jueves, 9 de febrero de 2012

CAP 07 EL NAUFRAGIO


Kire gritó como si hubiera visto  la salvación a los ojos:        
-“Nuestro barco se ha recuperado del sueño, corramos a él y huyamos de esta isla maldita hacia la libertad. Apresúrense caballeros del miedo, es momento de partir hacia el mar, de ir a nuestro hogar.”    
Todos corrimos lo más rápido que pudimos y nos trepamos a las alas de nuestra embarcación, izamos las velas, abrimos las alas, acomodamos cada cosa en su lugar en un perfecto orden. Cada uno de nosotros tomó su puesto, uno en el timón, otro en el cuarto de maquinas, otro... cada uno donde debía estar. Por fin el jefe de los caballeros del miedo gritó:
-Eleven las anclas y partamos hacia la libertad lejos de esta isla maldecida por la violencia y sus demonios.
Y huimos hacia la profundidad del mar.
La embarcación cortaba al agua del mar en mil partes y avanzaba veloz hacia su nueva libertad. Los caballeros del miedo admirábamos la belleza de las profundidades y de las alturas y en silencio decíamos nuestras esperanzas de un futuro mejor. Todos sonreíamos dentro de las almas, sin embargo nuestros rostros seguían fríos, inmutables. Así era nuestra vida, pero de algo estoy seguro, todos teníamos una alegría que desconocíamos y que jamás dijimos, tal vez algunos de nosotros ni nos percatamos de esa alegría sino hasta muchos años después.
Navegábamos felices imaginando el día de llegar a nuestros hogares, pero el horizonte miraba más allá de lo que nuestros ojos podían mirar. Una pequeña nube blanca apareció a la distancia, y no le dimos importancia, después de todo habíamos visto miles de nubes blancas en el horizonte. La nube crecía rápidamente y se ennegrecía, y no le dimos importancia, eran miles las nubes negras que nos habían atacado sin fortuna. El cielo se había oscurecido en su totalidad y la voz del viento era ronca como la profundidad del océano, y no le dimos importancia, era más importante ver a nuestros futuros que eventos repetidos. Finas gotas de lluvia cayeron desde las negras nubes hasta la transparente superficie del agua y el viento mecía nuestra embarcación  como   Madre  que   acuna  a  su  hijo,   y  no   le   dimos   importancia,   después   de  todo,   de   la   lluvia habíamos venido y hacia la lluvia nos dirigíamos. Nuestra felicidad por volver a nuestro hogar era tan grande, que encegueció nuestros ojos prohibiéndonos ver la tempestad que se acercaba y ensordeció nuestros oídos negándonos escuchar la furia del monstruo que nos acechaba desde lo alto del cielo, nuestra piel también fue insensibilizada para que no pudiéramos sentir el fuego líquido caído de la nube negra.     
Extasiados en nuestra felicidad no le dimos importancia a aquellas cosas. Un poderoso rayo de luz rasgó el velo del viento en mil partes y su grito de dolor nos arrancó bruscamente del éxtasis, eso nos hizo reaccionar y por primera vez en nuestro viaje  conocimos   la  oportunidad   de  naufragar. Por primera vez nos sentimos insignificantes ante un monstruo sin corazón. Vislumbramos nuestra única derrota, pero aún así, ignorábamos la fatalidad de ésta y sus terribles consecuencias. 
