Entré al panteón y me detenía de vez en cuando en
alguna tumba que llamaba mi atención, leía los nombres, las fechas y los bellos
mensajes que tenían escritos. Reconocí varias tumbas y conocí algunas otras que
nunca antes había visto. Entre cada sepulcro busqué mi luz, en cada cruz y en
cada flor, pero no encontré la luz que con tanto afán buscaba.
Ya
estaba a punto de irme a buscar mi luz en otro lugar cuando entró un joven por
la puerta principal del panteón, la seguridad con la que caminaba me llamó
mucho la atención, la cabeza bien en alto, pasos seguros y la mirada bien fija
hacia el lugar al que se dirigía. Sin que el joven lo notara lo seguí, llegó
hasta una tumba y se sentó junto a ella, yo me senté en otra tumba desde donde
podía mirarlo sin que el supiera y lo escuché atentamente.
El
joven sacó una carta de uno de sus bolsillos y empezó a leer en voz alta, y la
carta decía así:
“Querida
mamá: desde que te fuiste la casa parece vacía, las plantas se secaron y todo
se mantiene en un profundo y desgarrador silencio. Mis hermanos lloran mucho,
han bajado de calificaciones en la escuela, es más, ya ni siquiera salen a
jugar fútbol en las tardes, te extrañan mucho y cada día sin ti es más
pesado. Papá casi
no te menciona,
pero se mantiene
con la cabeza agachada y parece
que ya nada en la vida le da sabor. Incluso llora diez minutos cada noche arrodillado en tu lado de la cama. La vida está
incompleta sin tu presencia, ya no se abren las rosas, ni caen las gotas de
lluvia.
Y
yo, yo que te puedo decir mamá, siento que el alma se me desgarra sin ti, de
vez en cuando se me detiene el corazón al ver tu fotografía y se me corta el
aliento a veces que creo oír tu dulce voz y me doy cuenta que sólo es el viento.
Todos los de la familia me han
criticado en muchas ocasiones y eso también me duele. Dicen que yo no te amaba,
que no he sufrido tu partida, tan sólo porque no he derramado ni una sola
lágrima desde el día de tu muerte. Pero tú, querida madre, sabes bien porque
mis ojos no han llovido el dolor que tengo en mi sangre, todavía tengo bien
guardadas en mi corazón y en mi memoria las últimas palabras que dijiste antes
de morir, hoy te las voy a repetir, me dijiste así:
-Querido
hijo, ven, acércate a mí, toma mi mano, hijo, sé que mi hora está cercana, mas
no tengo miedo. Tú, querido hijo, eres
el más valiente y fuerte de la casa,
así que te voy a encargar que cuides a tus hermanos y que seas ayuda
para tu Padre. Sé fuerte querido hijo, sé fuerte. Tengo fe en que tú no me vas
a fallar en esta mi última voluntad.
También quiero pedirte que no te
alejes del buen camino que Dios nos ha dado, ten fe siempre y ama a Dios por
sobre todas las cosas. Y una última cosa te pido, no llores por mi muerte,
porque deberás tener en tu
corazón la esperanza de que muy pronto nos veamos en la eternidad.
Esto
fue lo último que dijiste madre mía y moriste tomada de mi mano.” -Te
amo-.
El
joven dejó la carta sobre la tumba de su madre, contempló detenidamente la cruz
y la inscripción de la lápida, con su mano acarició cada letra del nombre de su
Madre, se levantó, sin una sola lágrima en los ojos y se fue del cementerio con
la misma seguridad y fe con la que había llegado. Yo me quedé pensando un
momento en todo lo que decía aquella carta y no pude evitar que se me rodara
una lágrima.
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