domingo, 26 de febrero de 2012

EL LIMOSNERO




Caminaba un día por el centro de la ciudad y vi a un limosnero.
-Probaré al limosnero, -pensé-.
Me acerqué a él y le dije:
-Si yo te doy esta moneda, ¿tú qué me darás?
-Te daré todo lo que tengo, -me dijo-.
Me pareció risible la declaración del limosnero. Le di la moneda y le pedí que me diera todo lo que me había ofrecido. El limosnero se paró del sucio suelo y me invitó a dar un paseo.
Caminamos hasta la orilla de la ciudad sin decir una sola palabra y en cuanto salimos al campo comenzó a decir:
-Mira los árboles, ellos son mi hogar. Siente el viento en tu rostro y respíralo, es la fuente de la vida. Ve la luz del sol y siente su calor, es mi lámpara y mi abrigo. En la noche, la luna y las estrellas se convierten en mis consejeras, míralas. Siente el contacto de las aguas del arroyo y bébelas, es el elixir de la vida. Ve las yerbas del campo, admíralas y cómelas, es el alimento que da fuerza. Contempla los animales del cielo, contempla a los animales de la tierra, y a los del arroyo, y aún a los que viven debajo del suelo, son mi familia. Cierra tus ojos y toca la mano de Dios, es mi Padre. Todo esto es lo que tengo y todo te lo doy.
-Te has burlado de mí, -le dije al limosnero-. Me has dado algo que no es tuyo y que es de todos. En cambio yo te di una moneda. ¡Muchas gracias señor limosnero!
El limosnero me miró y me dijo:
-Que equivocado estás. Yo te di mi hogar, mi fuente de vida, mi lámpara, mi abrigo, mi consejo, mi elixir, mi alimento, mi familia,  mi tiempo y mi Padre,  y todavía te  atreves a  decir que yo soy un limosnero. Yo te di todo lo que tengo y en cambio tú me diste lo que te sobraba. ¡El limosnero eres tú!

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