Antes de que muriera por completo el
fuego escuchamos el sonido de las alas de un ave nocturna y su tétrico pillar.
El ave llegó hasta donde estábamos, tenía un pico largo y filoso, sus garras
eran enormes, tan grandes y fuertes que podrían destrozar un cráneo humano con
facilidad, sus alas calvas eran fuertes y al moverlas producía un viento
destructor, sus ojos eran rojos como el fuego
y con la voz embrutecida por los hongos que había consumido nos gritó:
-“¿Quién
ha profanado mi nido? Asesinos de mi mundo son ustedes, han derribado mis
gigantes y los han consumido hasta las cenizas, contaminan la paz de mi suelo
con la violencia de sus pies y han petrificado al viento con el frío de sus
miedos. ¿Quiénes son ustedes asesinos profanadores de mi nido? ¿Por qué osan invadir
mi mundo y el de mis polluelos? Inmundos profanadores.
-No
hemos profanado su nido, -dijo con voz firme Siry-. Esta isla es desierta
y no es
nido de nadie.
Ni derribamos gigantes,
sólo hicimos ceniza a los gigantes caídos, ni contaminamos la paz de un
suelo ya cubierto por la sangre de la violencia, ni el viento se ha
petrificado. Nosotros somos los caballeros del miedo y usted, que ha venido ha
quebrantar nuestro silencio. ¿Quién es?
-Yo
soy el Vedor, amo y señor de estos suelos y de esta agua, -nos dijo el ave
nocturna con voz ilegible-. Es mi deseo
que se retiren o les haré daño con mi filoso pico y le hablaré a mis polluelos
para que devoren sus carnes, no quedará rastro suyo sobre la faz de esta isla,
ni el mundo los extrañará más pues son seres invisibles. ¿A quien le interesará
un grupo de fugitivos oscuros que no vuelvan nunca mas a su tierra? ¿A quien le
importara su muerte?
Entonces
yo me puse frente al ave temible sin mostrar ningún temor. El ave se me quedó
mirando profundamente como queriendo reconocerme. Así fue como le hablé al ave
nocturna llamada Vedor y le dije:
-“Somos
los caballeros del miedo, dueños del auto muerte, la soledad y la tristeza,
miramos a las estrellas y a los cometas, soñamos y reímos, también lloramos a
mares, castigamos a las torturas y somos
los príncipes de las
pesadillas, disfrazamos nuestra
oscuridad con mascaras de bondad,
somos leones meditabundos, victimas
de todos los lloros
y asesinos de corazones. Así que no venga a exigir nada,
pues nosotros somos nueve y usted solo uno es, y embrutecido y contaminado nada
podrá hacer contra nosotros, le exijo que se marche por donde vino y no vuelva
más, porque si vuelve conocerá nuestra furia.”
El
Vedor se acercó violentamente a nosotros y atacó a Uram, le dañó un brazo y
quiso hacerlo de nuevo, pero en ese momento me lancé contra él y tomándolo por
el cuello le grité:
-Mi
vida es de espuma y es de pan, si me destruyes creceré dentro de ti hasta que
todos los miedos se apoderen de tu alma. Yo vi. la necedad de los necios y
derruí los horrores de la infancia. Cultivé los caminos por donde habrían de
pasar cientos de miles. La muerte fue primera en mí antes que el amor. Vi caer
a quien nunca debió caer, vi morir a los muertos, nacer a los no natos, yo
conocí la pasión entre viejos fantasmas y los demonios me hablaban al oído
aunque los tuviera tapados por mis miedos. Y ahora tú, que tan sólo eres una
tierna ave nocturna protegiendo a sus polluelos bajo el influjo de los hongos,
vienes a decirme que esta es tu tierra y que hemos asesinado a tus gigantes,
atacas a mis hermanos con tu pico y con tus garras intentando devorarlos para
regurgitarlos en el centro de tu nido. ¿Es qué no sabes a quién te enfrentas?
Con el fuego de mis ojos te consumiré, con el odio de mi alma te desterraré. Yo
soy el victima de todos los lloros y tú no eres más que un petulante nocturno.
Aléjate y no vuelvas más, así salvarás tu vida.
Mis
ojos se posaron en los ojos enrojecidos del Vedor, mientras que mis manos
apretaban el cuello del ave. Los caballeros del miedo miraban en silencio,
inmóviles, era como si el miedo que yo trataba de infundirle al Vedor se
estuviera traspasando directamente a los corazones de los caballeros del miedo.
