Mis ojos impacientes se clavaban en el horizonte en espera del puerto de
Larra. Sabía que tenía que arreglar algunas cosas, pero no sabía como. La
soledad era grande en mi barco, estaba completamente solo en la inmensidad del
mar. Una mañana, al despertar, note que había cambiado el rumbo de mi barco. Me
dirigía hacia un lugar no deseado.
-No puede ser, -pensé-. Todas las
amarras quedaron en su lugar y no existe una explicación lógica para el cambio
de rumbo.
En ese momento escuché un ruido que
provenía de la popa del barco. Corrí hacia ese lugar pensando en que algo se
había quebrado, pero al llegar, ¡OH terrible sorpresa! Todos mis demonios
estaban reunidos en mi barco, todos, menos el más buscado por mi alma, el
demonio de mi muerte no estaba ahí. Como siempre, se hacia el ausente y mandaba
a sus tropas infernales.
-¿Qué hacen aquí? Largo de mi barco
terribles demonios. Ya los destruí y los saqué de mi alma, no volverán a mi
vida, váyanse, no quiero verlos ni hablar con ustedes. Deben ser un producto de
mi mente.
Los demonios se quedaron inmutables.
Sus secos y penetrantes ojos me miraban con un halito de ternura, si es que me
permiten expresarlo así. No dijeron nada, solamente colocaron sus dedos índices
en los labios pidiéndome silencio. Les obedecí. Después de todo, ¿Qué puede
hacer un simple mortal de corazón duro contra la fortaleza de los demonios de
su alma?
Así fue el resto del viaje, mi
soledad y mis demonios, sin tormentas ni peligros. Al parecer los demonios me
protegían de otros demonios, tal vez, eran mis ángeles de la guarda. Mis
pensamientos eran una mezcla nauseabunda de dolor, amor, odio, ternura, rencor,
amistad, muerte, vida, incertidumbre, deseos, pesadillas, sueños. En mi memoria
pasaban mil recuerdos, la muerte de Tena, el amor desinteresado de Liagiba, la
locura de Odranoel, mi nacimiento en la oscuridad del cielo negro, mi guerra
contra los demonios, el encuentro con los caballeros del miedo, el naufragio,
la luz de los ojos de Manora, mis
recuerdos nublados de
Leimara, mi victoria
sobre mis miedos y complejos, la
visita de las islas, la traición, el renacimiento de mis tristezas, el apoyo de
Ave y Luar, la búsqueda de la nueva vida, el día en que encontré el amor de
nuevo y mi tormentosa soledad. Como hubiera deseado naufragar en ese momento y
que el poderoso mar fuera mi sepulcro, sin embargo, el demonio de mi muerte me
había abandonado, no sería en medio de ese mar, tendría que esperar a que el
reloj de arena se consumiera.
Pronto divisé a la distancia el
puerto de Larra, por fin había llegado de nuevo a casa. (O como se diga). Junto
a mí estaban los demonios que miraban hacia el puerto con la misma expectación
que yo, era como si un evento de suma importancia para ellos se acercará
galopando por el valle. Llegamos a Larra, anclé el barco y descendí casi sin
fuerzas de él. Buena sorpresa me esperaba, allí estaban Siry y Omem. Los dos me
abrazaron fuertemente y me dieron la bienvenida. Yo sabía que podía contar con
ellos en cualquier situación.
-Que bueno que estás aquí, -dijo
Omem-. Hace tiempo que no te veíamos. Yo estoy de visita por breve tiempo y me
gustaría charlar contigo de algunas cosas de suma importancia en nuestras
vidas.
-Gusto en verte Mohamed, -dijo
Siry-. A mi también me da gusto verte, hace horas que esperábamos tu llegada.
Te has retrasado un poco en el viaje.
-Gracias por venir caballeros, me
lleno de satisfacción al saber que aún tengo amigos que me aprecian y se
preocupan por mi. Llegué tarde por un contratiempo insignificante que tuve en
el traslado. (No podía decirles que mis demonios habían desviado mi barco).
-Tu Madre Ave nos contó que habías
ido a Karelez en busca de una nueva vida, cuéntanos como te fue. –Dijo Omem-.
