martes, 14 de febrero de 2012

CAP 12 LA MUERTE DE LA LUZ


Mis ojos impacientes se clavaban en el horizonte en espera del puerto de Larra. Sabía que tenía que arreglar algunas cosas, pero no sabía como. La soledad era grande en mi barco, estaba completamente solo en la inmensidad del mar. Una mañana, al despertar, note que había cambiado el rumbo de mi barco. Me dirigía hacia un lugar no deseado.
            -No puede ser, -pensé-. Todas las amarras quedaron en su lugar y no existe una explicación lógica para el cambio de rumbo.
            En ese momento escuché un ruido que provenía de la popa del barco. Corrí hacia ese lugar pensando en que algo se había quebrado, pero al llegar, ¡OH terrible sorpresa! Todos mis demonios estaban reunidos en mi barco, todos, menos el más buscado por mi alma, el demonio de mi muerte no estaba ahí. Como siempre, se hacia el ausente y mandaba a sus tropas infernales.
            -¿Qué hacen aquí? Largo de mi barco terribles demonios. Ya los destruí y los saqué de mi alma, no volverán a mi vida, váyanse, no quiero verlos ni hablar con ustedes. Deben ser un producto de mi mente.
            Los demonios se quedaron inmutables. Sus secos y penetrantes ojos me miraban con un halito de ternura, si es que me permiten expresarlo así. No dijeron nada, solamente colocaron sus dedos índices en los labios pidiéndome silencio. Les obedecí. Después de todo, ¿Qué puede hacer un simple mortal de corazón duro contra la fortaleza de los demonios de su alma?
            Así fue el resto del viaje, mi soledad y mis demonios, sin tormentas ni peligros. Al parecer los demonios me protegían de otros demonios, tal vez, eran mis ángeles de la guarda. Mis pensamientos eran una mezcla nauseabunda de dolor, amor, odio, ternura, rencor, amistad, muerte, vida, incertidumbre, deseos, pesadillas, sueños. En mi memoria pasaban mil recuerdos, la muerte de Tena, el amor desinteresado de Liagiba, la locura de Odranoel, mi nacimiento en la oscuridad del cielo negro, mi guerra contra los demonios, el encuentro con los caballeros del miedo, el naufragio, la luz de los ojos de Manora, mis  recuerdos  nublados  de  Leimara,   mi  victoria  sobre  mis miedos y complejos, la visita de las islas, la traición, el renacimiento de mis tristezas, el apoyo de Ave y Luar, la búsqueda de la nueva vida, el día en que encontré el amor de nuevo y mi tormentosa soledad. Como hubiera deseado naufragar en ese momento y que el poderoso mar fuera mi sepulcro, sin embargo, el demonio de mi muerte me había abandonado, no sería en medio de ese mar, tendría que esperar a que el reloj de arena se consumiera.
            Pronto divisé a la distancia el puerto de Larra, por fin había llegado de nuevo a casa. (O como se diga). Junto a mí estaban los demonios que miraban hacia el puerto con la misma expectación que yo, era como si un evento de suma importancia para ellos se acercará galopando por el valle. Llegamos a Larra, anclé el barco y descendí casi sin fuerzas de él. Buena sorpresa me esperaba, allí estaban Siry y Omem. Los dos me abrazaron fuertemente y me dieron la bienvenida. Yo sabía que podía contar con ellos en cualquier situación.
            -Que bueno que estás aquí, -dijo Omem-. Hace tiempo que no te veíamos. Yo estoy de visita por breve tiempo y me gustaría charlar contigo de algunas cosas de suma importancia en nuestras vidas.
            -Gusto en verte Mohamed, -dijo Siry-. A mi también me da gusto verte, hace horas que esperábamos tu llegada. Te has retrasado un poco en el viaje.
            -Gracias por venir caballeros, me lleno de satisfacción al saber que aún tengo amigos que me aprecian y se preocupan por mi. Llegué tarde por un contratiempo insignificante que tuve en el traslado. (No podía decirles que mis demonios habían desviado mi barco).
            -Tu Madre Ave nos contó que habías ido a Karelez en busca de una nueva vida, cuéntanos como te fue. –Dijo Omem-.