Para  cuando entendimos lo que sucedía ya era demasiado tarde para salvarnos, el monstruo de la tempestad había roto  las  alas de nuestra  embarcación.  Las  olas surcaban  el  infinito océano de lado a lado, brincaban estrepitosamente por encima de nuestro barco y movían nuestra embarcación como si fuera la más insignificante hoja seca. La tempestad vomitaba sus lágrimas ferozmente formando una cortina de acero y agua. El viento zumbaba como bestia herida y rasgaba la profundidad de nuestros corazones de miedo. El rugido del mar era como el de un animal hambriento y nosotros éramos su presa. Las nubes llenas de destellos de fuego eran como ojos de muerte observando a los nuevos miembros de su tétrico club. Los caballeros del miedo, más aterrados que nunca luchamos contra el monstruo de la tormenta con todas nuestras fuerzas y  nuestra embarcación luchó como valiente caballero ante un dragón cien veces más fuerte, pero el destino ya estaba escrito, así tenía que ser, la embarcación perdió la batalla y nosotros fuimos las victimas de esa despiadada guerra. El agua cubría nuestros ojos y no permitía ver las actividades que tratábamos de realizar y el viento y las olas no permitían que pudiéramos movernos.  El mástil cayó como fino palillo a la profundidad de las  aguas.   Las  velas  rasgadas  por  el  fúnebre  viento  fueron arrastradas sobre la piel del mar. Las tablas del bote se partieron como insignificantes maderos y flotaban sobre las violentas olas en mil direcciones al mismo tiempo. El acero poderoso de nuestro barco crujía como presa asustada al ver a su depredador a los ojos. Para culminar nuestros males y nuestros miedos el mar en su  ira  nos  llevó  hasta  un  arrecife  que  destrozó  el  fondo  de nuestro fiel barco. El abdomen del barco se partió en dos, lentamente se fue hundiendo, provocando un torbellino como el que me había llevado a Marus pero inverso, éste absorbía hacia la profundidad del mar. Todos comenzamos a huir del torbellino y a la distancia contemplamos, con la poca luz que los relámpagos nos ofrecían, como se hundía nuestro barco. No tardó mucho en que la última parte del barco se perdiera entre las aguas  y quedó sepultado en el abismo oscuro del mar para el resto de la eternidad. 
La embarcación, majestuosamente se fue hundiendo en las furiosas aguas del mar, debajo de su piel, el fondo del lecho marino sería su tumba y lo aguardaba pacientemente. Mientras el barco se hundía bajo la piel del mar el cielo dejó de relampaguear y los truenos guardaron silencio en respeto al gladiador caído en batalla. La proa del barco fue lo último que desapareció entre la oscuridad de las aguas profundas, y la tormenta recobró sus fuerzas, pues su misión no había concluido, el barco estaba destruido, pero sus tripulantes flotaban vivos sobre la tersa y salvaje piel del mar. La tormenta debía destruirnos a todos nosotros, no debía quedar rastro de los caballeros del miedo.
Nosotros luchábamos desesperados contra las furiosas aguas y nos sosteníamos con lo que encontrábamos al alcance de nuestras manos. La furia de la tempestad nos arrastraba de un lado a otro del infinito mar. Cada cual para un lado, alejándonos cada vez más. Las olas golpeaban nuestros cuerpos y el crujir de los huesos rotos se escuchaban claramente entre los truenos. La sal del mar hinchó los ojos de los caballeros del miedo hasta la ceguera, ahora también estábamos ciegos, tan ciegos que no podíamos ver ni los rayos poderosos que iluminaban hasta el fondo quieto del mar traidor. La tempestad fue cruel con nosotros, no tuvo ni la menor compasión,  aunque también debo decir que fue incapaz de erradicarnos, éramos duros, no moriríamos tan fácilmente.
Horas después la tempestad cesó, pero nosotros ya flotábamos sostenidos de maderos sobre la quietud hipócrita del mar, nos vimos a la distancia unos a otros, pero no teníamos fuerzas para hablarnos o nadar hacia un mismo lugar, así que dejamos que las corrientes internas de ese enorme ser llamado mar nos  arrastrara  hacia  donde fuera  su  voluntad,  nos fuimos alejando poco a poco unos de otros, hasta que la vista no nos alcanzó para mirarnos otra vez. Estábamos solos, cada quién en su soledad, flotando en una inmensidad de agua, mientras nuestro barco descansaba en el fondo.  
El naufragio se había consumado...  