Me temían, como mis enemigos, pero yo no quería que eso pasara, eran mis
amigos.
El
ave nocturna, con las fuerzas que le dio el terror se soltó de mis manos y
dando aletazos se alejó unos cuantos metros. El Vedor comenzó a temblar como si hubiera visto a un
demonio muy temido, agachó la mirada y con voz entrecortada nos dijo:
-Disculpen
mi impertinencia caballeros del miedo, yo sólo quería asustarlos, pero los he
reconocido y conozco su maldad. Así que me marcharé y no los ofenderé más.
Hasta nunca Mohamed, ahora recuerdo que este fue mi segundo encuentro contigo y
también el último, pues ¿a quién le gusta ver los ojos de su miedo en medio de
una noche oscura y tenebrosa? Hasta nunca caballeros y que el mar los lleve a
donde tenga que llevarlos aún a costa de sus vidas.
El
Vedor alzó el vuelo torpemente y se marchó destruyendo con el perverso viento
de sus alas todo lo que se atravesaba en su huida. Lo vimos partir, hasta que
se perdió en la oscuridad de la noche.
Omem
y Siry se fueron al mundo de los sueños y de nuevo me quedé solo con mis
pensamientos.
El
encuentro con el Vedor me recordó un sueño antiguo, uno de esos sueños extraños
que revoloteaban en mi mente. En el sueño estaba yo caminando en la madrugada
cerca de una fuente en el centro de la ciudad, en ese momento un ser extraño
salía a mi encuentro desde el fondo de la fuente y ante mi vista se comenzaba a
transformar en un horrible monstruo alado que intentaba atacarme, pero con una
extraña fuerza podía vencerlo y destruirlo.
A
la mañana siguiente me encontré con un anciano que me dijo:
-Ese
sueño algún día se hará realidad.
Quise
pedir una explicación, pero el anciano desapareció de mi vista. Todo eso me
perturbó mucho, y me perturbó aún más que el Vedor me dijo que se acordaba de
mí y me tenía miedo, siendo que nunca antes lo había visto. Sea como sea, el
encuentro con el Vedor tuvo muchas similitudes con mi sueño. Una simple
casualidad o era el momento exacto de que mi sueño se hiciera realidad.
No
importa lo que haya sido, ya pasó, lo importante es que pudimos vencer al Vedor
sin que el pudiera hacernos un daño considerable y sin que nosotros tuviéramos
que verter su sangre en esa isla en medio de la nada.
En
la soledad, la oscuridad y el silencio de la noche yo meditaba en todo lo que
había sucedido en la vida, en el viaje y en la estancia en la isla. Pensaba en
lo malo y en lo bueno, y soñaba despierto con todo lo que podía traer el
futuro. Los caballeros del miedo dormían placidamente, yo insomne recorría con
mis ojos la isla y observaba la lenta agonía del fuego. De vez en cuando
vigilaba el sueño de mis compañeros de viaje y los cuidaba de las alimañas
venenosas que poblaban la isla.
El
fuego cada vez era menos poderoso, agonizaba como un dios cansado de darle luz
a un mundo que le gusta vivir en tinieblas. Moría, es cierto, pero hasta su
último aliento de fuego alumbró la oscuridad de esa noche y humeó sobre la isla
del Vedor su última molécula de vida.
El
fuego murió en todo su ser, y era extraño, pero cuando murió la última chispa
de fuego me di cuenta de que no necesitábamos al fuego, pues el reflejo de la
luna era intenso e iluminaba toda la isla. Se podía ver a distancia sin ningún
problema, pero nuestro miedo nos obligó a encender una fogata en medio de la
luz.
El
sueño, lentamente me fue venciendo, y ahí, encima de una roca me quedé dormido
y soñé:
“Otra
vez las voces dentro de mi cabeza. No sé de quién será esta casa, tan llena de
arañas, les temo, trato de arrancar sus telas y matarlas a golpes y afuera
alguien acecha… ¡son ladrones! Esos exentos de ley, sin embargo las puertas
están bajo llave y con trancas. ¿Quién las puso? Un hombre que no estaba ahí.
El niño duerme, sin protección a la caída, me molesto con la mujer que vendrá,
ha de ser su Madre, en una ola más adelante.
-Está
dormido. –Dice ella-.
