Un instante un poco más largo que un latido y un poco más profundo que
un suspiro. Una gota de sudor despertó a mis ojos arrancándome de la pesadilla
tan sólo para darme un instante de terror. Frente a mi cama estaba el ángel de
la muerte.
-No temas, -me dijo-. No he venido a
besar tus labios con el beso de la muerte, ni a envolver tu cuerpo con el manto
del olvido. Tan sólo he venido a regalarte un racimo de estrellas a cambio de
una daga en el corazón. He venido a obsequiarte un mensaje de amor en la luna a
cambio del veneno en el alma.
-¿Qué deseas de mí? ¡Oh terrible
ángel de la muerte!
-Quiero mostrarte la sabiduría que
se esconde detrás de las cruces, que se
entierra en los sepulcros, que habita en los cementerios.
El ángel de la muerte me llevó en
sus negras alas hasta un cementerio. Ese lugar era horrible, la yerba no se
había cortado en años, tal vez en siglos. Las espinas cubrían a las cruces
derruidas por el tiempo y la tierra sepultaba a los sepulcros. Las tumbas
viejas se caían a pedazos y en todo el cementerio no había ni una sola flor.
Todo era viejo, oxidado y destruido en aquel horrible cementerio.
-Este es el cementerio de los
condenados, -dijo el ángel de la muerte con voz de llanto-. Aquí está sepultado
el lascivo, aquel que piensa en su propio placer sin importarle nada más.
También está el sepulcro de los traidores,
aquellos que han
clavado espinas en
los corazones que los amaban. Más allá está la lápida del envidioso, ese
que siempre quiso lo que no era suyo.
También
está el sepulcro del orgulloso, del ladrón, del perverso y de otros muchos que
se entregaron al mal. En el último rincón del cementerio está el sepulcro del
asesino, del asesino de cuerpos, de almas y de sueños. Como podrás ver, este
cementerio y sus sepulcros está en el abandono, nadie viene a visitarlos ni a
traerles flores.
El ángel de la muerte me envolvió
entre sus negras alas mientras yo miraba la escena en silencio. Pronto, el
ángel me llevó hasta otro cementerio. A diferencia del anterior, este
cementerio era hermoso dentro de lo que cabe. El pasto estaba hermoso, las
flores perfumaban el aire y llenaban de color al día, las cruces y las estatuas
de mármol embellecían un lugar triste. Todo era bello en el cementerio,
incluyendo a los cientos de personas que con sonrisas en los labios visitaban a
sus seres amados que descansan en el cementerio.
-Este es el cementerio de los
benditos, -dijo el ángel de la muerte con voz de canto-. Aquí está sepultado el
bondadoso, ese que dio todo lo que tenía a cambio de nada. También el amoroso,
aquel que amó a todos y todo a su alrededor. También está el sepulcro de los
sabios, de los amables, de los pacificadores y de todo ser bueno que ha salvado
a un cuerpo, a un alma o a un sueño. Como podrás ver este cementerio es hermoso
porque sus muertos son hermosos y hay muchas personas que vienen a visitarlos y
a traerles flores de mil colores.
Después de observar el cementerio de
los benditos, el ángel de la muerte me llevó de vuelta a casa.
-¿Para que me has mostrado esto?
–Pregunté con miedo-. Acaso besarás mis labios con el mortal beso de la
muerte, envolverás mi cuerpo con
la tiniebla de tus alas, mandarás
al olvido mi vida con el fuego negro de tus ojos secos. ¿Qué quieres de mí?
El
ángel de la muerte sonrió con una sonrisa que me heló la sangre y tocando con
sus frías manos mi rostro asustado, me dijo:
-Tú me has amado como pocos lo han
hecho. Algún día vendré por ti pero todavía no es tiempo. Te mostré todo esto
para que entiendas que lo que seas en vida serás en muerte. Lo mostré para que
te esfuerces en ser de los benditos y siempre tengas flores en tu sepulcro y
más allá, la victoria final. Por eso te mostré mis secretos.
El ángel de la muerte desapareció de
mi vista y se fue en busca de las almas que tengan que marchar al olvido. En su
partida me dejó un racimo de estrellas y un mensaje de amor en la luna.
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