Caminaba un día por el centro de la ciudad y vi a un limosnero.
-Probaré
al limosnero, -pensé-.
Me
acerqué a él y le dije:
-Si yo
te doy esta moneda, ¿tú qué me darás?
-Te
daré todo lo que tengo, -me dijo-.
Me
pareció risible la declaración del limosnero. Le di la moneda y le pedí que me
diera todo lo que me había ofrecido. El limosnero se paró del sucio suelo y me
invitó a dar un paseo.
Caminamos
hasta la orilla de la ciudad sin decir una sola palabra y en cuanto salimos al
campo comenzó a decir:
-Mira
los árboles, ellos son mi hogar. Siente el viento en tu rostro y respíralo, es
la fuente de la vida. Ve la luz del sol y siente su calor, es mi lámpara y mi
abrigo. En la noche, la luna y las estrellas se convierten en mis consejeras,
míralas. Siente el contacto de las aguas del arroyo y bébelas, es el elixir de
la vida. Ve las yerbas del campo, admíralas y cómelas, es el alimento que da
fuerza. Contempla los animales del cielo, contempla a los animales de la
tierra, y a los del arroyo, y aún a los que viven debajo del suelo, son mi
familia. Cierra tus ojos y toca la mano de Dios, es mi Padre. Todo esto es lo
que tengo y todo te lo doy.
-Te has
burlado de mí, -le dije al limosnero-. Me has dado algo que no es tuyo y que es
de todos. En cambio yo te di una moneda. ¡Muchas gracias señor limosnero!
El
limosnero me miró y me dijo:
-Que
equivocado estás. Yo te di mi hogar, mi fuente de vida, mi lámpara, mi abrigo,
mi consejo, mi elixir, mi alimento, mi familia,
mi tiempo y mi Padre, y todavía
te atreves a decir que yo soy un limosnero. Yo te di todo
lo que tengo y en cambio tú me diste lo que te sobraba. ¡El limosnero eres tú!
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