martes, 14 de febrero de 2012

CAP 11 EL AVE Y EL DRAGON


Un día desperté y vi que Manora no estaba a mi lado. Presuroso busqué por toda la isla, pero ella y Leimara no estaban allí, tampoco sus pertenencias ni el bote de emergencias. Mi corazón explotó en tristeza, había luchado tanto para recuperarlas y se habían marchado de mi lado sin decir tan siquiera adiós. ¡Que injusticia de la vida era esa!  Todo el esfuerzo de luchar contra mis demonios para nada. Se habían ido de todas maneras.
            Tal vez… pensé tantas posibilidades sin fundamentos que sólo me llevaban al autoengaño. No existía duda alguna, mis amadas mujeres por las que tanto había luchado me abandonaron en la soledad de mi isla. Me sentí vacío, nada, polvo en las penumbras, una luz en donde no había ojo que mirara, una insignificancia.
            Los días transcurrieron sin sentido. Mi soledad invadía todo en la isla, las aves dejaron de cantar, las plantas se secaron, los riachuelos que antes corrían alegres hasta encontrarse con el mar se transformaron en desiertos, las nubes siempre estaban sobre mi isla y el sol jamás se asomaba. Todo era confuso, no alcanzaba a comprender el porque de las cosas, yo había cambiado en verdad, había dejado atrás a mis demonios, había luchado mucho por regresar y después del triunfo sólo encontré abandono y una nueva traición.
            Tiempo después, cuando el rencor estaba a punto de transformar en costra vieja mi corazón, decidí ir en busca de algo nuevo, de un nuevo amor, de una vida nueva. Inconscientemente iría en busca de Manora y Leimara, sabía donde estaban, pero el miedo de la verdad me carcomía la vida. Tomé mis pertenencias y mi barco y comencé mi viaje rumbo al puerto de Larra. No sé lo que pueda encontrar, pero tomé el riesgo de empezar de nuevo. Siempre será mejor arriesgarse a caer de nuevo que nunca volverse a levantar.  Dejé la isla de mi salvación, esa isla que tanto amé, ya no había nada para mí en ella, ya solo era una roca infértil sobre el mar.
            El viaje fue largo y solitario, durante él, pensé en mil cosas. Pensé en regresar a mi isla y morir en soledad; tal vez la venganza de los que me habían herido era mi mejor opción; una vida totalmente nueva, como si hubiera nacido otra vez. Muchas cosas  pensé  en  la  soledad  de  mi  viaje.   Varios  eternos  días después divisé a la distancia el puerto de Larra, mi corazón comenzó a dar brincos violentamente, entre la emoción y el miedo parecía que quería salir corriendo lejos de mi pecho. La duda me invadió por completo, envuelto en dolor, odio, rencor y tantos otros sentimientos que se iban y venían constantemente de mi alma. Sin embargo, el viaje había sido largo y doloroso, ya estaba cerca de Larra y no podía volver a la soledad de mi isla. Nuevamente obligué a mi alma a avanzar hacia el temor, no había opción.
            Casi podía tocar el puerto con mi mano cuando de pronto, de la nada, apareció una terrible nube que centellaba sin parar y derramaba pesadas gotas de agua fría. La tempestad fue dura pero de corta duración. En cuanto la nube desapareció me di cuenta de que mi barco estaba seguro en el puerto de Larra. La tormenta fue en el centro de mi alma.
            Tomé las escasas pertenencias que llevaba conmigo y dejé atrás a mi fiel barco. (Era el único ser, animado o inanimado, que sabía ser fiel conmigo.) Comencé a caminar por el puerto de Larra tratando de reconocer cada rincón y agolpando recuerdos que creía olvidados. Cada esquina, cada plaza, cada persona traía un recuerdo de un  pasado entre la niebla. Sin embargo, más que viejos recuerdos buscaba a mis amadas mujeres con más miedo que esperanza dentro de mi corazón.
            Pronto recorrí el puerto de Larra, pues era pequeño, y un instante después, estaba parado frente a mi antiguo refugio, lo que alguna vez fue mi hogar junto a la playa estaba casi en ruinas. La derruida puerta de madera se abrió repentinamente y del interior de las ruinas salieron Luar y Ave con una gran sonrisa en los labios y muchas lágrimas en los ojos. Inmediatamente se abalanzaron hacia mí, llenándome de abrazos y de besos. El tiempo sin vernos había sido muy largo y hacía años que esperaban mi regreso.
