Un día, mientras sembraba algunas verduras escuché la voz de Manora y de
Leimara. Salí del huerto para ver lo que pasaba y vi que mis dos amadas mujeres
corrían hacia mí.
-¿Qué
pasa? –les pregunté-.
Leimara
con su tierna voz me dijo:
-Un
monstruo marino enorme se acerca a nuestro hogar, es un monstruo diferente a
todos los que conozco, es terrible y hace un ruido espantoso, hecha humo por un
tubo y es muy rápido.
Manora
soltó una carcajada, y me dijo:
-Es
un barco y se dirige directo a nuestra isla.
¿Un
barco? –Pensé-, ¿quién podrá ser y que quiere en nuestra isla?
Los
tres corrimos apresurados a la playa y esperamos con impaciencia a que llegara
el barco y que sus tripulantes descendieran de él. Nos sentamos en la arena y
arrojábamos caracoles al agua mientras el barco visitante se hacía cada vez más
grande. Yo tenía un poco de temor de que aquellos que venían en el barco fueran
piratas u otro tipo de malhechores, pero algo en mi interior me decía que lo
que iba a bajar de ese barco era una linda sorpresa.
Nuestra
isla estaba hermosa, habíamos construido una casa bonita y teníamos huertos
surtidos de frutas y vegetales. Toda la isla era encantadora. Sea quien sea el
visitante quedará fascinado con nuestra isla. Podrá saborear nuestros ricos
alimentos y estar cómodo con nuestra hospitalidad. En realidad, teníamos mucho
tiempo esperando que alguien nos visitara para poder ser hospitalarios.
Quince
minutos después el barco detuvo su marcha y ancló a unos cientos de metros de
la playa. Del gran barco salió un pequeño bote de remos y lo tripularon tres
personas, un hombre, una mujer y una pequeña niña. El hombre comenzó a remar
hacia la playa.
Yo
me sumí en mis pensamientos mientras esperábamos al barco visitante. Recordaba
la vida antes y después del naufragio, lo anterior como un oscuro velo de
niebla y lo posterior como una tranquilidad inmensa, exceptuando el momento
horroroso que acababa de vivir en la isla de los demonios. Recordaba también el
nacimiento de Leimara y la felicidad que eso nos trajo a una isla desierta que
parecía una cárcel, Leimara la había transformado en un hogar. Leimara crecía
lentamente y cada día era más hermosa.
Manora
ya conocía mis momentos de silencio y había aprendido a respetarlos...
-Parecen
nuestras almas gemelas. –Dijo Manora-.
Yo
sólo la miré con un poco de reproche, pues mi conciencia no me permitía creer
en tales cosas a pesar de mis vivencias sobrenaturales.
-Tal
vez lo sean, estamos viendo nuestros dobles. –continuó-.
Yo
seguí en mi silencio.
Después
de algunos minutos, la pequeña embarcación llegó con sus tripulantes a la playa
de nuestra isla. Del bote se bajó únicamente el hombre y enseguida lo reconocí.
Era mi querido amigo Omem Jerubi.
Omem
se acercó a mí y yo me acerqué a él y nos abrazamos fuertemente. Lo vi y me vio
como si acabáramos de encontrar un tesoro perdido en el fondo del mar después
de una enorme tempestad. Mi sensación interna se había vuelto realidad, había
sido una maravillosa sorpresa, la mejor en mucho tiempo. De nuevo estábamos
juntos Omem y yo, como en los viejos tiempos.
-Pero
que sorpresa tan agradable, ¿qué tormenta los trae por nuestra isla?
-He
extrañado a los caballeros del miedo como no tienes una idea, -dijo Omem con
lágrimas en los ojos-. Pero principalmente a ti Mohamed. Es por eso que decidí
construir un barco para poderte visitar a ti y a los caballeros del miedo.
Permíteme presentarte a mi familia, ella es mi mujer Senaiya Dulun y ella es mi
hija Bely. Ahora los son todo para mí, pero aún así, los caballeros del miedo
me hacen falta.
Saludé
a la familia de Omem y al mismo tiempo le presenté a la mía.
Durante
mucho tiempo estuvimos hablando de nuestras vidas pasadas y de nuestras vidas
en las islas que nos protegían después del naufragio. Yo le platiqué a Omem
como había sido mi soledad en la isla y la forma en como Manora había llegado a
mi lado. También le platiqué del nacimiento de Leimara y de toda nuestra
felicidad. Además de todo eso, también le dije que de vez en cuando escuchaba
las voces de los caballeros del miedo retumbando en las ondas del viento, pero
que al paso de los años, las voces se habían debilitado hasta desaparecer por
completo. Ya no sabía nada de aquellos con los cuales había compartido tantas
aventuras.
Omem
me escuchó con atención e interés y cuando terminé de hablar, él comenzó a
platicarme su historia. Nuestras mujeres cocinaban la cena y nuestras pequeñas
jugaban con la fina arena de la playa mientras nosotros hablábamos con palabras
reales.
Esto
fue lo que Omem me contó:
-Mi
peor miedo era estar solo, no quería que el destino nos alcanzara ni que nuestros
caminos se bifurcaran, ya una vez estuve solo y fue doloroso, esa fue la razón
por la cual los obligué a hacer
promesas que bien sabía no
serían cumplidas. Pero el miedo
pronto desapareció, porque al llegar a la isla después del naufragio me encontré
en la playa a una mujer que había escapado de sus torturas. Pronto descubrimos
que yo era su destino y ella el mío, unimos nuestras vidas y de nosotros brotó
una flor llamada Bely. Sólo me quedó la dicha de olvidar mis temores y comenzar
de nuevo a vivir. Mi isla es algo volcánica, continuamente hay pequeñas
explosiones, pero hemos aprendido a escapar de la hirviente lava pues es igual
que el agua, siempre sigue su mismo curso. Por lo demás mi isla es tranquila,
no hay muchas bestias salvajes, ni insectos venenosos, tampoco hay aborígenes
violentos, los pocos que hay son tranquilos y se dedican a sembrar y pescar en
los lagos y el mar. Así es mi isla, muy diferente a la tuya Mohamed. Tu isla es
realmente hermosa, has hecho un gran trabajo en ella y tu familia, también es
perfecta, me da mucho gusto ver que nuestras vidas han mejorado y que ya no
somos los oscuros que antes fuimos.
Muchas
horas pasaron como si nunca hubieran pasado. Omem y yo conversamos hasta altas
horas de la madrugada, aún cuando nuestras familias ya se habían dormido.
Apenas si probamos la cena, a pesar de que estaba deliciosa, pero en verdad, la
plática lo era más.
Varios
días pasaron desde la llegada de Omem y su familia, y fueron días muy felices.
