Un día
desperté y vi que Manora no estaba a mi lado. Presuroso busqué por toda la
isla, pero ella y Leimara no estaban allí, tampoco sus pertenencias ni el bote
de emergencias. Mi corazón explotó en tristeza, había luchado tanto para
recuperarlas y se habían marchado de mi lado sin decir tan siquiera adiós. ¡Que
injusticia de la vida era esa! Todo el
esfuerzo de luchar contra mis demonios para nada. Se habían ido de todas
maneras.
Tal vez… pensé tantas posibilidades
sin fundamentos que sólo me llevaban al autoengaño. No existía duda alguna, mis
amadas mujeres por las que tanto había luchado me abandonaron en la soledad de
mi isla. Me sentí vacío, nada, polvo en las penumbras, una luz en donde no
había ojo que mirara, una insignificancia.
Los días transcurrieron sin sentido.
Mi soledad invadía todo en la isla, las aves dejaron de cantar, las plantas se
secaron, los riachuelos que antes corrían alegres hasta encontrarse con el mar
se transformaron en desiertos, las nubes siempre estaban sobre mi isla y el sol
jamás se asomaba. Todo era confuso, no alcanzaba a comprender el porque de las
cosas, yo había cambiado en verdad, había dejado atrás a mis demonios, había
luchado mucho por regresar y después del triunfo sólo encontré abandono y una
nueva traición.
Tiempo después, cuando el rencor
estaba a punto de transformar en costra vieja mi corazón, decidí ir en busca de
algo nuevo, de un nuevo amor, de una vida nueva. Inconscientemente iría en
busca de Manora y Leimara, sabía donde estaban, pero el miedo de la verdad me
carcomía la vida. Tomé mis pertenencias y mi barco y comencé mi viaje rumbo al
puerto de Larra. No sé lo que pueda encontrar, pero tomé el riesgo de empezar
de nuevo. Siempre será mejor arriesgarse a caer de nuevo que nunca volverse a
levantar. Dejé la isla de mi salvación,
esa isla que tanto amé, ya no había nada para mí en ella, ya solo era una roca
infértil sobre el mar.
El viaje fue largo y solitario,
durante él, pensé en mil cosas. Pensé en regresar a mi isla y morir en soledad;
tal vez la venganza de los que me habían herido era mi mejor opción; una vida
totalmente nueva, como si hubiera nacido otra vez. Muchas cosas pensé
en la soledad
de mi viaje.
Varios eternos días después divisé a la distancia el puerto
de Larra, mi corazón comenzó a dar brincos violentamente, entre la emoción y el
miedo parecía que quería salir corriendo lejos de mi pecho. La duda me invadió
por completo, envuelto en dolor, odio, rencor y tantos otros sentimientos que
se iban y venían constantemente de mi alma. Sin embargo, el viaje había sido
largo y doloroso, ya estaba cerca de Larra y no podía volver a la soledad de mi
isla. Nuevamente obligué a mi alma a avanzar hacia el temor, no había opción.
Casi podía tocar el puerto con mi
mano cuando de pronto, de la nada, apareció una terrible nube que centellaba
sin parar y derramaba pesadas gotas de agua fría. La tempestad fue dura pero de
corta duración. En cuanto la nube desapareció me di cuenta de que mi barco
estaba seguro en el puerto de Larra. La tormenta fue en el centro de mi alma.
Tomé las escasas pertenencias que
llevaba conmigo y dejé atrás a mi fiel barco. (Era el único ser, animado o
inanimado, que sabía ser fiel conmigo.) Comencé a caminar por el puerto de
Larra tratando de reconocer cada rincón y agolpando recuerdos que creía
olvidados. Cada esquina, cada plaza, cada persona traía un recuerdo de un pasado entre la niebla. Sin embargo, más que
viejos recuerdos buscaba a mis amadas mujeres con más miedo que esperanza
dentro de mi corazón.
Pronto recorrí el puerto de Larra,
pues era pequeño, y un instante después, estaba parado frente a mi antiguo
refugio, lo que alguna vez fue mi hogar junto a la playa estaba casi en ruinas.
La derruida puerta de madera se abrió repentinamente y del interior de las
ruinas salieron Luar y Ave con una gran sonrisa en los labios y muchas lágrimas
en los ojos. Inmediatamente se abalanzaron hacia mí, llenándome de abrazos y de
besos. El tiempo sin vernos había sido muy largo y hacía años que esperaban mi
regreso.