            Días enteros fueron mi martirio, tal vez fueron horas, no lo sé,  no  lo  recuerdo, realmente no importa.  Lo  que  recuerdo  es  que  estaba  flotando sostenido en una tabla rota y el sol me desgastaba la poca energía que la tempestad me había dejado, la sal del mar me quemaba la piel y los ojos, mi boca reseca necesitaba agua y era desesperante estar entre una inmensidad de agua sin poderla poner en la sequedad de mis labios. El hambre también mermaba más mi crítica condición. Tal vez si el torbellino y el agujero negro no pudieron exterminar mi vida, el mar y sus elementos aliados si lo harían.                
Las tranquilas olas del mar me llevaron en sus brazos hasta las blancas arenas de una isla. La lucha con la tempestad me dejó débil. Mi cuerpo agotado quedó esparcido en la arena que se metía en mis ojos, oídos y nariz. El agua del mar a través de la fuerza que aún conservaban las olas me movía a su antojo sobre la playa. Horas después recobré la capacidad de moverme por mi propia fuerza y comencé a explorar la isla. Ahí había palmeras con cocos y dátiles, también había otros muchos árboles frutales, por lo menos de hambre no iba a morir. También observé varios tipos de animales. La isla no era muy grande, pero tenía lo suficiente para sobrevivir toda una vida o hasta más vidas. Vi troncos de gran tamaño buenos para construir una embarcación que me ayudara a escapar de mi prisión en medio del mar. También vi un río de agua dulce donde podría beber sin ningún problema y por último encontré una cueva de buen tamaño que me serviría de refugio. Después de alimentarme, beber agua y descansar de mi terrible lucha con el mar busqué por la isla, para ver si alguno de mis compañeros había llegado al mismo lugar que yo, pero los caballeros del miedo no estaban allí, ni uno solo de ellos. Estaba completamente solo en ese lugar desconocido. Así tendría que estar hasta que pudiera escapar de ahí y volver a mi hogar, con mis Padres.   
Mi solitaria vida en la isla fue cada día más difícil, extrañaba a mis amigos, a mi familia y a los humanos en general y eso ya es mucho decir. A pesar de que esa isla era bondadosa conmigo pues me daba alimento delicioso y la compañía de seres vivientes,  yo no estaba feliz allí, así que comencé a construir un barco para escapar de la isla e ir en busca de los caballeros del miedo y de mi familia. No fue un trabajo sencillo, tuve que cortar árboles y lianas y buscar muchas formas diferentes de construcción sin herramientas, fue mucho esfuerzo y mucho tiempo de trabajo, una ayuda me hubiera caído bien, pero eso era imposible.
Cuando el barco quedó terminado lo escondí en un lugar seguro por si un día me armaba de valor para navegar nuevamente en los peligros del mar. Mi trauma del naufragio no me permitía lanzarme a las aguas, mucho menos estando solo, pero llegaría el día, lo sabía bien, en que tendría que lanzarme al agua en busca de libertad.
Pronto pasaron las semanas y los meses y algunos años, tal vez fueron segundos, minutos y horas, pero en medio de la soledad y la desesperación el tiempo se transforma en un monstruo que se estira hasta el infinito. No tiene principio ni fin, no conoces la hora, ni el día del mes, ni el mes mismo, sólo puedes entender que el sol sale y se pone y ves su movimiento en el cielo.
De vez en cuando escuchaba a la distancia las voces de los caballeros del miedo. Cada uno en su isla, solitarios y abandonados, añorando el ayer que no volverá y soñando con el futuro que nunca vendrá. Sus voces se escuchaban temerosas y en su eco se escuchaban las olas del mar y los truenos de una profunda tormenta que se libraba en cada uno de los corazones.
Y sus voces decían así:    
Wu:
-“La arena del mar y su cruda sal han abierto mis ojos, ahora puedo ver con claridad la hermosura de mi isla y me quedaré aquí para siempre a defender a los habitantes de mi isla. Soy feliz  y no  veo necesidad  de cumplir la  promesa hecha  aquella noche alrededor del fuego. Así que les pido perdón caballeros del miedo, donde quiera que estén, si es que están en algún lugar, por no cumplir mi promesa.”     