Durante esos días Omem y Senaiya trataron de convencernos de que fuéramos
juntos a visitar las islas de los caballeros del miedo, pero, tanto Manora como
yo teníamos miedo del mar, pues ya habíamos sido victimas de su ira. Además
estábamos felices ahí, no había ninguna necesidad de salir a mar abierto
arriesgándolo todo de nuevo.
-En
los años en los que hemos estado en la isla construí un barco por si algún día
lo necesitábamos, pero esperábamos nunca
tener que utilizarlo. –Le dije a Omem en un tono suplicante para que ya no
insistiera en visitar las islas de los caballeros del miedo-.
Omem
insistió mucho que visitáramos las islas. El carácter frío y duro de Omem se
había transformado en un carácter muy agradable y el mío también había sido
cambiado, así que por fin accedí a visitar las islas de los caballeros del
miedo, en acuerdo con Manora y Leimara por supuesto.
Los
seis hicimos preparativos para navegar, cada familia en su
barco, pero todos
juntos a la vez.
Las embarcaciones estuvieron
listas y nosotros, aunque con un poco de temor, también estuvimos listos.
Llevábamos ropa, cosas personales y provisiones para muchos meses de viaje. Por
lo menos de hambre no íbamos a morir, ni de frío, faltaba escuchar lo que el
mar opinaba.
De
nuevo nos lanzamos al mar, en busca de los caballeros del miedo y de nuestro
propio destino. Sino es que éste nos había alcanzado ya.
Los
dos barcos cortaban las aguas azules del mar y avanzaban decididos hacia su
meta. Las olas eran tranquilas y el cielo absolutamente despejado, pero toda
esa quietud me asustaba y me parecía aparente e hipócrita. (¿Será que los
miedos de eventos pasados te enredan en una actitud paranoica sin sentido?) Mi
mirada constantemente apuntaba al horizonte esperando una nube traicionera.
El
barco de Omem viajaba por delante y nosotros lo seguíamos. Omem, gracias a las
voces de los caballeros del miedo había trazado un mapa muy exacto de las islas
donde se encontraban cada uno de nuestros amigos. Seguimos el mapa a la
perfección, y un poco antes de que el sol se ocultara tras el agua divisamos
una isla. Era pequeña, muy cercana a la mía y parecida también.
-Es
la isla de Wu. –Gritó Omem-.
Pronto
llegamos a la playa y descendimos de nuestros barcos. Wu nos recibió con
alegría, nos presentó a los que vivían con él en esa isla y al mismo tiempo
conoció a las familias de los recién llegados.
El
sol pronto se ocultó debajo de las aguas quietas del mar y Wu encendió una
fogata como aquella de la isla del abandono. Alrededor de la fogata cenamos y
reímos durante horas, el recuerdo del pasado cuando éramos parte de una misma
aventura nos alimentó el alma. Así mismo, Wu nos contó su historia después del
naufragio.
Horas
después Wu se quedó en un silencio meditabundo y mirándonos con recelo dijo:
-Mohamed,
Omem. ¿Cuál es la verdadera razón de su visita?
Omem
se levantó del tronco de madera en el que estaba sentado y con fuerza dijo:
-Mohamed
y yo hemos venido a tu isla con el propósito de que viajes con
nosotros en busca
de los otros caballeros
del miedo. Es nuestra intención reunirnos otra vez en la isla del Vedor.
Estar todos juntos y conocer nuestras vidas después del naufragio que con
crueldad nos separó.
Wu
agachó la mirada y meneó la cabeza negativamente. Sus palabras fueron una
flecha envenenada a nuestra ilusión:
-Vestí
de azul a los cometas y miré más allá de lo que nunca pude mirar, porque la
traición recorrió mi mundo entero, mi corazón estuvo de luto, pues murió mi
esperanza y murió mi razón en aquel día del naufragio. Cuando el mar me trajo a
esta isla caí con la cara hacia arriba y no vi las estrellas, cuando recuperé
la conciencia y vi los estragos de la tempestad, pensé: “Los caballeros del
miedo han escrito su testamento sobre el mar”. Pero la noche aún era muy oscura
y me dije a mí mismo: “Caminaré entre
la inmensa oscuridad, si tropiezo, tal vez no me levante más, y si
no caigo tocaré con un leve toque al amanecer”. Y todas las promesas se fueron
al olvido, porque gracias al naufragio y a esta playa pude ver y ser feliz por
primera vez en mi vida, aquí defiendo la justicia y les pido perdón por no
poder ir con ustedes, pero mando mi saludo a cada uno de los caballeros del
miedo. Espero que ellos, ya hallan encontrado a una mujer y a su familia como
ustedes dos, yo aquí seguiré esperando mi
oportunidad. Esta isla me lo ha dado todo, es rica en alimento y la
gente que aquí vive está deseosa de la protección que sólo yo les puedo dar. No
puedo abandonar a la isla y a sus habitantes, no puedo hacerlo. Necesito que me
den su comprensión y no me juzguen como un cobarde.
Esas
palabras nos entristecieron, era el primer fracaso de nuestro viaje por las
islas. Esa noche descansamos en la isla de Wu y a la mañana siguiente zarpamos
rumbo a otra isla. Nos despedimos con mucha tristeza de Wu, aunque al mismo
tiempo íbamos felices de haberlo visto. Él, lloró a nuestra partida arrodillado
sobre la arena de la playa y con su mano nos decía adiós o hasta luego, no lo
sé.
Nuevamente
nos lanzamos a las tranquilas olas del mar y nos dirigimos a la siguiente isla
guiados por el mapa de Omem. Tres días después llegamos a otra isla, después de
que habíamos sorteado un problema mecánico en mi barco que nos retrasó un poco
dentro de nuestros planes.
-Es
la isla de Kire, -dijo Omem con un semblante de tristeza-
Llegamos
a la playa de la isla de Kire y bajamos en sus calidas arenas. Omem y Kire
habían tenido un problema en el pasado que nadie conocía, pero indudablemente,
a pesar del paso del tiempo y de la gran distancia, aún sentían un cierto
distanciamiento. A pesar de esto, Kire nos recibió con un fuerte abrazo.
Durante ese día nadamos en los hermosos estanques de la isla y comimos de sus
exóticos frutos. Al llegar la noche, antes de dormir, Omem le dijo a Kire el
motivo de nuestra visita. Kire nos miró fijamente y sonriendo nos dijo:
-Escondí
mis manos a mi rostro, escondí mis palabras a mis oídos, escondí la luz a mis
ojos y busqué ciego por mi isla buscando la noche de las promesas, pero nunca
la pude encontrar. Y grité a los cuatro puntos cardinales de esta isla las
siguientes palabras: “Los cautivos que
se han ido, los cautivos que se irán, no son polvo, son
un mar. Los guerreros que han caído, los guerreros que caerán, no son polvo,
son un mar.” Pero a pesar de mi dolor
le juré a mi isla que permanecería en ella hasta que sangre la sangre y hasta
que muera la muerte. Y Omem, si pudieras mirar dentro de mi corazón, no tendría
que pedirte perdón. Pero después me di cuenta que el mar me había llevado a una
playa suave y fértil y conocí a la mujer de mis sueños, ella es Tura y espero
que muy pronto sea mi esposa. Así espero que ustedes me entiendan por no ir a
su viaje con los caballeros del miedo, pues también ustedes han encontrado a la
mujer de sus sueños”.
