Un día, junto con mis amigos, decidí que viajaría por el
ancho y largo del mar. Todo sería hermoso. Ya no había obstáculos que nos
impidieran realizar el viaje que desde hace meses esperábamos. En ese viaje, tal
vez recuperaríamos la vida que el tiempo y el dolor tan cruelmente nos había
robado.
¿Por qué viajar? Razones sobran,
placer, negocio, diversión, estudio, mil motivos pueden existir. Mis compañeros
y yo viajábamos por una sola razón. Para escapar de nuestras propias prisiones.
Las que habíamos construido con prejuicios, desobediencia, odio y dolor. Nos
creíamos invencibles, nuestro bote era indestructible. Nada ni nadie nos podía
detener, ninguna tormenta nos podía hundir.
Mil veces viajamos a mil lugares
distintos. Conocimos todo lo conocible, realizamos lo imposible. Los caballeros
del miedo, como nosotros mismos nos nombrábamos, eran inseparables, la vida nos
guiaba a un mismo lugar. Pero un día planeamos nuestro último viaje, sería el
más largo y el más lleno de aventuras. Navegaríamos hasta una isla en donde
había aguas termales y vegetación exótica, allí pasaríamos unos días
increíbles, el mismo viaje fue lleno de aventuras y la estancia en la isla fue
triste para todos, excepto para mí, porque conocí lo que había en mi interior
y, mi alma y corazón se comunicaron directamente por primera vez. Yo vi lo que
los demás no podían y sentí casas que los demás ni siquiera imaginaban. La isla
fue bueno conmigo, y con todos, pero sólo yo lo vi así.
Las aventuras más grandes llegarían
hasta el regreso. Ese viaje a la isla cambiaría nuestras vidas de tal forma que
nunca imaginamos. Después de ese viaje nunca más volvimos a ser los caballeros
del miedo, esos que fuimos ya nunca seremos. Nuestras vidas tomaron direcciones
contrarias. Pero así debe ser, porque a cada uno el mar lo llevó a donde
debíamos estar. Las olas no se
equivocan, tienen un objetivo, un fin, y así debe ser, no hay poder sobre la
tierra que consiga evadir estas corrientes.
La nave quedó lista para zarpar
después de un arduo trabajo por parte de todos los caballeros del miedo. El
equipaje estaba en su lugar y cada hombre ocupaba fielmente su puesto. Ya
sabíamos que hacer, nos habíamos vuelto expertos, todos éramos buenos haciendo
nuestra labor.
Las aguas estaban quietas, el azul
profundo del mar contrastaba con el claro azul del cielo en el horizonte, la
redondez de la tierra nos invitaba a ir más allá de lo planeado. Todo estaba
perfecto para una gran aventura. No se vislumbraba ninguna dificultad.
Las anclas del barco crujían
fuertemente al elevarse desde el fondo del mar. Al liberarse de su opresor, el
barco comenzó a moverse tranquilamente sobre las tersas aguas del mar. Era
oficial, el último viaje había dado inicio. Todos mirábamos la inmensidad desde
el océano fijamente e ignorábamos por completo lo que dejábamos atrás. El viaje
había empezado, no nos detendríamos, ya no había vuelta atrás, ni siquiera con
los pensamientos.
Varios
días de viaje pasaron sin una sola novedad, pero al quinto día, una mancha negra comenzó a
moverse al lado derecho de la embarcación, pronto entendimos que era un
monstruo marino de gran tamaño y que estaba dispuesto a destruir el barco y a
devorar de un solo bocado a todos los tripulantes. Todos tomamos lanzas y
arcos, pistolas y otros objetos filosos para defender nuestra embarcación, pero
como si el monstruo comprendiera que su muerte lo miraba desde la altura de la
embarcación, huyó nadando a gran velocidad. Todos nosotros nos quedamos mirando
hacia el agua en espera de que el monstruo volviera, pero nunca más volvió.
Parece que nos tuvo más miedo que nosotros a él. Eso fue muy bueno. Esa fue la
primera aventura de nuestro viaje.
