martes, 24 de enero de 2012

16. EL POZO DE LOS DONES




            Tuve que cruzar el valle de luna de hielo y  trepar por  grandes  riscos  congelados.  El camino hacia la cumbre fue difícil, las paredes eran resbalosas y llenas de peligro, el oxigeno era cada vez más escaso y las rocas se hacían más filosas y traicioneras cerca de la cumbre. Después de caminar mucho y escalar grandes laderas, el cansancio comenzó a vencerme, pero decidido a buscar lo que había perdido continué mi camino. El intenso frío fue un enemigo difícil de vencer, yo no estaba preparado para ese gélido clima de las montañas, además de que ya me había acostumbrado al calor del desierto. Para cubrirme del frío fue necesario ponerme toda la ropa que traía en mi mochila y cada vez que descansaba encendía una fogata para recuperar el calor perdido. Nunca dejé de caminar, si lo hubiera hecho, sin duda la muerte me habría congelado. En mis cortos descansos me seguía moviendo alrededor de la fogata.  
            Por fin crucé la parte más fría de las montañas y llegué a una mesa llena de vegetación y animales. Ese lugar era hermoso y un poco más cálido. Busqué mi luz en todas partes de esa mesa y al no encontrarla decidí irme a lo más escondido de las montañas. La luz se me escondía y sin duda, esa parte recóndita de las montañas frías sería un buen lugar para esconderse.   
            Cuando llegué a lo más escondido de las montañas vi un pequeño lago de agua, como estaba cansado y tenía mucha sed corrí para beber de sus aguas, pero el pequeño lago al sentir mi presencia se escondió entre las rocas. No quedó ni una sola gota para que yo bebiera, ni siquiera barro pues el piso era de roca sólida.    
            -No te escondas -le grité desesperado al lago-, que no ves que tengo sed y estoy cansado, sólo tú puedes ayudarme, deseo un poco de tu agua fresca y cristalina. Eres la única fuente de agua sin congelar en muchos kilómetros a la redonda, si te escondes y no me das de tu agua, seguramente moriré de sed antes de que encuentre otra fuente. Por favor, dame de beber. Ten piedad de este viajero sediento.
            El lago muy tímidamente se asomó y me dijo:
            -Sólo quieres agua, pues te daré un poco de agua, pero ni creas que te voy a regalar un don. En cuanto bebas de mi agua y descanses te vas de mi lado sin pedir un solo don.
            -¿Un don? No entiendo,  -le dije al lago-.
            -¿Qué no sabes quien soy? -Me preguntó extrañado-. Yo existo desde hace miles de años, en el valle de luna de hielo, en la parte más escondida de las montañas. Quien bebía de mis aguas y pedía un don lo recibía y hasta dos dones, pero no más de dos.    
            Al oso le di gran agilidad, a pesar de su enorme peso y también le di una gran fortaleza en su cuerpo. Al lobo le di astucia y cautela. El águila me pidió gran vista y exactitud para cazar. El león me pidió la fiereza y fortaleza. La abeja la organización y el poder recolectar miel. La hormiga el trabajo y la unidad. Al elefante le di una organizada  sociedad y  una gran  memoria.  Así todos los seres vivos me pidieron sus dones y vivían en una perfecta armonía.    
Pronto llegó el rumor del pozo de los dones a la ciudad, de una forma u otra los humanos se dieron cuenta del pozo que regalaba dones, pero nadie le dio importancia, excepto un hombre que era muy humilde. Éste decidió que me buscaría y me  pediría dos dones que todavía desconocía.
A pesar de que sus familiares y amigos trataron de convencerlo de que no fuera a las montañas, debido al peligro que existía  en ellas,  el hombre  se preparó,  tomó alimentos,  agua y otras cosas, las puso en una mochila y emprendió el viaje hacia las montañas. Estaba decidido a encontrar el pozo y obtener maravillosos dones que le ayudarán a progresar en la vida. Para su bien y el de los suyos, por supuesto, ese era su objetivo, el cual era muy de mi agrado.
Primero tuvo que cruzar el valle de luna de hielo, el frío le calaba hasta los huesos  y las tormentas de nieve no le permitían ver  más allá de su nariz, pero logró cruzar el valle y llegó a la orilla de las montañas, escaló paredes de hielo y formidables formaciones rocosas, cruzó bosques de pinos gigantes y lagos de gélidas aguas, tuvo muchas aventuras y por fin a la distancia me pudo ver, corrió con la velocidad que sus fuerzas se lo permitieron y cayó de rodillas frente a mí, bebió de mis aguas y me pidió sus dos dones, yo amablemente le pregunté cuales dones quería, y me pidió los dones de la humildad y la paciencia,   pero  me  negué  a  dárselos,   porque  ya   los  tenía, entonces me pidió la benignidad y la justicia, pero el hombre ya tenía estos dos dones.
            Así estuvimos mucho tiempo, el hombre pedía dos dones y yo  se los  negaba porque ya los tenía.  Parecía ser que ese hombre ya había recibido todos los dones que podía pedir. ¿Qué don podrá recibir un hombre tan lleno de virtudes?
            Después de un tiempo logramos ponernos de acuerdo, encontramos dones que el hombre aún no tenía y que podrían ser de utilidad para él y su familia, el hombre pidió poder y sabiduría y yo se los concedí.    