-Bienvenido hijo mío. –Dijo mi Padre
Luar mientras se buscaba una sonrisa-.
-Bienvenido pedazo de mi vida. –Dijo
mi Madre Ave mientras me besaba la frente-.
Luar, despejando la humedad de sus
ojos, me dijo:
-Hijo, hace tiempo que esperábamos
con ansia tu regreso. Estás aquí gracias a Dios, al Dios Todopoderoso que ha
escuchado las plegarias de los que te amamos. Somos felices al tenerte en
nuestros brazos, sin embargo, podemos ver que tu alma está desecha y que la
tristeza empaña la belleza de tus ojos, sentimos que tu corazón palpita a un
ritmo cercano al de la muerte y que el rencor es tu dominio. Cuéntanos de tu
dolor a nosotros que te dimos la vida y tal vez seamos capaces de dártela de
nuevo.
Mi Madre Ave asintió con la cabeza,
me tomó de la mano y dijo:
-Cuéntanos tu pena y deshazte de
ella. Aquí estamos para salvarte del dolor. Tómate fuerte de nosotros que jamás
te hemos de causar daño alguno.
-Mi historia es larga y penosa,
-dije con la voz cortada-. Tomen asiento y escúchenme con atención.
Les conté a mis amados Padres la
historia de mi vida desde que salí de casa y lloraron, lloraron como aquel día
en que abandonamos a Tena en la oscuridad. Lloramos juntos durante toda la
noche, hasta que el sueño nos venció.
El claro y variado canto de un
cenzontle me despertó. La luz del sol ya dominaba cada rincón de la casa, era
extraño, su interior seguía siendo hermoso, aún más bello que antes, sólo su
exterior se había derrumbado. Yo me quedé relativamente tranquilo en mi cama,
que parecía estarme abrazando. Mil pensamientos invadieron mi mente, malos
pensamientos que perturbaban mi escasa paz. En ese momento entró mi Padre Luar
y me invitó a recorrer toda la casa. Cada cuarto estaba limpió y hermoso, los
cuadros en su lugar y los muebles muy bien conservados. Ya casi no recordaba la
belleza de mi hogar. Al estar mirando el interior precioso de mi antiguo hogar,
recordé un canto que entonaba en la playa desierta de mi isla:
“Fui la sed de la tierra y la sequedad del
mar, fui el humo del viento y la caída de la verdad, fui la ruina del tiempo y
el martirio de mi humanidad.
Hasta
que se me permitió ver más allá de las estrellas, romper los moldes que tenía
por disfraz y seguir mi propio camino.
Antes
no miraba al cielo, me disfrazaba con los moldes de la sociedad y seguía los
caminos que me indicaban.
Ahora
digo basta, ya no más, miraré a las estrellas y hasta donde pueda mirar, adiós
a los moldes impuestos, ahora seré quien soy, no más caminos indicados, seguiré
mi propio camino, eso será lo mejor.
Mi
espíritu es libre, mi alma es feliz. Y así seré hasta el día en que tenga que
volver a mi hogar.”
Recordé
mi canto y entendí que mentía. Mi Padre Luar me sacó de mi trance de
pensamientos con unas palabras que herirían más a mi lastimado corazón:
-Hijo
mío, esta casa es bella por dentro y su exterior se ha derrumbado, así lo
decidimos tu Madre y yo, como símbolo de la desesperanza que nos causó la
pérdida de nuestros hijos. Ahora que has vuelto, esta casa, su exterior, será
reconstruido hasta quedar igual de hermoso por dentro y por fuera. Tú, querido
hijo Mohamed, eres igual que está casa, solamente que al inverso, tu exterior
es hermoso como siempre, pero tu interior se ha derrumbado por la pérdida de lo
amado, pero cree, pronto encontraras un nuevo amor y una nueva vida y tu
interior será reconstruido hasta ser tan hermoso como tu exterior. Así es la
vida, un constante girar, a veces estás arriba, otras veces abajo. Pronto
estarás de nuevo en la cúspide.
-Padre,
agradezco tus buenos deseos, pero no he venido a buscar una nueva vida y un
nuevo amor, lo que he venido a buscar, a recuperar, es la vida y el amor que
tenía en mi isla. Vine por Manora y Leimara. He de recuperarlas aunque se me
vaya la vida en ello.
