Kire gritó como si hubiera visto la salvación a los ojos:
-“Nuestro
barco se ha recuperado del sueño, corramos a él y huyamos de esta isla maldita
hacia la libertad. Apresúrense caballeros del miedo, es momento de partir hacia
el mar, de ir a nuestro hogar.”
Todos
corrimos lo más rápido que pudimos y nos trepamos a las alas de nuestra
embarcación, izamos las velas, abrimos las alas, acomodamos cada cosa en su
lugar en un perfecto orden. Cada uno de nosotros tomó su puesto, uno en el
timón, otro en el cuarto de maquinas, otro... cada uno donde debía estar. Por
fin el jefe de los caballeros del miedo gritó:
-Eleven
las anclas y partamos hacia la libertad lejos de esta isla maldecida por la
violencia y sus demonios.
Y
huimos hacia la profundidad del mar.
La
embarcación cortaba al agua del mar en mil partes y avanzaba veloz hacia su
nueva libertad. Los caballeros del miedo admirábamos la belleza de las
profundidades y de las alturas y en silencio decíamos nuestras esperanzas de un
futuro mejor. Todos sonreíamos dentro de las almas, sin embargo nuestros
rostros seguían fríos, inmutables. Así era nuestra vida, pero de algo estoy
seguro, todos teníamos una alegría que desconocíamos y que jamás dijimos, tal
vez algunos de nosotros ni nos percatamos de esa alegría sino hasta muchos años
después.
Navegábamos
felices imaginando el día de llegar a nuestros hogares, pero el horizonte
miraba más allá de lo que nuestros ojos podían mirar. Una pequeña nube blanca
apareció a la distancia, y no le dimos importancia, después de todo habíamos
visto miles de nubes blancas en el horizonte. La nube crecía rápidamente y se
ennegrecía, y no le dimos importancia, eran miles las nubes negras que nos
habían atacado sin fortuna. El cielo se había oscurecido en su totalidad y la
voz del viento era ronca como la profundidad del océano, y no le dimos
importancia, era más importante ver a nuestros futuros que eventos repetidos.
Finas gotas de lluvia cayeron desde las negras nubes hasta la transparente
superficie del agua y el viento mecía nuestra embarcación como
Madre que acuna
a su hijo,
y no le
dimos importancia, después
de todo, de
la lluvia habíamos venido y
hacia la lluvia nos dirigíamos. Nuestra felicidad por volver a nuestro hogar era
tan grande, que encegueció nuestros ojos prohibiéndonos ver la tempestad que se
acercaba y ensordeció nuestros oídos negándonos escuchar la furia del monstruo
que nos acechaba desde lo alto del cielo, nuestra piel también fue
insensibilizada para que no pudiéramos sentir el fuego líquido caído de la nube
negra.
Extasiados
en nuestra felicidad no le dimos importancia a aquellas cosas. Un poderoso rayo
de luz rasgó el velo del viento en mil partes y su grito de dolor nos arrancó
bruscamente del éxtasis, eso nos hizo reaccionar y por primera vez en nuestro
viaje conocimos la
oportunidad de naufragar. Por primera vez nos sentimos
insignificantes ante un monstruo sin corazón. Vislumbramos nuestra única
derrota, pero aún así, ignorábamos la fatalidad de ésta y sus terribles
consecuencias.
Para cuando
entendimos lo que sucedía ya era demasiado tarde para salvarnos, el monstruo de
la tempestad había roto las alas de nuestra embarcación.
Las olas surcaban el
infinito océano de lado a lado, brincaban estrepitosamente por encima de
nuestro barco y movían nuestra embarcación como si fuera la más insignificante
hoja seca. La tempestad vomitaba sus lágrimas ferozmente formando una cortina
de acero y agua. El viento zumbaba como bestia herida y rasgaba la profundidad
de nuestros corazones de miedo. El rugido del mar era como el de un animal
hambriento y nosotros éramos su presa. Las nubes llenas de destellos de fuego
eran como ojos de muerte observando a los nuevos miembros de su tétrico club.