La
segunda aventura no tardó en llegar. Un día después del encuentro con el
monstruo, vimos a la distancia un barco, eso no era normal, pues por el mar en
que viajábamos eran escasos los marinos debido al gran peligro de esas aguas,
sólo los muy osados o desquiciados se atrevían a navegar por esos mares. La
embarcación desconocida pronto
estuvo cerca de nosotros y al mirarla con más cuidado notamos
que traía la bandera de la calavera
cruzada por dos huesos, esos hombres
eran ladrones, piratas que querían apoderarse de nuestro barco y
matarnos. Pero se llevarían una gran sorpresa al descubrir que nosotros éramos
aguerridos y fieros. Defendimos nuestra embarcación y nuestras vidas con
valentía y furia, ellos también eran grades guerreros pero les faltaba la ira
que a nosotros nos sobraba. Al no poder con nuestras fuerzas tuvieron que huir
en su barco lo más lejos que pudieron de nosotros. Los seguimos por un breve
momento, pero ellos no eran nuestro objetivo, el viaje debía continuar.
Durante
el viaje hubo otras aventuras; arrecifes que trataron de destruir el casco del
bote; tormentas que sin mucha fuerza
trataron de hundirnos; grandes
corrientes marinas que buscaron arrastrarnos fuera de nuestra
ruta; torbellinos de agua que buscaban vanamente la forma de volcar nuestro
barco; fuertes vientos intentando romper las velas; bestias marinas y aves
enormes que deseaban devorarnos; piratas y marineros solitarios que querían
nuestro bote; pero nada de eso pudo derrotarnos, éramos invencibles, éramos los
caballeros del miedo.
El
viaje siguió sin novedad por varios días, pero al fin divisamos la isla a la
distancia. Nuestra carrera estaba a punto de llegar a su fin, o tal vez ese
apenas era el principio. En esa isla descansaríamos de nuestras penas por
varios días y después reiniciaríamos el viaje hacia ningún lugar. Nuestro barco
estaba exhausto por el viaje y necesitaba descansar. Allí nos llevó el mar
cuando el sol estaba en lo más alto del cielo y vimos a unos delfines que
jugaban con el barco como si este fuera su esperanza al igual que la
nuestra.
Esa
isla sería nuestro hogar por unos días.
El humo se elevaba desde el centro de la fogata hasta la
más alta estrella del cielo y allí se reunía con el vapor del ojo de agua que
nos observaba sereno. La madera crujía con el fuego lento y las llamas daban
una luz fantasmal que sin embargo nos era suficiente para ver nuestros rostros.
Así pasaba la primera noche en la isla.
Nuestra
embarcación descansaba de un viaje largo y agotador en donde habíamos vivido
momentos de gran aventura. El viaje tuvo su origen en el dolor de nuestras
almas y en el cansancio de nuestros espíritus. Estábamos huyendo de nuestras
propias vidas y de nuestros miedos. No sabíamos hacia donde huíamos,
cualquier lugar lejano al
nuestro era bueno. Durante
el viaje fuimos atacados por
bestias salvajes, por tormentas, por otros barcos y por muchas otras cosas,
pero a pesar de los feroces ataques
nunca contemplamos la
posibilidad de naufragar, nuestra vista se posaba en la
fuga y en un nuevo horizonte y no había lugar para naufragios. Pero nuestra
embarcación sufrió el cansancio del viaje y tuvo la necesidad de recuperarse en
sueño.
Era
de día cuando desembarcamos en la isla, pero pronto se hizo de noche y
encendimos un fuego que nos permitiera ver más allá de nuestros egos. De ese
fuego que ya mencioné, con su madera, su luz y sus llamas.
Alrededor
de la fogata nos encontrábamos un grupo de caballeros del miedo, estábamos de
viaje en esa isla de agua caliente, mientras nuestra embarcación se reparaba
del sueño.