-Te
entendemos perfectamente, -le dije a Kire-. No te preocupes por nada, nosotros
saludaremos a los caballeros del miedo de tu parte. Debo admitir que nos da
tristeza que no nos acompañes, pues era nuestro deseo que estuviésemos juntos
otra vez, pero aceptáremos tu decisión.
Muy
temprano en la mañana elevamos las anclas de nuestros barcos y emprendimos el
viaje de nuevo. Tal vez este viaje sólo sean fracasos, pero sería mucho más
difícil si no tuviéramos a nuestras familias con nosotros. Kire se quedó en la
playa llorando y Omem lloraba en silencio, aunque nunca dijo nada, yo sé
que el fracaso no fue total en esa isla, pues Omem y Kire se perdonaron en silencio. A
través de la distancia y las palabras que salen únicamente del corazón y que
sólo por el corazón son escuchadas, Kire y Omem volvieron a ser parte de una
misma amistad. El equilibrio de los antiguos caballeros del miedo estuvo en
orden.
Durante
una semana navegamos en el mar sin encontrar nada, pero nuestra esperanza y
voluntad eran más grandes que cualquier tiempo. Y en una noche estrellada vimos
a la distancia un resplandor de fuego, Omem gritó desde su barco:
-Mohamed,
esa es la isla de Niwde.
El
resplandor iba creciendo y en momentos parecía que en vez de ser fuego en una
isla era el sol que estaba saliendo en el horizonte justo donde se pierde el
mar y aparece el cielo. Unos instantes de tiempo más tarde estuvimos lo
suficientemente cerca de la isla para darnos
cuenta de que eran miles de fogatas en toda la isla la que producía ese
hermoso resplandor rojo. La luna tímidamente asomaba su cara iluminada a la
tierra, pero la luz de la
isla de Niwde la opacaba
casi por completo. Los dos barcos se acercaron tanto a la isla que por
poco encallábamos, los seis tripulantes bajamos de las embarcaciones y aunque
parezca increíble nadie nos vio, era tal la fiesta en la isla que nadie se
percató de la llegada de los barcos. Bien pudimos destruir y saquear la isla de
Niwde sin que nadie lo notara.
-Ese
Niwde tan fiestero y cómico como siempre, -dije a gritos para que me pudieran
escuchar-.
-Como
siempre, -dijo Omem-.
Recorrimos
la isla en busca de Niwde y después de un rato de búsqueda lo encontramos
bailando alrededor de una de las fogatas, su compañera de baile lucía hermosa
con su largo traje blanco, obviamente estaban festejando su boda. Nos acercamos
a Niwde y le palmeamos la espalda. Él, enseguida volteó, nos miró como si
fuéramos fantasmas de un pasado ya olvidado y se abrazó a nosotros mientras se
carcajeaba según su costumbre.
-Pero que bueno que vinieron a mi boda con
Yagiba, me da una alegría enorme volverlos a ver. No me esperaba esta gran
sorpresa.
-En realidad no teníamos
conocimiento de tu boda, -dijo
Omem-. Fue una coincidencia que hayamos llegado en este momento.
-La verdadera razón por la que venimos fue
porque deseamos reunirnos en la
isla del Vedor,
pero hasta este
momento ningún caballero del
miedo ha aceptado nuestra invitación. –Le dije a Niwde casi con tono de
suplica-. De paso te felicito por tu boda.
Niwde miró hacia el
suelo y después hacia su esposa Yagiba que seguía radiante. Niwde nos dijo:
-Recordaran con
alegría el día de su boda, lo único que deben haber deseado era la compañía de
su amada. No me mal interpreten, si bien dije que la vida era un circo sin
color y la muerte un escape al inconsciente, realmente nunca lo creí, porque yo
nunca fui como ustedes, no fui un caballero del miedo, lo único que fui
realmente fue su bufón. Después de la tormenta que nos hizo naufragar caí en
esta isla donde conocí a la mujer que hoy es mi esposa, conociendo junto a ella
la verdadera paz y
alegría, pero un
día creí perderla
y sólo exclamé: “Tu memoria perla
hermosa será guardada para siempre y la próxima vez que te abrace ya no serás
viento, y cuando te vea ya no será en un sueño”. Pero la encontré de nuevo y
mil labios de su pie a su boca conté, y nada podrá separarme de ella. Además
esta isla es divertida, siempre estamos contentos y divertidos, yo ya no
pertenezco a ese grupo de amargura y dolor, ya no soy del club de la violencia
y la muerte, en realidad nunca lo fui. Perdónenme, pero creo que ahora que
tienen a sus lindas familias me podrán entender y perdonarme de verdad.
Niwde terminó de
hablar y se fue al lado de Yagiba.
Omem y yo nos miramos
con tristeza, pues otro fracaso yacía ante nuestros ojos. Pero no importaba,
¿acaso la distancia puede borrar lo no vivido? Ya estábamos en esa isla y había
una estupenda fiesta, así que disfrutamos la noche. Nosotros mismos ya no
éramos del club del dolor, ya éramos capaces de disfrutar de la vida. Manora y
yo pasamos una noche exquisita en la playa a la luz de las fogatas y la playa
besaba nuestros cuerpos en la arena. El día siguiente lo dedicamos a descansar
del viaje y de la gran fiesta. Un poco antes del anochecer nos aventuramos de
nuevo a la búsqueda de
las otras islas, no era
momento de rendirse, ni éramos personas que acostumbraran a hacer esa
cobardía. Niwde nos despidió sonriendo y nosotros nos fuimos contentos.
Al amanecer del día siguiente encontramos una
isla pequeñísima y casi desierta, sólo unos arbustos habitaban la isla y una
choza casi destruida estaba en su centro. Al parecer la isla había sido
habitada hace mucho y era desierta en ese momento. Todo era feo en esa isla.
Omem miró a todos
lados con un poco de desconcierto y me dijo:
-Según mis cálculos
esta debe de ser la isla de Cholme, pero parece que está abandonada.
Al acercarnos más a
la isla pudimos distinguir a Cholme sentado en una roca oscura. Parecía que
estaba llorando en su completa soledad. Las olas roncaron estrepitosamente con
el metal de nuestros barcos y ese ruido extraño despertó a Cholme de su triste
sueño. Él, se levantó de su roca, un tanto temeroso por no se que traumas
pasados, corrió hasta cerca de la orilla de la playa y miró hacia los barcos, nos
reconoció enseguida.
