martes, 24 de enero de 2012

CAP 02 CIELO NEGRO


En Karelez comenzaría una nueva vida para mí. Nuevo no significa necesariamente bueno. Hay quién dice que todo cambio es positivo, no estoy de acuerdo con eso. El cambio que hubo en mí, fue radicalmente negativo, me convertí en la sombra siniestra de lo que antes fui.
            Conocí la soledad, la verdadera soledad del alma. Mi Madre Ave escapaba continuamente a un mundo de sueño y pesadilla. Mi Padre Luar se llenó de ira hacia la vida. Yo estaba solo, con la soledad de la muerte, solo como Tena, pero vivo, muerto en vida. Ellos, mis padres, también estaban solos, cada uno a su manera, pero solos al fin. Nos evitábamos e ignorábamos los tres. Fue como si el número cuatro hubiese sido la perfección y el tres hubiera roto todo el equilibrio existente.  
            Un día, decidí salir a la ciudad en busca de nuevos aliados que me comprendieran, que fueran como yo, pensé que sería difícil encontrar seres tan hundidos en la oscuridad, pero,  para mi sorpresa, pronto los encontré. Eran un hombre y una mujer, de la misma edad que yo. Sus nombres eran Leinad y Adyola. De apariencia oscura y triste, vivían entre las sombras, eran muertos vivientes, es por eso que inmediatamente me identifiqué con ellos y me alié. Pronto nos iniciamos en artes oscuras y situaciones decadentes que no voy a detallar por vergüenza y respeto para los que leen. La decadencia era constante. Nos estábamos convirtiendo en unas bestias. Poco a poco se fueron aliando nuevos seres oscuros al grupo y terminamos por autonombrarnos “cielo negro”.
            Con Adyola conocí los primeros pasos de la inmundicia, en el lugar menos deseado, el valle rojo de las tres cruces. Ahí terminamos, muriendo un poco después de desertar con los labios y las manos los caminos de la piel. Algo que debió ser hermoso, entre flores y perfume, se transformo en horripilante sacrificio, entre flores muertas y olores pútridos. Bajo la ciega mirada de ángeles, santos, vírgenes y cristos, tan muertos como los sepultos. Me avergüenzo de mi mismo, de mi decadencia, como corrupto animal. Pero así fue y lo que fue no se puede cambiar.
            Un día, por azares del destino o por obra de una mano poderosa, conocí a una mujer. Ella era todo lo contrario a mí; su carácter era dulce y tierno, siempre sonreía, ella, de nombre Liagiba, me cautivó inmediatamente. Sin darme cuenta me fui separando del cielo negro y pasaba más tiempo con Liagiba. Con ella me sentía feliz, como si fuera otro hombre en otra vida, me hacia sonreír, soñar con un mejor futuro, me hacia olvidar por instantes el dolor y la tristeza, aunque debo de reconocer que en mis momentos de soledad sólo podía mirar al cielo negro. Volvía con ellos, en instantes de caer. Pero estaba seguro que Liagiba me sujetaría en la caída y no permitiría que tocara fondo.
            Los días pronto pasaron, Liagiba y yo cada día nos uníamos más, sin embargo, la tragedia nunca se aleja de las vidas. Icira, hermana de Liagiba, caminaba con sus amigos por el desierto  de fierro,  tenían que  llegar a sus casas pronto,  pero un gusano gigantesco dormía placidamente en el camino y les impedía cruzar al otro lado del desierto. Alguno del grupo tuvo la brillante idea de saltar al gusano para poder cruzar, todos los demás estuvieron de acuerdo. De uno en uno fueron brincando la resbalosa y fría piel del gigantesco gusano. Todos brincaron sin problemas, pero cuando Icira estaba cruzando, el gusano despertó y comenzó a moverse. Icira se llenó de miedo y no pudo saltar hacia el otro lado. El gusano tomó velocidad y se estaba alejando, cuando Icira se vio sola y lejos de sus amigos, brincó del gusano, pero la velocidad y la altura eran grandes y la caída le provocó la muerte instantáneamente. La tragedia había vuelto.    
            En la tarde de ese día nos reunimos para despedir a Icira, todo estaba muy triste, la desolación invadía los corazones de todos. Es extraño, ese día era el último día del año, Icira se fue junto con él.
