Comencé
a caminar sin saber a donde ir, sin ir a donde sabía. Mientras caminaba leí un
letrero que decía:
“No
perdería ni un segundo, por nada del mundo, después, no sé cuando podría
arrepentirme…”
Mientras
trataba de entender el significado del letrero me di cuenta con gran asombro de
que la ciudad estaba totalmente desierta a una hora en que siempre había mucha
gente, sólo estaba yo. En esa soledad encontré un lugar, que a pesar de haber
vivido toda mi vida ahí no lo conocía, era una enorme plaza llena de monumentos
de piedra y metal.
Uno
de los monumentos era una mujer con un niño en los brazos, me acerqué a esa
figura y de pronto comenzó a moverse, se puso de pie y se quedó mirándome. Me
paralicé de la impresión, no todos los días se ve una estatua viva.
-No
temas, -dijo-, solamente quiero ayudarte en tu camino, tal vez no de una forma
física, pero si espiritual.
La
mujer de piedra tomó a su hijo en un brazo
y con el otro me tomó a mí como si fuera un pequeñuelo y me llevó al
punto más terso del cielo, desde ahí podíamos ver al mundo y su falsedad. Con
palabras serenas y melodiosas la mujer me dijo:
-“No
seas como los hombres que esperan milagros, los
esperan majestuosos e
impresionantes, los esperan como el máximo evento de sus vidas y están tan cegados en la espera de esos
milagros que no pueden ver los verdaderos milagros, los que suceden a diario, a
cada momento. Entiende, cierra los ojos y siente el viento fresco en tu rostro,
eso es un milagro. Ve como alimento a mi hijo con el elixir de la vida que
brota de mi pecho, ese es un maravilloso milagro. Encontrar en un instante a
alguien que compartirá toda la eternidad con tigo, es un milagro. El sol,
el oxigeno, el agua, la vida,
una flor, cada instante, cada
sonrisa, cada lágrima, es un milagro. Aprende, todo lo que te rodea, cada cosa
que Dios puso aquí, es un milagro.”
La
mujer, su hijo y yo volvimos a la plaza, y ellos quedaron allí, petrificados
por la eternidad.
Yo
los miraba incrédulo, una estatua me había hablado y me había enseñado lo que
son los milagros, pero ahora era incapaz de moverse de nuevo. (Hay milagros que
aunque sean enormes, no se pueden entender).
En el momento mismo en que se
petrificaban se movió el monumento de un caballo, pronto corrió hacia mí, me
obligó a montarlo y me llevó a cabalgar al valle de las flores de un solo
pétalo, y me dijo:
-“Mira
más allá del valle, más allá de las montañas, allá hay personas que dicen ser
lo que no son, disfrazan de amor al odio, enmascaran de bondad al mal, se
escudan detrás de mil palabras forradas de inspiración, más su alma es hueca y
frío su corazón. Han dicho no peques y pecan. Han dicho no odies y odian. Han
dicho no mates y matan. No seas
tú como ellos, esos faltos
de fe sincera, se real, se fiel, se bondadoso, y que tu lengua no
asesine. Si vas a seguir una religión síguela, pero asegúrate que sea la
verdadera, amar a tus prójimos, cuidar huérfanos, ayudar a las viudas y a los enfermos. Se
sincero en tu religión, y ahí encontraras la paz, encontraras a Dios. No seas
como ellos, que usan mascaras que podrán engañar al hombre, pero al sabio de
sabios no pueden mentirle, porque Él mira dentro del corazón y sabe tus
pensamientos.”
Me
maravillé de aquel caballo sabio y cuando quise felicitarlo por su sabiduría,
ya estábamos de nuevo en la plaza, y de nuevo era piedra por la eternidad.
Caminé
un poco por la plaza hasta que quedé parado frente al monumento del poeta, y
con un movimiento de su pluma me llevó al centro de una gota de tinta y desde
allí me dijo:
-“¿Por
qué buscas lo que no has perdido? Y ¿Por qué pierdes lo que no has buscado?
¿Acaso no has perdido suficiente que sigues buscando perder? Y pierdes lo que
no buscas y buscas lo que no has perdido jamás, lo tienes todo y buscas perderlo,
lo pierdes todo y buscas hallarlo. ¿Acaso estás loco que pierdes lo perdido y
buscas lo buscado? Ahora vete y no pierdas más lo que tienes, ni busques lo que
no has hallado.”
-Discúlpame
poeta pero no entiendo tus palabras, ¿Qué me has querido decir?
-“Dame
una hoja de árbol que ahí escribiré lo
que he querido decir, no hablaré
más, que soy un poeta y no un orador.”
Y
leí la hoja y decía así:
-“No
le temas a la vida, que la vida es tu amiga y te hará ser feliz. No le temas a
la muerte que el temor a la muerte no es eso, si no es temor a no saber vivir.
No busques amor por el mundo que
no lo has perdido, voltea a tu derecha
y verás que
ahí está tu
amor, mirándote tiernamente a
los ojos. No pierdas la fe, ni la busques, la fe vive en ti, eres tú esparcido
en el infinito formando mil constelaciones. Todo lo tienes, no has perdido
nada, deja de buscar lo que no
has perdido. Tampoco
busques a Dios, sólo contempla lo
que te rodea y contémplate a ti, y descubrirás a Dios en todo lugar, nunca lo
perderás”.
Para
cuando terminé de leer la hoja de árbol el poeta ya era de nuevo una figura
fija de metal, y así será para la eternidad.
Meditando
en toda la sabiduría de aquellas figuras tiesas, me fui de la plaza, y las calles
de la ciudad estaban llenas de falsedad, ruido y gente, todos habían aparecido
de nuevo, corrían de un lado para otro como si tuvieran algo importante que
hacer y recordé lo que había perdido en un segundo…
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