Cholme corrió hacia
el mar como si hubiera visto en él al paraíso y se lanzó a las aguas a nadar
hasta que llegó a los barcos. Subí a Cholme a mi barco y Omem con su familia
también se fueron a mi barco. Cholme se abrazó a nosotros y lloró durante mucho
tiempo. Después se presentó ante Senaiya y Manora, y varias horas estuvo
jugando con Bely y Leimara. Era como si las conociera de toda la vida. Omem y
yo no quisimos interrumpir su alegría, así que anclamos los barcos y
permanecimos en ellos. Nosotros mirábamos a Cholme jugando como nunca antes y
lo desconocimos, aparentemente esa isla había sido mala con él, pero aún así se
había transformado en un mejor humano. Después de varias horas de felicidad,
Cholme se acercó a nosotros y nos dijo:
-¿Ven esa isla? Es
mi infierno. Alejé mi llanto en cada mañana, nublé los soles con cada palabra,
esculpí ironías, olvidé martirios, callé los silencios, ahogué en ruido al
grito, pero aún así olvidé aquella noche por causa de mi dolor y de mi soledad.
En mi infierno me preguntaba: “¿Olvidarán nuestros nombres cuando nos separen
del dolor?” Y la isla en tono burlón me contestaba: “Fuiste río, apagaste
fuegos, fuegos que yo inicié. Fuiste viento, derrumbaste muros, muros que yo
levanté. Fuiste tierra, cubriste huecos,
huecos que yo escarbé”. Y yo de
nuevo pensaba: “Reventaré la tristeza con un gramo de sueño, pero me duermo con
frío y despierto sudando, me duermo hirviendo y despierto temblando”, así fue
como me convertí en esclavo de este infierno de isla, es por eso que les pido,
jefes de los caballeros del miedo que no abandonen esta agua sin llevarme con
ustedes, porque en ustedes he visto la salida de mi martirio que pensé nunca
encontraría. En mi isla no hay troncos para construir barcos y está rodeada de
tiburones, mi escape era imposible hasta que los vi llegar. Son mi más grande
alegría, mi fuerza para comenzar a vivir.
Cholme derramó su
llanto suplicando que lo lleváramos con nosotros. Omem y yo lo abrazamos y le
informamos que precisamente ese era el motivo de nuestro viaje, pero que él
había sido el primer caballero del miedo en aceptar la oferta. Le explicamos
que ya habíamos estado con Wu, Kire y Niwde, pero todos prefirieron quedarse en
sus islas antes que viajar junto a nosotros otra vez.
Cholme sonrío como sonríe el sol al
amanecer y nos dijo:
-Huyamos inmediatamente de esta
isla abandonada, que no hay nada en ella que valga la pena. Eleven sus anclas y
naveguemos en las alas de estos barcos hacia mi nueva y perdurable libertad.
Vayamos en búsqueda de los demás caballeros del miedo, para ver quién de ellos
nos quiere acompañar, venzamos de una buena vez a la isla del Vedor, para que
ya no sople su viento oscuro en nuestras pesadillas.
Mohamed Vak y Omem
Jerubi no solían llorar, pero al escuchar las palabras de esperanza en los
labios del caballero Cholme no pudimos contener el llanto, ese llanto de
felicidad que se confundió con la paz
del quieto mar. Ahora éramos siete los
que navegábamos en busca de la siguiente
isla, llenos de esperanzas e
ilusiones. Como ha cambiado la vida, de
aquellos amargos y tristes sólo queda el recuerdo en lo profundo del mar, junto
al barco en el que naufragamos.
El mar se pintaba de
colores azul de muy diversos matices y el cielo de un azul intenso se mantenía
en calma. Al pasar los días, el miedo a las tempestades iba desapareciendo
dentro de mi interior, la quietud en todos esos días de viaje me habían calmado
considerablemente. Mientras navegábamos en las aguas del mar platicábamos
nuestras historias a Cholme. Él, en cambio, no tenía mucho que platicar, su
vida en la isla había sido dura, sobrevivió, mas que vivir.
Un día en que el cielo estaba
hermoso y el viento en calma, anclamos nuestros barcos en medio del océano, en
donde su profundidad alcanzaba límites
infinitos. En ese lugar en medio de la nada, nos arrojamos
desde los botes y estuvimos nadando entre delfines y ballenas, por instantes
fuimos uno con el mar, como un enorme ser que crecía alimentándose de si mismo
y la paz irradiada por esa perfección se transmitió a nuestros cuerpos,
dándonos la fuerza necesitada para continuar con el viaje agotador.
Dos días después de salir del
infierno de la isla de Cholme vimos otra isla. Tenía unos picos macabros y en
general la isla se veía como salida de una historia de terror. Omem nos miró y
con su voz tenebrosa dijo:
-Según el mapa, esa isla debe ser
la isla de Uram. Hagamos que los barcos vayan más aprisa hacia la playa. Hay
que llegar antes que el sol se oculte.
Tres horas más tarde las anclas
descendían hasta el fondo del mar y los pequeños botes de remo se acercaban a
las doradas playas de la isla de Uram. Cuando estuvimos fuera de los botes
notamos con decepción que la isla estaba abandonada, o por lo menos la
playa. Al interior de la isla se veía una densa capa de hierba y
probablemente habría en ella gran cantidad de animales salvajes, pero aún así
decidimos adentrarnos a la isla en busca del caballero Uram. Las mujeres se
quedaron en la playa jugando con las doradas y calidas arenas de esa isla
tropical. Cholme, Omem y yo nos encaminamos hacia el interior de la isla, nos
abríamos paso entre la maleza como podíamos y los ojos cuidaban por todos lados
a las serpientes, arañas y cualquier
otro animal que
pudiera dañar nuestra
integridad física. Caminamos durante varias horas y por fin logramos ver
unas chozas en medio de la jungla, corrimos a las chozas en busca de agua,
alimento y descanso. Al acercarnos a la
choza salió una mujer que nos recibió cortésmente y nos ofreció todo lo
que necesitábamos. Nos dio de beber y comer, para nosotros y para llevar a
nuestras familias, todo estuvo delicioso y refrescante.
Después
de que nos refrescamos la mujer nos preguntó:
-¿Quiénes
son ustedes? Y ¿Qué es lo que hacen en esta isla?
-Somos
los caballeros del miedo, -dijo Omem-.
Yo
contesté la otra pregunta:
-Estamos
en busca de todos los caballeros del miedo, una terrible tormenta nos hizo
naufragar y cada uno terminó en una isla diferente, creemos que en esta isla
está Uram y nos daría mucho gusto verlo.