Los caballeros del miedo, más aterrados que nunca luchamos contra el monstruo
de la tormenta con todas nuestras fuerzas y
nuestra embarcación luchó como valiente caballero ante un dragón cien
veces más fuerte, pero el destino ya estaba escrito, así tenía que ser, la
embarcación perdió la batalla y nosotros fuimos las victimas de esa despiadada
guerra. El agua cubría nuestros ojos y no permitía ver las actividades que
tratábamos de realizar y el viento y las olas no permitían que pudiéramos
movernos. El mástil cayó como fino
palillo a la profundidad de las
aguas. Las velas
rasgadas por el
fúnebre viento fueron arrastradas sobre la piel del mar. Las
tablas del bote se partieron como insignificantes maderos y flotaban sobre las
violentas olas en mil direcciones al mismo tiempo. El acero poderoso de nuestro
barco crujía como presa asustada al ver a su depredador a los ojos. Para
culminar nuestros males y nuestros miedos el mar en su ira
nos llevó hasta
un arrecife que
destrozó el fondo
de nuestro fiel barco. El abdomen del barco se partió en dos, lentamente
se fue hundiendo, provocando un torbellino como el que me había llevado a Marus
pero inverso, éste absorbía hacia la profundidad del mar. Todos comenzamos a
huir del torbellino y a la distancia contemplamos, con la poca luz que los
relámpagos nos ofrecían, como se hundía nuestro barco. No tardó mucho en que la
última parte del barco se perdiera entre las aguas y quedó sepultado en el abismo oscuro del mar
para el resto de la eternidad.
La
embarcación, majestuosamente se fue hundiendo en las furiosas aguas del mar,
debajo de su piel, el fondo del lecho marino sería su tumba y lo aguardaba
pacientemente. Mientras el barco se hundía bajo la piel del mar el cielo dejó
de relampaguear y los truenos guardaron silencio en respeto al gladiador caído
en batalla. La proa del barco fue lo último que desapareció entre la oscuridad
de las aguas profundas, y la tormenta recobró sus fuerzas, pues su misión no
había concluido, el barco estaba destruido, pero sus tripulantes flotaban vivos
sobre la tersa y salvaje piel del mar. La tormenta debía destruirnos a todos
nosotros, no debía quedar rastro de los caballeros del miedo.
Nosotros
luchábamos desesperados contra las furiosas aguas y nos sosteníamos con lo que encontrábamos
al alcance de nuestras manos. La furia de la tempestad nos arrastraba de un
lado a otro del infinito mar. Cada cual para un lado, alejándonos cada vez más.
Las olas golpeaban nuestros cuerpos y el crujir de los huesos rotos se
escuchaban claramente entre los truenos. La sal del mar hinchó los ojos de los
caballeros del miedo hasta la ceguera, ahora también estábamos ciegos, tan
ciegos que no podíamos ver ni los rayos poderosos que iluminaban hasta el fondo
quieto del mar traidor. La tempestad fue cruel con nosotros, no tuvo ni la
menor compasión, aunque también debo
decir que fue incapaz de erradicarnos, éramos duros, no moriríamos tan
fácilmente.
Horas
después la tempestad cesó, pero nosotros ya flotábamos sostenidos de maderos
sobre la quietud hipócrita del mar, nos vimos a la distancia unos a otros, pero
no teníamos fuerzas para hablarnos o nadar hacia un mismo lugar, así que
dejamos que las corrientes internas de ese enorme ser llamado mar nos arrastrara
hacia donde fuera su
voluntad, nos fuimos alejando
poco a poco unos de otros, hasta que la vista no nos alcanzó para mirarnos otra
vez. Estábamos solos, cada quién en su soledad, flotando en una inmensidad de
agua, mientras nuestro barco descansaba en el fondo.
El
naufragio se había consumado...