            -Que les puedo decir. Renací en el distante mundo del ayer y la insatisfacción de mi alma se mudo de mascara. No puedo dejar de ser la criatura que soy, metamorfosis de la luz que se esconde en las tinieblas de mi corazón. Encontré lo que buscaba, pero no me dio lo que esperaba. Llené el vació con un vació más grande, perdí de vista la verdadera razón del sentimiento y forniqué en los caminos recorridos. Me encontré con demonios mudos que antes hubieran gritado en mi oído. Perdí  inmediatamente  lo que  hallé.  He vuelto en busca de otra oportunidad al lado de lo que sé que amo o deseo con pasión, ya no lo sé. Aquí estoy, inmediatamente desvelado de alma y corazón entre la lama y la oscuridad que poseen mi alma. Ustedes son los únicos que pueden comprenderme. Seré amor o costumbre, pasión o ternura, no lo sé, eso es lo que debo descubrir. He de enterrar mis pasados antes de renacer los futuros. ¿Amor o costumbre? O tal vez miedo a la soledad, eso puede ser.
            Omem me tomó de los hombros y con voz queda me dijo:
            -Te comprendemos, sin embargo, la vida ha cambiado y como tus hermanos que somos nos vemos obligados a decírtelo, Manora sólo ha jugado con tu corazón, date cuenta, aléjate, no dejes que te destruya hasta el núcleo de tu espíritu. No permitas que ella abra las puertas de tu alma a los demonios que antes has vencido y en peligro a otros tantos. Se fuerte Mohamed, el rey del cielo negro no puede perecer ante la traición de una mujer. Olvídala, ya vendrá en tu camino un amor puro y fuerte, el verdadero.
            Siry fue más duro en sus palabras:
            -Deshazte para siempre de esa mala mujer. Arrójala al infierno del que provenimos. Después de todo, cualquier mujer es igual, no vale la pena que sufras y suframos por que ella es una…
            Antes no me hubiera importado destruir su vida como ella me la estaba destruyendo, pero en verdad sentía un inmenso amor por ella dentro de mi corazón, después de todo ella había salvado mi vida en la soledad de mi isla y me había enseñado a soñar. Escuché a Siry y a Omem, pero no guardé sus palabras, otra vez me ganaba mi necedad, como quien ciento de veces resbala por el mismo agujero.
            -Tal vez tengan razón hermanos del alma, voy a comprobar sus palabras. Tal vez las cosas surjan bien y recupere lo que alguna vez fue mío y si no pasa eso quedaré en la misma devastación en la que estoy ahora.
            Omem meneo la cabeza, tal vez estaba pensando que lo que decía no tenía nada que ver con sus comentarios, y dijo:
            -Esa es tu decisión Mohamed, atente a las consecuencias. De cualquier manera aquí estaremos siempre los caballeros del miedo para ayudarte y apoyarte. Que el cielo te de su paz y su bendición. 
            Siry no dijo nada, solamente estrechó mi mano y se fue cabizbajo.
            Regresé a casa y me encontré de nuevo con mis Padres, les conté de Liagiba y se pusieron felices pues le tenían un gran cariño. Por supuesto que omití mis verdaderos sentimientos y algunas otras cosas que habían sucedido durante mi estancia en Karelez  y el viaje.
Esa misma noche fui en busca de Manora, estaba dispuesto a desnudar mi alma por completo, tal vez recuperaría lo que tanto amé, tal vez no, pero ese era un riesgo que iba a correr, ya no tenía nada que perder, tal vez tampoco nada que ganar.
La encontré, tal linda como siempre, ella al verme suspiró y se arrojó a mis brazos, me apretó fuertemente como si quisiera fundirme a su cuerpo.
-Te amo, -le dije con la voz quebrada-.
-Yo también te amo, -me dijo llorando-. Pero lo nuestro ya es imposible. He sabido que fuiste en busca de Liagiba y que ya es tu mujer, yo misma pertenezco a otro hombre. Tarde me di cuenta de que nunca dejé de amarte. Te perdí y me duele en el alma. Es el peor error que he cometido en toda mi vida y sé que por siempre me arrepentiré.
-Aún estamos a tiempo de salvar nuestro amor. Podemos huir juntos,  lejos de todos y de todo. Olvidar lo que pasó, ignorar lo que somos, luchemos como antes lo hemos hecho, no rindamos nuestras fuerzas a la derrota y al dolor eterno, no quiero vivir la vida con ese remordimiento.