            El valle rojo de las tres cruces lucía pavoroso, un desierto de lumbre y silencio que antes me sirvió de decadencia en esta ocasión servía para ver como se derrumbaba la vida de quien me quiso salvar. Liagiba lloraba como yo ya había llorado, la comprendía a la perfección, me dolía su dolor. Abrazando su espalda le dije palabras que ya no recuerdo, y ella, llorando me decía:
            -¿Cómo sobreviviste a este dolor? ¿Cómo olvidar esta traición? ¿Cómo es posible vivir con esta carga tan pesada? ¿Quién me salvará de esta oscuridad?
            Liagiba lloraba mientras mi alma se destrozaba otra vez y no fui capaz de darle consuelo ni respuesta. Lo que había vivido no sirvió de escarmiento a otros, fui incapaz de mostrarle un camino seguro, y eso fue, porque ni yo mismo lo conocía. Después, como siempre, cuando una parte del cielo muere, este comenzó a llorar y sus gotas parecían llamaradas de fuego al chocar con el seco polvo rojo del valle de las tres cruces. Poco a poco se abrió el abismo donde Icira pasaría el resto de su inexistencia. Poco a poco la tierra roja y las raíces la cubrían, dejándola ahí, sola para la eternidad.  Nosotros teníamos que irnos al reino de los vivos, tristes nos fuimos porque una parte de nuestra alma se quedó para siempre allí. Así es la vida y así es la muerte. Esto debe continuar.
Tal parece que Karelez tenía algo en contra mía, la primera vez que la visité me robó a Tena, después, cuando volví, siendo un muerto viviente que creía encontrar la vida en los ojos de una mujer, le arrancó su parte más amada, dejándonos en la oscura soledad. ¿Qué más me tendría Karelez? ¿Qué otra traición despiadada me estaría preparando en su monstruosas entrañas? 
Liagiba y yo nos separamos por un tiempo, yo decidí volver con las oscuras criaturas del cielo negro. Mi decadencia, seguía en decadencia. Ella, se escudaba en las alas de la santidad, negándose a protestarle al cielo, pero yo sé bien lo que su corazón sentía y lo que su mente pensaba. El miedo la obligaba a callar.
            Toqué fondo un día en que la alucinación invadía las conciencias. Una mujer, la cual no recuerdo su nombre, porque quise olvidarlo, trató de seducirme. Ella me besaba y me acariciaba, antes no me hubiera importado tener relaciones con ella, pero el recuerdo de Liagiba y la alucinación de mi mente me lo prohibieron. La mujer se molestó mucho por mi rechazo, me agredió verbal y físicamente, y puso en duda mi hombría, yo no le di importancia, continué en lo mío, mascullando alucinaciones en el fondo de mis necias pesadillas.
            Más tarde nos fuimos todos los del cielo negro a escalar en el monte Aubaf. Era de nuestro agrado columpiarnos en las rocas encima de un profundo abismo, la mujer que no recuerdo su nombre se columpió sobre el abismo traidor y me pidió que la sostuviera con mi mano, lo hice, pero no por mucho tiempo. Mi mano soltó su mano y lentamente la vi caer, la vi caer sin sentimiento de culpa, ya nada me importaba en la vida. Cayó hasta la profundidad del abismo y se reventó su cuerpo en la roca, su sangre se plasmó como un graffiti en la sepultura de piedra, sus entrañas vieron la luz tan solo para morir.  Yo miraba inmutable, con miedo digo que casi con cierto placer. Durante un instante miré la escena como si no fueran mis ojos los que miraban y escuché una voz ronca desde la profundidad de Aubaf:
-Dos pétalos de rosa vi caer desde tu mano hasta la tierra, como gotas de lluvia cayendo de la nube al mar. Lo vi desde el sol y la luna me lo platicó como si nunca lo hubiera visto. Maldita sea la tierra, grité, como si la tierra fuera la culpable de tu caída. Malditos rosales, grité, como si ellos hubieran abierto tu mano.
Y que perverso el sol que me aprisiona en sus llamas y no me deja verte.  Y que sangrante luna  que abre el recuerdo de la herida una y otra vez. Y lloré hasta sofocar el fuego del sol y le maté, y la luna se llenó de agua y le ahogué. Así quedé libre de mi prisión y fui a verte, mas no te encontré, pero encontré escrito en una piel la verdad; los pétalos no eran pétalos, el rosal no era rosal,  los pétalos eran  gotas de sangre,  el rosal la herida de tu piel. Y el sol no era sol, y la luna no era luna, el sol era mi corazón y la luna mi conciencia. Y la tierra que maldije no era tierra, era tu sepulcro natural, abismo de los dioses, prisión de libertad. Maldita sea la hora en que solté tu mano, enviándote a la inmensidad. Esta es la última maldición que mis labios pronunciaran.     