Kire:
-“Las olas me llevaron a una playa suave y fértil. He adoptado como hogar a esa playa. Aquí soy feliz, pues encontré lo que nunca había buscado más que en mis hermosos sueños. Aquí construiré mi imperio y seré el digno rey de mi pueblo. La promesa que hice en aquella   noche  de  fuego  no   ha  quedado olvidada  sólo  la   dejaré guardada en algún lado para cumplirla en alguna era venidera. Reciban mis saludos y mi perdón, donde quiera que el mar los lleve.”    
Niwde:
-“Es de lo más extraño que un mundo de risas viviera en la amargura de los corazones.  Y si bien les hice una promesa,  hoy les pido disculpas porque no la voy a cumplir. Pues la tempestad me arrojó a un mundo bello que amo y me ama y sonríe a todo momento al igual que lo hago yo. Amigos míos, no quiero que crean que los odio, no los odio, pero siempre fui feliz y lo que me hacia llorar era la amargura de sus vidas.”    
Cholme:
-“Yo no los veré nunca más, el mar me guió a un mundo oscuro que no tiene salida. No podré cumplir la promesa que gravé en las llamas de fuego, porque esas palabras se volvieron cenizas junto con los leños que alimentaban a las llamas. Perdónenme si no lucho contra el destino, pero yo sé que no podré vencerlo así como vencí a la fiera que devoramos en el día de abandono. Soy esclavo del destino y así permaneceré por el resto de mis días.”    
Uram:
-“En la isla donde me depositó el monstruo que nos hizo naufragar encontré la tranquilidad que buscaba lejos de mis pesadillas. Ahora podré enseñarles a los inocentes las verdades eternas de la vida, esa es mi vocación en esta isla y no la abandonaré jamás. Me arrepiento de haber prometido en aquella noche de estrellas, tal vez debí hacer lo que hizo Mohamed, pero la promesa está hecha y no la puedo recoger, y me duele decirles que la voy a romper.”    
Leuri:
-“Mi oscuridad se unió a la oscuridad de la tempestad y formaron la luz haciéndola nacer en una isla desierta. Y aquí estoy, solo en mi isla,  pero lleno de luz.  Esa luz también mató las   palabras  de  aquella  noche  y  las  promesas  se  olvidaron. Nunca me ha gustado hablar, así que nuevamente guardaré silencio.”    
Siry:
             -“La tempestad fue desconsiderada y cruel conmigo. No sólo me hizo naufragar al igual que ha ustedes, sino que sembró en mí la semilla del odio y de la enfermedad.  Sobreviví de milagro en la ascua de mi isla, pero he sido infeliz y las promesas que hice frente al fuego han quedado en el olvido ahogadas por el alcohol de mi soledad, enferma y triste soledad, y aquí seguiré hasta que alguien me rescate de esta isla.”      
           Omem:
           -“Es verdad que yo les obligué a decir promesas que sabía no cumplirían. Pero el miedo a la soledad me inundaba en aquella noche y me era necesario sentir que el destino nunca nos alcanzaría y que nuestros caminos no se bifurcarían. Mas la tempestad me orilló a una isla suave y tibia, y me dio el placer y el amor que nuca tuve, y ahora hasta tengo una nueva vida que proteger. Hermanos míos, los perdono de todo y olvido sus promesas, ahora pueden vivir en sus propia islas, ser felices y luchar por ello. Yo me mantendré en mi hermosa isla y algún día, tal vez en otra vida o en otro lugar, los veré.”    
Cuando escuché las voces de los caballeros del miedo, sabiendo que habían encontrado lo que buscaban y que por ello estaba solo y triste, lloré,  lloré como nunca antes  lo había hecho y entristecí a tal grado de odiar la vida en todos sus sentidos. Yo que nunca hice promesa alrededor del fuego era el más dolido por el incumplimiento de las promesas. Cuanta razón tuve de no prometer y no creer en las promesas, éstas siempre se olvidan.    