-Si
usted estuviera dispuesta a ayudarnos se lo agradeceríamos con todo el corazón,
-dijo Cholme-.
La
mujer agachó su mirada como si tratara de recordar algo y nos dijo:
-Uram
está en la isla, pero tardará unas cuantas horas en regresar a casa. Yo soy su
mujer y él anda en el centro de la isla enseñándole a los habitantes la
sabiduría y la ciencia, a eso se dedica desde que llegó a la isla. Es la luz
que ilumina a la ignorancia de estas
tierras.
Esperamos
durante varias horas y Cholme regresó a la playa con las mujeres pues nos
preocupaba bastante que estuvieran solas. Varias horas después llegó Uram,
enseguida nos reconoció y nos abrazó. Omem le dijo el motivo de nuestra visita y le
pidió que fuera con nosotros a la isla del Vedor. Pero Uram se negó a ir a la
aventura y nos dio los motivos de su negativa:
-Nunca
vi la piedra con que tropecé a pesar de haber pasado por este camino tantas
veces. Pero cuando la vi, la tomé entre mis manos y la arrojé fuera del camino
para que nunca nadie tropezara con ella otra vez. Comprendí los miedos, las
pesadillas y las lágrimas, y me olvidé de ellas. La perfección nunca fue
nuestra mejor virtud y fueron para mí olvido. Y siempre me he preguntado; ¿Cómo
puede ser tan falsa la verdad? Y ¿Cómo puede ser tan cierta la falsedad? Y por
noches más eternas que esclavas me dediqué a cultivar mi mente y a esparcir mi
sabiduría en el suelo fértil de los más pequeños. Además encontré lo que
siempre había buscado en los ojos de mi mujer. También olvidé mis pesadillas.
Es por eso que no me quiero ir, aquí soy feliz y quiero permanecer en la isla
hasta el día de mi muerte, si no puedo vencerla otra vez. Además no volveré
nunca más a la isla del Vedor, ya que la herida de su pico aún sangra en mi
piel y lástima a mi corazón. Perdónenme por negarme a ir y lleven mi saludo a
todos los caballeros. Déjenme acompañarlos hasta la playa, para conocer a sus familias y saludar a Cholme.
Así
lo hicimos, Uram fue con nosotros y saludo
a las mujeres y a Cholme, una vez más tratamos de convencerlo, pero todo
fue inútil, el estaba decidido a quedarse en su isla para siempre.
Con
la frustración en los ojos nos despedimos de Uram y de su mujer.
Vimos como se adentraba en la
jungla lo más
rápido que pudo para regresar con
su mujer antes del anochecer, además de alejarse de esa tenebrosa jungla. Horas
después divisamos la puesta del sol, Cholme había encendido una fogata mientras
Manora preparaba una rica cena. A pesar de que el viaje habían sido muchas
frustraciones, no podíamos arrepentirnos de haberlo hecho, porque nuestro
carácter se reforzaba y además habíamos rescatado a Cholme de su terrible
infierno. Esa noche dormimos bajo las estrellas de la isla, sobre las
doradas arenas, y a la mañana siguiente nos aventuramos de nuevo a la
inmensidad azul del mar. Poco a poco nos
alejamos de la isla de Uram y en poco tiempo ya sólo veíamos los picos extraños
de la isla y agua hacia todos lados.
Durante
una semana completa no hubo nada nuevo, pero en la madrugada del octavo día
después de que salimos de la isla de Uram divisamos una luz a la distancia.
Para mediodía ya podíamos ver la playa de una nueva isla. Según el mapa de
Omem, esa isla debía ser la isla de Leuri.
Estando
cerca de la isla de Leuri tuvimos una experiencia agotadora. Las corrientes
internas empujaban a nuestros botes hacia el centro del mar y no nos permitían
acercarnos a la isla. Durante muchas horas estuvimos buscando rutas alternas
para acercarnos a Leuri, pero parecía que las corrientes estaban dispuestas a
alejarnos de él. Casi al anochecer las corrientes marinas cesaron su lucha y
con toda calma pudimos entrar a la isla, la cual era aún más tenebrosa que la
de Uram, concordaba con el rostro infernal de Leuri. Aún así, no temimos y nos
acercamos a la isla.
Cuando
anclamos y bajamos los botes de remos, Leuri ya nos había visto y nos esperaba
sentado en la playa. Llegamos hasta donde estaba, lo abrazamos y le dijimos el
gusto que nos daba verlo, pero él no dijo nada, sólo sonrío, no le dimos
importancia a ese evento, pues ya sabíamos que así era su forma de ser. Omem le
anunció el motivo de nuestra visita, pero Leuri con voz baja nos dijo unas
cuantas palabras:
-Renuncié
al placer de los dioses, pero aún así nada terminó. En la soledad de mi isla
supe que otro hilo se rompió y fue lo único que supe, porque nunca más
pude escuchar las voces pues se cansa primero el viento que su silencio o tal
vez mi voz ahogó su voz, el caso es que me duele como le duelo yo. Me uní a la
tempestad y caí en la isla desierta, pero al paso del tiempo descubrí que la
isla estaba llena de luz y mi oscuridad quedó desplazada. Ahora que encontré la
luz no pienso dejarla. Discúlpenme, pero hoy no hablaré más.
Tristes
por el rechazo y el silencio de Leuri regresamos a los barcos, e inmediatamente
elevamos las anclas para ir en busca de la última isla. A la distancia vimos a
Leuri diciéndonos adiós con su mano en alto, nosotros hicimos lo mismo. La isla
de Siry sería el último lugar que visitaríamos. Cholme, Omem y yo observamos el
mapa, la isla estaba sumamente lejos y al parecer tendríamos que navegar por
varios lugares peligrosos, pues en el mapa había dibujos de calaveras,
oscuridad y advertencias de peligro. Habíamos dejado esa isla para el último
porque estábamos concientes del peligro que correríamos al acercarnos a ella.
Quince
días pasaron en completa tranquilidad. El mar estaba en su acostumbrada calma y
el cielo se pintaba de un quieto azul. Pero al amanecer del siguiente día
notamos que el sol no brillaba como siempre, su luz era escasa por causa de la
densa neblina. El viento comenzó a girar fuertemente y las olas del mar se
alteraban como si un dragón gigante resoplara en su interior. Los barcos se
sacudían de un lado a otro y parecía como si en cualquier momento se fueran a
partir en dos.
Las mujeres tenían
mucho miedo y se fueron a los camarotes dentro de los barcos.