Días
enteros fueron mi martirio, tal vez fueron horas, no lo sé, no
lo recuerdo, realmente no
importa. Lo que
recuerdo es que
estaba flotando sostenido en una
tabla rota y el sol me desgastaba la poca energía que la tempestad me había
dejado, la sal del mar me quemaba la piel y los ojos, mi boca reseca necesitaba
agua y era desesperante estar entre una inmensidad de agua sin poderla poner en
la sequedad de mis labios. El hambre también mermaba más mi crítica condición.
Tal vez si el torbellino y el agujero negro no pudieron exterminar mi vida, el
mar y sus elementos aliados si lo harían.
Las tranquilas olas del mar me llevaron en sus brazos
hasta las blancas arenas de una isla. La lucha con la tempestad me dejó débil.
Mi cuerpo agotado quedó esparcido en la arena que se metía en mis ojos, oídos y
nariz. El agua del mar a través de la fuerza que aún conservaban las olas me
movía a su antojo sobre la playa. Horas después recobré la capacidad de moverme
por mi propia fuerza y comencé a explorar la isla. Ahí había palmeras con cocos
y dátiles, también había otros muchos árboles frutales, por lo menos de hambre
no iba a morir. También observé varios tipos de animales. La isla no era muy
grande, pero tenía lo suficiente para sobrevivir toda una vida o hasta más
vidas. Vi troncos de gran tamaño buenos para construir una embarcación que me
ayudara a escapar de mi prisión en medio del mar. También vi un río de agua
dulce donde podría beber sin ningún problema y por último encontré una cueva de
buen tamaño que me serviría de refugio. Después de alimentarme, beber agua y
descansar de mi terrible lucha con el mar busqué por la isla, para ver si
alguno de mis compañeros había llegado al mismo lugar que yo, pero los
caballeros del miedo no estaban allí, ni uno solo de ellos. Estaba
completamente solo en ese lugar desconocido. Así tendría que estar hasta que
pudiera escapar de ahí y volver a mi hogar, con mis Padres.
Mi
solitaria vida en la isla fue cada día más difícil, extrañaba a mis amigos, a
mi familia y a los humanos en general y eso ya es mucho decir. A pesar de que
esa isla era bondadosa conmigo pues me daba alimento delicioso y la compañía de
seres vivientes, yo no estaba feliz
allí, así que comencé a construir un barco para escapar de la isla e ir en
busca de los caballeros del miedo y de mi familia. No fue un trabajo sencillo,
tuve que cortar árboles y lianas y buscar muchas formas diferentes de
construcción sin herramientas, fue mucho esfuerzo y mucho tiempo de trabajo,
una ayuda me hubiera caído bien, pero eso era imposible.
Cuando
el barco quedó terminado lo escondí en un lugar seguro por si un día me armaba
de valor para navegar nuevamente en los peligros del mar. Mi trauma del
naufragio no me permitía lanzarme a las aguas, mucho menos estando solo, pero
llegaría el día, lo sabía bien, en que tendría que lanzarme al agua en busca de
libertad.
Pronto
pasaron las semanas y los meses y algunos años, tal vez fueron segundos,
minutos y horas, pero en medio de la soledad y la desesperación el tiempo se
transforma en un monstruo que se estira hasta el infinito. No tiene principio
ni fin, no conoces la hora, ni el día del mes, ni el mes mismo, sólo puedes
entender que el sol sale y se pone y ves su movimiento en el cielo.
De
vez en cuando escuchaba a la distancia las voces de los caballeros del miedo.
Cada uno en su isla, solitarios y abandonados, añorando el ayer que no volverá
y soñando con el futuro que nunca vendrá. Sus voces se escuchaban temerosas y
en su eco se escuchaban las olas del mar y los truenos de una profunda tormenta
que se libraba en cada uno de los corazones.
Y
sus voces decían así:
Wu:
-“La
arena del mar y su cruda sal han abierto mis ojos, ahora puedo ver con claridad
la hermosura de mi isla y me quedaré aquí para siempre a defender a los
habitantes de mi isla. Soy feliz y
no veo necesidad de cumplir la
promesa hecha aquella noche
alrededor del fuego. Así que les pido perdón caballeros del miedo, donde quiera
que estén, si es que están en algún lugar, por no cumplir mi promesa.”
