martes, 24 de enero de 2012

15. LA SOMBRA




Cuenta una antigua leyenda que en un pueblo llamado arrogancia vivía  un hombre  en una  casa de madera,  el hombre vivía solo y muy pocos habitantes del pueblo lo conocían bien. Este hombre había llegado de lejos a vivir allí y casi no hablaba con nadie.   
            En una ocasión la mujer que vendía la fruta en el pueblo vio venir al hombre por el camino y muy pronto llegó y se paró junto al puesto de frutas, en un descuido que tuvo la mujer, el hombre tomó una  manzana y se la guardó en el bolsillo de su saco.
            -Ladrón, ladrón, -le gritó la mujer enfurecida-, has tomado una manzana que es el sustento de mi casa. Estás fornicando con el sudor de mi frente, ¿cómo podré alimentar a mis hijos si tú robas el fruto de mi esfuerzo ante mis propios ojos? Eres un bandido, te exijo me pagues o devuelvas la manzana a su canasto de inmediato o si no llamaré a la autoridad.
            Pero el hombre ni se inmutó. Le dijo tranquilamente a la mujer:
-Tú dices que te he robado una manzana que es el sustento de tu casa,  pero  me estas  levantando  un  falso  testimonio,  tú  estabas  de espalda y no has podido ver que quién tomó la manzana ha sido mi sombra.
            Entonces el hombre se dio media vuelta y se fue a su casa dejando a la pobre mujer con coraje y con una manzana menos.    
En otra ocasión, llegó el doctor del pueblo hasta la casa del hombre,  llegó diciendo  maldiciones  y golpeando cualquier  cosa que se le atravesara, le gritó al hombre que saliera y le protestó por la deshonra de su hija, su pobre niña estaba embarazada y acusaba al hombre de ser el causante de tan grande desgracia.  El hombre agachó la cabeza como tratando de recordar algo y le contestó al doctor:
            -Tú dices que he deshonrado a tu hija, pero me acusas injustamente porque el causante de la deshonra ha sido mi sombra.
            El hombre entró en su casa y dejó al doctor con sus maldiciones.     
            La leyenda cuenta que en el pueblo de la arrogancia corrió pronto  el  rumor de  aquel  hombre  que  siempre  culpaba  a  su sombra. La maldad del hombre tomó fama y todos hablaban de él y de su transgresora sombra.     
En otra ocasión, el comisario del pueblo fue con el hombre y le dijo que los habitantes del pueblo lo acusaban de la muerte de un jornalero y que tendría que llevarlo preso. El jornalero fue encontrado muerto en su campo, con un gran cuchillo clavado en su corazón y semienterrado en la tierra de siembra. El crimen horrorizó al pueblo falto de costumbre de esas cosas.  El hombre con  mucha   tranquilidad   le   dijo   al   comisario  que   él   no  había matado a nadie, que el culpable de la muerte del jornalero había sido su sombra y que él sólo había sido testigo del homicidio.
            Como el comisario y los habitantes del pueblo no pudieron comprobar nada, lo tuvieron que dejar libre y el hombre se fue de vuelta a su casa burlándose de todos los del pueblo. Esos sí, muy bien acompañado por su transgresora sombra.   
            Cuando el hombre abrió sus ojos después de una larga noche, vio que su sombra no estaba ya con él, la sombra había huido. Al principio no le dio mucha importancia, al fin y al cabo para que necesita un hombre a su sombra. Pero cuando tuvo que ir al pueblo y todos los habitantes se burlaron de él, y le gritaban:
            -¿Dónde está tu sombra?
-¿A quién le vas a echar la culpa de tus maldades?
-Allí va el hombre sin sombra.
-Se deshizo de esa sombra perniciosa, ahora no va a poder hacer mal alguno.
            Y todos se burlaban de él y lo señalaban con el dedo. De burlador se había convertido en el objeto de las burlas.
El hombre corrió desesperado en busca de su sombra. La buscó en las paredes de su casa, debajo de cada piedra de su patio, en cada hoja de su árbol y en cada rincón de su casa y no la pudo encontrar.    
            El hombre salió muy triste de su casa y se internó en el bosque. Buscaba a su sombra en todos lados, en los pétalos de las rosas, en los charcos, en las raíces de las plantas, en los rayos de luz que penetraban entre las ramas, en cada hormiguero, en cada nido, en cada madriguera, pero no la pudo encontrar.    