El
jefe de los caballeros estaba sentado en una roca alta, él era Omem Jerubi, el
hijo del auto muerte del mar y el cielo. A su derecha estaba sentado Wu
Canhaste, el mirador de cometas y estrellas. El siguiente hombre alrededor del
fuego era Kire Vasgalley, el hombre de la soledad y la tristeza. A su derecha
se encontraba Niwde Mororti, el soñador y cómico del grupo. Después estaba
Cholme Zoge, el rey de los castigos tortuosos. A su derecha,
de pie estaba el príncipe
de las pesadillas, Uram
Vage. Junto a Uram estaba sentado Leuri Veleque, el dios de la
oscuridad disfrazado de bondad. A su derecha el más castigado de todos, el
león meditabundo, Siry Baeflo. Y por último, alejado del grupo, bajo un árbol
estaba yo, el victima de todos los lloros, Mohamed Vak, quien cuenta esta
historia.
Durante
el día habíamos jugado con los seres que no son seres, corrimos de los
rayos del sol a las cimas de
las ramas que flotan al compás
del viento, nos escondimos de nuestras miradas temerosas, nadamos en el tibio
aliento del dolor milenario que brota del centro de la tierra y por un momento,
sólo un momento nos olvidamos de quienes éramos y que hacíamos en esa isla.
Olvidadas las tristezas en ese mundo ajeno. Apartadas las miradas del dolor y
la ira. Ahí, éramos otros, tan distintos a nosotros mismos.
El
día transcurrió rápido, como corcel que viaja de la luna al sol o del sol a las
estrellas y pronto la oscuridad nos atrapó entre sus fúnebres alas. Los maderos
caídos fueron aliados en nuestra lucha contra la oscuridad, y el encender de un
cerillo fue nuestra victoria, el fuego iluminó la noche destruyendo sus oscuras
alas.
Los
caballeros del miedo se sentaron alrededor de la fogata, pero yo me mantuve
alejado, solo con mis fríos pensamientos.
-¿Cuánto
durará esta noche? -Le pregunté a la primera estrella del firmamento-.
-¿Dónde
quedarán nuestros despojos? -Le pregunté al último rayo de luz-.
-¿Dónde
perecerán nuestras ilusiones y nacerá de nuevo el dolor? -Le pregunté a las lejanas sombras de los
árboles-.
-¿A
dónde nos llevara el destino? –Le pregunté a las bestias del campo-.
Pero
permanecieron mudos, no me contestaron, o tal vez no supe escuchar su voz.
Poco
después me acerqué a los caballeros del miedo alrededor del fuego, pero mantuve
distancia entre sus corazones y el mío, pues eran tan distintos, como hermanos
gemelos, como las palmas de mis manos. Allí me quedé, debajo de un árbol,
escuchando en silencio las voces de sus miedos…
Omem
estaba en silencio, pensando en lo que diría esa noche. Su voz tenebrosa rompió
el frágil silencio y como si llorara con las palabras nos dijo:
-“¿Qué
será de nosotros cuando el destino nos alcance? ¿Qué será cuando se bifurquen
los caminos y vayamos a nuestra propia montaña a llorar nuestro propio miedo?
¿A quién consolaré y quién será mi consuelo cuando la vida nos arroje en
diferentes direcciones como el viento arroja a las hojas de otoño? ¿Qué será de
mí, de nosotros, de ustedes, que será? Si olvidamos esta noche y sólo queda en
lo infinito de nuestra más profunda memoria. ¿Qué será de nuestras almas
inmortales cuando tengan que morir? Hemos sido como las uvas de un solo racimo
en la más grande vid, si mañana nos vuelven vino y nos alojan en distintas botellas, ¿acaso nos
encontraremos en otra forma de
vivir? Ya no pensaré más en mis miedos, ahora quiero escuchar su voz rompiendo
el viento y el hueco sonido del silencio, hermanos, amigos, compañeros de la
aventura llamada vida quiero escuchar de sus labios la promesa de que no nos
separara mas que la muerte, si es que no podemos vencerla algunas veces más,
quiero escuchar sus voces de promesa, para que esta noche se haga eterna.”