Un día, en mi soledad propuse a mi corazón. Usaré el barco para que me ayude a rescatar a los caballeros del miedo y regresaremos a nuestro hogar. Comencé la obra y mientras sacaba a mi barco de su escondite vi que el mar le entregaba a la playa una mujer victima de otro naufragio. Corrí hasta la playa y tomé a la mujer en mis brazos, ella abrió sus ojos cansados y asustados  y  fue  como  si el  destino  fuera  que  nuestras  vidas estuvieran juntas por la eternidad y ese destino nos hubiera alcanzado. Sus grandes ojos color café me miraron como nunca antes alguien me había mirado, su cabello rizado se enredo entre los dedos de mi mano, su frágil cintura se protegió con mi brazo,  sus labios rotos de angustia  esbozaron una sonrisa  y sus delicadas manos arrugadas por el agua y la sal se abrazaron a mi cuello. Parecía que la vida me sonreía por fin, después de tanto dolor y decadencia, la vida y el mar me traían algo bueno.    
-¿Cómo te llamas? -Le pregunté a la mujer-.
-Mi nombre es Manora Naele, -me contestó con su dulce voz-.
-Mucho gusto que estés aquí, -le dije nuevamente-. Yo soy Mohamed Vak y te doy la más cordial bienvenida a esta isla. Lamento que sea en estas condiciones, tras un naufragio, pero en verdad me agrada que estés aquí. Pero dime que fue lo que te pasó, cual es tu historia.     
Manora había naufragado mientras viajaba solitaria a un mejor destino, (eso creía ella). Los que la acompañaban en el viaje habían perecido, pero en realidad eso no le importaba mucho. Me contó esto con lágrimas en los ojos y tuve la impresión de que algo me escondía. No dije nada, pues en verdad no me incumbía, ni era el momento de confesar. Yo le curé sus heridas, le di de beber y la alimenté. Le confeccioné vestimenta y refugió para habitar. Ella me estaba agradecida por todo, aunque en sus ojos se asomaba la tristeza.
Manora y yo pronto nos enamoramos y no fue por que éramos el único hombre y la única mujer de la isla, entre un millar do de personas también nos hubiéramos enamorado porque así estaba escrito el destino. O por lo menos eso pensábamos nosotros en aquel momento. Los instantes de la vida nos hacen pensar en cosas que al verse en retrospectiva nos parecen tan ridículas, aún así, no se pueden omitir debido a la felicidad que algún día provocaron.
Los años pasaron como la espuma del mar y Manora y yo hemos sido muy felices en nuestra isla, nos hemos propuesto habitarla y llenarla de vida hasta que la muerte nos alcance, si es que no podemos vencerla algún día. Tenemos tantos planes maravillosos, tantos sueños.     
El dolor de las promesas olvidadas ya quedó en el olvido, tal vez fue necesario que se rompieran para que cada uno de los caballeros del miedo encontráramos la felicidad y olvidáramos la amargura de nuestros corazones. A mí me queda el consuelo de no haber roto promesas, pues nunca las hice alrededor del fuego. Y si las hice, las hice en lo profundo de mi corazón y  de mi  alma.  Tal vez  el naufragio  fue la más grande bendición de nuestras vidas. Tal vez las tragedias nos llevan a las bendiciones, tal vez el dolor nos lleve a la felicidad, tal vez la guerra interna nos lleve a la paz del alma. Y tal vez, ¿porque no? los veré de vez en cuando flotando en el viento de mi memoria.    
Hasta que el destino nos alcance…
El tiempo pasó rápidamente de la misma forma que los granos de arena pasan de un lado a otro dentro de un enorme y viejo reloj. Como el viento, que se va y vuelve a venir, sin dirección, sin mando. Así es el tiempo, vuela cuando quieres que pase lento y se detiene por completo cuando quieres que se vaya lejos.
