Tuve
que cruzar el valle de luna de hielo y
trepar por grandes riscos
congelados. El camino hacia la
cumbre fue difícil, las paredes eran resbalosas y llenas de peligro, el oxigeno
era cada vez más escaso y las rocas se hacían más filosas y traicioneras cerca
de la cumbre. Después de caminar mucho y escalar grandes laderas, el cansancio
comenzó a vencerme, pero decidido a buscar lo que había perdido continué mi
camino. El intenso frío fue un enemigo difícil de vencer, yo no estaba
preparado para ese gélido clima de las montañas, además de que ya me había
acostumbrado al calor del desierto. Para cubrirme del frío fue necesario
ponerme toda la ropa que traía en mi mochila y cada vez que descansaba encendía
una fogata para recuperar el calor perdido. Nunca dejé de caminar, si lo hubiera
hecho, sin duda la muerte me habría congelado. En mis cortos descansos me
seguía moviendo alrededor de la fogata.
Por fin crucé la parte más fría de
las montañas y llegué a una mesa llena de vegetación y animales. Ese lugar era
hermoso y un poco más cálido. Busqué mi luz en todas partes de esa mesa y al no
encontrarla decidí irme a lo más escondido de las montañas. La luz se me
escondía y sin duda, esa parte recóndita de las montañas frías sería un buen
lugar para esconderse.
Cuando
llegué a lo más escondido de las montañas vi un pequeño lago de agua, como
estaba cansado y tenía mucha sed corrí para beber de sus aguas, pero el pequeño
lago al sentir mi presencia se escondió entre las rocas. No quedó ni una sola
gota para que yo bebiera, ni siquiera barro pues el piso era de roca sólida.
-No
te escondas -le grité desesperado al lago-, que no ves que tengo sed y estoy
cansado, sólo tú puedes ayudarme, deseo un poco de tu agua fresca y cristalina.
Eres la única fuente de agua sin congelar en muchos kilómetros a la redonda, si
te escondes y no me das de tu agua, seguramente moriré de sed antes de que
encuentre otra fuente. Por favor, dame de beber. Ten piedad de este viajero
sediento.
El
lago muy tímidamente se asomó y me dijo:
-Sólo
quieres agua, pues te daré un poco de agua, pero ni creas que te voy a regalar
un don. En cuanto bebas de mi agua y descanses te vas de mi lado sin pedir un
solo don.
-¿Un
don? No entiendo, -le dije al lago-.
-¿Qué
no sabes quien soy? -Me preguntó extrañado-. Yo existo desde hace miles de
años, en el valle de luna de hielo, en la parte más escondida de las montañas.
Quien bebía de mis aguas y pedía un don lo recibía y hasta dos dones, pero no
más de dos.
Al
oso le di gran agilidad, a pesar de su enorme peso y también le di una gran
fortaleza en su cuerpo. Al lobo le di astucia y cautela. El águila me pidió
gran vista y exactitud para cazar. El león me pidió la fiereza y fortaleza. La
abeja la organización y el poder recolectar miel. La hormiga el trabajo y la
unidad. Al elefante le di una organizada
sociedad y una gran memoria.
Así todos los seres vivos me pidieron sus dones y vivían en una perfecta
armonía.
Pronto
llegó el rumor del pozo de los dones a la ciudad, de una forma u otra los
humanos se dieron cuenta del pozo que regalaba dones, pero nadie le dio
importancia, excepto un hombre que era muy humilde. Éste decidió que me
buscaría y me pediría dos dones que
todavía desconocía.
A
pesar de que sus familiares y amigos trataron de convencerlo de que no fuera a
las montañas, debido al peligro que existía
en ellas, el hombre se preparó,
tomó alimentos, agua y otras
cosas, las puso en una mochila y emprendió el viaje hacia las montañas. Estaba
decidido a encontrar el pozo y obtener maravillosos dones que le ayudarán a
progresar en la vida. Para su bien y el de los suyos, por supuesto, ese era su
objetivo, el cual era muy de mi agrado.
Primero
tuvo que cruzar el valle de luna de hielo, el frío le calaba hasta los
huesos y las tormentas de nieve no le
permitían ver más allá de su nariz, pero
logró cruzar el valle y llegó a la orilla de las montañas, escaló paredes de
hielo y formidables formaciones rocosas, cruzó bosques de pinos gigantes y
lagos de gélidas aguas, tuvo muchas aventuras y por fin a la distancia me pudo
ver, corrió con la velocidad que sus fuerzas se lo permitieron y cayó de
rodillas frente a mí, bebió de mis aguas y me pidió sus dos dones, yo
amablemente le pregunté cuales dones quería, y me pidió los dones de la
humildad y la paciencia, pero me
negué a dárselos,
porque ya los
tenía, entonces me pidió la benignidad y la justicia, pero el hombre ya
tenía estos dos dones.
Así
estuvimos mucho tiempo, el hombre pedía dos dones y yo se los
negaba porque ya los tenía.
Parecía ser que ese hombre ya había recibido todos los dones que podía
pedir. ¿Qué don podrá recibir un hombre tan lleno de virtudes?
Después
de un tiempo logramos ponernos de acuerdo, encontramos dones que el hombre aún
no tenía y que podrían ser de utilidad para él y su familia, el hombre pidió
poder y sabiduría y yo se los concedí.