Wu
se puso de pie en el centro de la fogata sin que se quemara con su mirada
duplicada y sus labios temblorosos y tomó la palabra:
-“El
día que las traiciones de la vida y su triste ubicación recorran mi mundo
entero explorando sin una razón, vestiré de azul a los cometas y miraré más
allá de lo que nunca he podido mirar, y aunque esté de luto mi corazón pues
murió la esperanza y murió la razón,
aunque la noche esté apagada y el llanto bermejo, herida pasada y este corazón ya no pinte,
ni se sequen estas lágrimas, yo recordaré
esta noche y lucharé contra mis
ojos ciegos y postreramente enterraré
la realidad en un
cajón y gritarán que los destruya, pero, ¿Quién soy yo? Y envolveré el
pasado en el
mismo cajón, con
eso queriendo obtener su perdón,
como si fuera tan fácil olvidar lo que nunca existió. Esa es mi promesa a tus
miedos Omem.”
Kire
se puso de pie en cuanto Wu se sentó, se estiro cuan largo es y sus cabellos de
erizo se volvieron serpientes con las llamas, con la oscuridad de sus labios él
también dio una promesa:
-“Que
demencia en el camino, unos vienen otros van, los que vienen van llorando, los
que van no lloraran y los fieles avanzan callados y los traidores serán
exiliados y ya insensibles podremos caminar
sobre los restos,
sobre el mar. Mas cuando
suceda lo que verso esconderé mis
manos a mi rostro, esconderé mis palabras a mis oídos, esconderé la luz a mis
ojos y buscaré ciego por el mundo sobre mis hombros hasta encontrar esta noche
y volver a ser lo que fui, hermano de la noche y la soledad, noche del alma,
soledad de ustedes. Y una cruz sin nombre y un hombre sin cruz, serán testigos
mudos de la muerte de la luz y escucharán con sus oídos sordos la voz de la
promesa que he terminado de versar.”
Niwde
escudriñó un mundo que jamás había escudriñado antes, temblando con su piel
pegada al hueso se puso de pie frente a los caballeros del miedo. Por primera
vez tenía que hablar con seriedad, murmuró:
-“Vida,
fue un circo sin color, con actores del dolor. Muerte, fue un escape al
inconsciente con fugitivos del dolor. Un cuerpo guardado en su pequeña capital
deja de sangrar y será por siempre un lirio, guardado entre las malas yerbas,
refugiado en el jardín secreto, guardado en su pequeña capital. Sólo eso, si es
que no lo podemos derrotar algún día,
podrá hacerme olvidar esta noche. Sé que nunca he dicho nada en serio,
pero por el fuego que nos ilumina y nos calienta les digo con la seriedad en
los labios que lucharé contra risas y mentiras para volver por el camino que me
vio partir. Esa será mi promesa, para esconder sus miedos amigos míos, y a ti
Omem te prometo no volverte a llorar.”
Cholme
se elevó con el humo, tan largo y oscuro como el humo mismo y con voz potente
como estruendo del cielo prometió:
-“Alejaré
mi llanto en cada mañana, nublaré los soles con cada palabra,
esculpiré ironías en los rostros
dolidos, olvidaré mis martirios y mis
verdugos y elevaré mis manos callando más mis ojos oscureciendo más las noches
y sellaré mis labios ahogando en ruido al grito. Todo esto antes de olvidar la
noche que nos envuelve y más, si me es posible circundar en invisibilidad sus
caminos y cantar con sus voces calladas el canto de los caballeros del miedo, lo haré con gusto, aunque
se destruya mi núcleo e implote mi centro, aunque se olvide mi memoria y muera
mi eternidad. Yo lo prometo por cuanto soy el rey de los castigos tortuosos y
con la misma tortura tatúo mis palabras.”
Uram
se adentró a la llama y al humo, sus manchas de piel casi se derriten por el
fuego y su figura pequeña se alargó por efecto de la luz fantasmal. Dijo:
-“Tantas
veces he pasado por este camino y nunca había visto la piedra con que tropecé.
