En un
pueblo cercano al mar todos los días se miraba un hombre sucio y andrajoso,
algunos decían que era un vagabundo y otros decían que era un gran sabio. Lo
cierto es que el hombre siempre se iba por el mismo camino muy temprano en la
mañana y por la tarde regresaba con el rostro sonriente.
Los
habitantes del pueblo estaban muy intrigados por saber quien era ese hombre y
que hacía en el camino que llevaba hasta la playa.
Un
día decidieron seguir al hombre y ver lo que sucedía, les intrigaba que un
pobre vagabundo loco fuera tan feliz. Su descubrimiento los dejó admirados.
Esto
fue lo que pasó:
Recién
empezaba el caminante a raspar sus huellas en la arena del camino cuando se le
acercaron varias aves y con sus melodiosos cantos le pidieron al hombre.
-“OH
gran sabio háblanos por favor del viento.”
-Del
viento, no puedo hablarles del viento, yo tan sólo lo siento en el rostro pero
más no sé. Es mejor que ustedes me hablen, ustedes avecillas que viven con él.
Las
avecillas una por una hablaron del viento al hombre.
-Es
las olas del cielo y las alas del universo, -dijo un canario-.
-Es
la cúspide de todas las montañas del tiempo,
-dijo el cardenal-.
-Es
nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestro hogar, -dijo un periquito-.
-El
viento me enseñó a usar mis alas, -dijo un buitre-.
El
halcón dijo:
-Es
la caricia de Dios a nuestros corazones.
El
hombre se quedó meditando en las palabras de las aves y les dijo:
-Ahora
ya sé del viento y podré hablarles a otros seres de lo maravilloso que es.
-Pero
acaso está loco, -dijeron los habitantes del pueblo-. ¿Cómo puede hablar con
las aves? Ellas no le entienden y él no les entiende a ellas.
Pero
a pesar de pensar que estaba loco continuaron siguiéndolo.
Más
delante del camino llegaron hasta el hombre una gran cantidad de animales
rastreros y le dijeron al hombre.
-“OH
gran sabio háblanos por favor del desierto.”
-Del
desierto yo sólo sé que es como una tersa capa de sedosa arena y no sé más de
él, pero ustedes animales rastreros viven en el desierto y saben más de él,
ustedes háblenme.
Los
animales hablaron del desierto al hombre.
La
víbora dijo:
-Es
la capa de las nostalgias para el sediento que no sabe que debajo de la tierra
hay un mar de agua dulce y que detrás del hambre hay trabajo que te dará de
comer.
-Es
la casa que nos da la vida, sobrevivimos porque somos los más fuertes y hemos
aprendido a vivir en armonía con el sol y la arena, -dijo la lagartija-.
-Es
el abrazo más fuerte y caluroso que nos da Dios a los seres más incomprendidos,
-dijo por último el camaleón-.
El
hombre se quedó pensando en lo que le habían dicho los animales rastreros y les
dijo:
-Ahora
ya sé del desierto y podré hablarles a otros seres de lo maravilloso que
es.
-Pero
que hombre tan loco, -volvieron a decir los habitantes del pueblo-. No sólo
habla con las aves, sino que ahora también habla con los animales del desierto.
Y
aunque pensaban que estaba loco de remate todavía lo seguían.
El
hombre caminó unos cientos de metros más y se acercaron a él unos animales que
bajaban de las montañas y le dijeron:
-“OH
gran sabio, háblanos de las montañas.”
-De
las montañas sólo sé que son frías y que se elevan a lo más alto del cielo
hasta rascarle los pies al universo, pero ustedes son parte de ella y saben
mejor que yo las cosas, así que les pido que ustedes me hablen a mí.
Los
animales de la montaña se alegraron y comenzaron a hablar.
-La
montaña donde yo vivo es la columna más poderosa y fuerte y alta de este templo
llamado tierra, -dijo la cabra-.
-Es
donde nace la extinción de la sed y donde el oxigeno juega más libremente,
-dijo el borrego-
El
puma dijo después:
-Son
el deleite de los ojos que las miran, brindan tranquilidad y paz.
Por
último habló el oso y dijo:
-Son
la mirada más tierna que Dios nos brinda.
-Todos
tienen razón, -dijo el hombre-. Ya sé más de las montañas y puedo hablar
libremente y con sabiduría a otros seres de lo maravillosas que son las
montañas.
Los
habitantes del pueblo ya no decían nada, sólo se miraban intrigados y mecían su
cabeza en forma de negación, pero aún así continuaron siguiendo al
caminante.
El
caminante arrastró sus pasos por el polvo del camino hasta que llegó al más
verde valle y allí se encontró con un grupo de animales que vivían en el valle.
-“OH
gran sabio háblanos del valle.”
-Del
valle sólo sé que es hermoso y amplio, no puedo hablarles de él, pero ustedes
si me pueden hablar ya que viven con él.
Los
animales del valle se pusieron de acuerdo para hablar.
El
primero fue el conejo y dijo:
-Es
como una gran cobija que brinda protección, alimento y oxigeno sin pedirnos
nada a cambio.
-Es
la más preciosa obra del máximo artista del universo, es un arte, -dijo un
venado-.
-Es
el fin del mar y el principio de las montañas, es la inmensidad que vive en el
centro de las inmensidades, -dijo una
ardilla-.
El
lobo con toda su astucia y seriedad dijo:
-Es
el más hondo suspiro de Dios.