-No, ya basta de lastimar corazones. Debes intentarlo con Liagiba, yo lo intentaré con mi pasado. Sólo quiero pedirte un último favor.
-Dime cual es y con gusto lo haré.
-Quiero sentirte como antes. Ámame profundamente como lo que es, la última vez.
-No lo sé. Tal vez eso nos dañe más a ambos. Déjame… yo… está bien, te veo mañana en la noche.
El día fue muy largo, la impaciencia carcomía cada uno de los poros, pero por fin, llegó la noche. Manora me dio un beso en los labios cuando nos vimos y me llevó a un lugar secreto.
En la noche, estando Manora y yo en soledad, en el lugar secreto, me acerqué a ella y, toqué,  con el corazón de mi mente a la luna,  entré, por su calida y dulce tersura, mas no me detuvo, me susurro al oído, no te detengas, soy toda tuya, y explotó el invierno en mis manos, el fuego en mis labios, el sueño en mi piel. Entre su boca y mi boca un segundo, entre su ardor y mi ardor un dolor. Escalé con mis dientes sus cumbres, se aferró con sus uñas a mí. Ella un grito, yo un mar de sudor. Ella la vida, yo su amor.
            La noche nos envolvió como nunca antes lo había hecho, el amor creció aún más. Le tuve que decir:
            -Te amaré aunque no sea la paz, te amaré cuando acabe de amar. Te amaré, te amaré si estoy muerto, te amaré al día siguiente además. Te amaré, te amaré como siento, te amaré con adiós con jamás. Te amaré, te amaré junto al viento, te amaré como único ser, te amaré hasta el fin de los tiempos, te amaré, y después... te amaré. Más si es pecado amar, amaré a este pecado, porque fue lo que vino a dar luz al yo cansado.
            El sudor corría por la piel de ambos y el éxtasis nos cubría de hondos suspiros, lamentablemente, no estábamos solos en aquel rito de pasión, mis demonios observaban todo, en silencio. En cuanto terminamos de amarnos me atacaron y poseyeron mi alma. Mi mirada penetrante se clavó en los ojos sumisos de Manora, las dudas, el rencor y el odio se apoderaron de mis pensamientos. Estábamos completamente desnudos de cuerpo y alma, por lo tanto, Manora se dio cuenta de la transformación de mi mirada y la mutación de mi rostro de inmediato y tuvo gran temor dentro de su corazón, ella conocía mejor que nadie mi furia y mi maldad, temía por su vida. Me miró aterrorizada y comenzó a temblar. Intentó apartarse de mí, pero yo la tenía bien sujeta de los brazos.
           -¿Qué te pasa Mohamed? Me estás asustando.
           Mi lucha para expulsar a los demonios de mi interior era fiera, en silencio les gritaba que me dejarán en paz en ese momento tan hermoso en que estaba amando a Manora. Eran inoportunos y perversos.
            -Te dejaremos por hoy, disfruta este momento porque no habrá más placer en tu espíritu nunca más. –Dijeron en coro los demonios y se fueron de ahí riendo estrepitosamente-.
            -No pasa nada Manora, no tengas miedo, no te haría daño jamás. Te amo más que nunca. Solo fue un lapso de miedo en mi alma.
            Limpie de su rostro el llanto de miedo y la besé con la fuerza de mi alma. Acaricié cada rincón de su dulce cuerpo y fuimos un solo ser durante toda esa noche. Cuando llegó el momento de despedirnos sentí un dolor dentro de mí.  Sabía que no volvería a verla. Era un punto sin retorno para el resto de nuestras vidas. Esa historia tendría escrito un fin, no más paginas que escribir.    
            -Adiós, -le dije-, con el llanto ahogado en la garganta.        -Adiós, -me dijo-, con la vista perdida en mi mirada.           
            Di media vuelta y emprendí el viaje más solitario, peligroso y difícil de mi vida, el viaje de su corazón hacia mi tristeza eterna. Ella me detuvo del brazo y temblando me dijo:  -No te vayas. Intentémoslo de nuevo, rescatemos nuestro amor.
            -Manora, estás segura de lo que dices, que va a pasar con el hombre que es tu dueño y con Liagiba.
            -No lo sé, sólo sé que es contigo con quien quiero estar. Dejemos que pase un tiempo y terminamos esas relaciones, entonces unimos nuestras vidas para siempre.