Cholme confesó estar muerto de miedo por la tempestad de neblina, yo también
tenía mucho miedo, pero no dije nada y me mantuve firme ante la furia del mar y
del cielo, Omem permaneció en silencio, inmutable, insensible, aunque estoy
seguro que dentro de su corazón también existía el miedo. La neblina, el viento
y la furia de las olas desaparecieron tan rápido como habían aparecido, pronto
el mar quedó en total quietud y el viento cesó su soplo, de igual forma el sol
apareció con su clásica brillantes, la neblina se disipó en absoluto. Todos
volvimos a estar en calma, las mujeres salieron de los camarotes y todo fue paz
y quietud.
Durante
otra semana navegamos sin novedades, a todos nos parecía que
la isla de
Siry no sería descubierta,
tal vez nos habíamos perdido en medio de la niebla, o
tal vez el mapa no era tan exacto como creíamos. Una noche estrellada acordamos
darnos por vencidos, tal vez
le daríamos vuelta a los barcos y regresaríamos a casa, pero cuando
realizábamos la maniobra escuchamos la voz de Siry que gritaba con voz
desgarrada:
-Su
recuerdo me lástima, al mirar la soledad y pensar en el metal que encierra su
dolor, sabiendo que tienen parte de mi vida y yo tengo sus vidas en una caja de
cenizas.
Cholme
apresuradamente nos dijo:
-Esa
voz es la voz de Siry y claramente se escucha que está sufriendo de una forma
indecible. Sigamos la voz, encontremos la isla y salvemos a Siry de su cruel
martirio. Yo comprendo su sufrimiento.
Nuevamente
dirigimos los barcos hacia donde provenía la voz, y mientras avanzamos la
escuchamos otra vez:
-¿Dónde
estaré? En las lenguas de Leviatán, al final del arco iris, entre las
tinieblas, en las canas de la galaxia, en el hueco bajo el mar, en el mundo
negro, bajo el viento etéreo. Allí me encontrarán. No se den por vencido que el
mundo es de los valientes.
Era
indudable que la voz denotaba un dolor arraigado en lo más profundo del alma,
pero ese dolor terrible era lo que nos guiaba hacia el rescate de esa alma
sola. Y seguíamos escuchando la voz de Siry:
-En
una luna sin luz, bajo la luna una vela, bajo la vela tu cruz y bajo la cruz
estás tú, y nunca vi procesión de muerte con sonrisa en los labios.
Los
barcos avanzaban velozmente, pues nuestra urgencia por rescatar al pobre de
Siry era grande. Quién podía saber que
clase de dolor tenía en su cuerpo y alma. Y de nuevo la voz de Siry se
pronunció con terrible dolor:
-Me
hurto una risa para burlarme de ti, porque esta alma ya no sabe reír, y reniego
de nuevo a la vida, y me canso de pedirle al cielo un instante de paz.
La
voz de Siry nos seguía guiando hacia su isla. Después de varios días de
escuchar la voz y navegar a toda velocidad, alcancé a mirar una isla.
-Esa
debe ser la isla de Siry, por fin la encontramos. –Grité con todas mis fuerzas-.
Dentro
de mi mente estaba la imagen que encontraría en la isla. Un
Siry enloquecido por la soledad
y el dolor, su cuerpo dañado al extremo de besarle los
labios a la muerte, sus ojos enrojecidos perdidos en el infinito espacio sobre
la isla. Sólo restos de lo que fue un día esperaba encontrar en esa isla, pero
cómo es de extraño el destino, al bajar a nuestros botes de remo y llegar a la
playa, vimos a Siry y a Yamara, una antigua aliada de los caballeros del miedo,
recostados en la arena, besándose y acariciándose, estaban tan felices que ni
siquiera notaron nuestra llegada.
Los tres caballeros
del miedo que viajábamos en su búsqueda pronunciamos su
nombre al unísono. Él, un poco espantado se levantó y Yamara hizo lo mismo.
Cuando el susto pasó y reconocieron nuestros rostros, nos abrazamos y
platicamos durante largas horas.
-No
entendemos, -dijo Omem-. Tus gritos de horror nos hicieron creer que vivías en
el peor de los infiernos, y aquí te vemos envuelto en felicidad.
Siry
sonrió y dijo:
-Antes
embriagamos los dichos con alcohol de protesta y lloramos como la noche sin
estrellas, y vimos rostros bañados en llanto. El naufragio me hizo más amargo
de lo que era, la tempestad fue cruel, el odio y la enfermedad me encerraron en
la isla desierta, en mi soledad creí morir. Así era, esta isla era un terrible
infierno para mí. Los gritos de horror son el eco de ese pasado tormentoso, en
cada roca, en cada ola y en cada molécula de la niebla se quedaron impregnados
mis lloros, pero un día, mientras me lamentaba de mi sufrimiento, apareció en
la playa un pequeño bote, de él, bajó Yamara, venía a rescatarme, pues su amor
era grande hacia mí y no se resignaba a perderme, pero el mar traidor destrozo
al pequeño bote contra las rocas de la isla y nos quedamos encerrados. Al estar
los dos juntos, la isla dejó de ser un infierno y se convirtió en un paraíso,
aquí somos felices y el dolor se está olvidando, sólo quedan los ecos de los
tormentos rabiosos que ayer fueron mi vida.
-Entendemos
el gran placer que debes de sentir, -le dije a Siry-. Nosotros venimos hasta tu
isla para rescatarte del infierno, pero si no quieres ir con nosotros
comprenderemos todo. Los demás caballeros del miedo ya nos han despreciado, así
que entenderemos que tú también lo hagas.
Siry
sonrió al mirar a Yamara y nos dijo:
-Es
verdad que en la isla hemos sido muy felices desde que estamos juntos, pero
nuestra vida no es para estar en encierro constante, queremos ser espíritus
libres, juntos pero libres, allá en el mundo que antes conocimos. Es nuestro
deseo regresar con ustedes a aquellas tierras. Si es su voluntad llevarnos al
puerto de Larra.
-Claro
que si, -dijimos a coro-. Los llevaremos con mucho gusto.
Aunque
en realidad nunca fue nuestra intención ir al puerto de Larra, sino a la isla
del Vedor, no podíamos negarles la oportunidad de ser libres.
Mientras
Siry y Yamara preparaban sus cosas para el largo viaje que nos esperaba,
Manora, Leimara y yo paseamos por la isla, en realidad no había mucho que ver,
pero aún así lo disfrutamos. Horas más tarde todos estábamos listos para ir de
nuevo a la tierra que nos vio nacer y partir hace años. Sinceramente no
sabíamos lo que íbamos a encontrar, muchos años habían pasado y todo podía ser
diferente. Nosotros mismos habíamos cambiado en gran manera.
Los
barcos comenzaron su recorrido flotando en la densa agua del mar, y mientras
nos alejábamos de la isla, Siry la miraba con fuego y odio en los ojos, a pesar
de todo, esa isla seguía siendo parte de su infierno, por lo menos en el
infierno de sus recuerdos.