El
caminante se sorprendió por las palabras del lobo y luego les dijo a los
animales del valle:
-Es
verdad lo que dicen del valle y ahora que lo sé podré platicárselo a los otros
seres, les diré de lo maravilloso que es.
-Pero
éste es el colmo de la locura, -dijo uno de los habitantes del pueblo-.
-Hay
que atraparlo y encerrarlo en el manicomio de la ciudad, -dijo otro-.
Pero
un tercer habitante del pueblo dijo:
-Esperemos
a ver hasta donde llega, al fin que no nos hace ningún daño.
Continuaron
siguiendo al caminante.
Un
momento después, mientras el hombre seguía caminando, salieron algunos insectos
del suelo y le dijeron:
-“Háblanos
del interior de la tierra.”
-Del
interior de la tierra sólo sé que es el origen de la vida, en sus raíces, en sus
líquidos, en sus nutrientes y que todos tarde o temprano volveremos a ella.
Pero ustedes que provienen de ella saben más que yo, así que son ustedes los
que deben hablarme del interior de la tierra.
-Está
bien, -gritaron jubilosos los insectos-.
-Es
otro planeta situado dentro del universo que ustedes llaman mundo, -dijo un
gusano-.
La
araña dijo:
-Es
el mejor lugar del planeta, da protección y su temperatura es constante.
La
cochinilla, un tanto tímida dijo:
-Para
nosotros en el interior de la tierra cada grano de arena es una nube y cada
raíz es un bosque.
Y
por último habló la hormiga y dijo:
-El
sonido del interior de la tierra es la voz de Dios susurrándonos al oído su
gran amor.
-Que
hermosas palabras han dicho, -les dijo el hombre a los insectos-. Ya sé más del
interior de la tierra y podré platicar con otros seres lo maravilloso que
es.
-Esto
ya es demasiado, -gritaba la enardecida multitud-. Ahora hasta se agacha a la
putrefacta tierra a la orilla del camino y habla con los insignificantes
insectos. ¿Cómo podremos permitir que un loco así viva en nuestro pueblo? Hay
que desterrarlo para siempre.
Pero
aún con todo ese odio que estaban sintiendo por el caminante lo siguieron por
el resto del camino.
El
camino no seguía más, la playa estaba reluciente, el sol brillaba en todo su
esplendor y el sonido de las olas daba una sensación de tranquilidad inmensa.
El caminante se sentó en la arena caliente mirando con admiración hacia el mar.
En
ese momento salieron varios animales del agua y se acercaron a donde estaba el
caminante y le hablaron diciendo:
-“OH
gran sabio háblanos del mar.”
-El
mar es impresionante, hermoso y lleno de vida, pero es lo único que sé, ustedes
viven en sus entrañas y lo conocen mejor que yo, por favor animales marinos
háblenme del mar.
-Es
como un sueño, donde todo puede suceder si luchas por que suceda, -dijo una
ballena-.
-Es
sabio, debajo de la tormenta siempre hay paz, así que si te alejas de lo
superficial y te hundes a su corazón siempre te dará la paz, -dijo un
cangrejo-.
Un
tiburón dijo:
-Es
la más grande fuente de inspiración de los artistas, es la musa más deseada.
El
delfín, el más sabio de todos los animales del mundo dijo:
-Es
el beso que Dios nos da todos los días.
El
caminante se quedó pensativo durante mucho tiempo y les dijo a los animales
marinos.
-El
mar es muy grande y hermoso, ahora lo conozco mejor, así que voy a ir a
platicarle a los demás seres lo maravilloso que es.
El caminante iba de
regreso al pueblo, puesto que el sol estaba a punto de desaparecer en la profundidad del mar, pero los
habitantes del pueblo le salieron al paso y lo sujetaron fuertemente.
-Ahora
si estás perdido loco, -le dijeron
los ofensivos hombres-. Podrás creer que
hablas con los animales y que has entendido muchas cosas, pero en realidad
estás loco y vas a ir a un hospital para locos.
-Háblanos
de nuestro pueblo, -dijo uno de los hombres en son de burla-.
-Yo
de su pueblo sólo sé que es mi pueblo también y que ustedes hasta
hoy siempre me habían
ignorado. Pero ustedes saben más del pueblo que yo, ¿Por qué
no me hablan ustedes mismos?
-Es
una porquería, -gritó un hombre-.
Una
mujer dijo:
-Sus
habitantes son malos y corruptos.
-Todos
van a misa por temor al infierno, pero en realidad nadie va por amor a Dios,
-dijo el sacerdote-.
Y
finalmente habló el alcalde del pueblo y dijo:
-Ese
pueblo es el rincón del diablo.
-Que
tristeza me da escuchar esas palabras, eso es lo que opinan de su pueblo y de su gente, si es así,
eso es lo que opinan de ustedes mismos.
Todos los animales con los que
hablé hoy son
felices en donde viven y me han
dicho que es la caricia, el abrazo, el suspiro, la voz y el beso de Dios. Pero
ustedes, siendo la criatura más amada por Dios, piensan que su pueblo es el
rincón del diablo, me dan pena y vergüenza y todavía se
atreven a decir
que yo soy
el loco. Enciérrense
ustedes mismos en esa casa para
locos y no tengan miedo de mí que ya nunca más volveré a su oscuro pueblo.
Los
hombres se fueron tristes a su pueblo, reconocieron en el error en que estaban,
lamentablemente no se arrepintieron y siguieron viviendo igual.
Mientras
tanto el caminante sabio, construyó su casa a la orilla del camino y allí vive
en compañía de la naturaleza en santa paz.
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