¿Y
si despierta? Intento huir, quito las trancas y los cerrojos, ordeno que se
vuelvan a poner. Afuera, la lluvia cae y yo camino entre los ladrones,
invisible como siempre. He llegado a un lugar muy conocido aunque jamás lo
había visto. Una niña me sonríe y me indica un camino. A la distancia veo a una
yegua que perteneció a no sé quién, montó en ella y me voy por el camino a cien
kilómetros por hora, guiando a quién no debo guiar. Al fin he llegado a ese
lugar desconocido que ya antes vi, saludo a todos, los que fueron, los que son
y los que serán, ahora es tiempo de partir. Pero la yegua no está y le pregunto
a la niña, con la carta de tía Conny, le pregunto por la yegua.
-Murió
hace años, -dice ella- como yo. Jamás amamantada y si has de querer salvarte
sube a esa montaña en la pared, que los demonios no soportan las alturas.
Otra
vez las voces dentro de mi cabeza.”
Desperté
sudando y temblando. Las pesadillas tienen un extraño poder en mí. El poder de
volverse reales en algún momento. Me levanté de la roca donde había dormido,
caminé un poco y después intenté dormir de nuevo.
Los
caballeros del miedo dormían profundamente, pero yo no podía dormir en
absoluto, mis pesadillas me lo prohibían. Me acerqué a la orilla de las aguas
hirvientes y su hermosura me sedujo, me despojé de mis ropas y me lancé al agua
hirviente. Flotaba en su tersura y me invadía su calor, me sentía parte de un
todo y a la vez una molécula de nada, en el infinito firmamento los millares de
astros danzaban la danza de la eternidad y yo soñaba despierto en poder
tocarlas y bajarlas a la tierra para que me hicieran compañía. La luna sonreía,
mas no sé si era feliz al verme o se burlaba de mí. Todo aquello fue realmente hermoso, sentí que mi alma abrazaba a
mi ser y por primera vez era uno solo con migo mismo. La lama
que flotaba en las
hirvientes aguas me acariciaba
como si fuera la mujer deseada y no encontrada. Daría cualquier cosa para que
ese momento fuera eterno o aunque sea, que volviera por un instante.
Flotando
en las aguas hirvientes, al escuchar el oleaje a la distancia recordé una de
las cosas más fuertes que había vivido en mi vida, por supuesto ese recuerdo
tenía que ver con el mar, como casi todo en mi vida.
Cuando
era más joven, admiraba una isla que en realidad no me parecía lejana, y soñaba
con llegar hasta la isla nadando. Mis padres Luar y Ave me tenían
terminantemente prohibido intentar tal estupidez, pero yo me sentía osado y
necesitaba lograr esa hazaña para sentirme bien conmigo mismo. Era un reto
personal que estaba dispuesto a intentar a pesar de que ponía en peligro mi
vida.
Un
día, al despuntar el alba, salí de casa y me dirigí a la playa. Miré la isla a
la distancia y parecía invitarme a que fuera nadando hasta sus playas rocosas.
Sin pensarlo más me arrojé al agua y comencé a nadar, cada cinco minutos me
detenía y miraba la isla, que, para mi desgracia no se acercaba a mí. El
cansancio comenzó a hacer mella y pronto
sentí un calambre en una de mis piernas.
La desesperación me hizo
gritar y al no poder nadar me empecé a hundir en el agua
salada. Por un momento pensé que me ahogaría en medio de la playa y de la isla,
pero de repente unos delfines me empujaron hacia arriba y luego me llevaron
hasta la playa. Esas hermosas criaturas me habían rescatado de una muerte
segura, probablemente guiados por un poder superior a todos los poderes. Me
habían salvado de una muerte segura.
Esa
historia jamás se la conté a nadie, y en el momento de flotar en esas
tranquilas y poca profunda agua del ojo hirviente podía recordar mi travesura
con una sonrisa en los labios, pero ¡que cara me pudo haber salido mi tontería!
No
sé por que recordé todo esto, lo único que sé es que la felicidad y la
tranquilidad que el agua me transmite son extraordinarias. Mis pesadillas y
miedos quedaron a un lado en aquella magnifica tranquilidad.