            Todo quedó como un terrible accidente en la montaña, los miembros del cielo negro jamás dijeron nada, no se investigo más la muerte accidental de la mujer sin nombre,  pero yo bien sé que no fue un accidente. La conciencia no debió haberme dejado dormir, debió perturbarme cada noche de mi vida, lamentablemente no sentí nada de remordimiento sino hasta muchos años después, cuando incluso el rostro de esa mujer se había desvanecido de mi memoria.
La vida continuó en decadencia, en su monótona tristeza, en su oscura realidad. Me alejé de los oscuros seres del cielo negro, ya no sentí placer en su decadencia. De vez en cuando miraba a Liagiba y al estar con ella sentía que un rayo de luz penetraba en medio de la oscuridad invadiendo de paz y calor a ese infierno cruento en el que vivía, sin embargo, en cuanto me separaba de ella, todos los demonios que habitaban en mí reaparecían con más furia y con mas odio que antes. Sólo al estar con Liagiba me sentía vivo y sé que ella sentía lo mismo. Aunque en realidad, nunca no lo dijimos, todo ese sentimiento quedó en nuestros corazones.
Un día me encontré con un viejo enemigo, él había sido mi Némesis en una vida antigua o en alguna pesadilla de mi pasado reciente.
Con enojo me gritó:   
-¿Qué haces aquí? ¿Qué no ves que soy de furia? ¡Ay! Viejo enemigo, sabía que este día llegaría, no ha de pasar uno de nosotros de él.
Mi Némesis me atacó con gran ira, yo no fui capaz de defenderme. Su velocidad era implacable, su fuerza absurdamente superior a la mía, su ira lo hacía mucho más letal de lo que ya era. Me agredió sin piedad. De pronto, cuando la sangre brotaba copiosamente de mi cuerpo y el dolor ya no me dejaba más opciones que llorar, escuché un grito, era Leinad que me decía:        
-Mohamed, príncipe del cielo negro, no ha de ser tu final en este puerto, tú, que tienes la vista en el mañana no te quedarás en ayer. Soy ciego pero puedo verte. Soy mudo pero puedo hablarte. Soy sordo pero puedo escucharte. Tú me enseñaste los caminos de la oscura soledad. Tú me enseñaste a odiar. No permitiré que este lobo acabe con tu vida. Toma este leño y defiende tu honor. Si es necesario acabar con las vidas inmundas que así sea. Sin vida no hay conciencia, sin conciencia no hay culpa, sin culpa no hay castigo, sin castigo no hay dolor, sin dolor no hay vida. Defiende la oscuridad del cielo negro en la mancha sangrante de este demonio antiguo. Defiende tu vida y la vida de los que en oscuridad te seguimos.
Leinad arrojó el leño a mis pies, yo lo tomé y sin pensarlo golpee a mi Némesis en la cabeza. Al instante la sangre de mi viejo enemigo cayó sobre mi rostro y mis manos. Él se derrumbó sobre la tierra y aún así continué golpeándolo. Le destrocé las costillas y los huesos de las manos, lo golpee con furia hasta que se agotó mi fuerza. Lo vi, allí en el suelo, confundiendo su sangre con la tierra, sus ojos en blanco daban la bienvenida en muerte a otra vida. Allí lo vi y disfrute verlo así, como si fuera un fiero animal disfrutando el trofeo de su cacería. Esperando no sé que cosa.   
No murió mi Némesis, algunos demonios nunca mueren. Él, prometió vengarse terriblemente de mí. Mis Padres se dieron cuenta de este evento y quisieron huir de Karelez llevándome cobardemente con ellos. Yo podía enfrentar mi muerte, ellos no estaban dispuestos a hacerlo. Suficiente pedida había sido Tena, no querían quedarse sin el único hijo que les quedaba en el mundo. Así fue, como Luar y Ave tomaron la decisión de huir de Karelez y regresar al puerto amado y seguro de Larra.
