Creí que éramos invencibles, como estatuas de acero. Creí que el viento
no podría movernos. Creí que el viento sería incapaz de derretirnos. Creí que
el agua no nos erosionaría. Pero que equivocado estaba, caímos como hoja de
otoño, como gota de lluvia.
Yo
te decía, y tú me contestabas:
-Te
amo.
-No
hables.
-Dame
la mano.
-La
distancia me es insuficiente.
-Acaríciame.
-No
puedo.
-Abrázame.
-Me
da miedo.
-Bésame.
-Mis
labios están secos.
-Ámame.
-Me
es imposible.
-¿Acaso
es que el amor por mí ha muerto?
-¿Cómo
podrá morir lo no nato?
-Ni
siquiera me miras.
-Mis
ojos ven en tu misma dirección.
-Mentira.
-No
entiendes.
-En
absoluto.
-Me
voy.
-Te
veré luego.
-Nunca.
-Siempre.
-Adiós.
-Hasta
luego.
Así
caímos, como lágrimas tristes. Pero que importa, si del caer aprendemos a
caminar y de la ignorancia nos volvemos sabios.
Después
de un tiempo nos encontramos detrás del humo, después de caer y levantarnos de
nuevo.
Yo
te dije y tú me contestaste:
-Te
dije que te vería luego.
-Yo
nunca deje de verte.
-Me
rechazaste.
-No
es cierto.
-Te
dije te amo y me callaste, rechazaste mi mano, la caricia, el abrazo y el beso.
No me amaste jamás.
-No
entiendes.
-Nada.
-¿Cómo
puedo decir que te amo viviendo tu misma vida? ¿Cómo tomar mi propia mano,
abrazar mi cuerpo, acariciarme y besar mis labios? Siempre te he amado desde el
nunca hasta el jamás.
-Me
confundes.
-Sólo
calla y hazme tuya como siempre lo he sido.
De
la caída nació una flor, eso nos transforma en invencibles.
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