Manora y yo hemos vivido felices en nuestra isla, y de nuestro amor que nos profesamos a diario ha nacido nuestro nuevo amor y le hemos puesto por nombre “Leimara” en honor a la isla que nos salvó de la furia del mar y de nuestros naufragios. Leimara se parece mucho a su madre, su cabello color castaño es rizado como los rayos del sol entre las nubes, sus ojos grandes color de miel son la alegría de esta isla y su cuerpo delicado, pequeño y hermoso es nuestro motivo de felicidad. La vida ha sido buena con nosotros, esta isla nos da alimento y protección, el amor nos dirige a diario, somos felices. Es verdad que ha habido algunas tormentas que azotan con furia a la isla, pero nada suficientemente fuerte para destruirnos.
Yo siempre supe que el destino nos alcanzaría, pero nunca imaginé que sería de esta forma. Si es que esa es la forma definitiva que el destino nos ha deparado, tal vez aún no nos alcanza. En la carrera de la vida uno no puede saber que ha llegado a la meta, hasta que realmente se está en ella, hay muchas metas falsas.
-Nos encontrará la muerte –pensé-. Llena de ira y venganza, nos hará sufrir de dolor, nos destrozará como animal rabioso. Así pensaba que sería cuando el destino nos alcanzara, y nos alcanzó, pero no de esa forma, sino todo lo contrario. La vida ha sido buena con cada uno de nosotros, con cada isla y espero que así siga por mucho tiempo o mejor aún por la eternidad.
No me ciego a que el destino que pensé nos alcanzará algún día, si es que no podemos derrotarlo unas cuantas veces más, pero ahora lo veo de otra forma, porque la vida no ha seguido con sus clases de dolor con mi alma, sino que me ha regalado una dicha enorme desde que naufragué.  He sido capaz de ver lo bueno dentro de lo malo, la bendición dentro de la aparente  maldición.  Y ya veré  que sorpresas  más me  traerá la vida. Me ha alcanzado un destino, distinto al que creí. ¿Me alcanzará de nuevo el destino?      ndo � i i � S 0�2 de felicidad, donde la muerte es inexistente, miré las maravillas que ustedes  no   pueden  tan    siquiera  imaginar,   fui  feliz   en  esa eternidad, arrastré las estrellas con mis manos y mis pies, y entendí la verdad del universo, yo sé que ustedes no me comprenden, pero lo que les digo en verdad pasó, yo lo viví, yo lo vi todo.    
-Me parece que el agua se te subió al cerebro, pero ya se te pasará, -me dijo Omem con su típica expresión de insensibilidad -.
No quise protestarle a Omem y a los otros, después de todo no había forma de comprobar lo que les estaba diciendo, yo mismo dudaba de que  en realidad hubiera pasado.  Mejor me lo guardé en secreto y ya veré si algún día sé lo que en realidad pasó.
Omem continuó hablando:
-Lo importante es que estás bien para ayudarnos  con el gran  problema  que  tenemos.  Nuestro  barco aún no se recupera del sueño y no podremos partir a alta mar y las  provisiones  han   escaseado  y  se  han   acabado.   Tú  estás entrenado y podrás ayudarnos a no morir de inanición en esta horrible isla, ayúdanos Mohamed. Hoy más que nunca necesitamos de tu experiencia y habilidad para salir de este problema.
(Mi entrenamiento era: cuando niño pertenecí a un club de exploradores y aprendí a hacer fogatas aún bajo la lluvia; a cazar animales salvajes; a hacer nudos para diferentes ocasiones; a cocinar al aire libre; aprendí primeros auxilios, y otras muchas cosas útiles que todo niño debiera aprender por si algún día lo necesita. Ese era mi día).
-Sí, les ayudaré y al mismo tiempo me ayudaré a mí, pero primero tienen que curarme las heridas que el hoyo negro provocó en mi cuerpo. Son dolorosas y profundas y con ellas a cuesta no podré hacer nada.
