domingo, 22 de enero de 2012

22. EL CANTO TRIUNFAL DE LOS SEPULCROS




Aquí no es donde termina la vida.
Aquí es donde comienza la eternidad.
Muy pronto, en vez del llanto,
Se escuchará un canto triunfal.
En un cementerio al norte de México.


Los meses pasaron pesados, cada día era mayor mi tristeza. La vida para mí ya no tenía sentido alguno. Un día me encaminé al cementerio para visitar los sepulcros de mis amadas, esos mismos sepulcros que encerraban la luz que me había sido robada. Allí lloré amargamente sobre las flores marchitas, hubiera dado cualquier cosa con tal de estar encerrado en uno de esos sepulcros. Daba igual, era un muerto caminando entre otros muertos. Un alma vacía, un corazón podrido. Mis lágrimas fueron como veneno para las yerbas que rodeaban los sepulcros, estas se secaron al contacto de mi tristeza. No había esperanza alguna para mi vida. Sufrí tanto para recuperar lo perdido e inmediatamente me había sido arrebatado de nuevo. Allí sobre sus tumbas recordé palabras que fueron dichas en el funeral, en ese adiós definitivo.
            …El que vive sabe que ha de morir, mas el muerto nada sabe….
            …Del polvo fuimos creados y al polvo volveremos…
            …hay que tener fe, hermanos, Cristo nuestro señor nos restaurará por completo…
            …todo lo que se quiere debajo del sol tiene su tiempo… tiempo de morir…
            …ya nos veremos, en el glorioso día de la resurrección…
            Al poco rato llegó un hombre de traje muy elegante y colocó unas flores sobre una tumba de mármol negro, claramente se notaba que era un hombre ostentoso e importante. Al ver mi llanto se acercó a mí y me dijo las siguientes palabras:
-La muerte es algo incomprensible. Hay muchas definiciones de muerte; el paso al más allá; el último adiós; el viaje sin retorno; la última morada; el sueño eterno;   y  un  largo  etcétera.   Incluso  en  el  diccionario encuentras una definición de muerte; cesación completa de la vida. Pero a pesar de todas las definiciones y explicaciones que se puedan dar de la muerte, ésta, sigue siendo algo incomprensible.
La mayoría de las veces los humanos somos insensibles a la muerte, pero cuando somos nosotros los que sufrimos la pérdida de un ser querido, sentimos un profundo dolor en el corazón, las lágrimas fluyen en un río de sufrimiento desde nuestros ojos, quisiéramos que el tiempo pasara rápidamente o mejor aún que regresara unos cuantos años. El mundo se derrumba ante nuestros pies, pensamos que todo acabo, todo está en tinieblas y silencioso...
Y, ¡ay! que dolor al momento de ver a nuestro ser querido dentro de una caja, detrás de un cristal que nos impide tocar su rostro, y lloramos a mares y con cada lágrima gritamos:
-¡Abre tus ojos! ¡Sal de ahí y dime que sólo dormías!
Pero eso nunca sucede. Los recuerdos se agolpan en la mente, los sentimientos en el corazón, y quisiéramos, aunque fuera un instante, tener a nuestro amado para besarlo y abrazarlo, pero eso, tampoco sucede. Después, al ocaso de una vida llega el momento de abandonar a nuestro querido ser en la oscuridad de un sepulcro, ese maldito hueco  sin vida.  Y al  momento  en  que  el  ataúd  desciende  lento a  esa  profundidad quisiéramos detenerlo y volverlo a la vida o quisiéramos caer junto con él. Las rosas son arrojadas al sepulcro, y mueren su muerte, y lloran junto al cielo. Por último, la tierra es arrojada para que se cumpla aquello que dice: “Del polvo fuiste formado y al polvo volverás”. 
Que momento tan difícil cuando tienes que dar la espalda e irte por el camino de la vida dejando en un sepulcro una parte de tu propia vida. Y más difícil es llegar a casa, ver su ropa, sus fotografías, sus objetos personales.  Cada ruido parece su voz, cada sombra parece su sombra. Es entonces cuando aprendes que ese terrible dolor nunca dejará de ser dolor. Y te haces a la idea, vagamente, que nunca más verás su cuerpo, ni escucharás su voz, ni sentirás su calor. Nunca más tendrá conciencia, ni saboreara los alimentos, no respirará, no verá la belleza del mundo, tampoco sus injusticias, nunca más abrazará nuestros cuerpos, ni besará nuestras mejillas, nunca más...
El tiempo pasa y el consuelo poco a poco llega, aunque el dolor nunca se va.
Una vez, alguien me dijo en un funeral:
-Si tuviera el poder, cambiaría mi vida por la de mi ser amado que murió.
Pero yo pensé que eso era cruel y envidioso, porque, ¿cómo podrías provocarle este nefasto dolor de la muerte al ser que amas?
No, las cosas aunque no las comprendamos, deben ser así, porque Dios jamás se equivoca. Además tenemos una preciosa promesa de Dios. Llegará el día en que no habrá más dolor, ni sufrimiento, toda lágrima será enjugada de nuestros ojos, la muerte no existirá más, nuestros amados y nosotros mismos seremos perfectos y viviremos  eternamente  en completa  felicidad  como  una gran familia, y nunca más, por los siglos de los siglos, tendremos que recorrer por el doloroso camino, hacia el jardín de la muerte.
El mejor regalo que nos puede dar el cielo en esta tierra turbulenta  es  el  de  dar  un  abrazo,   un beso   y un  prolongado te amo a los seres que más amamos antes de que sean llamados al descanso. Porque todo lo que digamos a nuestros muertos jamás será escuchado, ni sentidos los besos y abrazos, ni olidas las flores, ni consolados los llantos. Es por eso que debemos vivir cada día como si fuera el último y demostrarles a nuestros seres queridos cuanto los amamos, porque no sabemos si este sea el último día que pasemos a su lado antes de ser llamados por Dios al descanso.
En memoria de todos los que se han ido y de todos los que se irán, los amo, y nos veremos más allá, junto al río de agua clara que brota de las manos de Dios en la eternidad, nuestro verdadero hogar.
El hombre dejó de hablar ese discurso sobre la muerte que me pareció ya traía preparado y después me dijo:
-Sabes, la muerte deja una estela de dolor y oscurece el corazón, pero, ¡bendito sea el cielo! Esa oscuridad puede ser arrancada de tajo y el corazón y la vida vuelven a la paz y la felicidad.
El hombre me sonrió y se fue del cementerio.

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