miércoles, 25 de enero de 2012

13. EL CAMINANTE



En un pueblo cercano al mar todos los días se miraba un hombre sucio y andrajoso, algunos decían que era un vagabundo y otros decían que era un gran sabio. Lo cierto es que el hombre siempre se iba por el mismo camino muy temprano en la mañana y por la tarde regresaba con el rostro sonriente.   
Los habitantes del pueblo estaban muy intrigados por saber quien era ese hombre y que hacía en el camino que llevaba hasta la playa. 
Un día decidieron seguir al hombre y ver lo que sucedía, les intrigaba que un pobre vagabundo loco fuera tan feliz. Su descubrimiento los dejó admirados.
Esto fue lo que pasó:    
Recién empezaba el caminante a raspar sus huellas en la arena del camino cuando se le acercaron varias aves y con sus melodiosos cantos le pidieron al hombre.
-“OH gran sabio háblanos por favor del viento.”
-Del viento, no puedo hablarles del viento, yo tan sólo lo siento en el rostro pero más no sé. Es mejor que ustedes me hablen, ustedes avecillas que viven con él.
Las avecillas una por una hablaron del viento al hombre.
-Es las olas del cielo y las alas del universo, -dijo un canario-.
-Es la cúspide de todas las montañas del tiempo,    -dijo el cardenal-.
-Es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestro hogar, -dijo un periquito-.
-El viento me enseñó a usar mis alas, -dijo un buitre-.
El halcón dijo:
-Es la caricia de Dios a nuestros corazones.
El hombre se quedó meditando en las palabras de las aves y les dijo:
-Ahora ya sé del viento y podré hablarles a otros seres de lo maravilloso que es.    
-Pero acaso está loco, -dijeron los habitantes del pueblo-. ¿Cómo puede hablar con las aves? Ellas no le entienden y él no les entiende a ellas.
Pero a pesar de pensar que estaba loco continuaron siguiéndolo.
Más delante del camino llegaron hasta el hombre una gran cantidad de animales rastreros y le dijeron al hombre.
-“OH gran sabio háblanos por favor del desierto.”
-Del desierto yo sólo sé que es como una tersa capa de sedosa arena y no sé más de él, pero ustedes animales rastreros viven en el desierto y saben más de él, ustedes háblenme.
Los animales hablaron del desierto al hombre.
La víbora dijo:
-Es la capa de las nostalgias para el sediento que no sabe que debajo de la tierra hay un mar de agua dulce y que detrás del hambre hay trabajo que te dará de comer.
-Es la casa que nos da la vida, sobrevivimos porque somos los más fuertes y hemos aprendido a vivir en armonía con el sol y la arena, -dijo la lagartija-.
-Es el abrazo más fuerte y caluroso que nos da Dios a los seres más incomprendidos, -dijo por último el camaleón-.
El hombre se quedó pensando en lo que le habían dicho los animales rastreros y les dijo:
-Ahora ya sé del desierto y podré hablarles a otros seres de lo maravilloso que es.   
-Pero que hombre tan loco, -volvieron a decir los habitantes del pueblo-. No sólo habla con las aves, sino que ahora también habla con los animales del desierto.
Y aunque pensaban que estaba loco de remate todavía lo seguían.     
El hombre caminó unos cientos de metros más y se acercaron a él unos animales que bajaban de las montañas y le dijeron:
-“OH gran sabio, háblanos de las montañas.”
-De las montañas sólo sé que son frías y que se elevan a lo más alto del cielo hasta rascarle los pies al universo, pero ustedes son parte de ella y saben mejor que yo las cosas, así que les pido que ustedes me hablen a mí.
Los animales de la montaña se alegraron y comenzaron a hablar.
-La montaña donde yo vivo es la columna más poderosa y fuerte y alta de este templo llamado tierra,       -dijo la cabra-.
-Es donde nace la extinción de la sed y donde el oxigeno juega más libremente, -dijo el borrego-
El puma dijo después:
-Son el deleite de los ojos que las miran, brindan tranquilidad y paz.
Por último habló el oso y dijo:
-Son la mirada más tierna que Dios nos brinda.
-Todos tienen razón, -dijo el hombre-. Ya sé más de las montañas y puedo hablar libremente y con sabiduría a otros seres de lo maravillosas que son las montañas.
Los habitantes del pueblo ya no decían nada, sólo se miraban intrigados y mecían su cabeza en forma de negación, pero aún así continuaron siguiendo al caminante.    
El caminante arrastró sus pasos por el polvo del camino hasta que llegó al más verde valle y allí se encontró con un grupo de animales que vivían en el valle.
-“OH gran sabio háblanos del valle.”
-Del valle sólo sé que es hermoso y amplio, no puedo hablarles de él, pero ustedes si me pueden hablar ya que viven con él.
Los animales del valle se pusieron de acuerdo para hablar.
El primero fue el conejo y dijo:
-Es como una gran cobija que brinda protección, alimento y oxigeno sin pedirnos nada a cambio.
-Es la más preciosa obra del máximo artista del universo, es un arte, -dijo un venado-.
-Es el fin del mar y el principio de las montañas, es la inmensidad que vive en el centro de las inmensidades,   -dijo una ardilla-.
El lobo con toda su astucia y seriedad dijo:
-Es el más hondo suspiro de Dios.
El caminante se sorprendió por las palabras del lobo y luego les dijo a los animales del valle:
