Cuando era niño,
miraba al mar como un ser vivo enorme y poderoso. Siempre hermoso aún cuando se
llenaba de ira. Siempre obediente, al llegar a la playa regresaba, nunca salía
de su lugar. El dador de vida para sus criaturas hambrientas y protector para
los débiles. Poderoso y manso. Terrible y amoroso. Era un ser majestuoso, la creación maestra de
la mano del todopoderoso.
Sentado en la tibia arena de la playa
admiraba la magnitud infinita del mar y me parecía que nunca llegaba a su
final, mi vista y mi mente no tenían limites al igual que el océano, sentado en
esa seguridad pensaba que el mar sólo se dedicaba a ser hogar de otros seres, a
darles alimento y protección, sentado en la seguridad de la playa nunca imaginé
que el mar pudiera ser violento y destructivo, jamás imaginé que un día
llegaría a ser mi enemigo mortal. Mi demonio personal.
A veces, formaba barcos de papel y de
madera, los lanzaba al agua y en caso de que los barcos zozobraran mi mano
salvadora los rescataba antes de tocar fondo y los ponía a flotar. En mi mente
infantil imaginaba que así sería en realidad el navegar, si mi gran bote se
hundía, una gigantesca mano, la misma mano creadora del mar y de mí, bajaría
del cielo y rescataría el barco antes de que se hundiera por completo. Que
equivocado estaba.
Mi hogar era el puerto de Larra, allí
nací. Mi nombre es Mohamed Vak Dy. Mi Padre, Luar Vak y mi Madre, Ave Dy
tuvieron una gran influencia en mi actitud hacia el mar. Tan diferentes el uno
del otro, lo miraban en direcciones opuestas, como si sus ojos miraran algo
distinto, casi enemigos.
Mi Padre le temía, recuerdo sus
palabras en una tarde de mar picado:
-Es un monstruo o una deidad entre
el cielo y el infierno; es la tumba de los siglos; dragón sin fuego que devora
marineros; es el miedo que ruge al viento y ahoga las arenas; es el infinito y
la eternidad; le temo como al más profundo de mis miedos. Eso es el mar, hijo
mío. Debes temerle y apartarte de él. Siempre recuerda que el mar puede ser tu
muerte como la muerte de muchos otros. Témele y respétale, apártate de el como
de las malas compañías.
Mi Madre le amaba, recuerdo sus
palabras en una mañana de hipnótica calma:
-Que belleza y que majestuosidad,
casi puedo tocar el cielo al escuchar el murmullo de las olas y al sentir la
tersura de la espuma que flota. Este es el principio de la vida y el sustento
de la vida; le amo como al más grande de mis amores. Este es el gran mar, hijo
mío. Debes amarle y acercarte a él. Protégete en sus brazos, aliméntate de su
aire. Allégate como a un buen amigo.
Sin embargo, yo, ni le temía ni lo
amaba. Tan sólo lo veía como una parte de todo, como un ser vivo enorme y
poderoso. A mis Padres nunca les hice ver eso para no decepcionarlos. Frente a
mi Padre le temía, frente a mi Madre le amaba.
En la vida en el puerto de Larra
tenía una compañera, era una bella mujer de rubia cabellera y ojos de miel,
hermosa como un rayo de luz. Su nombre era: Tena Vak Dy, hija del mismo vientre
que yo. Compañera de mis días y mis noches, aliada de mis guerras y mis
vislumbres, mi propia sangre y mi propio ser. Ella era yo mismo, en otro cuerpo
y en otra vida.
Juntos mirábamos la profundidad y
poder del mar. En verdad disfrutábamos el sentarnos en la playa a contemplar
las aves volando hacia el ocaso y sentir las olas del mar con su claridad y
frescura acariciando nuestra piel. Eran días maravillosos, llenos de magia y
amor. Tena y yo, veíamos al mar como lo único de nuestras vidas. No conocíamos
más allá del horizonte, ese, era nuestro universo.
Cuando crecí comencé a ver al mar
como una gran extensión de agua que todos utilizábamos para sobrevivir. Lo veía
como un reto. Él decía ser indestructible y yo lo destruía; él decía ser
intransitable y yo lo cruzaba de orilla a orilla; él decía ser invencible
y yo lo vencía. La magia
había quedado en la infancia, el temor y el amor habían
quedado en el pasado. Ya no lo veía como antes, sólo lo veía como un reto,
aunque debo admitir que su majestuosidad y poder jamás han desaparecido.
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