Kire:
-“Las
olas me llevaron a una playa suave y fértil. He adoptado como hogar a esa
playa. Aquí soy feliz, pues encontré lo que nunca había buscado más que en mis
hermosos sueños. Aquí construiré mi imperio y seré el digno rey de mi pueblo.
La promesa que hice en aquella
noche de fuego
no ha quedado olvidada sólo
la dejaré guardada en algún lado
para cumplirla en alguna era venidera. Reciban mis saludos y mi perdón, donde
quiera que el mar los lleve.”
Niwde:
-“Es
de lo más extraño que un mundo de risas viviera en la amargura de los
corazones. Y si bien les hice una
promesa, hoy les pido disculpas porque
no la voy a cumplir. Pues la tempestad me arrojó a un mundo bello que amo y me
ama y sonríe a todo momento al igual que lo hago yo. Amigos míos, no quiero que
crean que los odio, no los odio, pero siempre fui feliz y lo que me hacia
llorar era la amargura de sus vidas.”
Cholme:
-“Yo
no los veré nunca más, el mar me guió a un mundo oscuro que no tiene salida. No
podré cumplir la promesa que gravé en las llamas de fuego, porque esas palabras
se volvieron cenizas junto con los leños que alimentaban a las llamas.
Perdónenme si no lucho contra el destino, pero yo sé que no podré vencerlo así
como vencí a la fiera que devoramos en el día de abandono. Soy esclavo del
destino y así permaneceré por el resto de mis días.”
Uram:
-“En
la isla donde me depositó el monstruo que nos hizo naufragar encontré la
tranquilidad que buscaba lejos de mis pesadillas. Ahora podré enseñarles a los
inocentes las verdades eternas de la vida, esa es mi vocación en esta isla y no
la abandonaré jamás. Me arrepiento de haber prometido en aquella noche de
estrellas, tal vez debí hacer lo que hizo Mohamed, pero la promesa está hecha y
no la puedo recoger, y me duele decirles que la voy a romper.”
Leuri:
-“Mi
oscuridad se unió a la oscuridad de la tempestad y formaron la luz haciéndola
nacer en una isla desierta. Y aquí estoy, solo en mi isla, pero lleno de luz. Esa luz también mató las palabras
de aquella noche
y las promesas
se olvidaron. Nunca me ha gustado
hablar, así que nuevamente guardaré silencio.”
Siry:
-“La tempestad fue
desconsiderada y cruel conmigo. No sólo me hizo naufragar al igual que ha ustedes,
sino que sembró en mí la semilla del odio y de la enfermedad. Sobreviví de milagro en la ascua de mi isla,
pero he sido infeliz y las promesas que hice frente al fuego han quedado en el
olvido ahogadas por el alcohol de mi soledad, enferma y triste soledad, y aquí
seguiré hasta que alguien me rescate de esta isla.”
Omem:
-“Es verdad que yo les
obligué a decir promesas que sabía no cumplirían. Pero el miedo a la soledad me
inundaba en aquella noche y me era necesario sentir que el destino nunca nos
alcanzaría y que nuestros caminos no se bifurcarían. Mas la tempestad me orilló
a una isla suave y tibia, y me dio el placer y el amor que nuca tuve, y ahora
hasta tengo una nueva vida que proteger. Hermanos míos, los perdono de todo y
olvido sus promesas, ahora pueden vivir en sus propia islas, ser felices y
luchar por ello. Yo me mantendré en mi hermosa isla y algún día, tal vez en
otra vida o en otro lugar, los veré.”
Cuando
escuché las voces de los caballeros del miedo, sabiendo que habían encontrado
lo que buscaban y que por ello estaba solo y triste, lloré, lloré como nunca antes lo había hecho y entristecí a tal grado de
odiar la vida en todos sus sentidos. Yo que nunca hice promesa alrededor del
fuego era el más dolido por el incumplimiento de las promesas. Cuanta razón
tuve de no prometer y no creer en las promesas, éstas siempre se olvidan.
