viernes, 27 de enero de 2012

8. SABIDURÍA DE PIEDRA Y METAL



Comencé a caminar sin saber a donde ir, sin ir a donde sabía. Mientras caminaba leí un letrero que decía:
“No perdería ni un segundo, por nada del mundo, después, no sé cuando podría arrepentirme…”     
Mientras trataba de entender el significado del letrero me di cuenta con gran asombro de que la ciudad estaba totalmente desierta a una hora en que siempre había mucha gente, sólo estaba yo. En esa soledad encontré un lugar, que a pesar de haber vivido toda mi vida ahí no lo conocía, era una enorme plaza llena de monumentos de piedra y metal.
Uno de los monumentos era una mujer con un niño en los brazos, me acerqué a esa figura y de pronto comenzó a moverse, se puso de pie y se quedó mirándome. Me paralicé de la impresión, no todos los días se ve una estatua viva.  
-No temas, -dijo-, solamente quiero ayudarte en tu camino, tal vez no de una forma física, pero si espiritual.
La mujer de piedra tomó a su hijo en un brazo  y con el otro me tomó a mí como si fuera un pequeñuelo y me llevó al punto más terso del cielo, desde ahí podíamos ver al mundo y su falsedad. Con palabras serenas y melodiosas la mujer me dijo:
-“No seas como los hombres que esperan milagros, los  esperan   majestuosos  e  impresionantes,  los  esperan como el máximo evento de sus vidas y  están tan cegados en la espera de esos milagros que no pueden ver los verdaderos milagros, los que suceden a diario, a cada momento. Entiende, cierra los ojos y siente el viento fresco en tu rostro, eso es un milagro. Ve como alimento a mi hijo con el elixir de la vida que brota de mi pecho, ese es un maravilloso milagro. Encontrar en un instante a alguien que compartirá toda la eternidad con tigo, es un milagro.  El sol,  el oxigeno,  el agua,  la vida,  una flor,  cada instante, cada sonrisa, cada lágrima, es un milagro. Aprende, todo lo que te rodea, cada cosa que Dios puso aquí, es un milagro.”
La mujer, su hijo y yo volvimos a la plaza, y ellos quedaron allí, petrificados por la eternidad.    
Yo los miraba incrédulo, una estatua me había hablado y me había enseñado lo que son los milagros, pero ahora era incapaz de moverse de nuevo. (Hay milagros que aunque sean enormes, no se pueden entender).
            En el momento mismo en que se petrificaban se movió el monumento de un caballo, pronto corrió hacia mí, me obligó a montarlo y me llevó a cabalgar al valle de las flores de un solo pétalo, y me dijo:
-“Mira más allá del valle, más allá de las montañas, allá hay personas que dicen ser lo que no son, disfrazan de amor al odio, enmascaran de bondad al mal, se escudan detrás de mil palabras forradas de inspiración, más su alma es hueca y frío su corazón. Han dicho no peques y pecan. Han dicho no odies y odian. Han dicho no mates y  matan.  No seas  tú como  ellos,  esos faltos  de fe sincera, se real, se fiel, se bondadoso, y que tu lengua no asesine. Si vas a seguir una religión síguela, pero asegúrate que sea la verdadera, amar a tus prójimos, cuidar huérfanos,  ayudar a las viudas y a los enfermos. Se sincero en tu religión, y ahí encontraras la paz, encontraras a Dios. No seas como ellos, que usan mascaras que podrán engañar al hombre, pero al sabio de sabios no pueden mentirle, porque Él mira dentro del corazón y sabe tus pensamientos.”  
Me maravillé de aquel caballo sabio y cuando quise felicitarlo por su sabiduría, ya estábamos de nuevo en la plaza, y de nuevo era piedra por la eternidad.    
Caminé un poco por la plaza hasta que quedé parado frente al monumento del poeta, y con un movimiento de su pluma me llevó al centro de una gota de tinta y desde allí me dijo:
-“¿Por qué buscas lo que no has perdido? Y ¿Por qué pierdes lo que no has buscado? ¿Acaso no has perdido suficiente que sigues buscando perder? Y pierdes lo que no buscas y buscas lo que no has perdido jamás, lo tienes todo y buscas perderlo, lo pierdes todo y buscas hallarlo. ¿Acaso estás loco que pierdes lo perdido y buscas lo buscado? Ahora vete y no pierdas más lo que tienes, ni busques lo que no has hallado.” 
-Discúlpame poeta pero no entiendo tus palabras, ¿Qué me has querido decir?
-“Dame una hoja de árbol que ahí escribiré  lo que he querido decir,  no hablaré más,  que soy un poeta y no un orador.”      
Y leí la hoja y decía así:
-“No le temas a la vida, que la vida es tu amiga y te hará ser feliz. No le temas a la muerte que el temor a la muerte no es eso, si no es temor a no  saber vivir.  No busques amor por el  mundo que no lo has perdido, voltea a  tu  derecha  y  verás  que  ahí  está  tu  amor,   mirándote tiernamente a los ojos. No pierdas la fe, ni la busques, la fe vive en ti, eres tú esparcido en el infinito formando mil constelaciones. Todo lo tienes, no has perdido nada, deja de  buscar  lo  que  no  has  perdido.  Tampoco  busques  a Dios, sólo contempla lo que te rodea y contémplate a ti, y descubrirás a Dios en todo lugar, nunca lo perderás”.
Para cuando terminé de leer la hoja de árbol el poeta ya era de nuevo una figura fija de metal, y así será para la eternidad.     
Meditando en toda la sabiduría de aquellas figuras tiesas, me fui de la plaza, y las calles de la ciudad estaban llenas de falsedad, ruido y gente, todos habían aparecido de nuevo, corrían de un lado para otro como si tuvieran algo importante que hacer y recordé lo que había perdido en un segundo…     

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