Todos me miraron con extrañeza, pues en mi cuerpo no había ni una sola herida, no en la piel, aunque todo me dolía, era muy probable que el dolor fuera interno o provocado por mi propia mente.
Vi el rostro preocupado de Omem, y tratando de serenarlo le dije:
-No se preocupen, que pronto encontraremos provisión para  nuestros  cuerpos y  para  nuestros  espíritus,   y cuando  se recupere nuestra embarcación del sueño, partiremos a tierras fértiles, ricas en alimentos y en bebidas y saciaremos nuestra hambre y nuestra sed. Y ya no me miren así –mi semblante se volvió rudo nuevamente-. Todo lo que les dije fue mentira, lo que pasa es que me quedé dormido en al agua y por poco me ahogo. (A veces es necesario mentir para no dañar). A trabajar, hay que sobrevivir.     
Todos se quedaron mirándome con sus ojos llenos de ilusiones. 
-Vamos a trabajar, -les dije-. Primero necesitamos que alguien fabrique un arma puntiaguda y que otro la use para ir a cazar. Después necesitamos un recolector de raíces para sazonar la carne,  alguien más  buscará el  vino bajo  las piedras  y en  la corteza de los árboles. Después necesitaremos que alguien traiga partículas de gigantes caídos que sirvan para encender el fuego y cocer nuestro alimento, por supuesto también necesitamos que alguien encienda el fuego, otro tendrá que buscar algún objeto que sirva de sartén para cocinar. Por último necesitaremos que alguien corte la carne y las raíces y yo me encargaré de cocinar el alimento que les devuelva la esperanza. ¿Quién se ofrece de voluntario?                                 
-Yo fabricaré el arma, -dijo Kire con entusiasmo-. Romperé esta piedra y la afilaré y la amarraré a un palo, así tendremos una lanza poderosa y alguien podrá ir a cazar a nuestro alimento.
-Yo seré el cazador, -dijo Leuri-. Soy experto en eso, muchas veces he cazado animales para comer, pronto volveré con alimento.
-Yo juntaré las raíces más deliciosas de esta isla, -dijo Uram-. Conozco las raíces y podré traer esas delicias para sazonar la carne sin peligro de envenenarnos. Comeremos deliciosamente.
-Yo buscaré el vino, -dijo Cholme.- No descansaré hasta encontrarlo y traerlo para saciar la sed. No tengo tantas habilidades como ustedes, pero soy de gran tesón.
Siry dijo:
-Yo iré en busca de los maderos que quemarán el alimento, pronto volveré con suficientes maderos secos, no verdes para que no se enoje el Vedor, sino los que ya hace tiempo han caído, ellos nos darán fuego para cocinar la carne.
-Yo buscaré un pedazo de metal que nos sirva de sartén para cocinar, -dijo Niwde y se fue corriendo-.
-Yo encenderé el fuego con el último fósforo que me queda,  -dijo Wu-. Debemos proteger al fuego para que no se apague con el viento, pues no hay más fósforos.
-Muy bien, -dijo Omem-, yo seré quien corte la carne y las raíces para que Mohamed pueda cocinar el alimento.    
Pronto cumplimos con nuestras labores, todos de buena forma y rápido como solíamos hacerlo. Conseguimos alimento sabroso y lo cocinamos en el fuego y el vino era delicioso.
Nuestros cuerpos y nuestros espíritus se saciaron, se llenaron de nuevas fuerzas y esperanzas. Ya sólo nos quedaba esperar que nuestra embarcación estuviera lista para emprender el viaje nuevamente.
El resto del día jugamos en las entrañas del agua hirviente   y   de   vez   en   cuando   mirábamos   hacia   nuestra embarcación con la esperanza de que se recuperara del sueño y así poder volver a alta mar.
Nadie decía nada, pero todos deseábamos volver a nuestros hogares, aunque renegábamos mucho de ellos, pero el abandono nos hacia suspirar por lo que decíamos odiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...