viernes, 27 de enero de 2012

7. LA CARTA



Entré al panteón y me detenía de vez en cuando en alguna tumba que llamaba mi atención, leía los nombres, las fechas y los bellos mensajes que tenían escritos. Reconocí varias tumbas y conocí algunas otras que nunca antes había visto. Entre cada sepulcro busqué mi luz, en cada cruz y en cada flor, pero no encontré la luz que con tanto afán buscaba.
Ya estaba a punto de irme a buscar mi luz en otro lugar cuando entró un joven por la puerta principal del panteón, la seguridad con la que caminaba me llamó mucho la atención, la cabeza bien en alto, pasos seguros y la mirada bien fija hacia el lugar al que se dirigía. Sin que el joven lo notara lo seguí, llegó hasta una tumba y se sentó junto a ella, yo me senté en otra tumba desde donde podía mirarlo sin que el supiera y lo escuché atentamente.    
El joven sacó una carta de uno de sus bolsillos y empezó a leer en voz alta, y la carta decía así:    
“Querida mamá: desde que te fuiste la casa parece vacía, las plantas se secaron y todo se mantiene en un profundo y desgarrador silencio. Mis hermanos lloran mucho, han bajado de calificaciones en la escuela, es más, ya ni siquiera salen a jugar fútbol en las tardes, te extrañan mucho y cada día sin ti es más pesado.  Papá  casi  no  te  menciona,  pero  se  mantiene  con  la cabeza agachada y parece que ya nada en la vida le da sabor. Incluso llora diez minutos cada  noche arrodillado  en tu lado de la cama. La vida está incompleta sin tu presencia, ya no se abren las rosas, ni caen las gotas de lluvia.    
Y yo, yo que te puedo decir mamá, siento que el alma se me desgarra sin ti, de vez en cuando se me detiene el corazón al ver tu fotografía y se me corta el aliento a veces que creo oír tu dulce voz y me doy cuenta  que sólo es el  viento.   Todos los de la  familia me han criticado en muchas ocasiones y eso también me duele. Dicen que yo no te amaba, que no he sufrido tu partida, tan sólo porque no he derramado ni una sola lágrima desde el día de tu muerte. Pero tú, querida madre, sabes bien porque mis ojos no han llovido el dolor que tengo en mi sangre, todavía tengo bien guardadas en mi corazón y en mi memoria las últimas palabras que dijiste antes de morir, hoy te las voy a repetir, me dijiste así:
-Querido hijo, ven, acércate a mí, toma mi mano, hijo, sé que mi hora está cercana, mas no tengo miedo. Tú, querido hijo,  eres el más  valiente y fuerte  de la casa,  así que te voy a encargar que cuides a tus hermanos y que seas ayuda para tu Padre. Sé fuerte querido hijo, sé fuerte. Tengo fe en que tú no me vas a fallar en esta mi última voluntad.
            También quiero pedirte que no te alejes del buen camino que Dios nos ha dado, ten fe siempre y ama a Dios por sobre todas las cosas. Y una última cosa te pido, no llores por  mi muerte,  porque deberás  tener en tu corazón la esperanza de que muy pronto nos veamos en la eternidad.
Esto fue lo último que dijiste madre mía y moriste tomada de mi mano.” -Te amo-.    
El joven dejó la carta sobre la tumba de su madre, contempló detenidamente la cruz y la inscripción de la lápida, con su mano acarició cada letra del nombre de su Madre, se levantó, sin una sola lágrima en los ojos y se fue del cementerio con la misma seguridad y fe con la que había llegado. Yo me quedé pensando un momento en todo lo que decía aquella carta y no pude evitar que se me rodara una lágrima. 

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