            Estuve de acuerdo, yo lo deseaba. Salimos como ladrones del lugar secreto que había servido de cuna de amor y cada uno se fue por su rumbo ya sin sentir el miedo abrasador en el alma, eso había sido cambiado por el temor de la incertidumbre. 
            El tiempo pasó, Manora y yo nos veíamos de vez en cuando a escondidas, nos besábamos, nos acariciábamos, hacíamos el amor. Pero ella seguía junto a él y yo escuchaba la voz de Liagiba a la distancia que decía:
            -Ven dios del amor a mi alma, extraño hasta la turbación de tus huesos y la oscuridad de tu alma. Deseo verter mi sangre en tus labios y el elixir de mi vida en tu piel. Quiero que poseas mi espíritu como en aquella madrugada de luna escasa y que revientes mis entrañas con tu rictus de dolor. Ven oscuro dios del amor o voy a ti.
            Yo guardaba silencio a esas palabras, amaba a Manora, es cierto, pero sentía un cariño de hermanos por Liagiba y no podía destrozar su corazón, ese sería un pecado sin perdón, sería como destrozar mi propio corazón.
            Una mañana desperté muy temprano y fui a la playa, tenía tiempo que no contemplaba la majestuosidad del ser que regía mi vida, me estaba olvidando de él por andar jugando a los amantes secretos, un juego que no tendría ganador salvo la burla de los demonios y el desamor. Me senté en la arena y contemplé al mar.
            -¡OH poderoso mar! Si pudieras mostrarme el camino que debo elegir. Dime; conservar la pureza de un corazón sincero  y  sacrificar  mi  camino de  dolor;  arriesgar  la  vida en donde antes la he perdido. Dime gran mar y obedeceré el grito de tus olas. ¿Qué camino debo seguir? El amplio camino de la desolación o el corto y angosto camino de la perversión.      
            La respuesta del mar no se hizo esperar. Allá, a lo lejos, donde el cielo y el mar se confunden apareció un pequeño punto oscuro, era un barco. Lentamente se acercó al puerto, con impaciencia lo esperaba, estaba deseoso de no sé que cosa. El barco ancló en el puerto de Larra. Que impresión, de él bajó Liagiba. Al verme sonrió y me dijo:
            -Que bueno que has venido a esperar mi llegada, mi corazón le comunicó a tu corazón que pronto estaríamos juntos y un poder maravilloso del cosmos nos ha unido en las arenas de este mar. Es la señal del cielo, debemos estar juntos por la eternidad. ¿No lo crees así?
            Mi voz no pudo ser escuchada, únicamente la abracé y la besé en los labios. Durante largos segundos estuvimos en silencio hasta que por fin mi voz lo rompió.
            -Vamos a casa, tenemos mucho por hacer.
            Mis Padres Luar y Ave se pusieron felices al ver a Liagiba, en parte porque sentían un gran cariño por ella y también porque sentían que sería la salvación a mi tristeza. Después de que Liagiba descansó de su largo viaje la llevé a conocer los mejores lugares del puerto de Larra. Curiosamente, Larra y Karelez son puertos muy similares, llenos de historia y naturaleza hermosa. Fuimos a la altura del cerro de Asem Anetna desde donde se alcanza a ver la cordillera de todos los montes nevados a un lado y al otro el majestuoso desierto que se transforma en mar, también se observa una pequeña montaña rocosa llamada monte Aleum que es uno de los símbolos de Larra. También fuimos al centro de Larra, una antigua tumba que dio riqueza y fama al puerto pero que también sepultó a muchos de sus habitantes. Liagiba estaba maravillada con lo que miraba y se veía feliz, cada vez que podía me abrazaba y me besaba con gran ímpetu, estaba feliz, eso era un manjar dulce para ella, me da pena decirlo, pero para mí no  lo era,  extrañaba a  Manora,  sus  besos,  sus caricias,  su olor, su calor, su mirada a veces inexpresiva y, para que continuar con esa tortura. Después fuimos a leer la historia en la antigüedad de la roca, un libro aún no terminado. También la llevé a conocer el olvido de los héroes de antaño y la puerta que mira hacia lo que fue con su rostro triste y hacia lo que será con su rostro alegre mientras el presente mira en silencio con su rostro entre la niebla. Fueron buenos momentos en la vida de Liagiba y extraños en la mía, debería estar feliz, tenía lo que le había pedido al cielo pero me sentía incompleto en mi alma, Liagiba notó lo extraño de mi ser, mas no se atrevió a decir nada. Mientras recorría estos lugares al lado de Liagiba, yo miraba a todos lados en busca de Manora, tal vez sería algo terrible para ella verme con Liagiba al igual que lo hubiera sido para mí verla con su pasado. (Eso jamás sucedió). Liagiba notó mi inquietud, pero la pureza de su alma no le permitió inquirir reproche alguno.