Un
día, en mi soledad propuse a mi corazón. Usaré el barco para que me ayude a
rescatar a los caballeros del miedo y regresaremos a nuestro hogar. Comencé la
obra y mientras sacaba a mi barco de su escondite vi que el mar le entregaba a
la playa una mujer victima de otro naufragio. Corrí hasta la playa y tomé a la
mujer en mis brazos, ella abrió sus ojos cansados y asustados y
fue como si el
destino fuera que
nuestras vidas estuvieran juntas
por la eternidad y ese destino nos hubiera alcanzado. Sus grandes ojos color
café me miraron como nunca antes alguien me había mirado, su cabello rizado se
enredo entre los dedos de mi mano, su frágil cintura se protegió con mi
brazo, sus labios rotos de angustia esbozaron una sonrisa y sus delicadas manos arrugadas por el agua y
la sal se abrazaron a mi cuello. Parecía que la vida me sonreía por fin,
después de tanto dolor y decadencia, la vida y el mar me traían algo bueno.
-¿Cómo
te llamas? -Le pregunté a la mujer-.
-Mi
nombre es Manora Naele, -me contestó con su dulce voz-.
-Mucho
gusto que estés aquí, -le dije nuevamente-. Yo soy Mohamed Vak y te doy la más
cordial bienvenida a esta isla. Lamento que sea en estas condiciones, tras un
naufragio, pero en verdad me agrada que estés aquí. Pero dime que fue lo que te
pasó, cual es tu historia.
Manora
había naufragado mientras viajaba solitaria a un mejor destino, (eso creía
ella). Los que la acompañaban en el viaje habían perecido, pero en realidad eso
no le importaba mucho. Me contó esto con lágrimas en los ojos y tuve la
impresión de que algo me escondía. No dije nada, pues en verdad no me incumbía,
ni era el momento de confesar. Yo le curé sus heridas, le di de beber y la
alimenté. Le confeccioné vestimenta y refugió para habitar. Ella me estaba
agradecida por todo, aunque en sus ojos se asomaba la tristeza.
Manora
y yo pronto nos enamoramos y no fue por que éramos el único hombre y la única
mujer de la isla, entre un millar do de personas también nos hubiéramos
enamorado porque así estaba escrito el destino. O por lo menos eso pensábamos
nosotros en aquel momento. Los instantes de la vida nos hacen pensar en cosas
que al verse en retrospectiva nos parecen tan ridículas, aún así, no se pueden
omitir debido a la felicidad que algún día provocaron.
Los
años pasaron como la espuma del mar y Manora y yo hemos sido muy felices en
nuestra isla, nos hemos propuesto habitarla y llenarla de vida hasta que la
muerte nos alcance, si es que no podemos vencerla algún día. Tenemos tantos
planes maravillosos, tantos sueños.
El
dolor de las promesas olvidadas ya quedó en el olvido, tal vez fue necesario
que se rompieran para que cada uno de los caballeros del miedo encontráramos la
felicidad y olvidáramos la amargura de nuestros corazones. A mí me queda el
consuelo de no haber roto promesas, pues nunca las hice alrededor del fuego. Y
si las hice, las hice en lo profundo de mi corazón y de mi
alma. Tal vez el naufragio
fue la más grande bendición de nuestras vidas. Tal vez las tragedias nos
llevan a las bendiciones, tal vez el dolor nos lleve a la felicidad, tal vez la
guerra interna nos lleve a la paz del alma. Y tal vez, ¿porque no? los veré de
vez en cuando flotando en el viento de mi memoria.
Hasta
que el destino nos alcance…
El
tiempo pasó rápidamente de la misma forma que los granos de arena pasan de un
lado a otro dentro de un enorme y viejo reloj. Como el viento, que se va y
vuelve a venir, sin dirección, sin mando. Así es el tiempo, vuela cuando
quieres que pase lento y se detiene por completo cuando quieres que se vaya
lejos.