En
ese momento se acercó a nosotros mi Madre Ave con llanto en los ojos y con su
voz enlutada me dijo:
-Hijo,
me duele hasta el alma decirte esto, no conocemos a Leimara, pero a Manora sí,
la hemos visto y ya no te pertenece, ahora es de otro hombre. Ella rehizo su
vida en otro camino, ya no es tuya.
El mundo se derrumbó hacia mi
interior, mi corazón explotó en mil pedazos, las tormentas traicioneras
circundaban mi mente y mis antiguos demonios que creía muertos hacían una ronda
burlona a mi alrededor. Todo había terminado para mí, prefería a la muerte que
a la soledad y el dolor. Corrí desenfrenado al cuarto y me encerré en una
profunda depresión. Era el fin de mi camino, el destino me había alcanzado. Lloré
como lloré por Tena, aunque eran muertes y amores diferentes. Mi cama se inundo
de lágrimas.
Ignoro cuanto tiempo estuve encerrado en mi
dolor. Un día, tomé valor de mis recuerdos y decidí buscar a Manora y hablar
con ella. Salí a las calles tratando de recordar el lugar donde vivía y pensé
que allí la podía encontrar. El tiempo no fue cruel conmigo y muy pronto me
encontraba enfrente de la puerta de la casa de Manora. La mano me temblaba al
intentar tocar y la respiración se me aceleraba, tenía mucho miedo de lo que
iba a encontrar detrás de esa puerta. Un tembloroso golpe en la puerta, nadie
abrió. Un segundo golpe un poco más firme, nadie abrió. Más golpes y nada. Ya
me iba de ese lugar creyendo que estaba solo y convencido de volver a la mañana
siguiente cuando la puerta se abrió. Era Manora, tan hermosa como siempre pero
con un hálito de tristeza en la mirada.
-Mohamed,
tú, ¿qué? No…
Un
suspiro hondo brotó de sus labios mientras temblaba como si muriera de frío.
Ella dio unos pasos hacia mí y me abrazó fuertemente. Yo la abracé como al
tesoro más preciado y mis lágrimas se escurrían por los rizos de su pelo. Mi
idea era decirle todo el rencor y dolor que su traición me habían dejado, pero
sólo fui capaz de abrazarla y de llorar.
-Pasa
a mi casa, -dijo y me tomó de la mano-.
Entramos
a la casa y nos sentamos en un sillón. La miré de frente, pero ella fue incapaz
de sostenerme la mirada, la agachó al suelo y llorando me dijo:
-Perdóname, no entiendo que ha pasado
en mi mente, tu actitud violenta y mi soledad en la isla me llenaron de
tristeza y los recuerdos del pasado me llamaban a gritos. Creí amar a lo que ya
había olvidado y creí odiar a lo que tanto he amado. Huí cobardemente y ahora
estoy con él, con mi viejo pasado y estoy planeando mi futuro junto a él. Por
favor Mohamed, perdóname y busca una nueva vida para ti. Te lo mereces, pero ya
no guardes rencor ni silencio. Transfórmate.
-Pero yo te amo, quiero estar
contigo y con Leimara. –Le dije en
tonta súplica-.
-¿Leimara? Olvídate de ella, tan
sólo fue un hermoso sueño o una parte de tu locura. Date cuenta Mohamed,
Leimara nunca nació y nunca existirá entre nosotros. Es mejor que te vayas a
buscar una nueva vida sin mí. Reconstruye tus sueños en otro lugar. Deja ya tus
alucinaciones, tus sueños son sueños, no se han materializado, yo me cansé de
vivir en tus sueños.
Salí de la casa de Manora envuelto
en odio, me había quitado todo lo que tenía, incluidos mis sueños y esperanzas.
Sin embargo, estaba dispuesto a recuperarlos en otro lugar, con otras personas.
Me decidí a que nadie me volvería a dañar nunca más. También comprendí que en
verdad todo había sido una mentira de mi mente, mi deseo de Leimara era tal que
lo inventé todo y lo volví real en mi mente.
En esos momentos sentía que mis
demonios estaban más vivos que nunca y que me seguían de cerca, pero no
permitiría de ninguna manera que volvieran a controlar mi vida. Ya no, estaba
completamente decidido a no caer en lo de antes, debía buscar una nueva vida y
hacer realidad mis fantasías.