-Es verdad lo que dicen del valle y ahora que lo sé podré platicárselo a los otros seres, les diré de lo maravilloso que es.     
-Pero éste es el colmo de la locura, -dijo uno de los habitantes del pueblo-.
-Hay que atraparlo y encerrarlo en el manicomio de la ciudad, -dijo otro-.
Pero un tercer habitante del pueblo dijo:              
-Esperemos a ver hasta donde llega, al fin que no nos hace ningún daño.
Continuaron siguiendo al caminante.   
Un momento después, mientras el hombre seguía caminando, salieron algunos insectos del suelo y le dijeron:
-“Háblanos del interior de la tierra.”
-Del interior de la tierra sólo sé que es el origen de la vida, en sus raíces, en sus líquidos, en sus nutrientes y que todos tarde o temprano volveremos a ella. Pero ustedes que provienen de ella saben más que yo, así que son ustedes los que deben hablarme del interior de la tierra.
-Está bien, -gritaron jubilosos los insectos-.
-Es otro planeta situado dentro del universo que ustedes llaman mundo, -dijo un gusano-.
La araña dijo:
-Es el mejor lugar del planeta, da protección y su temperatura es constante.
La cochinilla, un tanto tímida dijo:
-Para nosotros en el interior de la tierra cada grano de arena es una nube y cada raíz es un bosque.
Y por último habló la hormiga y dijo:
-El sonido del interior de la tierra es la voz de Dios susurrándonos al oído su gran amor.
-Que hermosas palabras han dicho, -les dijo el hombre a los insectos-. Ya sé más del interior de la tierra y podré platicar con otros seres lo maravilloso que es.    
-Esto ya es demasiado, -gritaba la enardecida multitud-. Ahora hasta se agacha a la putrefacta tierra a la orilla del camino y habla con los insignificantes insectos. ¿Cómo podremos permitir que un loco así viva en nuestro pueblo? Hay que desterrarlo para siempre.
Pero aún con todo ese odio que estaban sintiendo por el caminante lo siguieron por el resto del camino.  
El camino no seguía más, la playa estaba reluciente, el sol brillaba en todo su esplendor y el sonido de las olas daba una sensación de tranquilidad inmensa. El caminante se sentó en la arena caliente mirando con admiración hacia el mar.
En ese momento salieron varios animales del agua y se acercaron a donde estaba el caminante y le hablaron diciendo:
-“OH gran sabio háblanos del mar.”
-El mar es impresionante, hermoso y lleno de vida, pero es lo único que sé, ustedes viven en sus entrañas y lo conocen mejor que yo, por favor animales marinos háblenme del mar.
-Es como un sueño, donde todo puede suceder si luchas por que suceda, -dijo una ballena-.
-Es sabio, debajo de la tormenta siempre hay paz, así que si te alejas de lo superficial y te hundes a su corazón siempre te dará la paz, -dijo un cangrejo-.
Un tiburón dijo:
-Es la más grande fuente de inspiración de los artistas, es la musa más deseada.
El delfín, el más sabio de todos los animales del mundo dijo:
-Es el beso que Dios nos da todos los días.
El caminante se quedó pensativo durante mucho tiempo y les dijo a los animales marinos.
-El mar es muy grande y hermoso, ahora lo conozco mejor, así que voy a ir a platicarle a los demás seres lo maravilloso que es.    
El caminante iba de regreso al pueblo, puesto que el sol estaba a punto de desaparecer  en la profundidad del mar, pero los habitantes del pueblo le salieron al paso y lo sujetaron fuertemente.
-Ahora si estás  perdido loco, -le dijeron los  ofensivos hombres-. Podrás creer que hablas con los animales y que has entendido muchas cosas, pero en realidad estás loco y vas a ir a un hospital para locos.     
-Háblanos de nuestro pueblo, -dijo uno de los hombres en son de burla-.
-Yo de su pueblo sólo sé que es mi pueblo también y que ustedes  hasta  hoy siempre  me  habían  ignorado.  Pero  ustedes saben más del pueblo que yo, ¿Por qué no me hablan ustedes mismos?
-Es una porquería, -gritó un hombre-.
Una mujer dijo:
-Sus habitantes son malos y corruptos.
-Todos van a misa por temor al infierno, pero en realidad nadie va por amor a Dios, -dijo el sacerdote-.
Y finalmente habló el alcalde del pueblo y dijo:
-Ese pueblo es el rincón del diablo.
-Que tristeza me da escuchar esas palabras, eso es lo que opinan de  su pueblo y de su gente,  si es así,  eso es lo que opinan de ustedes mismos.  Todos  los  animales con los  que  hablé  hoy  son  felices  en donde viven y me han dicho que es la caricia, el abrazo, el suspiro, la voz y el beso de Dios. Pero ustedes, siendo la criatura más amada por Dios, piensan que su pueblo es el rincón del diablo, me dan pena y vergüenza y todavía  se  atreven  a  decir  que  yo  soy  el  loco.   Enciérrense  ustedes  mismos en esa casa para locos y no tengan miedo de mí que ya nunca más volveré a su oscuro pueblo.
Los hombres se fueron tristes a su pueblo, reconocieron en el error en que estaban, lamentablemente no se arrepintieron y siguieron viviendo igual.
Mientras tanto el caminante sabio, construyó su casa a la orilla del camino y allí vive en compañía de la naturaleza en santa paz.

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