Manora
y yo hemos vivido felices en nuestra isla, y de nuestro amor que nos profesamos
a diario ha nacido nuestro nuevo amor y le hemos puesto por nombre “Leimara” en
honor a la isla que nos salvó de la furia del mar y de nuestros naufragios.
Leimara se parece mucho a su madre, su cabello color castaño es rizado como los
rayos del sol entre las nubes, sus ojos grandes color de miel son la alegría de
esta isla y su cuerpo delicado, pequeño y hermoso es nuestro motivo de
felicidad. La vida ha sido buena con nosotros, esta isla nos da alimento y
protección, el amor nos dirige a diario, somos felices. Es verdad que ha habido
algunas tormentas que azotan con furia a la isla, pero nada suficientemente
fuerte para destruirnos.
Yo
siempre supe que el destino nos alcanzaría, pero nunca imaginé que sería de
esta forma. Si es que esa es la forma definitiva que el destino nos ha
deparado, tal vez aún no nos alcanza. En la carrera de la vida uno no puede
saber que ha llegado a la meta, hasta que realmente se está en ella, hay muchas
metas falsas.
-Nos
encontrará la muerte –pensé-. Llena de ira y venganza, nos hará sufrir de
dolor, nos destrozará como animal rabioso. Así pensaba que sería cuando el
destino nos alcanzara, y nos alcanzó, pero no de esa forma, sino todo lo
contrario. La vida ha sido buena con cada uno de nosotros, con cada isla y
espero que así siga por mucho tiempo o mejor aún por la eternidad.
No me ciego a que el destino que pensé nos
alcanzará algún día, si es que no podemos derrotarlo unas cuantas veces más,
pero ahora lo veo de otra forma, porque la vida no ha seguido con sus clases de
dolor con mi alma, sino que me ha regalado una dicha enorme desde que
naufragué. He sido capaz de ver lo bueno
dentro de lo malo, la bendición dentro de la aparente maldición.
Y ya veré que sorpresas más me
traerá la vida. Me ha alcanzado un destino, distinto al que creí. ¿Me
alcanzará de nuevo el destino?
ndo � i i � S
0�2 de felicidad, donde la
muerte es inexistente, miré las maravillas que ustedes no
pueden tan siquiera
imaginar, fui feliz
en esa eternidad, arrastré las
estrellas con mis manos y mis pies, y entendí la verdad del universo, yo sé que
ustedes no me comprenden, pero lo que les digo en verdad pasó, yo lo viví, yo
lo vi todo.
-Me
parece que el agua se te subió al cerebro, pero ya se te pasará, -me dijo Omem
con su típica expresión de insensibilidad -.
No
quise protestarle a Omem y a los otros, después de todo no había forma de
comprobar lo que les estaba diciendo, yo mismo dudaba de que en realidad hubiera pasado. Mejor me lo guardé en secreto y ya veré si
algún día sé lo que en realidad pasó.
Omem
continuó hablando:
-Lo
importante es que estás bien para ayudarnos
con el gran problema que
tenemos. Nuestro barco aún no se recupera del sueño y no
podremos partir a alta mar y las
provisiones han escaseado
y se han
acabado. Tú estás entrenado y podrás ayudarnos a no morir
de inanición en esta horrible isla, ayúdanos Mohamed. Hoy más que nunca
necesitamos de tu experiencia y habilidad para salir de este problema.
(Mi
entrenamiento era: cuando niño pertenecí a un club de exploradores y aprendí a
hacer fogatas aún bajo la lluvia; a cazar animales salvajes; a hacer nudos para
diferentes ocasiones; a cocinar al aire libre; aprendí primeros auxilios, y
otras muchas cosas útiles que todo niño debiera aprender por si algún día lo
necesita. Ese era mi día).
-Sí,
les ayudaré y al mismo tiempo me ayudaré a mí, pero primero tienen que curarme
las heridas que el hoyo negro provocó en mi cuerpo. Son dolorosas y profundas y
con ellas a cuesta no podré hacer nada.