            -Bienvenido hijo mío. –Dijo mi Padre Luar mientras se buscaba una sonrisa-.
            -Bienvenido pedazo de mi vida. –Dijo mi Madre Ave mientras me besaba la frente-.
            Luar, despejando la humedad de sus ojos, me dijo:
            -Hijo, hace tiempo que esperábamos con ansia tu regreso. Estás aquí gracias a Dios, al Dios Todopoderoso que ha escuchado las plegarias de los que te amamos. Somos felices al tenerte en nuestros brazos, sin embargo, podemos ver que tu alma está desecha y que la tristeza empaña la belleza de tus ojos, sentimos que tu corazón palpita a un ritmo cercano al de la muerte y que el rencor es tu dominio. Cuéntanos de tu dolor a nosotros que te dimos la vida y tal vez seamos capaces de dártela de nuevo.
            Mi Madre Ave asintió con la cabeza, me tomó de la mano y dijo:
            -Cuéntanos tu pena y deshazte de ella. Aquí estamos para salvarte del dolor. Tómate fuerte de nosotros que jamás te hemos de causar daño alguno.
            -Mi historia es larga y penosa, -dije con la voz cortada-. Tomen asiento y escúchenme con atención.
            Les conté a mis amados Padres la historia de mi vida desde que salí de casa y lloraron, lloraron como aquel día en que abandonamos a Tena en la oscuridad. Lloramos juntos durante toda la noche, hasta que el sueño nos venció.
            El claro y variado canto de un cenzontle me despertó. La luz del sol ya dominaba cada rincón de la casa, era extraño, su interior seguía siendo hermoso, aún más bello que antes, sólo su exterior se había derrumbado. Yo me quedé relativamente tranquilo en mi cama, que parecía estarme abrazando. Mil pensamientos invadieron mi mente, malos pensamientos que perturbaban mi escasa paz. En ese momento entró mi Padre Luar y me invitó a recorrer toda la casa. Cada cuarto estaba limpió y hermoso, los cuadros en su lugar y los muebles muy bien conservados. Ya casi no recordaba la belleza de mi hogar. Al estar mirando el interior precioso de mi antiguo hogar, recordé un canto que entonaba en la playa desierta de mi isla:
 “Fui la sed de la tierra y la sequedad del mar, fui el humo del viento y la caída de la verdad, fui la ruina del tiempo y el martirio de mi humanidad.   
Hasta que se me permitió ver más allá de las estrellas, romper los moldes que tenía por disfraz y seguir mi propio camino.    
Antes no miraba al cielo, me disfrazaba con los moldes de la sociedad y seguía los caminos que me indicaban.    
Ahora digo basta, ya no más, miraré a las estrellas y hasta donde pueda mirar, adiós a los moldes impuestos, ahora seré quien soy, no más caminos indicados, seguiré mi propio camino, eso será lo mejor.    
Mi espíritu es libre, mi alma es feliz. Y así seré hasta el día en que tenga que volver a mi hogar.”
Recordé mi canto y entendí que mentía. Mi Padre Luar me sacó de mi trance de pensamientos con unas palabras que herirían más a mi lastimado corazón:
-Hijo mío, esta casa es bella por dentro y su exterior se ha derrumbado, así lo decidimos tu Madre y yo, como símbolo de la desesperanza que nos causó la pérdida de nuestros hijos. Ahora que has vuelto, esta casa, su exterior, será reconstruido hasta quedar igual de hermoso por dentro y por fuera. Tú, querido hijo Mohamed, eres igual que está casa, solamente que al inverso, tu exterior es hermoso como siempre, pero tu interior se ha derrumbado por la pérdida de lo amado, pero cree, pronto encontraras un nuevo amor y una nueva vida y tu interior será reconstruido hasta ser tan hermoso como tu exterior. Así es la vida, un constante girar, a veces estás arriba, otras veces abajo. Pronto estarás de nuevo en la cúspide.