Dos
días después llegamos a la isla del Vedor, en esa isla donde todo había
comenzado. Fue sin querer, puesto que habíamos perdido la ruta al buscar la
isla de Siry, no sabíamos exactamente donde estabamos y la casualidad nos llevo
a esa isla. Recorrimos la isla recordando en cada punto de ella las aventuras
pasadas. Aún estaban en su suelo las huellas de nuestro pasado, allí estaba la
lanza y el sartén, también estaban las huellas del Vedor pintadas en la tierra
y el ojo de agua hirviente seguía humeando hacia el cielo como siempre. Todo el
día miramos el pasado en las huellas de la isla, y al atardecer tomamos la
difícil decisión de reiniciar aquel viaje que nunca pudimos terminar, antes de
que los demonios de la isla aparecieran. Alistamos los barcos en un
silencio sepulcral, mirando el horizonte buscábamos una señal de tormenta, pero como
si el cielo se estuviera burlando de nuestro miedo, todo estaba claro y
despejado. Zarpamos de la isla del Vedor y cada cual en su mente le rogaba al
poder infinito que detuviera todas las tempestades del mundo, pues esta vez, si
deseábamos verdaderamente llegar a nuestros hogares, pues el odio ya no existía
y ahora sólo estaba el deseo de volver a
casa. Un día la
tormenta y el naufragio truncaron cruelmente ese mismo recorrido,
ahora, ¿terminaríamos el recorrido en contra del destino?
El
viaje de vuelta a casa fue más largo de lo que esperábamos, cruzamos varios
mares de distintos tonos azules, vimos miles de islas que en nuestra fuga
original no habíamos visto, conocimos cosas que ni siquiera imaginábamos.
Durante meses navegamos sobre la tersa piel del mar y teníamos que pescar, pues
nuestra provisión comenzaba a escasear. El viaje se prolongó en demasía, tal
vez habíamos errado el camino y en vez de acercarnos a nuestro hogar nos
alejábamos constantemente de él. No teníamos ni idea de cuan lejos habíamos
estado del hogar.
En una noche de
niebla, Cholme miró una lejana luz que parecía guiarnos.
-Es el faro del
muelle de nuestra tierra Larra, -gritó desesperado-.
Todos corrimos a la
proa del barco, la ilusión de llegar a tierra firme, a nuestros antiguos
hogares, nos inundaba las almas y salía por nuestros ojos hasta confundirse con
el mar. La luz cada vez se hacía más intensa, la niebla cada vez importaba
menos. El puerto estaba cerca, era como recibir la redención después de haber
vivido en el infierno. Por fin, tras agónicos meses de navegar divisamos entre
la neblina el puerto del cual habíamos partido un día con la esperanza de
encontrar lo que nunca habíamos tenido. (Tal vez así fue). Los dos enormes
barcos anclaron junto al puerto y sus cansados tripulantes descendieron de
ellos llenos de esperanza por estar de nuevo en sus hogares, pero también
llenos de temores, porque no sabíamos lo que encontraríamos después de tantos
años de ausencia.
Parados en el muelle, todos
guardábamos silencio, nadie se movía, la duda se miraba en nuestras miradas.
Únicamente las olas del mar rompiendo contra la dura madera del muelle se
escuchaban en esa noche de penumbra.
Teníamos tantas ansias de llegar al puerto y cuando estuvimos en el, no
reaccionamos de ninguna forma.
Únicamente el reflejo de nuestras
lágrimas ante la luz del faro se miraban en esa inescrutable oscuridad. Teníamos miedo, momento de derrotas, la
espera había sido demasiado larga para sucumbir en ese instante. No podíamos
detenernos ya que estábamos tan cerca.
-Debemos separarnos,
-les dije a mis compañeros de aventura-, cada cual debe buscar lo que antes
perdió y encontrar lo que nunca pensó. Dentro de una semana exacta, a esta
misma hora, en este mismo muelle, nos veremos y sabremos lo que ha pasado con
la vida de aquí. Sabremos también que hacer, tal vez volver o tal vez
quedarnos, veremos que nos dice la vida.
Cholme se despidió con
su mano y dijo:
-Nos veremos pronto.
Siry y Yamara tomaron
sus pertenencias, con una mirada cristalizada se despidieron de nosotros y se
fueron en busca de sus destinos.
Omem parecía no tener
lugar a donde ir o tal vez no quería ir, pero Senaiya si tenía a donde ir y
estaba ansiosa por hacerlo.
Omem me miró y me
dijo:
-Sólo tú y yo,
Mohamed, desde el principio hasta el final, desde lo oscuro de la oscuridad
hasta la luz de eternidad, desde el nunca hasta el jamás, siempre con el miedo
en los corazones y el valor en los ojos, un contraste completo entre el dolor y
el dolor extremo. Te veré en una semana, en este mismo lugar, espero que
sigamos siendo los mismos que hasta hoy hemos sido. Iré con mi mujer y mi hija,
y tú irás con las tuyas, pero estoy seguro de que pronto volveremos al lugar
del que te saqué. Tú y yo.
Yo lo miré y le dije:
-Sólo tú y yo, Omem,
desde la caída de la luna hasta el nacimiento del nuevo sol, desde el origen de
la vida hasta su perfecta corrupción, desde el si hasta el no, siempre con la
tristeza en las almas y la sonrisa en las palabras, un olvido completo entre la
alegría y la alegría anhelada. Te veré en una semana y seremos los mismos que
hemos sido. Recuerda que hay una vida después de la vida y tras el día no habrá
la triste oscuridad.
Todos tomamos
nuestras pertenencias y nos despedimos. Omem, Senaiya y Bely, se fueron por el camino en busca de un
destino desconocido. Mohamed, Manora y Leimara, se fueron por su propio camino.
¿Qué habrá más allá
de lo desconocido? ¿Qué estragos habrá hecho el tiempo y la ausencia en
nuestros caminos? Ya veremos, cuando encontremos lo que buscamos...
Nuestros pasos se
dirigieron a la antigua casa de Manora, aparentemente todo estaba igual, el
jardín con las mismas flores, el mismo árbol, el mismo olor. Por dentro, las
cosas habían cambiado muy poco, los suyos eran más viejos y los pequeños habían
crecido. En cuanto vieron a Manora la reconocieron, pero la miraban como un
terrible fantasma de sus sueños, pues después del naufragio la creían muerta, pero cuando
reaccionaron sabiendo que había sobrevivido, la abrazaron y la besaron. Manora
me presentó ante ellos y les presentó al nuevo miembro de su familia. Todos me
saludaron cortésmente y miraban a Leimara como si vieran a Manora en su
infancia. Mi mujer y mi hija se veían felices en ese ambiente, pero yo no
estaba del todo feliz, así que decidí ir a buscar mi propio destino. Manora y
Leimara se quedaron ahí, y yo me fui a buscar ciegamente a mi origen, tenía que
ver lo que el tiempo y la distancia habían hecho con mi pasado.