El hombre pronto regresó a su hogar siendo sabio, poderoso, humilde, paciente, justo, benigno y muchas otras cosas más, y con esos grandes dones pronto se hizo rico y llegó a ser rey de aquel vasto reino. La gente de su reino lo amaba porque era el mejor rey que habían tenido. Siempre buscaba el bien para sus súbditos y para todo su reino, era un excelente rey. Digno de su pueblo. Se compadecía y ayudaba a los pobres. La ciudad estaba impecable y nada le hacía falta. Me atrevo a decir que ese era el pueblo más feliz de la tierra. No había violencia, ni robos, las enfermedades eran pocas y la injusticia no se conocía mas que en los libros de historia.
Muy pronto logró tener más poder y sabiduría, pero los otros dones  estaban  desapareciendo.  El  rey  ya no  era  paciente,  ni humilde, ni benigno y mucho menos justo. Al ir perdiendo los dones, el rey también perdía la simpatía de su pueblo. Entre más sabio y poderoso era, más lo aborrecía el pueblo porque se había convertido en un rey malo. Organizaba orgías y menospreciaba  a los humildes. Las necesidades del pueblo le eran indiferentes. La injusticia gobernaba a ese pueblo que había dejado de ser feliz y se había transformado en un pueblo lúgubre y  amargo. Toda la gente aborrecía al rey y pedían a gritos su cabeza. Mientras tanto el rey aseguraba que todo lo que tenía era por el mismo, por su gran sabiduría y poder, se olvido por completo de donde obtuvo sus dones y se olvido también de los dones que tenía de nacimiento.   
            El rey estaba muy triste y a la vez enojado por la situación  en   la  que   estaba  y   se  fue   de  nuevo   a  las montañas para hablar con migo. Cruzó con mayor facilidad las montañas, pues ya conocía el camino y tenía mejores herramientas para hacerlo, además que sus sirvientes hacían el trabajo pesado.
En cuanto el rey llegó, me reclamó por haberle quitado sus dones, yo me extrañé mucho y le dije que  no le había quitado nada,  que él solo, al ser sabio y poderoso se había despojado de sus otros dones, el rey se enfureció y me mandó tapar para siempre…    
            Yo estaba muy triste encerrado en mi tumba, ya no podía darle de beber a nadie y mucho menos podía regalar mis dones a los seres de la tierra. En la oscuridad de mi sepulcro sufrí mucho, creí que nunca más podría ver la luz del sol, ni sentir la suavidad del viento en mi piel líquida y más tristeza me daba el no poder compartir los dones con los seres de la tierra y apagar la sed del cansado, pero poco a poco, gota a gota me pude escapar de la prisión  y me convertí en un hermoso lago. Los seres vivos se pusieron inmensamente felices porque de nuevo me tuvieron  para beber de mis aguas y pedirme dones. Yo también estaba feliz con mi libertad. Pasaron muchos años para cuando conseguí mi libertad, después me enteré que el pueblo le había cortado la cabeza al rey tirano y de nuevo fueron un pueblo feliz, lleno de dones simples, pero maravillosos. 
Desde entonces muchos hombres me han buscado, pero no me han podido encontrar, porque cada vez que un hombre se acerca a mí,  desaparezco, me escondo entre las piedras, porque me quedó un amargo sabor de los hombres,  que son malagradecidos y traicioneros, y prefiero vivir en armonía sólo con la fiel naturaleza. A los animales de la montaña les sigo dando de beber y les otorgo dones, pero a los hombres no.    
            -Sé que eso te dolió mucho, -le dije al lago-, pero yo no vine a buscarte a ti, yo vine a buscar lo que he perdido, la luz que me fue arrebatada hace años, he pasado muchas aventuras y tristezas. (Le conté al lago todo lo sucedido desde que salí de mi casa). Eso es lo que estoy haciendo, no tienes que darme ningún don, con que me des a beber tengo suficiente. Necesito recuperar las fuerzas para continuar y en verdad no siento necesidad de don alguno.    
            El lago se quedó mirándome y me dijo:
            -Está bien, bebe de mí un poco de agua y luego continúa tu búsqueda. Pero no creas que te daré un don para que después me ataques.
Presuroso y desesperado  bebí   toda  el  agua  que   pude, el agua estaba fresca y deliciosa, sentí como nutría todo mi cuerpo.
La vida había regresado a mí. Ya podía reiniciar mi búsqueda.  Le  agradecí   al  lago inmensamente y me despedí.    
            Cuando me empezaba a alejar del lago, me gritó y me dijo que volviera, había cambiado de opinión, y estaba dispuesto a regalarme el don que él quisiera. Pero únicamente sería un don y escogido por él mismo.   
            Yo volví y le dije que no lo defraudaría como lo había hecho aquel rey. Me esforzaría de todo corazón por utilizar bien el don otorgado, cualesquiera que este fuera.    
            Entonces el pozo me dio el don de escribir, para que diera a conocer a todo el mundo mis aventuras pasadas y futuras.
            -No creo que ese don sea peligroso para mí y creo que será de mucho beneficio para ti, -me dijo el lago rebosando de felicidad-. Utilízalo de una forma adecuada, porque recuerda que todo don mal utilizado se puede convertir en una maldición.
            Le agradecí al pozo, que ahora era un precioso lago, por mi don y me fui a continuar mi búsqueda.

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