-Padre, agradezco tus buenos deseos, pero no he venido a buscar una nueva vida y un nuevo amor, lo que he venido a buscar, a recuperar, es la vida y el amor que tenía en mi isla. Vine por Manora y Leimara. He de recuperarlas aunque se me vaya la vida en ello.
En ese momento se acercó a nosotros mi Madre Ave con llanto en los ojos y con su voz enlutada me dijo:
                -Hijo, me duele hasta el alma decirte esto, no conocemos a Leimara, pero a Manora sí, la hemos visto y ya no te pertenece, ahora es de otro hombre. Ella rehizo su vida en otro camino, ya no es tuya.
            El mundo se derrumbó hacia mi interior, mi corazón explotó en mil pedazos, las tormentas traicioneras circundaban mi mente y mis antiguos demonios que creía muertos hacían una ronda burlona a mi alrededor. Todo había terminado para mí, prefería a la muerte que a la soledad y el dolor. Corrí desenfrenado al cuarto y me encerré en una profunda depresión. Era el fin de mi camino, el destino me había alcanzado. Lloré como lloré por Tena, aunque eran muertes y amores diferentes. Mi cama se inundo de lágrimas.
  Ignoro cuanto tiempo estuve encerrado en mi dolor. Un día, tomé valor de mis recuerdos y decidí buscar a Manora y hablar con ella. Salí a las calles tratando de recordar el lugar donde vivía y pensé que allí la podía encontrar. El tiempo no fue cruel conmigo y muy pronto me encontraba enfrente de la puerta de la casa de Manora. La mano me temblaba al intentar tocar y la respiración se me aceleraba, tenía mucho miedo de lo que iba a encontrar detrás de esa puerta. Un tembloroso golpe en la puerta, nadie abrió. Un segundo golpe un poco más firme, nadie abrió. Más golpes y nada. Ya me iba de ese lugar creyendo que estaba solo y convencido de volver a la mañana siguiente cuando la puerta se abrió. Era Manora, tan hermosa como siempre pero con un hálito de tristeza en la mirada.
-Mohamed, tú, ¿qué? No…
Un suspiro hondo brotó de sus labios mientras temblaba como si muriera de frío. Ella dio unos pasos hacia mí y me abrazó fuertemente. Yo la abracé como al tesoro más preciado y mis lágrimas se escurrían por los rizos de su pelo. Mi idea era decirle todo el rencor y dolor que su traición me habían dejado, pero sólo fui capaz de abrazarla y de llorar.
-Pasa a mi casa, -dijo y me tomó de la mano-.
Entramos a la casa y nos sentamos en un sillón. La miré de frente, pero ella fue incapaz de sostenerme la mirada, la agachó al suelo y llorando me dijo:
            -Perdóname, no entiendo que ha pasado en mi mente, tu actitud violenta y mi soledad en la isla me llenaron de tristeza y los recuerdos del pasado me llamaban a gritos. Creí amar a lo que ya había olvidado y creí odiar a lo que tanto he amado. Huí cobardemente y ahora estoy con él, con mi viejo pasado y estoy planeando mi futuro junto a él. Por favor Mohamed, perdóname y busca una nueva vida para ti. Te lo mereces, pero ya no guardes rencor ni silencio. Transfórmate.
            -Pero yo te amo, quiero estar contigo y con Leimara.     –Le dije en tonta súplica-.
            -¿Leimara? Olvídate de ella, tan sólo fue un hermoso sueño o una parte de tu locura. Date cuenta Mohamed, Leimara nunca nació y nunca existirá entre nosotros. Es mejor que te vayas a buscar una nueva vida sin mí. Reconstruye tus sueños en otro lugar. Deja ya tus alucinaciones, tus sueños son sueños, no se han materializado, yo me cansé de vivir en tus sueños.
            Salí de la casa de Manora envuelto en odio, me había quitado todo lo que tenía, incluidos mis sueños y esperanzas. Sin embargo, estaba dispuesto a recuperarlos en otro lugar, con otras personas. Me decidí a que nadie me volvería a dañar nunca más. También comprendí que en verdad todo había sido una mentira de mi mente, mi deseo de Leimara era tal que lo inventé todo y lo volví real en mi mente.
            En esos momentos sentía que mis demonios estaban más vivos que nunca y que me seguían de cerca, pero no permitiría de ninguna manera que volvieran a controlar mi vida. Ya no, estaba completamente decidido a no caer en lo de antes, debía buscar una nueva vida y hacer realidad mis fantasías.   