-Que les puedo decir. Renací en el
distante mundo del ayer y la insatisfacción de mi alma se mudo de mascara. No
puedo dejar de ser la criatura que soy, metamorfosis de la luz que se esconde
en las tinieblas de mi corazón. Encontré lo que buscaba, pero no me dio lo que
esperaba. Llené el vació con un vació más grande, perdí de vista la verdadera
razón del sentimiento y forniqué en los caminos recorridos. Me encontré con
demonios mudos que antes hubieran gritado en mi oído. Perdí inmediatamente lo que
hallé. He vuelto en busca de otra
oportunidad al lado de lo que sé que amo o deseo con pasión, ya no lo sé. Aquí
estoy, inmediatamente desvelado de alma y corazón entre la lama y la oscuridad
que poseen mi alma. Ustedes son los únicos que pueden comprenderme. Seré amor o
costumbre, pasión o ternura, no lo sé, eso es lo que debo descubrir. He de
enterrar mis pasados antes de renacer los futuros. ¿Amor o costumbre? O tal vez
miedo a la soledad, eso puede ser.
Omem me tomó de los hombros y con
voz queda me dijo:
-Te comprendemos, sin embargo, la
vida ha cambiado y como tus hermanos que somos nos vemos obligados a decírtelo,
Manora sólo ha jugado con tu corazón, date cuenta, aléjate, no dejes que te
destruya hasta el núcleo de tu espíritu. No permitas que ella abra las puertas
de tu alma a los demonios que antes has vencido y en peligro a otros tantos. Se
fuerte Mohamed, el rey del cielo negro no puede perecer ante la traición de una
mujer. Olvídala, ya vendrá en tu camino un amor puro y fuerte, el verdadero.
Siry fue más duro en sus palabras:
-Deshazte para siempre de esa mala
mujer. Arrójala al infierno del que provenimos. Después de todo, cualquier
mujer es igual, no vale la pena que sufras y suframos por que ella es una…
Antes no me hubiera importado
destruir su vida como ella me la estaba destruyendo, pero en verdad sentía un
inmenso amor por ella dentro de mi corazón, después de todo ella había salvado
mi vida en la soledad de mi isla y me había enseñado a soñar. Escuché a Siry y
a Omem, pero no guardé sus palabras, otra vez me ganaba mi necedad, como quien
ciento de veces resbala por el mismo agujero.
-Tal vez tengan razón hermanos del
alma, voy a comprobar sus palabras. Tal vez las cosas surjan bien y recupere lo
que alguna vez fue mío y si no pasa eso quedaré en la misma devastación en la
que estoy ahora.
Omem meneo la cabeza, tal vez estaba
pensando que lo que decía no tenía nada que ver con sus comentarios, y dijo:
-Esa es tu decisión Mohamed, atente
a las consecuencias. De cualquier manera aquí estaremos siempre los caballeros
del miedo para ayudarte y apoyarte. Que el cielo te de su paz y su
bendición.
Siry no dijo nada, solamente estrechó
mi mano y se fue cabizbajo.
Regresé a casa y me encontré de
nuevo con mis Padres, les conté de Liagiba y se pusieron felices pues le tenían
un gran cariño. Por supuesto que omití mis verdaderos sentimientos y algunas
otras cosas que habían sucedido durante mi estancia en Karelez y el viaje.
Esa
misma noche fui en busca de Manora, estaba dispuesto a desnudar mi alma por
completo, tal vez recuperaría lo que tanto amé, tal vez no, pero ese era un
riesgo que iba a correr, ya no tenía nada que perder, tal vez tampoco nada que
ganar.
La
encontré, tal linda como siempre, ella al verme suspiró y se arrojó a mis brazos,
me apretó fuertemente como si quisiera fundirme a su cuerpo.
-Te
amo, -le dije con la voz quebrada-.
-Yo
también te amo, -me dijo llorando-. Pero lo nuestro ya es imposible. He sabido
que fuiste en busca de Liagiba y que ya es tu mujer, yo misma pertenezco a otro
hombre. Tarde me di cuenta de que nunca dejé de amarte. Te perdí y me duele en
el alma. Es el peor error que he cometido en toda mi vida y sé que por siempre
me arrepentiré.
-Aún
estamos a tiempo de salvar nuestro amor. Podemos huir juntos, lejos de todos y de todo. Olvidar lo que
pasó, ignorar lo que somos, luchemos como antes lo hemos hecho, no rindamos
nuestras fuerzas a la derrota y al dolor eterno, no quiero vivir la vida con
ese remordimiento.
-No,
ya basta de lastimar corazones. Debes intentarlo con Liagiba, yo lo intentaré
con mi pasado. Sólo quiero pedirte un último favor.
-Dime
cual es y con gusto lo haré.
-Quiero
sentirte como antes. Ámame profundamente como lo que es, la última vez.
-No
lo sé. Tal vez eso nos dañe más a ambos. Déjame… yo… está bien, te veo mañana
en la noche.
El
día fue muy largo, la impaciencia carcomía cada uno de los poros, pero por fin,
llegó la noche. Manora me dio un beso en los labios cuando nos vimos y me llevó
a un lugar secreto.
En
la noche, estando Manora y yo en soledad, en el lugar secreto, me acerqué a
ella y, toqué, con el corazón de mi
mente a la luna, entré, por su calida y
dulce tersura, mas no me detuvo, me susurro al oído, no te detengas, soy toda
tuya, y explotó el invierno en mis manos, el fuego en mis labios, el sueño en
mi piel. Entre su boca y mi boca un segundo, entre su ardor y mi ardor un
dolor. Escalé con mis dientes sus cumbres, se aferró con sus uñas a mí. Ella un
grito, yo un mar de sudor. Ella la vida, yo su amor.
La noche nos envolvió
como nunca antes lo había hecho, el amor creció aún más. Le tuve que decir:
-Te amaré aunque no
sea la paz, te amaré cuando acabe de amar. Te amaré, te amaré si estoy muerto,
te amaré al día siguiente además. Te amaré, te amaré como siento, te amaré con
adiós con jamás. Te amaré, te amaré junto al viento, te amaré como único ser,
te amaré hasta el fin de los tiempos, te amaré, y después... te amaré. Más si
es pecado amar, amaré a este pecado, porque fue lo que vino a dar luz al yo
cansado.
El sudor corría por
la piel de ambos y el éxtasis nos cubría de hondos suspiros, lamentablemente,
no estábamos solos en aquel rito de pasión, mis demonios observaban todo, en
silencio. En cuanto terminamos de amarnos me atacaron y poseyeron mi alma. Mi
mirada penetrante se clavó en los ojos sumisos de Manora, las dudas, el rencor
y el odio se apoderaron de mis pensamientos. Estábamos completamente desnudos
de cuerpo y alma, por lo tanto, Manora se dio cuenta de la transformación de mi
mirada y la mutación de mi rostro de inmediato y tuvo gran temor dentro de su
corazón, ella conocía mejor que nadie mi furia y mi maldad, temía por su vida.
Me miró aterrorizada y comenzó a temblar. Intentó apartarse de mí, pero yo la
tenía bien sujeta de los brazos.
-¿Qué te pasa Mohamed? Me estás
asustando.
Mi lucha para expulsar a los demonios de mi interior era fiera, en silencio
les gritaba que me dejarán en paz en ese momento tan hermoso en que estaba
amando a Manora. Eran inoportunos y perversos.
-Te dejaremos por hoy,
disfruta este momento porque no habrá más placer en tu espíritu nunca más.
–Dijeron en coro los demonios y se fueron de ahí riendo estrepitosamente-.
-No pasa nada Manora,
no tengas miedo, no te haría daño jamás. Te amo más que nunca. Solo fue un
lapso de miedo en mi alma.
Limpie de su rostro el
llanto de miedo y la besé con la fuerza de mi alma. Acaricié cada rincón de su
dulce cuerpo y fuimos un solo ser durante toda esa noche. Cuando llegó el
momento de despedirnos sentí un dolor dentro de mí. Sabía que no volvería a verla. Era un punto
sin retorno para el resto de nuestras vidas. Esa historia tendría escrito un
fin, no más paginas que escribir.
-Adiós, -le dije-, con
el llanto ahogado en la garganta. -Adiós,
-me dijo-, con la vista perdida en mi mirada.
Di media vuelta y
emprendí el viaje más solitario, peligroso y difícil de mi vida, el viaje de su
corazón hacia mi tristeza eterna. Ella me detuvo del brazo y temblando me dijo: -No te vayas. Intentémoslo de nuevo,
rescatemos nuestro amor.
-Manora, estás segura
de lo que dices, que va a pasar con el hombre que es tu dueño y con Liagiba.
-No lo sé, sólo sé que
es contigo con quien quiero estar. Dejemos que pase un tiempo y terminamos esas
relaciones, entonces unimos nuestras vidas para siempre.
Estuve de acuerdo, yo
lo deseaba. Salimos como ladrones del lugar secreto que había servido de cuna
de amor y cada uno se fue por su rumbo ya sin sentir el miedo abrasador en el
alma, eso había sido cambiado por el temor de la incertidumbre.
El tiempo pasó, Manora
y yo nos veíamos de vez en cuando a escondidas, nos besábamos, nos
acariciábamos, hacíamos el amor. Pero ella seguía junto a él y yo escuchaba la
voz de Liagiba a la distancia que decía:
-Ven dios del amor a
mi alma, extraño hasta la turbación de tus huesos y la oscuridad de tu alma.
Deseo verter mi sangre en tus labios y el elixir de mi vida en tu piel. Quiero
que poseas mi espíritu como en aquella madrugada de luna escasa y que revientes
mis entrañas con tu rictus de dolor. Ven oscuro dios del amor o voy a ti.
Yo guardaba silencio a
esas palabras, amaba a Manora, es cierto, pero sentía un cariño de hermanos por
Liagiba y no podía destrozar su corazón, ese sería un pecado sin perdón, sería
como destrozar mi propio corazón.
Una mañana desperté
muy temprano y fui a la playa, tenía tiempo que no contemplaba la majestuosidad
del ser que regía mi vida, me estaba olvidando de él por andar jugando a los
amantes secretos, un juego que no tendría ganador salvo la burla de los
demonios y el desamor. Me senté en la arena y contemplé al mar.
-¡OH poderoso mar! Si
pudieras mostrarme el camino que debo elegir. Dime; conservar la pureza de un
corazón sincero y sacrificar
mi camino de dolor;
arriesgar la vida en donde antes la he perdido. Dime gran
mar y obedeceré el grito de tus olas. ¿Qué camino debo seguir? El amplio camino
de la desolación o el corto y angosto camino de la perversión.
La respuesta del mar
no se hizo esperar. Allá, a lo lejos, donde el cielo y el mar se confunden
apareció un pequeño punto oscuro, era un barco. Lentamente se acercó al puerto,
con impaciencia lo esperaba, estaba deseoso de no sé que cosa. El barco ancló
en el puerto de Larra. Que impresión, de él bajó Liagiba. Al verme sonrió y me
dijo:
-Que bueno que has
venido a esperar mi llegada, mi corazón le comunicó a tu corazón que pronto
estaríamos juntos y un poder maravilloso del cosmos nos ha unido en las arenas
de este mar. Es la señal del cielo, debemos estar juntos por la eternidad. ¿No
lo crees así?
Mi voz no pudo ser
escuchada, únicamente la abracé y la besé en los labios. Durante largos
segundos estuvimos en silencio hasta que por fin mi voz lo rompió.
-Vamos a casa, tenemos
mucho por hacer.
Mis Padres Luar y Ave
se pusieron felices al ver a Liagiba, en parte porque sentían un gran cariño
por ella y también porque sentían que sería la salvación a mi tristeza. Después
de que Liagiba descansó de su largo viaje la llevé a conocer los mejores
lugares del puerto de Larra. Curiosamente, Larra y Karelez son puertos muy
similares, llenos de historia y naturaleza hermosa. Fuimos a la altura del
cerro de Asem Anetna desde donde se alcanza a ver la cordillera de todos los
montes nevados a un lado y al otro el majestuoso desierto que se transforma en
mar, también se observa una pequeña montaña rocosa llamada monte Aleum que es
uno de los símbolos de Larra. También fuimos al centro de Larra, una antigua
tumba que dio riqueza y fama al puerto pero que también sepultó a muchos de sus
habitantes. Liagiba estaba maravillada con lo que miraba y se veía feliz, cada
vez que podía me abrazaba y me besaba con gran ímpetu, estaba feliz, eso era un
manjar dulce para ella, me da pena decirlo, pero para mí no lo era,
extrañaba a Manora, sus
besos, sus caricias, su olor, su calor, su mirada a veces
inexpresiva y, para que continuar con esa tortura. Después fuimos a leer la historia
en la antigüedad de la roca, un libro aún no terminado. También la llevé a
conocer el olvido de los héroes de antaño y la puerta que mira hacia lo que fue
con su rostro triste y hacia lo que será con su rostro alegre mientras el
presente mira en silencio con su rostro entre la niebla. Fueron buenos momentos
en la vida de Liagiba y extraños en la mía, debería estar feliz, tenía lo que
le había pedido al cielo pero me sentía incompleto en mi alma, Liagiba notó lo
extraño de mi ser, mas no se atrevió a decir nada. Mientras recorría estos
lugares al lado de Liagiba, yo miraba a todos lados en busca de Manora, tal vez
sería algo terrible para ella verme con Liagiba al igual que lo hubiera sido
para mí verla con su pasado. (Eso jamás sucedió). Liagiba notó mi inquietud,
pero la pureza de su alma no le permitió inquirir reproche alguno.
La noche pronto llegó.
A la distancia escuché la voz de Manora que decía:
-Sé de su presencia,
te han visto tomado de su mano acompañándote por los caminos que tú y yo ya hemos
recorrido. Debo confesar; los celos se apoderan de mi alma; ella roba lo que es
mío. Vuelve a mí, si te digo que te amo es porque estoy segura de que te amo.
Tus besos son dulces como el de ningún otro, tu aroma me llena de placer y
estar a tu lado me hace feliz como nunca. Vuelve a mi lado y vayamos unidos al
final de nuestra historia.
La voz de Manora se
clavó en mi corazón como espina y lo hizo latir de nuevo. En verdad deseaba
estar con ella por el resto de mi vida, estaba dispuesto a olvidar la traición
del pasado, yo estaba seguro de que juntos podríamos vencer los obstáculos que
se presentaran.
Al día siguiente llevé
a Liagiba a cada uno de los centros de comunicación al cielo, ella era feliz en
esos lugares, yo me sentía como un marinero a mitad del desierto. Liagiba me
sentía cada vez más ausente y distante, los besos más ajenos y fríos, las
palabras casi inexistentes. Todo yo como si fuera un fantasma desapareciendo
lentamente del limbo.
-¿Qué es lo que pasa
amor?
-No lo sé.
-Dímelo Mohamed, no
tengas miedo de abrir tu corazón.
-No quiero hacerte
sufrir Liagiba, tú has sido muy leal conmigo, has estado a mi lado siempre,
apoyándome, amándome. Si seguimos juntos te voy hacer muy desdichada, debo
confesarte que no he podido olvidar a Manora y te he sido infiel con ella. No
merezco tu amor, tú mereces ser feliz al lado de un buen hombre. Tal vez debas
alejarte de mí, conmigo solo encontraras un dolor terrible.
-Pero yo quiero estar
contigo, te puedo perdonar y seremos muy felices. No me alejes de tu lado
nuevamente, hoy sí te presento el regalo. Sin ti nada soy, no podré seguir en
la vida.
-Es que no entiendes,
quiero intentarlo con ella, la amo. Voy a correr el riesgo de vivir a su lado.
Liagiba agachó la
cabeza y comenzó a llorar copiosamente. Hubiese querido que me gritara llena de
enojo y que golpeara mi rostro gritándome odio, pero no hizo eso, por el
contrario, me abrazo y me dijo que ella estaría siempre junto a mí. Ella se fue
llorando, yo me quedé a orillas del mar mirando como se iba para siempre. Mis
piernas flaquearon y caí de rodillas en la arena y sin conciencia mi dedo
escribió en la arena:
“Mereces el dolor que
venga a tu corazón.”
Mejor hubiese sido que
me aborreciera a muerte, pero su alma buena no tenía cabida para esos
sentimientos. No hubo reproches, ni laceraciones, solo amor sin condición.
Los días siguientes
fueron difíciles para mí, me dolía el alma y sentía que mis demonios me
observaban muy de cerca desde su mundo invisible. No podía dejar de pensar en
Liagiba y en el dolor que la había causado. Esos días estuve al lado de Manora,
pero era extraño, porque la sentía ajena, lejana, ella no era mía por completo.
Los papeles se habían invertido, mi corazón presentía lo que venía.
Una noche de un día
que ya no recuerdo sucedió lo que tanto había temido. Manora, con lágrimas en
los ojos, me dijo:
-Perdóname Mohamed, el
saberte con otra mujer me llenó de un sentimiento que no puedo explicar, pero
tristemente me he dado cuenta de que por ti siento un gran cariño de hermanos y
por él un amor de mujer a hombre. Lo siento, yo sé que te he hecho mucho daño
pero me voy a ir con él. Tú puedes quedarte con Liagiba. Rehaz tu vida a su
lado y yo haré lo mismo con él, esos son los caminos que debemos tomar, ese es
nuestro destino que nos trajo una ola de mar.
Mi corazón se
endureció inmediatamente y mi mente se llenó de rencor. Tenía tantas cosas que
decirle. Por el amor que siento por ella destrocé la vida de alguien que me ama
a mí, perdí muchas cosas, parte de mi familia, mi fe, la amistad de muchos que
predican en falso, a mis amigos, mi identidad, mi dignidad, mi alma, todo lo
perdí por ella y lo único que puede decir es que me ve como un hermano. Quería
gritarle todo esto, pero enmudecí y lloré por dentro. No porque mi alma se
buena como la de Liagiba, sino por orgullo. Me fui en silencio, sabiendo que
ese adiós mudo era el definitivo en la historia de Mohamed y Manora. No le
reclamé nada, ni llore más por su traición. Aunque le envié mensajes diciéndole
que ya nada me importaba de ella. Al olvido…
La escasa luz de mi
alma se apagó. Nuevamente me había quedado en una inmensa soledad. Con el
corazón destrozado lloré como nunca en medio de mi oscuridad. Lloro del alma,
sin una lágrima. Esa noche fue la
muerte, la muerte de mi luz.
No podía dormir, mis
pensamientos giraban a gran velocidad en mi mente. Manora me había dejado para
siempre y yo había dejado a Liagiba, estaba solo, sin nadie que me diera su
mano. Varias horas estuve dando vueltas en mi cama tratando de conciliar el
sueño y lo logré, tarde, pero lo logré. No fue algo grato, pesadilla infame en
mi mente.
“Abro mis ojos, un
cristal empaña mi visión, ¿qué es esto? No
me puedo mover, estas paredes de madera no me lo permiten. No entiendo lo que
pasa, estoy acostado dentro de… ¿una caja? Sí, es una caja de madera con un cristal
frente a mi rostro. Y de pronto se asoma una cara, sus ojos están hinchados, ha
llorado mucho, esta desencajado, clara muestra de un dolor profundo, es el
rostro de mi Madre, después, la misma escena, es mi Padre. Así fueron pasando
todos los que me rodean, cada uno de los caballeros del miedo, mis familiares,
Liagiba, Odranoel y hasta Manora. Grito… nadie escucha, el grito se ahoga
dentro de mi cuerpo, mis labios no se mueven. Intento patear y rasguñar la
madera para que me escuchen y me saquen de ahí, pero mis pies y mis manos no
responden. Estoy entumido, no siento nada, ni escucho, solo veo a todos los que
se asoman a mi caja. De pronto, alguien a cerrado la tapa, todo es oscuro, inmensamente
oscuro y callado y, ¿qué es ese ruido? ¿Son piedras? Lo son, caen fuertemente
en la madera de mi caja, piedras, tierra. Percibo tenuemente un aroma, son
flores. Esto no puede estar pasando. Me están sepultando vivo. Cierro mis ojos
a la inconciencia y de repente, empiezo a atravesar el cristal y la madera, veo
las flores aplastadas por la tierra, logro pasar por la tierra que ha rellenado
un hueco en el suelo y salgo a la superficie, ahí están todos los que conozco,
llorando, vestidos de negro. Trato de hablarles, de decirles que estoy ahí, no
me he ido, pero nadie es capas de escucharme. Lentamente todos se van, cada
quién a continuar su vida. Me he quedado solo entre un mar de cruces,
contemplando mi nuevo sepulcro y de la nada, un escalofrió me recorre, miro
hacia un lado, y ahí, junto a una cruz sin nombre, está parado mi demonio más
amado, el demonio de mi muerte.
-Te he esperado, -le
digo-, que bien que llegaste a contemplar tu buena obra.
Mi demonio de la
muerte sonríe, se acerca a mí y al oído me dice:
-No te hagas
ilusiones, bien sabes que este no es tu tiempo, solo es un sueño…”
Desperté bañado en
sudor. Yo sabía que ese era mi deseo más grande, morir. Después de todo lo que
había vivido no había nada para mí en la vida. También sabía que en esos días
sería al último demonio que vería, mi muerte aún estaba lejos de nacer.
Todos
esos días fueron terribles, la casa me parecía demasiado grande y llena de
malos espíritus, nada me satisfacía, mis padres Luar y Ave sufrían al verme
así. Ese era mi mundo en aquellos días de amargo sabor…
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