Las voces, como ecos de un tiempo pasado revoloteaban en el viento hasta
tocar mis oídos. Todo el mundo parecía una noche de desierto, no había luz, no
había viento fresco. La esperanza se apagaba como una llama ante la lluvia,
todo parecía ir mal, todo parecía opaco.
El
tictac del reloj rompe al silencio en mil sonidos. Mis pies cansados de
deambular se resbalan suavemente contra el frío del piso. Y de pronto, un
momento, el momento exacto entre dos vidas y dos tiempos me colocan en el
umbral de un mundo nuevo, desde aquí puedo ver al desierto y al otro lado, el
más bello oasis que ha existido.
Corro
veloz hacia el oasis y bebo la dulce agua clara de sus ríos. Todo es de color,
como el más hermoso día, todo es vida y el viento fresco me acaricia. Juego y
rió, canto y bailo, brinco de alegría, creyendo que es un sueño o un espejismo
y a todos los que veo son fantasmas de mi pasado.
Me
he cansado un poco así que vuelvo a mi desierto para descansar. Al día
siguiente vuelvo a cruzar el umbral y mi corazón encuentra a quien tanto ama y
tanto me ama. Me mira fijamente y se abraza a mi cuerpo como si los siglos nos
hubieran estrangulado, y me dice:
-Aquí,
igual que en tu desierto todo cambia, nada estará para siempre, nadie es
eterno, lo único que es eterno son los recuerdos que están en el oasis de tu
corazón.
Yo
me niego a creer esas palabras, todo parece tan perfecto que nada puede cambiar.
Mas sin embargo, tengo que volver de nuevo a mi desierto.
Así,
estuve entrando y saliendo del oasis durante mucho tiempo, pero
un día, el
umbral ya no
estaba ahí y
quedé encerrado en mi desierto
para siempre.
Aquí
todo ha seguido cambiando, pero lo único
que no ha cambiado y que por siempre estará ahí, es el oasis que tienes en el
corazón, que sigue en silencio, esperándote…
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