            Tal vez era hora de comenzar una vida totalmente nueva, de continuar con la vida que dejamos después del naufragio que me llevó a esa isla donde conocí a Manora y a mi locura. Tal vez era tiempo de iniciar un nuevo camino sin tantas piedras y espinas, sin oscuridad disfrazada de luz. Era el momento de buscar que mis sueños dejaran de serlo y se transformaran en realidad. Leimara sólo había sido parte de mi locura, pero no tenía porque seguir siendo así. Pensé que era el momento de regresar a lo que amaba antes del naufragio, mis fieles amigos, los caballeros del miedo tenían que estar en algún lugar y podía encontrarlos, tal vez podría ir a sus islas, y recordé, especialmente, a aquella mujer que había sufrido las mismas traiciones que yo y que siempre había sido mi fiel compañera.  Ella era Liagiba,  no sabía nada de ella, pero tal vez continuaba viviendo en el lejano puerto de Karelez. Era hora de tomar mi bote y buscar mi felicidad. Ella siempre fue una tierna ave y yo un fiero dragón, sin embargo, alguien me enseñó, que el ave y el dragón pueden ser fieles aliados. Mi pensamiento se sostuvo en Karelez y en Liagiba, pronto encontraría mi destino. Nuevamente el mar sería el medio para llevarme a donde debía estar.
Alisté las pocas cosas que tenía conmigo y provisiones para el viaje. Mis Padres, inmediatamente supieron del dolor que me agobiaba y se entristecieron al saber que me iba nuevamente de casa. Fue muy larga la espera de verme llegar y muy pronta la hora de verme partir otra vez.
-No se preocupen, -les dije-, pronto volveré, voy en busca de mi felicidad y regresaré siendo un nuevo ser. Esta vez no es una fuga de casa, volveré, lo prometo. Ustedes serán muy felices porque cuando regrese seré otro, feliz, completo, sin lágrimas ni dolor. Sin demonios.
Mi Madre Ave sonrió y me dijo:
-Encuentra tu camino, nosotros te esperaremos con el mismo amor de siempre.
Mi Padre Luar asintió con la cabeza y me abrazó.
Mi barco estaba listo para zarpar rumbo a Karelez, sería un viaje largo y solitario, no estaban Tena ni Odranoel para acompañarme, tampoco los caballeros del miedo y mucho menos Manora. Esta vez, tendría que navegar en completa soledad por las peligrosas aguas del mar. Mi temor había desaparecido, estaba conciente que era peligroso pero pensaba que el mar y sus traiciones eran incapaces de destruirme.
Me despedí de mis Padres y comencé el viaje lleno de esperanzas de encontrar a Liagiba y junto a ella una nueva vida llena de felicidad y amor sincero. Los primeros días de viaje fueron tranquilos, miraba al horizonte con los ojos cargados de ilusiones, pero la soledad, tarde o temprano te carcome la vida. Me acompañaban las olas del mar; se negaban a abrazar mi alma. Estaba conmigo el viento; nunca quiso besar mis labios. El amanecer y el atardecer guiaban mi camino; no pudieron ser mis amigos. Las estrellas me sonreían en la noche; jamás se atrevieron a darme un consejo y ser mis amigas. La luna me miraba y lloraba; no quiso quitarme mi soledad. La inmensidad del mar y del cielo abrumaba más mi soledad. Sentía, por instantes, que dos eternidades me miraban inmutables, un universo azul oscuro debajo de mi barco y un universo negro con millares de puntos blancos encima de mi cabeza. Ambos sin importarle lo que sentía en mi corazón.
            Entre tormentas de agua y de dolor pasaron los días, y una mañana, a la distancia divisé el monte de Aubaf, aquel monte que había causado un gran dolor a mi vida, me dolió verlo, mas no le guardé rencor porque en ese momento simbolizaba mi esperanza y no mis viejas heridas. Pronto, estaba anclando en el puerto de Karelez. Mi nuevo destino estaba cerca, podía sentirlo en la profundidad  de mi corazón. Ya estaba en el suelo antiguo de Karelez, era hora de encontrar a Liagiba y recuperar todo lo que la traición me había robado.