Tal vez era hora de comenzar una
vida totalmente nueva, de continuar con la vida que dejamos después del
naufragio que me llevó a esa isla donde conocí a Manora y a mi locura. Tal vez
era tiempo de iniciar un nuevo camino sin tantas piedras y espinas, sin
oscuridad disfrazada de luz. Era el momento de buscar que mis sueños dejaran de
serlo y se transformaran en realidad. Leimara sólo había sido parte de mi
locura, pero no tenía porque seguir siendo así. Pensé que era el momento de
regresar a lo que amaba antes del naufragio, mis fieles amigos, los caballeros
del miedo tenían que estar en algún lugar y podía encontrarlos, tal vez podría
ir a sus islas, y recordé, especialmente, a aquella mujer que había sufrido las
mismas traiciones que yo y que siempre había sido mi fiel compañera. Ella era Liagiba, no sabía nada de ella, pero tal vez
continuaba viviendo en el lejano puerto de Karelez. Era hora de tomar mi bote y
buscar mi felicidad. Ella siempre fue una tierna ave y yo un fiero dragón, sin
embargo, alguien me enseñó, que el ave y el dragón pueden ser fieles aliados.
Mi pensamiento se sostuvo en Karelez y en Liagiba, pronto encontraría mi
destino. Nuevamente el mar sería el medio para llevarme a donde debía estar.
Alisté
las pocas cosas que tenía conmigo y provisiones para el viaje. Mis Padres,
inmediatamente supieron del dolor que me agobiaba y se entristecieron al saber
que me iba nuevamente de casa. Fue muy larga la espera de verme llegar y muy
pronta la hora de verme partir otra vez.
-No
se preocupen, -les dije-, pronto volveré, voy en busca de mi felicidad y
regresaré siendo un nuevo ser. Esta vez no es una fuga de casa, volveré, lo
prometo. Ustedes serán muy felices porque cuando regrese seré otro, feliz, completo,
sin lágrimas ni dolor. Sin demonios.
Mi
Madre Ave sonrió y me dijo:
-Encuentra
tu camino, nosotros te esperaremos con el mismo amor de siempre.
Mi
Padre Luar asintió con la cabeza y me abrazó.
Mi
barco estaba listo para zarpar rumbo a Karelez, sería un viaje largo y
solitario, no estaban Tena ni Odranoel para acompañarme, tampoco los caballeros
del miedo y mucho menos Manora. Esta vez, tendría que navegar en completa
soledad por las peligrosas aguas del mar. Mi temor había desaparecido, estaba
conciente que era peligroso pero pensaba que el mar y sus traiciones eran
incapaces de destruirme.
Me
despedí de mis Padres y comencé el viaje lleno de esperanzas de encontrar a
Liagiba y junto a ella una nueva vida llena de felicidad y amor sincero. Los
primeros días de viaje fueron tranquilos, miraba al horizonte con los ojos
cargados de ilusiones, pero la soledad, tarde o temprano te carcome la vida. Me
acompañaban las olas del mar; se negaban a abrazar mi alma. Estaba conmigo el
viento; nunca quiso besar mis labios. El amanecer y el atardecer guiaban mi
camino; no pudieron ser mis amigos. Las estrellas me sonreían en la noche;
jamás se atrevieron a darme un consejo y ser mis amigas. La luna me miraba y
lloraba; no quiso quitarme mi soledad. La inmensidad del mar y del cielo
abrumaba más mi soledad. Sentía, por instantes, que dos eternidades me miraban
inmutables, un universo azul oscuro debajo de mi barco y un universo negro con
millares de puntos blancos encima de mi cabeza. Ambos sin importarle lo que
sentía en mi corazón.
Entre tormentas de agua y de dolor
pasaron los días, y una mañana, a la distancia divisé el monte de Aubaf, aquel
monte que había causado un gran dolor a mi vida, me dolió verlo, mas no le
guardé rencor porque en ese momento simbolizaba mi esperanza y no mis viejas
heridas. Pronto, estaba anclando en el puerto de Karelez. Mi nuevo destino
estaba cerca, podía sentirlo en la profundidad
de mi corazón. Ya estaba en el suelo antiguo de Karelez, era hora de
encontrar a Liagiba y recuperar todo lo que la traición me había robado.
La vida es extraña, grité su nombre
al viento, un grito en silencio y diez minutos después, ella estaba parada
frente a mí. La miré como un sueño difuso, como un lejano destino, mi alma se
llenó de una paz indescriptible y mi corazón de una felicidad dolorosa. Era la
misma pero tan diferente, yo era el mismo, igual que siempre.
-¿Eres tú Mohamed? Rey del cielo
negro. ¿Qué haces aquí? ¿A que has venido? Serás real u otro de mis sueños, ¿te
esfumarás al amanecer?
-He venido ha buscarte y junto a ti
mi paz.
Ella sonrió, me abrazó fuertemente y
al oído me dijo:
-He estado esperando este momento
toda mi vida, todos mis sueños eran contigo. Hoy estoy tan feliz porque mi
sueño se ha cumplido. Quiero disfrutarte, ser felices y olvidar el dolor que
nos ha dañado en el pasado. Es como si en este día muriéramos y naciéramos
siendo uno. Complot del cielo, del destino, de la vida misma, que con aguas
mansas nos ha hecho naufragar al uno en el otro.
-Mi vida ha sido terrible, -le dije
con sinceridad, mirándola a los ojos-, llena de oscuridad y traición, sin
embargo, quiero ser feliz, deseo encontrar la paz y el amor sincero. Estoy
seguro que a tu lado encontraré todo esto y muchas cosas más. Si tú me aceptas
podremos ser muy felices. ¿Qué respondes?
-Claro que te acepto, toda una vida
le pedí a Dios que un día llegaras a amarme, aquí estás. Seamos felices y
compartamos nuestras vidas. El pasado ya no importa, sólo el presente y el
futuro que vendrá en una ola de mar.
Nos fundimos en un fuerte abrazo y
un beso selló nuestro encuentro.
Tomé mis pertenencias y nos fuimos a
la casa de Liagiba, ahí descansé por
varias horas del largo viaje, después recobré las fuerzas con una rica
comida. El resto del día nos dedicamos a recorrer los viejos recuerdos. Las
viejas calles de Karelez nos vieron caminar de nuevo, tomados de la mano
recorrimos la antigüedad de esas calles de piedra, observamos la majestuosidad
de sus dioses y respirábamos profundamente su aire puro, tan puro, que mis pulmones
sangraron. Me sentía feliz en Karelez en compañía de Liagiba, que hasta ese
momento era la única mujer que había sido capaz de amarme con sinceridad.
Tristemente, debo admitir que sentía una mirada pesada desde la altura del
monte Aubaf, estaba seguro de que uno de mis terribles demonios me esperaba en
esa altura y me llamaba en un susurro, me negaba a escucharlo pero su voz era
cada vez más fuerte. Era extraño que desde esa altura me llamara un demonio,
pues a los demonios no les gusta la altura.
La noche pronto llegó y nos fuimos a
dormir.
-Quédate conmigo esta noche, -le
dije a Liagiba en tono de suplica-.
Estaba seguro de que ella se iba a
negar pues su moral era algo que yo respetaba en gran manera, pero para mi
sorpresa ella acepto quedarse a mi lado durante toda la noche. Lo inevitable
entre dos personas que se atraen y están en la soledad y oscuridad de la noche
es que se fundan en un solo cuerpo. Nuestros cuerpos se unieron en un rito de
pasión, lamentablemente debo admitir que mi alma no se fundió al alma de
Liagiba, ella creyó con la emoción del amor, que sí.
-Te amo, te amo, como ninguna mujer
te ha amado jamás. Este es el momento más feliz de mi vida, quisiera capturarlo
en un segundo y volverlo eterno, quisiera volar hasta el cielo y cantarle un
himno a mi felicidad, desearía volver a nacer y volverte a amar. Mi corazón va
a explotar. Estoy tan plenamente llena de ti, extasiada de tus besos, inmersa
en tu sabor. Soy tuya para siempre.
Mis oídos escuchaban con cierta
emoción esas palabras y mis ojos se cerraban ante el cansancio del sueño. Pero
fui incapaz de pronunciar las palabras que a ella le hubiera encantado
escuchar.
-Hasta mañana Liagiba, -dije y cerré
ese capitulo de mi vida con un beso en sus labios-.
-Hasta mañana mi amor, -dijo ella
después del beso-.
La mañana llegó después de una noche
de pesadillas. Pesadamente nos levantamos del lecho y tomamos un baño.
