Un sabio y su lacayo caminaban en una oscura noche por el bosque.
-Que noche tan tenebrosa, no puedo
ver más allá de mi conciencia, -dijo el lacayo-.
El sabio, caminando lentamente ante
la oscuridad y escuchando el sonido de sus pasos para no caer, dijo:
-La noche es bella si aprendes a ver
en ella y tras su velo se esconde la más maravillosa mañana.
Siguieron caminando y de vez en
cuando el sabio daba lecciones a su lacayo:
-Las estrellas son las sonrisas que
Dios puso en el cielo para salvar a los que viven en la oscuridad.
Silencio.
-Las sombras de la noche son guías
que nos llevan al silencio de los sueños y al descanso del cansancio.
Más silencio.
-La luna es el vigía que la Madre
naturaleza brindó a los extranjeros del día.
Un último silencio hasta que la
mañana llegó.
-Que día tan caluroso, me derrito
ante los poderosos rayos del sol, -dijo el lacayo-.
El sabio, disfrutando cada gota de
sudor y viendo siempre al frente del camino, dijo:
-El día es hermoso si aprendes a ver
en él y tras su fuego se esconde la más bella noche.
Continuaron
caminando en silencio hasta que el sabio preguntó:
-Lacayo, ¿qué quieres ser en la
vida?
-Quiero ser grande, -respondió sin
duda-. Quiero ser el más grande de todos los hombres.
El sabio, con toda la sabiduría que
el tiempo le había brindado, dijo:
-Para ser grande debes primero ser
pequeño. Mira esa pequeña planta, algún día, con mucho esfuerzo y sorteando
peligros, llegará a ser el árbol más majestuoso del bosque. Mira esa piedra, es
insignificante y muerta, pero en el futuro, con el esfuerzo, sudor y la sangre
de mil hombres llegará a ser un templo. Mira a los hombres, pequeños,
insignificantes a la inmensidad del universo, pero algún día será el tesoro del
cielo y del paraíso. Debes ser pequeño lacayo, muy pequeño y esforzarte
grandemente para llegar a ser grande.
El sabio y el lacayo continuaron su
camino en silencio como un par de diminutas hormigas en el más grande de los
universos.
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