            La vida es extraña, grité su nombre al viento, un grito en silencio y diez minutos después, ella estaba parada frente a mí. La miré como un sueño difuso, como un lejano destino, mi alma se llenó de una paz indescriptible y mi corazón de una felicidad dolorosa. Era la misma pero tan diferente, yo era el mismo, igual que siempre.
            -¿Eres tú Mohamed? Rey del cielo negro. ¿Qué haces aquí? ¿A que has venido? Serás real u otro de mis sueños, ¿te esfumarás al amanecer?
            -He venido ha buscarte y junto a ti mi paz.
            Ella sonrió, me abrazó fuertemente y al oído me dijo:
            -He estado esperando este momento toda mi vida, todos mis sueños eran contigo. Hoy estoy tan feliz porque mi sueño se ha cumplido. Quiero disfrutarte, ser felices y olvidar el dolor que nos ha dañado en el pasado. Es como si en este día muriéramos y naciéramos siendo uno. Complot del cielo, del destino, de la vida misma, que con aguas mansas nos ha hecho naufragar al uno en el otro.
            -Mi vida ha sido terrible, -le dije con sinceridad, mirándola a los ojos-, llena de oscuridad y traición, sin embargo, quiero ser feliz, deseo encontrar la paz y el amor sincero. Estoy seguro que a tu lado encontraré todo esto y muchas cosas más. Si tú me aceptas podremos ser muy felices. ¿Qué respondes?
            -Claro que te acepto, toda una vida le pedí a Dios que un día llegaras a amarme, aquí estás. Seamos felices y compartamos nuestras vidas. El pasado ya no importa, sólo el presente y el futuro que vendrá en una ola de mar.
            Nos fundimos en un fuerte abrazo y un beso selló nuestro encuentro.
            Tomé mis pertenencias y nos fuimos a la casa de Liagiba,  ahí descansé por varias  horas del largo viaje,  después recobré las fuerzas con una rica comida. El resto del día nos dedicamos a recorrer los viejos recuerdos. Las viejas calles de Karelez nos vieron caminar de nuevo, tomados de la mano recorrimos la antigüedad de esas calles de piedra, observamos la majestuosidad de sus dioses y respirábamos profundamente su aire puro, tan puro, que mis pulmones sangraron. Me sentía feliz en Karelez en compañía de Liagiba, que hasta ese momento era la única mujer que había sido capaz de amarme con sinceridad. Tristemente, debo admitir que sentía una mirada pesada desde la altura del monte Aubaf, estaba seguro de que uno de mis terribles demonios me esperaba en esa altura y me llamaba en un susurro, me negaba a escucharlo pero su voz era cada vez más fuerte. Era extraño que desde esa altura me llamara un demonio, pues a los demonios no les gusta la altura.
            La noche pronto llegó y nos fuimos a dormir.
            -Quédate conmigo esta noche, -le dije a Liagiba en tono de suplica-.
            Estaba seguro de que ella se iba a negar pues su moral era algo que yo respetaba en gran manera, pero para mi sorpresa ella acepto quedarse a mi lado durante toda la noche. Lo inevitable entre dos personas que se atraen y están en la soledad y oscuridad de la noche es que se fundan en un solo cuerpo. Nuestros cuerpos se unieron en un rito de pasión, lamentablemente debo admitir que mi alma no se fundió al alma de Liagiba, ella creyó con la emoción del amor, que sí.
            -Te amo, te amo, como ninguna mujer te ha amado jamás. Este es el momento más feliz de mi vida, quisiera capturarlo en un segundo y volverlo eterno, quisiera volar hasta el cielo y cantarle un himno a mi felicidad, desearía volver a nacer y volverte a amar. Mi corazón va a explotar. Estoy tan plenamente llena de ti, extasiada de tus besos, inmersa en tu sabor. Soy tuya para siempre.
            Mis oídos escuchaban con cierta emoción esas palabras y mis ojos se cerraban ante el cansancio del sueño. Pero fui incapaz de pronunciar las palabras que a ella le hubiera encantado escuchar.
            -Hasta mañana Liagiba, -dije y cerré ese capitulo de mi vida con un beso en sus labios-.
            -Hasta mañana mi amor, -dijo ella después del beso-.