Por fin entendí por que no ríes, ya no hay tiempo de sanar, se corto la
comunión, ahora es tiempo de olvidar. Ya entendí cual es tu vicio como los que
callan el rencor, hoy ya sé porque no
ríes, el
rencor lo prohibió. Pero
hoy te digo Omem y
a todos ustedes caballeros del miedo que será la última vez en nuestras vidas
que se mueran las sonrisas antes de nacer, porque mañana cuando entendamos que
el destino no nos alcanzará jamás reiremos a carcajada abierta. Y si acaso me
equivoco y el destino nos alcanza, yo seré el primero en marchar y sólo
gritaré, apártate de nosotros cruel destino y apártate de las piedras que
caerán en nuestros cuerpos.”
Leuri
habló poco, su semblante sombrío contrastaba con su carácter amable, pero ante
la llama y su efecto extraño nos dio temor. El no lo notó y seguro de sí mismo nos dijo:
-“Renunciaré
por ustedes al placer de los dioses, ver nacer, crecer, vivir, morir, día tras
día, siglo tras siglo, a cada una de las vidas y el cielo ya no acordará mi
triste mirada que calla y que pide que todo termine. Renunciaré a todo para no
olvidar esta noche y sus promesas, para no olvidar más que los miedos que
nos embargan. Y
seguiré el camino
a oscuras porque mañana tendré que
llegar a la vasta isla de mi falsedad. Esa es mi promesa y no prometeré
más.”
Siry
abrió sus labios, sus ojos tristes y su color pálido nos afectaron un poco a
cada uno y él también elevó su promesa:
-“Un
día pasado se unió en condena, embriagamos los dichos con alcohol de protesta,
fumándonos cáncer en piel de avena. Y lloramos como la noche sin estrellas y
aparecieron rostros bañados en llanto, abrían la boca y vomitaban espanto y se
escuchaban voces quebradas de miedo que decían una y otra vez… Dame la risa más
triste que tengas, yo te daré la mía. Dame la lágrima más feliz que tengas, yo
te daré la mía. Dame la fe más perdida que tengas, yo te daré la mía. Dame el
pecado más fiel que tengas, yo te daré el mío. Esa es mi promesa en medio de la
noche, les cambiaré el llanto por sonrisas y las sonrisas por el llanto, pero
jamás me olvidaré de esta noche. Amigos míos, soy de odio pero no rompo lo que
amo.”
Todos
hablaron y dieron sus promesas, sólo yo permanecí en silencio, un tanto alejado
de ellos. Los caballeros del miedo me miraban extrañados, como si fuera yo un
desconocido para ellos, Siry fue el que se atrevió a preguntarme:
-“¿Acaso
no piensas decir nada? Tu silencio nos mata y tu promesa nos hace falta. Ya
hemos hablado todos, hemos prometido desde nuestras almas y tú apartado y
calado nos tienes en ascuas, habla, promete, mañana tal vez sea demasiado tarde
para todos nosotros.”
-No
daré promesas, -les dije a mis amigos-,
pues las promesas se rompen y se olvidan, prefiero que cuando el destino nos
alcance, si es que no podemos vencerlo y realmente nos alcanza, digan que no
prometí nada en vez de decir que asesinó a su promesa. Antes he prometido y
jamás he podido cumplir.
Una
vez prometí así:
-“Mañana
elevaremos nuestras miradas y contemplaremos nuestro futuro.”
Pero
tuve que romper la promesa al gritar:
-“Tú
no elevaste nunca más tu mirada, nuestro futuro no habrá de existir.”
Otra
vez prometí:
-“Obedeceré
y confiaré, ya no seré más ese amargo animal.”
Pero
olvidé la promesa al decir con ironía:
-“Si
bien te obedecí no fue por voluntad, el miedo es traidor, él me obligó. Si
crees que confié en ti, te has vuelto ha equivocar, la muerte me aterró me dejó
en la soledad.”