            Entonces ya en su desesperación se acercó a un arbusto y le preguntó:
            -¿Acaso has visto pasar a una sombra solitaria por aquí?   
-Sí, hace unas cuantas horas pasó por aquí una sombra, llevaba la cabeza  agachada  y parecía  que iba  llorando,  y se fue por  el camino que lleva hacia el norte.
            El hombre le agradeció al arbusto y se fue por el camino en busca de su sombra.
            Más tarde llegó con el río torrentoso que desciende de las montañas y casi en tono de llanto le preguntó por su sombra.
            -¿Acaso has visto buen río a una sombra solitaria pasar cerca de tus aguas?
            -Sí, hace unos instantes bebió de mis aguas una sombra cansada  y triste,  me regresó  el agua que tomó en forma de pesadas lágrimas, pero siguió su camino rumbo a las montañas.
            El hombre siguió caminando en busca de su sombra.
            Después se encontró a un conejo que dormía un poco al lado del camino, el hombre lo despertó con una palmadita en la cabeza y le preguntó por su sombra.
            -Pequeño y buen conejo, ¿has visto a una sombra solitaria caminar por estos valles?
            -Creó que hace unos minutos pasó por aquí esa sombra. Pero su andar era veloz, creo que se dirigía hacia las montañas.
            El hombre siguió su camino en busca de su sombra.
            Ya entrada la tarde el hombre llegó a las montañas y con la ilusión casi despedazada el hombre le preguntó a las montañas por su sombra.
            -Majestuosas montañas que tocan los pies del cielo, si pudieran decirme de mi sombra, les estaría eternamente agradecido. 
            -Hace apenas un instante pasó una sombra por encima de mí, pero se fue por el camino que lleva al lago, -le dijo una de las montañas-.
            El hombre con las pocas fuerzas que  le quedaban  cruzó  las  montañas y  se  fue por el  camino  que lleva al lago.     
            Cuando por fin el hombre llegó al lago ya era de noche y ya había perdido toda esperanza de encontrar a su sombra, se sentó a un lado del lago y se puso a llorar por un largo momento. Sus pesadas lágrimas saladas se reventaban contra el agua del lago y formaban ondas que se esparcían por todo el lago. Era grande la tristeza de ese hombre perverso.     
            La luna salió en su totalidad e iluminaba bellamente el lago, el hombre limpió sus ojos y se quedó mirando la luz de la luna y se llevó una hermosa sorpresa, allí, parado junto a él estaba su sombra.    
            El hombre no sabía que decir y la sombra también se quedó en silencio.
            Por fin el hombre se atrevió a romper el silencio y dijo:    
            -¿Por qué has huido de mí? Siempre habías estado a mi lado desde mi nacimiento y ahora te alejas y me dejas solo. He sufrido mucho sin tu, la soledad absoluta y las burlas me han herido.
            La sombra lo miró fijamente y le dijo:
            -Tú me culpas a mí de todas tus maldades, la gente del pueblo me odia y se burlan de mí, y yo ya estoy cansado de cargar con tus culpas y no voy a volver más contigo. A mi me gusta el bien y no quiero pertenecer a un hombre que practica el mal.   
            El hombre se quedó en silencio por unos instantes y después le dijo a su sombra que le perdonara, que si volvía con él enmendaría todo el mal que había hecho y que jamás lo volvería a culpar por sus males.
            -Me lo prometes, -le dijo la sombra-.
-Te lo prometo con todo mi corazón, -le contestó el hombre-. Ya no va ha existir el mal en mi corazón. Desde hoy seré un hombre nuevo. No más mentiras, ni daños a los semejantes, seré un hombre de bien y tu amigo más fiel, te lo prometo por mi propia vida. Nunca más te decepcionaré.  
            El hombre y su sombra se quedaron a descansar esa noche a la orilla del lago y a la mañana siguiente cuando salió el sol, se fueron por el camino de regreso a su casa, tan juntos como siempre, el hombre y su sombra.  
 

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