El
hombre pronto regresó a su hogar siendo sabio, poderoso, humilde, paciente,
justo, benigno y muchas otras cosas más, y con esos grandes dones pronto se
hizo rico y llegó a ser rey de aquel vasto reino. La gente de su reino lo amaba
porque era el mejor rey que habían tenido. Siempre buscaba el bien para sus
súbditos y para todo su reino, era un excelente rey. Digno de su pueblo. Se
compadecía y ayudaba a los pobres. La ciudad estaba impecable y nada le hacía
falta. Me atrevo a decir que ese era el pueblo más feliz de la tierra. No había
violencia, ni robos, las enfermedades eran pocas y la injusticia no se conocía
mas que en los libros de historia.
Muy
pronto logró tener más poder y sabiduría, pero los otros dones estaban
desapareciendo. El rey ya
no era
paciente, ni humilde, ni benigno
y mucho menos justo. Al ir perdiendo los dones, el rey también perdía la
simpatía de su pueblo. Entre más sabio y poderoso era, más lo aborrecía el
pueblo porque se había convertido en un rey malo. Organizaba orgías y
menospreciaba a los humildes. Las
necesidades del pueblo le eran indiferentes. La injusticia gobernaba a ese
pueblo que había dejado de ser feliz y se había transformado en un pueblo
lúgubre y amargo. Toda la gente
aborrecía al rey y pedían a gritos su cabeza. Mientras tanto el rey aseguraba
que todo lo que tenía era por el mismo, por su gran sabiduría y poder, se
olvido por completo de donde obtuvo sus dones y se olvido también de los dones
que tenía de nacimiento.
El
rey estaba muy triste y a la vez enojado por la situación en
la que estaba
y se fue
de nuevo a las
montañas para hablar con migo. Cruzó con mayor facilidad las montañas, pues ya
conocía el camino y tenía mejores herramientas para hacerlo, además que sus
sirvientes hacían el trabajo pesado.
En
cuanto el rey llegó, me reclamó por haberle quitado sus dones, yo me extrañé
mucho y le dije que no le había quitado
nada, que él solo, al ser sabio y
poderoso se había despojado de sus otros dones, el rey se enfureció y me mandó
tapar para siempre…
Yo
estaba muy triste encerrado en mi tumba, ya no podía darle de beber a nadie y
mucho menos podía regalar mis dones a los seres de la tierra. En la oscuridad
de mi sepulcro sufrí mucho, creí que nunca más podría ver la luz del sol, ni
sentir la suavidad del viento en mi piel líquida y más tristeza me daba el no
poder compartir los dones con los seres de la tierra y apagar la sed del
cansado, pero poco a poco, gota a gota me pude escapar de la prisión y me convertí en un hermoso lago. Los seres
vivos se pusieron inmensamente felices porque de nuevo me tuvieron para beber de mis aguas y pedirme dones. Yo
también estaba feliz con mi libertad. Pasaron muchos años para cuando conseguí
mi libertad, después me enteré que el pueblo le había cortado la cabeza al rey
tirano y de nuevo fueron un pueblo feliz, lleno de dones simples, pero
maravillosos.
Desde
entonces muchos hombres me han buscado, pero no me han podido encontrar, porque
cada vez que un hombre se acerca a mí,
desaparezco, me escondo entre las piedras, porque me quedó un amargo
sabor de los hombres, que son
malagradecidos y traicioneros, y prefiero vivir en armonía sólo con la fiel
naturaleza. A los animales de la montaña les sigo dando de beber y les otorgo
dones, pero a los hombres no.
-Sé
que eso te dolió mucho, -le dije al lago-, pero yo no vine a buscarte a ti, yo
vine a buscar lo que he perdido, la luz que me fue arrebatada hace años, he
pasado muchas aventuras y tristezas. (Le conté al lago todo lo sucedido desde
que salí de mi casa). Eso es lo que estoy haciendo, no tienes que darme ningún
don, con que me des a beber tengo suficiente. Necesito recuperar las fuerzas
para continuar y en verdad no siento necesidad de don alguno.
El
lago se quedó mirándome y me dijo:
-Está
bien, bebe de mí un poco de agua y luego continúa tu búsqueda. Pero no creas
que te daré un don para que después me ataques.
Presuroso
y desesperado bebí toda
el agua que
pude, el agua estaba fresca y deliciosa, sentí como nutría todo mi
cuerpo.
La
vida había regresado a mí. Ya podía reiniciar mi búsqueda. Le
agradecí al lago inmensamente y me despedí.
Cuando
me empezaba a alejar del lago, me gritó y me dijo que volviera, había cambiado
de opinión, y estaba dispuesto a regalarme el don que él quisiera. Pero
únicamente sería un don y escogido por él mismo.
Yo volví y le dije que no lo defraudaría
como lo había hecho aquel rey. Me esforzaría de todo corazón por utilizar bien
el don otorgado, cualesquiera que este fuera.
Entonces
el pozo me dio el don de escribir, para que diera a conocer a todo el mundo mis
aventuras pasadas y futuras.
-No
creo que ese don sea peligroso para mí y creo que será de mucho beneficio para
ti, -me dijo el lago rebosando de felicidad-. Utilízalo de una forma adecuada,
porque recuerda que todo don mal utilizado se puede convertir en una maldición.
Le
agradecí al pozo, que ahora era un precioso lago, por mi don y me fui a
continuar mi búsqueda.
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