            La noche pronto llegó. A la distancia escuché la voz de Manora que decía:
            -Sé de su presencia, te han visto tomado de su mano acompañándote por los caminos que tú y yo ya hemos recorrido. Debo confesar; los celos se apoderan de mi alma; ella roba lo que es mío. Vuelve a mí, si te digo que te amo es porque estoy segura de que te amo. Tus besos son dulces como el de ningún otro, tu aroma me llena de placer y estar a tu lado me hace feliz como nunca. Vuelve a mi lado y vayamos unidos al final de nuestra historia.
            La voz de Manora se clavó en mi corazón como espina y lo hizo latir de nuevo. En verdad deseaba estar con ella por el resto de mi vida, estaba dispuesto a olvidar la traición del pasado, yo estaba seguro de que juntos podríamos vencer los obstáculos que se presentaran.
            Al día siguiente llevé a Liagiba a cada uno de los centros de comunicación al cielo, ella era feliz en esos lugares, yo me sentía como un marinero a mitad del desierto. Liagiba me sentía cada vez más ausente y distante, los besos más ajenos y fríos, las palabras casi inexistentes. Todo yo como si fuera un fantasma desapareciendo lentamente del limbo.
            -¿Qué es lo que pasa amor?
            -No lo sé.
            -Dímelo Mohamed, no tengas miedo de abrir tu corazón.
            -No quiero hacerte sufrir Liagiba, tú has sido muy leal conmigo, has estado a mi lado siempre, apoyándome, amándome. Si seguimos juntos te voy hacer muy desdichada, debo confesarte que no he podido olvidar a Manora y te he sido infiel con ella. No merezco tu amor, tú mereces ser feliz al lado de un buen hombre. Tal vez debas alejarte de mí, conmigo solo encontraras un dolor terrible.
            -Pero yo quiero estar contigo, te puedo perdonar y seremos muy felices. No me alejes de tu lado nuevamente, hoy sí te presento el regalo. Sin ti nada soy, no podré seguir en la vida.
            -Es que no entiendes, quiero intentarlo con ella, la amo. Voy a correr el riesgo de vivir a su lado.
            Liagiba agachó la cabeza y comenzó a llorar copiosamente. Hubiese querido que me gritara llena de enojo y que golpeara mi rostro gritándome odio, pero no hizo eso, por el contrario, me abrazo y me dijo que ella estaría siempre junto a mí. Ella se fue llorando, yo me quedé a orillas del mar mirando como se iba para siempre. Mis piernas flaquearon y caí de rodillas en la arena y sin conciencia mi dedo escribió en la arena:
            “Mereces el dolor que venga a tu corazón.”
            Mejor hubiese sido que me aborreciera a muerte, pero su alma buena no tenía cabida para esos sentimientos. No hubo reproches, ni laceraciones, solo amor sin condición.
            Los días siguientes fueron difíciles para mí, me dolía el alma y sentía que mis demonios me observaban muy de cerca desde su mundo invisible. No podía dejar de pensar en Liagiba y en el dolor que la había causado. Esos días estuve al lado de Manora, pero era extraño, porque la sentía ajena, lejana, ella no era mía por completo. Los papeles se habían invertido, mi corazón presentía lo que venía.
            Una noche de un día que ya no recuerdo sucedió lo que tanto había temido. Manora, con lágrimas en los ojos, me dijo:
            -Perdóname Mohamed, el saberte con otra mujer me llenó de un sentimiento que no puedo explicar, pero tristemente me he dado cuenta de que por ti siento un gran cariño de hermanos y por él un amor de mujer a hombre. Lo siento, yo sé que te he hecho mucho daño pero me voy a ir con él. Tú puedes quedarte con Liagiba. Rehaz tu vida a su lado y yo haré lo mismo con él, esos son los caminos que debemos tomar, ese es nuestro destino que nos trajo una ola de mar.
