Aquí no es donde termina la
vida.
Aquí es donde comienza la
eternidad.
Muy pronto, en vez del
llanto,
Se escuchará un canto
triunfal.
En un
cementerio al norte de México.
Los meses pasaron pesados, cada día era mayor mi tristeza. La vida para
mí ya no tenía sentido alguno. Un día me encaminé al cementerio para visitar
los sepulcros de mis amadas, esos mismos sepulcros que encerraban la luz que me
había sido robada. Allí lloré amargamente sobre las flores marchitas, hubiera
dado cualquier cosa con tal de estar encerrado en uno de esos sepulcros. Daba
igual, era un muerto caminando entre otros muertos. Un alma vacía, un corazón
podrido. Mis lágrimas fueron como veneno para las yerbas que rodeaban los
sepulcros, estas se secaron al contacto de mi tristeza. No había esperanza
alguna para mi vida. Sufrí tanto para recuperar lo perdido e inmediatamente me
había sido arrebatado de nuevo. Allí sobre sus tumbas recordé palabras que
fueron dichas en el funeral, en ese adiós definitivo.
…El que vive sabe que ha de morir,
mas el muerto nada sabe….
…Del polvo fuimos creados y al polvo
volveremos…
…hay que tener fe, hermanos, Cristo
nuestro señor nos restaurará por completo…
…todo lo que se quiere debajo del
sol tiene su tiempo… tiempo de morir…
…ya nos veremos, en el glorioso día
de la resurrección…
Al poco rato llegó un hombre de
traje muy elegante y colocó unas flores sobre una tumba de mármol negro,
claramente se notaba que era un hombre ostentoso e importante. Al ver mi llanto
se acercó a mí y me dijo las siguientes palabras:
-La
muerte es algo incomprensible. Hay muchas definiciones de muerte; el paso al
más allá; el último adiós; el viaje sin retorno; la última morada; el sueño
eterno; y un largo etcétera.
Incluso en el
diccionario encuentras una definición de muerte; cesación completa de la
vida. Pero a pesar de todas las definiciones y explicaciones que se puedan dar
de la muerte, ésta, sigue siendo algo incomprensible.
La
mayoría de las veces los humanos somos insensibles a la muerte, pero cuando
somos nosotros los que sufrimos la pérdida de un ser querido, sentimos un
profundo dolor en el corazón, las lágrimas fluyen en un río de sufrimiento
desde nuestros ojos, quisiéramos que el tiempo pasara rápidamente o mejor aún
que regresara unos cuantos años. El mundo se derrumba ante nuestros pies,
pensamos que todo acabo, todo está en tinieblas y silencioso...
Y, ¡ay!
que dolor al momento de ver a nuestro ser querido dentro de una caja, detrás de
un cristal que nos impide tocar su rostro, y lloramos a mares y con cada
lágrima gritamos:
-¡Abre
tus ojos! ¡Sal de ahí y dime que sólo dormías!
Pero
eso nunca sucede. Los recuerdos se agolpan en la mente, los sentimientos en el
corazón, y quisiéramos, aunque fuera un instante, tener a nuestro amado para
besarlo y abrazarlo, pero eso, tampoco sucede. Después, al ocaso de una vida
llega el momento de abandonar a nuestro querido ser en la oscuridad de un
sepulcro, ese maldito hueco sin
vida. Y al momento
en que el
ataúd desciende lento a
esa profundidad quisiéramos
detenerlo y volverlo a la vida o quisiéramos caer junto con él. Las rosas son
arrojadas al sepulcro, y mueren su muerte, y lloran junto al cielo. Por último,
la tierra es arrojada para que se cumpla aquello que dice: “Del polvo fuiste
formado y al polvo volverás”.
Que
momento tan difícil cuando tienes que dar la espalda e irte por el camino de la
vida dejando en un sepulcro una parte de tu propia vida. Y más difícil es
llegar a casa, ver su ropa, sus fotografías, sus objetos personales. Cada ruido parece su voz, cada sombra parece
su sombra. Es entonces cuando aprendes que ese terrible dolor nunca dejará de
ser dolor. Y te haces a la idea, vagamente, que nunca más verás su cuerpo, ni
escucharás su voz, ni sentirás su calor. Nunca más tendrá conciencia, ni
saboreara los alimentos, no respirará, no verá la belleza del mundo, tampoco
sus injusticias, nunca más abrazará nuestros cuerpos, ni besará nuestras
mejillas, nunca más...
El
tiempo pasa y el consuelo poco a poco llega, aunque el dolor nunca se va.
Una
vez, alguien me dijo en un funeral:
-Si
tuviera el poder, cambiaría mi vida por la de mi ser amado que murió.
Pero yo
pensé que eso era cruel y envidioso, porque, ¿cómo podrías provocarle este
nefasto dolor de la muerte al ser que amas?
No, las
cosas aunque no las comprendamos, deben ser así, porque Dios jamás se equivoca.
Además tenemos una preciosa promesa de Dios. Llegará el día en que no habrá más
dolor, ni sufrimiento, toda lágrima será enjugada de nuestros ojos, la muerte
no existirá más, nuestros amados y nosotros mismos seremos perfectos y viviremos eternamente
en completa felicidad como
una gran familia, y nunca más, por los siglos de los siglos, tendremos
que recorrer por el doloroso camino, hacia el jardín de la muerte.
El
mejor regalo que nos puede dar el cielo en esta tierra turbulenta es
el de dar
un abrazo, un beso
y un prolongado te amo a los
seres que más amamos antes de que sean llamados al descanso. Porque todo lo que
digamos a nuestros muertos jamás será escuchado, ni sentidos los besos y
abrazos, ni olidas las flores, ni consolados los llantos. Es por eso que
debemos vivir cada día como si fuera el último y demostrarles a nuestros seres
queridos cuanto los amamos, porque no sabemos si este sea el último día que
pasemos a su lado antes de ser llamados por Dios al descanso.
En
memoria de todos los que se han ido y de todos los que se irán, los amo, y nos
veremos más allá, junto al río de agua clara que brota de las manos de Dios en
la eternidad, nuestro verdadero hogar.
El
hombre dejó de hablar ese discurso sobre la muerte que me pareció ya traía
preparado y después me dijo:
-Sabes,
la muerte deja una estela de dolor y oscurece el corazón, pero, ¡bendito sea el
cielo! Esa oscuridad puede ser arrancada de tajo y el corazón y la vida vuelven
a la paz y la felicidad.
El hombre
me sonrió y se fue del cementerio.
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