Me
pareció que el tiempo no corría y que yo no nadaba, era como si se hubiera
suspendido el paso de los siglos y el agua fueran nubes que me llevarían a un
mejor lugar. Varias horas nadé en compañía del universo. El agua caliente se
iba poniendo tibia por el frío de la noche. Pero no me importaba, porque yo era
el todo entre las aguas y las estrellas. Más tarde escuché voces que no eran de
mis compañeros, más bien eran voces de mujeres. Me acerqué a las voces y
descubrí que eran un par de sirenas, las sirenas nadaron junto a mí durante
unos minutos y me cantaban canciones en un idioma desconocido, eran bellas como
la noche y las estrellas y sus cuerpos perfectos como el cielo y la mar.
Estuvieron conmigo por un tiempo y me enseñaron las artes del espejismo y de la
sensación, fue la segunda vez que encontré la pasión con seres no humanos, ni
vivientes de la tierra real y después huyeron despavoridas como si un terrible
animal las hubiera asustado. Me hubiera gustado escapar con ellas.
Las
miré hasta que se perdieron en la oscuridad de la noche.
Yo
me quedé de nuevo mirando al cielo y entré en una especie de hipnosis en donde
mi mente descansaba completamente en blanco.
Un
fuerte sonido me sacó del trance, abrí mis ojos al nuevo tiempo y sentí que una
fuerza superior a mis fuerzas me arrastraba sobre el agua. Fue entonces cuando
comprendí que un torbellino de furiosa magnitud me había atrapado entre sus
húmedas garras, luché con todas mis
fuerzas para librarme del
torbellino, pero fue inútil. Grité con voz de auxilio, pero los caballeros del
miedo no me escucharon. Las fuerzas se agotaron y dejé de luchar. La luz de la
luna iluminaba al monstruo del torbellino que me arrastraba a no sé que
infierno. El torbellino me dio
varias vueltas con salvajismo, a mi alrededor flotaban rocas de gran tamaño, partes de casas y de autos,
animales y toda clase de objetos que al mínimo contacto con mi cuerpo me
provocarían una muerte instantánea. El torbellino fue despiadado conmigo y
después me tragó por su oscura garganta. Dentro del torbellino no se podía
mirar nada, sólo se escuchaba el
terrible rugido de
su furia y
se sentía el
dolor de sus partículas
absorbidas y destruidas que chocaban contra mi piel y mis huesos lacerándolos
hasta la insensibilidad. Mi fin había
llegado, me ahogaría en el mundo profundo de las aguas hirvientes. Me dio
tristeza pensar que todo acabaría en esa isla, mientras nuestra embarcación se
reparaba del sueño. Pero en mi último pensamiento pensé:
-¿Quién
sabe con certeza que hay más allá?
Dentro
de la inconsciencia que me provocó el torbellino tuve una visión.
Vi
al mundo, envuelto en un manto negro, yo me separaba del mundo cada vez más y
entre más lejos de él estaba más grande y detallado lo veía, era como sí al
alejarme se metiera en mi cuerpo. Lo que vi no me agradó.
Vi
las calles entremezcladas de basura y sangre inocente; vi los bosques transformados
en desiertos; los lagos en basureros; vi a los desiertos creciendo como plaga;
vi a los seres de la tierra, a los del cielo y a los del mar ser devorados por
los millones de humanos como una jauría hambrienta de sangre y muerte; vi las
traiciones y los homicidios entre hermanos; vi la insensibilidad del mundo; vi
la hipocresía de los que tienen la labor de ayudar al mundo; vi a los que
salvan fornicar con sus creencias; vi tantas cosas que me provocaron una
sensación nauseabunda, tal vez, si ese era mi mundo sería mejor morir dentro de
ese torbellino.
Me
alejé más del mundo dentro del torbellino, y el mundo se fue haciendo pequeño,
oscuro y muerto, su peste llegaba hasta mí y su imagen nauseabunda desaparecía
en su pequeñez. Por fin el mundo dejó de verse, como si hubiera desaparecido en
el abismo de su inmundicia.
Esa
fue mi visión en la inconsciencia del torbellino y no me gusto nada de lo que
vi en ella, tal vez ese torbellino que destrozaba mi cuerpo en realidad era mi
salvación de un mundo cruel, despiadado y prácticamente muerto. Tal vez al
mundo al que iba era mucho mejor, peor no podía ser. Había que esperar a llegar
para saber como era, sólo estaba jugando a las adivinanzas.
Después
de la visión la inconsciencia fue definitiva. El primer paso a la muerte.
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