También
prometí:
-“Nunca
más tendrás temor, porque estaré en donde tú estés y protegeré tus sueños con
las alas de mi martirio. Siempre has temido, pero no temerás más, porque
protegeré con mi muerte lo santo de tu vida.”
Y
esa es la promesa que más dolor me ha causado, porque no la olvidé nunca y no
la olvidaré jamás, pero la rompí incapaz de no romperla.
Ese
día solo dije:
-“Que
extraño, tú que temblabas hasta por un año perdido, tú que temías hasta por lo
huraño de un río, tú que perdías el sueño por imaginar un negro manto, hoy
estando entre los muertos, no tiemblas, no temes, no pierdes el sueño y dormida
no soñarás.”
-Es
por eso que no prometeré más, si es menester hacer promesas las haré sólo en lo
profundo de mi alma y de mi corazón, de esa forma si la
promesa se rompe,
sólo se romperá
mi corazón y
no sus corazones y si la promesa
se olvida, sólo se olvidará mi alma y no sus almas. Amigos míos yo también
quiero luchar por nuestra embarcación y que no se trunquen jamás los caminos
que seguimos, pero esa lucha ha de ser en acciones y no en palabras, las
palabras se olvidan y mueren, las acciones perduran para siempre.
Omem
pensó en silencio por un momento, mientras todos se buscaban lágrimas en los
ojos, (sin encontrar ninguna, hay ríos que yacen secos) yo permanecí inmóvil,
inmutable y frío, así es como la vida me había obligado a ser y la vez el
camino que yo había decidido seguir.
Los
caballeros del miedo entristecieron sus rostros, que se miraban más tristes al
bailar de las llamas, como si fuera el fuego quien los había abofeteado y no
mis palabras. Sus ojos se perdieron en la oscuridad del horizonte y sus manos,
nerviosas, se entrelazaban. Durante unos instantes incontables, el silencio
reino en esa isla solitaria.
Omem
rompió de nuevo el frágil silencio y con la mirada más triste que recuerdo en
unos ojos de este o cualquier otro mundo, dijo:
-“Tal
vez hubiese sido mejor no prometer, porque una promesa hecha no se puede
recoger, mas si se puede olvidar o se puede romper.
Pero
están hechas las promesas y ya veremos cuando el destino nos alcance.”
Uno
por uno los caballeros del miedo se marcharon al mundo de los sueños, alrededor
de la fogata que moría sólo quedamos Omem,
Siry y yo.
Nuestra plática no
pronuncio palabras y nuestras miradas miraban sólo la
profundidad de la noche, nuestros oídos sólo escuchaban el tenue murmullo del
silencio del bosque, nuestros olfatos sólo olían el miedo de los que dormían y
nuestros tactos sólo palpaban el latido de los tres corazones cansados de
palpitar. Las miradas esquivas se encontraban por momentos, momentos que
parecían eternos, no había más que decir, sólo silencio.
Envueltos
en ese silencio nos encontró el sueño de los amigos, cada uno en su pesadilla,
en su propio infierno tan personal. Los tres que negábamos al sueño
permanecimos inmóviles aún a los pequeños asesinos que rondaban al campamento.
Los sonidos de la noche y del silencio entraron a lo más profundo de nuestros
temores. El vació del oscuro cielo y el abismo de agua alrededor de toda la
isla nos hacían creer que estábamos inmersos en un pozo sin fondo a merced de
un ser que nos despreciaba por nuestra maldad y nuestro odio. El fuego
agonizante nos hacia ver como si el fuego viviera en los ojos y se
transfiguraban los rostros dolidos en demonios tristes al ser arrojados del
paraíso. Eso veíamos y sentíamos mientras los demás se ahogaban en sus
pesadillas. Esa noche fue triste, de llanto y de sueño. Hubiéramos querido
estar en nuestros hogares para poder llorar a mares en medio de la
soledad.
El
fuego se consumía y con él se consumían las esperanzas y las promesas. ¿Será
que tan pronto nos alcanzó el destino?
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