            La mañana llegó después de una noche de pesadillas. Pesadamente nos levantamos del lecho y tomamos un baño.
            -Acompáñame al templo, -dijo Liagiba-, vayamos a adorar a Dios.
            Acepté sin mucho gusto. Toda mi vida había estado más cerca de mis demonios que de Dios. De ese Dios que sentía lejano y molesto conmigo, pero aún así, acepté ir con la mínima esperanza de encontrar un poco de paz para mi alma. No fue así, la ansiedad invadió mi pútrida alma. Temblaba de frío como pocas veces y sentía que mis demonios me miraban con recelo a la distancia, al templo no podían entrar, pero estaban cerca, después de todo ellos sabían que yo culpaba a Dios por todas mis tragedias. Ese día pasó muy lentamente, pero como todo en la vida ese día también se fue.
            La mañana siguiente era esperada con gusto, ese día visitaría dos lugares de suma importancia para mí. El interior de la Madre más rica de la tierra y el monte de mis desdichas. La profundidad del centro de la tierra nos recibió con una gran sonrisa y disfruté de sus maravillosas historias de piedra y metal, recorrimos el centro de la tierra y sus aguas sulfurosas nos dijeron adiós o hasta pronto. Salimos de la profundidad y la luz del astro rey nos cegó por un instante. De allí volamos en las alas de un ave que todo lo observa hasta la inmensa altura del monte Aubaf. El escalofrió invadió mi cuerpo en cuanto llegamos al monte. Desde abajo observaba las rocas de mi desesperación y los nefastos recuerdos de aquella mujer de nombre olvidado llegaban a mi mente como bestias desbocadas. Liagiba notó mi desesperación y quiso ayudarme. Yo no quería ayuda, estaba solo en mi lucha contra mis demonios pasados. Esos dolores se llevan en lo profundo y no se muestran a nadie.
            -Discúlpame Liagiba, necesito subir un momento a la altura de las rocas de Aubaf, solo, para luchar con mi demonio. Si quieres puedes marcharte y te encuentro un poco más tarde. Esto es algo que nadie inocente debe presenciar, tú, menos que nadie. No permitas que tu alma se inmundice con estas voces del infierno.
            -Lucha con fuerza y obtén tu libertad. Rompe las cadenas de ese demonio que no te deja ser feliz. Yo, aquí te espero con ansiedad, para amarte y caminar contigo por el resto del camino.           
            -Gracias Liagiba, nunca podré pagarte todo lo que has hecho por mí.
            Ella se sentó a la distancia, allí esperaría mi triunfo y mi retorno.
            Comencé a escalar el monte Aubaf con el temor al pasado en cada uno de los poros de mi cuerpo. Cada ranura en la roca me traía un recuerdo nefasto y entre más cerca de la cumbre estaba más temblaban mis huesos. Al llegar a la cumbre, una mano pálida y fría me sujetó, me jaló con fuerza desprendiéndome de la roca y quedé colgando en el vació, miré aterrado hacia arriba, vi al ser que me sujetaba, era una mujer de ojos vacíos como el infinito, su cabello negro sangraba como un ser herido, sus labios blancos dibujaban una sonrisa que aterraba hasta la profundidad de mi valentía, su rostro inmutable aparentaba el paso de los siglos.
            Con la voz quebrada por el miedo, dije:
            -Eres el fantasma de la vida que injustamente tomé para muerte, eres la sombra del ser que solté al abismo de estás rocas, eres la mujer que se volvió polvo por la alucinación de las mentes oscuras, retorcidas y sedientas de amargo licor. Esto es justicia, el destino me ha llevado al lugar exacto donde debo estar, si es tu voluntad, suelta mi mano y pronto nos veremos en tu mundo o en alguna otra vida. Merezco estar plasmado en sangre en el abismo de esta roca. Ser tu alma gemela en estas muertes tan falsas.
            La mujer fantasma rió estridentemente y me subió a la cumbre del monte Aubaf.
            -No soy un fantasma. Tú y tu miedo es lo que han querido ver, yo tomé la forma que tú quisiste. En realidad soy algo peor que un fantasma, soy tu demonio, el demonio de los miedos pasados. Bien sabía que algún día vendrías a buscarme y me llevarías contigo dentro de tu corazón. Juntos para siempre.