-Acompáñame al templo, -dijo
Liagiba-, vayamos a adorar a Dios.
Acepté sin mucho gusto. Toda mi vida
había estado más cerca de mis demonios que de Dios. De ese Dios que sentía
lejano y molesto conmigo, pero aún así, acepté ir con la mínima esperanza de
encontrar un poco de paz para mi alma. No fue así, la ansiedad invadió mi
pútrida alma. Temblaba de frío como pocas veces y sentía que mis demonios me
miraban con recelo a la distancia, al templo no podían entrar, pero estaban
cerca, después de todo ellos sabían que yo culpaba a Dios por todas mis
tragedias. Ese día pasó muy lentamente, pero como todo en la vida ese día también
se fue.
La mañana siguiente era esperada con
gusto, ese día visitaría dos lugares de suma importancia para mí. El interior
de la Madre más
rica de la tierra y el monte de mis desdichas. La profundidad del centro de la
tierra nos recibió con una gran sonrisa y disfruté de sus maravillosas
historias de piedra y metal, recorrimos el centro de la tierra y sus aguas
sulfurosas nos dijeron adiós o hasta pronto. Salimos de la profundidad y la luz
del astro rey nos cegó por un instante. De allí volamos en las alas de un ave
que todo lo observa hasta la inmensa altura del monte Aubaf. El escalofrió
invadió mi cuerpo en cuanto llegamos al monte. Desde abajo observaba las rocas
de mi desesperación y los nefastos recuerdos de aquella mujer de nombre
olvidado llegaban a mi mente como bestias desbocadas. Liagiba notó mi
desesperación y quiso ayudarme. Yo no quería ayuda, estaba solo en mi lucha
contra mis demonios pasados. Esos dolores se llevan en lo profundo y no se
muestran a nadie.
-Discúlpame Liagiba, necesito subir
un momento a la altura de las rocas de Aubaf, solo, para luchar con mi demonio.
Si quieres puedes marcharte y te encuentro un poco más tarde. Esto es algo que
nadie inocente debe presenciar, tú, menos que nadie. No permitas que tu alma se
inmundice con estas voces del infierno.
-Lucha con fuerza y obtén tu
libertad. Rompe las cadenas de ese demonio que no te deja ser feliz. Yo, aquí
te espero con ansiedad, para amarte y caminar contigo por el resto del
camino.
-Gracias Liagiba, nunca podré
pagarte todo lo que has hecho por mí.
Ella se sentó a la distancia, allí
esperaría mi triunfo y mi retorno.
Comencé a escalar el monte Aubaf con
el temor al pasado en cada uno de los poros de mi cuerpo. Cada ranura en la
roca me traía un recuerdo nefasto y entre más cerca de la cumbre estaba más
temblaban mis huesos. Al llegar a la cumbre, una mano pálida y fría me sujetó,
me jaló con fuerza desprendiéndome de la roca y quedé colgando en el vació,
miré aterrado hacia arriba, vi al ser que me sujetaba, era una mujer de ojos
vacíos como el infinito, su cabello negro sangraba como un ser herido, sus
labios blancos dibujaban una sonrisa que aterraba hasta la profundidad de mi
valentía, su rostro inmutable aparentaba el paso de los siglos.
Con la voz quebrada por el miedo,
dije:
-Eres el fantasma de la vida que
injustamente tomé para muerte, eres la sombra del ser que solté al abismo de
estás rocas, eres la mujer que se volvió polvo por la alucinación de las mentes
oscuras, retorcidas y sedientas de amargo licor. Esto es justicia, el destino
me ha llevado al lugar exacto donde debo estar, si es tu voluntad, suelta mi
mano y pronto nos veremos en tu mundo o en alguna otra vida. Merezco estar
plasmado en sangre en el abismo de esta roca. Ser tu alma gemela en estas
muertes tan falsas.
La mujer fantasma rió
estridentemente y me subió a la cumbre del monte Aubaf.
-No soy un fantasma. Tú y tu miedo
es lo que han querido ver, yo tomé la forma que tú quisiste. En realidad soy
algo peor que un fantasma, soy tu demonio, el demonio de los miedos pasados.
Bien sabía que algún día vendrías a buscarme y me llevarías contigo dentro de
tu corazón. Juntos para siempre.
-Te equivocas terrible demonio, no
vine en tu búsqueda, vine a buscar el amor, la paz, la felicidad, vine a buscar
la medicina para la oscuridad de mi alma y el vació de mi corazón, vine y
encontré lo que buscaba, Liagiba me ofrendará la felicidad constantemente y
olvidaré a todos mis demonios. Mi vida será de paz, rodeado de la luz de los
ángeles. Eso es lo que vine a buscar.
El demonio se quedó en silencio como
si pensará profundamente. Su mirada se clavó en mis ojos y su voz se mutó a un
tono dulce pero tenebroso.
-Tu sueño es hermoso, pero estás
creando ilusiones donde sólo hay vacío. No encontrarás la felicidad aquí, con
Liagiba sólo encontrarás más dolor, más vacío. Amas a Manora, no te engañes,
debes olvidar tu pasado para poder forjarte un futuro, si no olvidas el pasado
nunca podrás dejar de vivir en él. Tú sientes un gran cariño por Liagiba pero
no la amas como mujer. Sólo te vas a dañar más y la vas a dañar a ella. No te
mientas más, has venido huyendo de tu destino, has venido en busca de tu
doloroso pasado.
-Tal vez tengas razón, pero sé que
si me esfuerzo podré cambiar eso y forjarme un bello futuro.
-No lo sé. Inténtalo si quieres,
pero no vivas con los ojos cerrados. Vete por favor de mi montaña y recuerda,
muy pronto nos volveremos a ver, tú, yo y el resto de tus terribles demonios.
-Espera, -le dije-, debo hacerte una
pregunta. ¿Acaso no le temes a las alturas?
-Les temo mucho, -me dijo con la voz
quebrada-, pero este era el lugar indicado para encontrarnos, aquí es adonde me
trajo tu corazón.
Asentí con la cabeza como si
comprendiera las cosas incomprensibles de ese mundo y con la mano me despedí de
mi demonio, el demonio de los miedos pasados.
Bajé del monte sintiendo en el
corazón un abismo más profundo que el abismo de Aubaf. Liagiba me esperaba
impaciente, al mirarla sentí una tristeza dolorosa y extrañé profundamente a
Manora. Liagiba notó mi tristeza y me dijo:
-¿Qué pasa amor? ¿Qué no ves que la
felicidad nos llama a gritos y por nuestros nombres? Veo que no has triunfado
en la altura de este monte, has bajado peor de tu alma que cuando subiste, ¿qué
ha pasado?
-Lo siento Liagiba, pero tengo que
regresar al puerto de Larra y arreglar unos episodios de mi vida, si no los
arreglo nunca podremos ser felices. Esto estorbara en nuestro camino,
compréndeme, debo volver.
-Está
bien, yo respeto tus decisiones. Arregla tus asuntos y vuelve por mí. Lucha por
nosotros, si allá no hay nada para ti sabes que acá te estaré esperando.
Esa
tarde arreglé mis pertenencias, alisté mi barco y me dispuse a lanzarme al mar
para regresar a Larra. Liagiba lloró copiosamente y me dijo que me esperaba
pronto. Yo la abracé, le di un beso y subí a mi barco con el corazón paralizado
de dolor. Rápidamente alisté a mi barco para zarpar, leve el ancla y partí a la
profundidad de mi viejo amigo el mar. Nuevamente estaba solo en las aguas del
mar.
Lentamente Karelez se quedó atrás,
en el muelle, una mano y un rostro, bañados en llanto me decían adiós. Esa
imagen se fue empequeñeciendo hasta que desapareció, entonces miré hacia
enfrente, tenía muchas cosas que arreglar en la vida para poder forjar un buen
futuro. Eran obstáculos difíciles de brincar, debía destruirlos desde sus
cimientos.
Mi mirada solamente veía agua a
donde quiera que se dirigía y buscaba con miedo y esperanza una nube en el
cielo que indicara la proximidad de una tormenta, tal vez, con un poco de suerte,
vería a el único demonio que deseaba ver, al demonio de mi muerte.
Mi mirada se posó en el horizonte,
el sol se ocultaba y el cielo negro renacía en mi corazón. No tenía idea de lo
que habría de venir en mi futuro, nuevamente sería el mar quién decidiera mi
destino. Yo era un dragón, Liagiba un ave. ¿Qué armonía puede existir?
No hay comentarios:
Publicar un comentario