Que día tan triste cuando me despedí de Liagiba, le hablé a la distancia, a través de un eco. Le dije que me tenía que marchar de Karelez, volvería a Larra, mi puerto nativo. Liagiba entristeció por mi partida y me dijo que me tenía un regalo. Tristemente, la hora de partir llegó y Liagiba jamás se presentó. Meses después supe que el regalo era ella misma. Aunque jamás fue entregado de la forma en que se debía, hasta años después.
            -¡OH amada Liagiba! Si el regalo eras tú, ¿por qué no te envolviste en papel tornasol? Te extrañaré por siempre, si no es que el mar o la muerte algún día nos vuelve a unir. Ellos nos unieron, ellos nos separan. Casi profecía, te veré a donde el mar nos lleve.      
            Al llegar al puerto de Larra noté que todo estaba cambiado, ya nada era igual que en el pasado cuando Tena y yo zarpamos en busca de aventuras. Lo único que no había cambiado en el puerto de Larra era la belleza y majestuosidad de su mar. Durante mucho tiempo estuve sentado en la playa contemplando la inmensidad de ese ser, sentado en la playa como antaño, pero solo, Tena no volvería a ver ese espectáculo nunca más. Allí lloré por última vez en la vida, después de ese día mis ojos serían secos y mi alma insensible. Las lágrimas caerían para adentro de mi ser, justo al centro de mi alma y de mi corazón.
            Recorrí toda la ciudad de Larra en busca de mis antiguos aliados, mas no encontré a nadie, tal parecía que estaba en una ciudad totalmente nueva, tendría que empezar de cero una vez mas. Comencé a buscar seres que fueran como yo; oscuros, insensibles, duros, de ojos tristes y secos, llenos de odio y de dolor. En cambio, estaba decidido a no caer una vez más en la decadencia de Karelez.
            Muy pronto en el camino de la vida me encontré con un joven parecido a mí en todos los sentidos. Su nombre era Siry Baelflo. Con tan sólo una breve plática supimos que éramos del mismo lugar entre las tinieblas, yo le platiqué mi funesta historia, y él, con una lágrima, sólo una lágrima en los ojos me contó la suya:
-Mi vida, como el naufragio de un barco de papel, se sentía segura navegando en las alas del mar. Pero el mar enfurece en cada luna llena y en cada tempestad, y la fragilidad de mi materia se consumió hasta la profundidad de la furia del mar.
Mi protector, donador de mi vida, me miraba con ternura cada vez que el sol nacía. Era extraño, porque su mirada germinaba odio, su rostro reflejaba el reflejo de la muerte. Sus manos se lavaban en sangre y su vida entera era una turbación de las uniones de la maldad. Pero a pesar de ser lo que era, siempre me miraba con ternura cada vez que el sol nacía.     
Los años se fueron como el humo de la mañana, yo crecí y comprendí muchas cosas que antes no comprendía. Fue en ese momento de comprensión, cuando salió la luna llena y dio inicio la tempestad. Mi barco de papel zozobraba.     
Un día, mientras me acercaba al seguro puerto de mi esperanza, escuché los gritos del mar, me apresuré a llegar y pude ver que el viejo mar estaba siendo atacado por el cielo y la tierra. Estos traidores se llevaron una gran parte de él que nunca más fue encontrada. Huían como cobardes ladrones y yo los seguía lo más rápido que podía, pero aún era lento y se fueron de mi  vista.  Las lágrimas  de odio  se ahogaron  en mi  pecho y agrietaron mi duro corazón. El viejo mar, el donador de mi vida, mi puerto seguro, se había ido para la eternidad.    
Desde ese día dio inicio una terrible guerra entre los habitantes  hijos  del mar  y los  traidores  aliados  del cielo  y la tierra. Cada día caía un guerrero, ya fuera del mar, del cielo o de la tierra y al fin de un año sólo quedaba yo. Mi mirada perturbada buscaba algo que atacar, pero todos habían caído ya y los buitres habían devorado sus restos. Y todos ellos, cada uno de esos guerreros, habían dejado su herencia para mí, dejaron la herencia del odio que agrieta y ennegrece a mí duro corazón.  
           Esa es mi historia, es por eso que soy lo que soy. Oscuro como la noche, violento como el mar embravecido. Lleno de ira como una turba ignorante que clama justicia.
            -Somos iguales tú y yo, -le dije a Siry-. A partir de hoy podremos ser aliados hasta la eternidad e iremos a donde el mar nos lleve.