            -Te equivocas terrible demonio, no vine en tu búsqueda, vine a buscar el amor, la paz, la felicidad, vine a buscar la medicina para la oscuridad de mi alma y el vació de mi corazón, vine y encontré lo que buscaba, Liagiba me ofrendará la felicidad constantemente y olvidaré a todos mis demonios. Mi vida será de paz, rodeado de la luz de los ángeles. Eso es lo que vine a buscar.
            El demonio se quedó en silencio como si pensará profundamente. Su mirada se clavó en mis ojos y su voz se mutó a un tono dulce pero tenebroso.
            -Tu sueño es hermoso, pero estás creando ilusiones donde sólo hay vacío. No encontrarás la felicidad aquí, con Liagiba sólo encontrarás más dolor, más vacío. Amas a Manora, no te engañes, debes olvidar tu pasado para poder forjarte un futuro, si no olvidas el pasado nunca podrás dejar de vivir en él. Tú sientes un gran cariño por Liagiba pero no la amas como mujer. Sólo te vas a dañar más y la vas a dañar a ella. No te mientas más, has venido huyendo de tu destino, has venido en busca de tu doloroso pasado.
            -Tal vez tengas razón, pero sé que si me esfuerzo podré cambiar eso y forjarme un bello futuro.
            -No lo sé. Inténtalo si quieres, pero no vivas con los ojos cerrados. Vete por favor de mi montaña y recuerda, muy pronto nos volveremos a ver, tú, yo y el resto de tus terribles demonios.
            -Espera, -le dije-, debo hacerte una pregunta. ¿Acaso no le temes a las alturas?
            -Les temo mucho, -me dijo con la voz quebrada-, pero este era el lugar indicado para encontrarnos, aquí es adonde me trajo tu corazón.
            Asentí con la cabeza como si comprendiera las cosas incomprensibles de ese mundo y con la mano me despedí de mi demonio, el demonio de los miedos pasados.
            Bajé del monte sintiendo en el corazón un abismo más profundo que el abismo de Aubaf. Liagiba me esperaba impaciente, al mirarla sentí una tristeza dolorosa y extrañé profundamente a Manora. Liagiba notó mi tristeza y me dijo:
            -¿Qué pasa amor? ¿Qué no ves que la felicidad nos llama a gritos y por nuestros nombres? Veo que no has triunfado en la altura de este monte, has bajado peor de tu alma que cuando subiste, ¿qué ha pasado?
            -Lo siento Liagiba, pero tengo que regresar al puerto de Larra y arreglar unos episodios de mi vida, si no los arreglo nunca podremos ser felices. Esto estorbara en nuestro camino, compréndeme, debo volver.
-Está bien, yo respeto tus decisiones. Arregla tus asuntos y vuelve por mí. Lucha por nosotros, si allá no hay nada para ti sabes que acá te estaré esperando.
Esa tarde arreglé mis pertenencias, alisté mi barco y me dispuse a lanzarme al mar para regresar a Larra. Liagiba lloró copiosamente y me dijo que me esperaba pronto. Yo la abracé, le di un beso y subí a mi barco con el corazón paralizado de dolor. Rápidamente alisté a mi barco para zarpar, leve el ancla y partí a la profundidad de mi viejo amigo el mar. Nuevamente estaba solo en las aguas del mar.
            Lentamente Karelez se quedó atrás, en el muelle, una mano y un rostro, bañados en llanto me decían adiós. Esa imagen se fue empequeñeciendo hasta que desapareció, entonces miré hacia enfrente, tenía muchas cosas que arreglar en la vida para poder forjar un buen futuro. Eran obstáculos difíciles de brincar, debía destruirlos desde sus cimientos.
            Mi mirada solamente veía agua a donde quiera que se dirigía y buscaba con miedo y esperanza una nube en el cielo que indicara la proximidad de una tormenta, tal vez, con un poco de suerte, vería a el único demonio que deseaba ver, al demonio de mi muerte.
            Mi mirada se posó en el horizonte, el sol se ocultaba y el cielo negro renacía en mi corazón. No tenía idea de lo que habría de venir en mi futuro, nuevamente sería el mar quién decidiera mi destino. Yo era un dragón, Liagiba un ave. ¿Qué armonía puede existir?

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