            Mi corazón se endureció inmediatamente y mi mente se llenó de rencor. Tenía tantas cosas que decirle. Por el amor que siento por ella destrocé la vida de alguien que me ama a mí, perdí muchas cosas, parte de mi familia, mi fe, la amistad de muchos que predican en falso, a mis amigos, mi identidad, mi dignidad, mi alma, todo lo perdí por ella y lo único que puede decir es que me ve como un hermano. Quería gritarle todo esto, pero enmudecí y lloré por dentro. No porque mi alma se buena como la de Liagiba, sino por orgullo. Me fui en silencio, sabiendo que ese adiós mudo era el definitivo en la historia de Mohamed y Manora. No le reclamé nada, ni llore más por su traición. Aunque le envié mensajes diciéndole que ya nada me importaba de ella. Al olvido… 
            La escasa luz de mi alma se apagó. Nuevamente me había quedado en una inmensa soledad. Con el corazón destrozado lloré como nunca en medio de mi oscuridad. Lloro del alma, sin una lágrima.  Esa noche fue la muerte, la muerte de mi luz.    
            No podía dormir, mis pensamientos giraban a gran velocidad en mi mente. Manora me había dejado para siempre y yo había dejado a Liagiba, estaba solo, sin nadie que me diera su mano. Varias horas estuve dando vueltas en mi cama tratando de conciliar el sueño y lo logré, tarde, pero lo logré. No fue algo grato, pesadilla infame en mi mente.
            “Abro mis ojos, un cristal empaña mi visión, ¿qué es esto?  No me puedo mover, estas paredes de madera no me lo permiten. No entiendo lo que pasa, estoy acostado dentro de… ¿una caja?  Sí, es una caja de madera con un cristal frente a mi rostro. Y de pronto se asoma una cara, sus ojos están hinchados, ha llorado mucho, esta desencajado, clara muestra de un dolor profundo, es el rostro de mi Madre, después, la misma escena, es mi Padre. Así fueron pasando todos los que me rodean, cada uno de los caballeros del miedo, mis familiares, Liagiba, Odranoel y hasta Manora. Grito… nadie escucha, el grito se ahoga dentro de mi cuerpo, mis labios no se mueven. Intento patear y rasguñar la madera para que me escuchen y me saquen de ahí, pero mis pies y mis manos no responden. Estoy entumido, no siento nada, ni escucho, solo veo a todos los que se asoman a mi caja. De pronto, alguien a cerrado la tapa, todo es oscuro, inmensamente oscuro y callado y, ¿qué es ese ruido? ¿Son piedras? Lo son, caen fuertemente en la madera de mi caja, piedras, tierra. Percibo tenuemente un aroma, son flores. Esto no puede estar pasando. Me están sepultando vivo. Cierro mis ojos a la inconciencia y de repente, empiezo a atravesar el cristal y la madera, veo las flores aplastadas por la tierra, logro pasar por la tierra que ha rellenado un hueco en el suelo y salgo a la superficie, ahí están todos los que conozco, llorando, vestidos de negro. Trato de hablarles, de decirles que estoy ahí, no me he ido, pero nadie es capas de escucharme. Lentamente todos se van, cada quién a continuar su vida. Me he quedado solo entre un mar de cruces, contemplando mi nuevo sepulcro y de la nada, un escalofrió me recorre, miro hacia un lado, y ahí, junto a una cruz sin nombre, está parado mi demonio más amado, el demonio de mi muerte.
            -Te he esperado, -le digo-, que bien que llegaste a contemplar tu buena obra.
            Mi demonio de la muerte sonríe, se acerca a mí y al oído me dice:
            -No te hagas ilusiones, bien sabes que este no es tu tiempo, solo es un sueño…”
            Desperté bañado en sudor. Yo sabía que ese era mi deseo más grande, morir. Después de todo lo que había vivido no había nada para mí en la vida. También sabía que en esos días sería al último demonio que vería, mi muerte aún estaba lejos de nacer.   
            Todos esos días fueron terribles, la casa me parecía demasiado grande y llena de malos espíritus, nada me satisfacía, mis padres Luar y Ave sufrían al verme así. Ese era mi mundo en aquellos días de amargo sabor…

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