Todos
me miraron con extrañeza, pues en mi cuerpo no había ni una sola herida, no en
la piel, aunque todo me dolía, era muy probable que el dolor fuera interno o
provocado por mi propia mente.
Vi
el rostro preocupado de Omem, y tratando de serenarlo le dije:
-No
se preocupen, que pronto encontraremos provisión para nuestros
cuerpos y para nuestros
espíritus, y cuando se recupere nuestra embarcación del sueño,
partiremos a tierras fértiles, ricas en alimentos y en bebidas y saciaremos
nuestra hambre y nuestra sed. Y ya no me miren así –mi semblante se volvió rudo
nuevamente-. Todo lo que les dije fue mentira, lo que pasa es que me quedé
dormido en al agua y por poco me ahogo. (A veces es necesario mentir para no
dañar). A trabajar, hay que sobrevivir.
Todos
se quedaron mirándome con sus ojos llenos de ilusiones.
-Vamos
a trabajar, -les dije-. Primero necesitamos que alguien fabrique un arma
puntiaguda y que otro la use para ir a cazar. Después necesitamos un recolector
de raíces para sazonar la carne, alguien
más buscará el vino bajo
las piedras y en la corteza de los árboles. Después
necesitaremos que alguien traiga partículas de gigantes caídos que sirvan para
encender el fuego y cocer nuestro alimento, por supuesto también necesitamos
que alguien encienda el fuego, otro tendrá que buscar algún objeto que sirva de
sartén para cocinar. Por último necesitaremos que alguien corte la carne y las
raíces y yo me encargaré de cocinar el alimento que les devuelva la esperanza.
¿Quién se ofrece de voluntario?
-Yo
fabricaré el arma, -dijo Kire con entusiasmo-. Romperé esta piedra y la afilaré
y la amarraré a un palo, así tendremos una lanza poderosa y alguien podrá ir a
cazar a nuestro alimento.
-Yo
seré el cazador, -dijo Leuri-. Soy experto en eso, muchas veces he cazado
animales para comer, pronto volveré con alimento.
-Yo
juntaré las raíces más deliciosas de esta isla, -dijo Uram-. Conozco las raíces
y podré traer esas delicias para sazonar la carne sin peligro de envenenarnos. Comeremos
deliciosamente.
-Yo
buscaré el vino, -dijo Cholme.- No descansaré hasta encontrarlo y traerlo para
saciar la sed. No tengo tantas habilidades como ustedes, pero soy de gran
tesón.
Siry
dijo:
-Yo
iré en busca de los maderos que quemarán el alimento, pronto volveré con
suficientes maderos secos, no verdes para que no se enoje el Vedor, sino los
que ya hace tiempo han caído, ellos nos darán fuego para cocinar la carne.
-Yo
buscaré un pedazo de metal que nos sirva de sartén para cocinar, -dijo Niwde y
se fue corriendo-.
-Yo
encenderé el fuego con el último fósforo que me queda, -dijo Wu-. Debemos proteger al fuego para que
no se apague con el viento, pues no hay más fósforos.
-Muy
bien, -dijo Omem-, yo seré quien corte la carne y las raíces para que Mohamed
pueda cocinar el alimento.
Pronto
cumplimos con nuestras labores, todos de buena forma y rápido como solíamos
hacerlo. Conseguimos alimento sabroso y lo cocinamos en el fuego y el vino era
delicioso.
Nuestros
cuerpos y nuestros espíritus se saciaron, se llenaron de nuevas fuerzas y
esperanzas. Ya sólo nos quedaba esperar que nuestra embarcación estuviera lista
para emprender el viaje nuevamente.
El
resto del día jugamos en las entrañas del agua hirviente y
de vez en
cuando mirábamos hacia
nuestra embarcación con la esperanza de que se recuperara del sueño y
así poder volver a alta mar.
Nadie
decía nada, pero todos deseábamos volver a nuestros hogares, aunque renegábamos
mucho de ellos, pero el abandono nos hacia suspirar por lo que decíamos odiar.
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