            Pocos días después conocimos a otro joven, él se veía mucho más perturbado y oscuro que nosotros, su mirada reflejaba un odio profundo revuelto con un miedo escondido. Su nombre era Omem Jerubi. Omem nos contó su triste y nauseabunda historia:
-Mi familia no era exactamente la mejor familia del mundo, pero yo era muy feliz siendo parte de ella. Mi familia era integrada por cuatro miembros. Mi papá, mi mamá, mi hermana menor y yo, que para aquellos días tenía ocho años de edad.    
Mis padres discutían fuertemente, las peleas se estaban volviendo muy frecuentes y cada vez eran más intensas y violentas. Al principio, las  discusiones  eran  sólo  de palabras  en voz  baja,  después  fueron gritos, más tarde se transformaron en fuertes insultos y terminaron por convertirse en golpes.    
El día más negro de mi vida llegó en una ocasión en que mis padres  fueron invitados a una  fiesta.  Recuerdo que se  alistaron y  se fueron muy felices, pero cuando regresaron, embrutecidos por el alcohol, discutieron tan fuertemente que mi hermana y yo despertamos  asustados,  nos  levantamos de  la  cama  y  fuimos  a investigar lo que pasaba. Mis padres se gritaban, se insultaban, se golpeaban como nunca antes lo habían hecho. Entonces sobrevino la gran desgracia, mi mamá corrió hasta su recamara, abrió un cajón del buró y extrajo de él la pistola que guardaba mi papá para casos de emergencia, con mucha torpeza por los estragos del vino se arrastró de nuevo a donde estaba mi papá y le disparó dos veces, una de las balas entró en el abdomen y la otra entre los dos ojos, su muerte fue instantánea. Mi hermana y yo observábamos todo sumidos en el más profundo  miedo.  Mi madre  sintió que  la observábamos  y nos miró con unos ojos desorbitados y rojizos, entonces una lágrima rodó por su mejilla y nos dijo:
-Perdonen mi maldad hijos míos.
Se puso la pistola en la sien y se disparó. Mi hermana corrió a la calle gritando como loca y yo me quedé parado como piedra frente a los dos cuerpos sin vida. A partir de ese momento éramos huérfanos de la soledad del cruel mundo.      
Ese fue el inicio de nuestra tristeza. En el funeral hubo muy poca gente, y mi hermana y yo sólo observábamos como si fuéramos una de las mudas estatuas del cementerio. Sepultamos los cuerpos inertes de mis padres y nos fuimos a nuestra oscura y vacía casa, ahí nos encerramos durante años, entre nuestro odio y nuestra tristeza.    
Mi hermana se volvió drogadicta y yo me convertí en un ser violento y oscuro, hasta llegar a ser lo que soy.
Siry y yo le platicamos a Omem nuestras respectivas historias y acordamos que los tres nos mantendríamos juntos, apoyándonos siempre, dejaríamos de ser simples aliados y nos convertiríamos en hermanos de la oscuridad. Yo sentía que estaba formando un nuevo cielo negro. (Aunque el mar, la muerte y la distancia se encargan de separarlo todo).
Así pasaron algunos meses, y de vez en cuando se reunían nuevos seres oscuros a nuestro grupo; Uram, Leuri, Cholme, Kire, Wu, y aún otro, Niwde, que no era oscuro, amargo y triste como los demás, pero igual lo aceptamos, para que hiciera nuestras vidas un poco menos tristes. Éramos grandes amigos los nueve, yo quería formar un nuevo cielo negro, pero el destino nos llevó a ser los caballeros del miedo. Cada uno de nosotros tenía su propia historia, triste, magra. Pero teníamos también la esperanza de salir adelante juntos. Algunos eran más oscuros que otros. A veces olvidábamos nuestras tristezas y nos divertíamos mucho jugando y comiendo.  Otras veces, nuestra oscuridad nos aplastaba y dañábamos a otros. Así eran nuestros días en aquellos entonces, llorar y reír, pero hubo algo que siempre teníamos en acuerdo, estar en el puerto de Larra no nos satisfacía por completo, necesitábamos algo más, tal vez partir por el ancho mar en busca de tierras nuevas, de vidas nuevas, de sueños completos. Sin embargo, siempre había algo o alguien que nos detenía, pero cada vez eran menos los obstáculos. Pronto entendimos, que el día se estaba acercando.   

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