Fui directamente al
lugar de donde había salido y me encontré con el abandono, nadie quedaba en ese
lugar, ni siquiera los recuerdos de un viejo pasado. Comencé a deambular sin
sentido alguno entre las calles ruidosas y contaminadas de la gran ciudad. Cada
lugar que visitaba en busca de mi pasado sólo me mostraba las ruinas y el
olvido, pero nada, nada encontré, ni un solo motivo para vivir ahí, era
definitivo, volvería a mi isla que era el único lugar que consideraba como mío.
Todo aquello era ajeno a mí, lo que para todos era una ciudad, para mí era un
valle desolado y triste. Lo que era un estilo de vida para ellos, era un
desperdicio de tiempo para mí. Tal vez mis ojos ya no estaban acostumbrados a
ese mundo, ni mi conciencia pertenecía a ese lugar. Después encontré, en el
único lugar que me llenó de paz, la
verdad de los que antes habían sido míos,
el olvido de la vida se había apoderado de sus alientos, ya no eran más,
nada quedaba para mí en esa tierra, más que soledad y muerte. Pero sabía bien
que a muchas leguas de distancia estaba mi hogar, mi adorada isla.
Volví en busca de
Manora y Leimara para regresar a la isla, pues los siete días se habían
cumplido. Pero al ver a Manora, comenzó a llorar con profundo dolor y me hizo
una confesión que destrozó mi corazón:
-Ayer me encontré con un pasado
remoto, un pasado que creí olvidado, pero al recordar cada instante de ese
pasado, mi mente entró en confusión, me dejé llevar por el instinto, y le besé
los labios al pasado. Cometí un grave error, estoy muy arrepentida, ¡perdóname
por favor, perdóname!
Sentí que mi corazón
y mi alma se destrozaban en mil pedazos. Sentí que todo el rencor y el dolor
del mundo caían sobre mis hombros. Sentí que había perdido la redención y que
de nuevo volvería a mi infierno. Me sentí traicionado por lo que yo más amaba,
era como si mi propia sangre me asesinara. Mas sin embargo vi un verdadero
arrepentimiento en los ojos de mi amada Manora, sus lágrimas eran sinceras. A
pesar de ello, sentí a mis espaldas las convulsas carcajadas de aquellos que me
habían advertido que perdería todo lo que tenía.
Miré fijamente a Manora y le dije:
-Si es que tu
arrepentimiento es sincero, yo te perdono de todo corazón y olvido lo que pasó.
Pero si es que quieres volver a tu pasado yo estoy dispuesto a separarme de tu
camino y dejarte en libertad. Volveré a mi isla, y tú quedarás libre de hacer
lo que quieras, yo sólo me llevaré a mi hija conmigo, ya que es lo único que me
queda en este despreciable mundo.
Manora levantó la mirada
apresuradamente y con la voz entrecortada me dijo:
-No quiero separarme de ti, ni de
nuestra hija. Lo que hice fue el peor error de mi vida y no lo cometeré
nuevamente. Si en verdad me perdonas llévame contigo de vuelta a nuestra isla y vivamos felices el resto
de nuestras vidas. Aquí no
hay nada para nosotros, volvamos
a nuestra isla. Manora
y Leimara prepararon su equipaje,
se despidieron de su familia y nos fuimos rumbo al puerto. Yo no preparé nada,
ni me despedí de nadie, en esa tierra sólo había amargura para mí.
Mientras nos encaminábamos al puerto
recordé un evento sucedido en una de las islas visitadas. Un evento que bloquee
de mi conciente. Manora me había rechazado de forma cruel, yo sufrí, pero ella
llorando me prometió que por el resto de nuestras vidas me curaría las heridas
de esa espina con amor, con mucho amor. No sé porque lo recordé.
Cuando llegamos al puerto, ya
estaban todos los demás ahí. Cholme, Siry y Yamara no traían equipaje alguno,
sólo Omem y su familia traían su equipaje. Lo supe de inmediato, ellos no
volverían con nosotros.
Cholme dijo:
-Hasta aquí ha llegado mi viaje con
ustedes. En el mar no hay nada de vida para mí. En esta tierra buscaré con
paciencia la salvación de mi vida y estoy seguro que ustedes llegarán con bien
a sus destinos. Espero escuchar sus voces a la distancia y no olvidarnos jamás.
Cholme se despidió de todos con
lágrimas enlutando el adiós, y se fue de vuelta a la gran ciudad.
Siry nos dijo:
-Nosotros no nos quedaremos en esta
ciudad, pues en ella sólo hemos encontrado desprecio y burla, pero tampoco
volveremos a la isla que nos vio partir, pues en ella encontramos soledad y
frustración. Yamara y yo nos iremos a vivir a otra ciudad, en donde empezaremos
a vivir una vida totalmente nueva junto con la vida que crece en el vientre y a
la vez, alejados del mar traidor.
Ambos se despidieron de nosotros y
se fueron en busca de sus sueños.
Nuevamente estábamos los mismos que
al principio, Omem y su familia, y yo con mi familia, (lo que quedaba de ella).
Omem preguntó que había pasado con nosotros en la ciudad, pero todo quedó en un
profundo silencio, me avergonzaba y me dolía hablar de lo sucedido, tal vez por
eso me amargó más la vida, porque me guardé ese dolor tan sólo para mí, como
antes ya me había guardado egoístamente muchos otros dolores.
-No hay nada que hacer en la
ciudad, -dijo Manora-, así que volveremos a nuestro hogar en la isla.
-Nosotros también volveremos a
nuestro hogar, -dijo Senaiya-, no existen motivos para quedarnos aquí. Tal vez
volvamos algunas veces, pero preferimos habitar en nuestra isla.
Omem,
al igual que yo, guardó un profundo silencio, era como si
comprendiéramos nuestras tragedias
con el simple cruce de nuestras miradas, como si él
supiera mis sentimientos con el sólo hueco de mi voz. Sabía de mi dolor con el
solo roce de nuestros ojos.
Todos
subimos a los barcos, levamos anclas y velas, y nos preparamos para el viaje de
retorno a nuestras islas. Mientras la ciudad se perdía en el triste horizonte,
el dolor y el rencor crecían dentro de mi cuerpo, la desconfianza se había
apoderado de mi mente. Recordé lo que los demonios me habían dicho, tal parecía
que ese era el momento en que volvería a apoderarse de mí. Pronto nos alejamos
de la ciudad y encontrándonos en alta mar Omem nos invitó a visitar su isla.
-¿Por
qué no? –pensé yo-. Al fin y al cabo está de paso en el camino de nuestra isla
y no tenemos ninguna prisa por llegar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario