Una madrugada fui preso del insomnio. Al no poder dormir me subí al
techo de mi casa y desde ahí podía contemplar perfectamente las luces de la
ciudad y las luces del cielo. Un momento miraba las luces de la ciudad y en
otro momento miraba las estrellas. Entonces pensé en la increíble similitud que
tienen los hombres y las estrellas. Sí, aunque no lo crean, los hombres y las
estrellas son muy parecidos, como almas gemelas.
Pensé:
Las
estrellas resplandecen allá en lo alto, son distantes, tan lejanas que no las
puedo tocar y ellas no me pueden ver ni oír, al igual que los hombres que me
rodean.
Pensé:
Algunas
estrellas tienen brillo propio, más sin embargo algunas sólo reflejan la luz de
otras, pues ellas carecen de luz y sólo se escudan en la luz de otras, así,
igual a algunos hombres que no brillan, pero reflejan la luz de otros.
Pensé:
Algunas
de esas estrellas ya han muerto, pero sigo viendo su refulgente luz a pesar de
la distancia, del tiempo y de la muerte, algunos hombres son así, sus cuerpos
han desaparecido de la vista, pero su luz sigue guiando en la oscuridad.
Pensé:
Deben de existir
estrellas que no dejan ver su luz, tal vez acaban de nacer y aunque su luz sea
la más brillante del universo, todavía no
la puedo ver, también hay hombres así, su luz brilla como
el fuego pero el mundo no ha sido capaz de verla aún.
Pensé.
Las
estrellas son hermosas y forman un conjunto equilibrado en el universo, jamás
cruzan sus caminos, ni se aman las unas a las otras, ni se ayudan en los
momentos difíciles, ni hablan con las demás estrellas, igual a los hombres,
somos parte de un mismo todo, pero jamás cruzamos nuestros caminos y si lo
hacemos es para destruir.
Todo
esto pensé en la madrugada de esclavitud del insomnio y el sol me libertó, pero
me fui triste con mis pensamientos porque entendí que la única diferencia entre
los hombres y las estrellas es que las estrellas le comparten su luz a todo el
universo y los hombres sólo a si mismos.
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