me extendía lo brazos.    
            Alcé mis manos al cielo y grité:
            “Que extraño, tú que temblabas hasta por un año perdido, tú que temías hasta por lo huraño de un río, tú que perdías el sueño por imaginar un negro manto. Hoy estando entre los muertos, no tiemblas, no temes, no pierdes el sueño y dormida no soñarás”.    
            Caí de rodillas y mi llanto cegó mis ojos, y de nuevo grité: 
            “Aférrate, no te pierdas, no mires hacia abajo, ni las frentes que se asoman por encima de la tierra, aférrate a la cuerda de descenso, a la raíz de tus paredes o a la cruz de tu vecino”.     
            Y mis ojos buscaron consuelo en la tierra y no lo encontraron jamás.
            Y mis ojos buscaron consuelo en el cielo y no lo encontraron jamás.     
            Me quedé un momento pensando en mis suplicas y entendí que eran injustas, yo no debía obligarte a estar aquí y mi grito cambió: 
            “Huye mi alma, huye herida, huye mi ave, huye al alma mía.”
Solo con mi soledad, parado a la orilla del nunca jamás, le reclamé con lágrimas a todos porque me habían robado a la amante del infinito y dispuesto a saltar me puse  a  pensar  que  nada  valía  la  pena  y en  ese  mismo instante miré a la distancia una pequeña figura que caminaba lentamente hacía mí. Era un perrito, todo sucio, flaco y cansado, llegó hasta donde estaba yo y  recargó  su  cabecita  en  mis  pies,  me agaché  y  lo  acaricié, empezó a menear la cola  fuertemente y a saltar como si quisiera volar hasta mis brazos, me lamió las manos y ladró como queriendo decir algo. Yo le di un poco de alimento y agua, y él, agradecido, se durmió en mis pies. Me senté junto a él y le acaricié la cabeza y de nuevo sentí ganas de dormir para recobrar fuerzas, sintiendo un poco de temor por mis pesadillas volví a cerrar mis ojos. Casi al amanecer desperté, mi compañero, mi salvador nocturno ya estaba jugando con un pequeño tronco. Me había acompañado toda la noche.
            De nuevo miré hacia el cielo y vi una estrella que me recordó a tus ojos, sentí tu presencia en el viento al mover mis cabellos y en el mar al susurrar tu nombre en lento.    
            Di la media vuelta, le troné los dedos al perrito y juntos emprendimos el viaje de vuelta. Aquel pequeño animalito, tal vez sin darse cuenta me salvó la vida. ¿Acaso sería mi ángel?
            Antes de bajar de la montaña volví a mirar el cielo, y el cielo se lleno de un extraño sentimiento mientras una lágrima de mis ojos te decía adiós.
            Para cuando mi fiel amigo y yo estábamos a punto de dejar atrás a la montaña, el sol ya estaba naciendo de nuevo a la vida, sus rayos de luz parecían blancas sonrisas y su fuego fuertes brazos que nos daban una nueva bienvenida.

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