domingo, 26 de febrero de 2012

CONSTRUCTOR DE MONUMENTOS




Un hombre solitario arrojaba piedras y conchas deshabitadas al mar en una playa desierta. El sol ya se estaba ocultando y la luna al aparecer excitaba al mar a ir más allá de sus límites. El solitario pensaba en la profundidad de su mente mientras miraba como las piedras y las conchas se estrellaban contra la espuma de las olas y como el sol se escondía cediendo el paso a la noche.
            Cuando más concentrado estaba en sus pensamientos escuchó unos pasos sobre la arena y al voltear vio una sombra que se acercaba a él.
            -¿Quién eres? –Preguntó-.
            Una tranquila voz de hombre contestó:
            -Soy un constructor de monumentos. En una isla cercana tengo mi taller e iba a zarpar en mi bote cuando te miré aquí, triste y solitario, arrojándole piedras al mar. ¿Acaso te puedo ayudar en algo?
            -Estoy bien, sólo un poco triste y decepcionado de la gente que me rodea.
            -Decepcionado y triste de la gente que te rodea. ¿Cuál es la causa? Si se puede saber.
            El hombre solitario tomó un puño de piedras, lodo y conchas, y las arrojó al mar con furia, después habló:
            -Yo soy un artista, escribo poemas, pinto cuadros y hago hermosas esculturas. Soy feliz con el arte, pero nadie me comprende, me juzgan loco, dicen que me voy a morir de hambre y voy a terminar siendo un vagabundo, dicen que   pierdo   mi   tiempo   en  esas   tonterías,    todos   me abandonan. Es por eso mi gran decepción y tristeza, tal vez todos tengan razón.
            El constructor de monumentos puso su mano en el hombro del solitario y le dijo:
            -Yo también soy un artista, construyo monumentos, de eso vivo. Me gustaría que me acompañaras a mi taller para mostrarte algo.
            El solitario aceptó la invitación. El viaje entre la bruma del mar nocturno fue silencioso y pronto llegaron a la isla. Esa extraña isla estaba llena de monumentos por todos lados.
            El constructor de monumentos sonrió al pisar la playa de su isla y dijo:
            -Estos son los monumentos que nunca he podido vender. Nadie los quiere. A mí me gusta construir monumentos de todo, pero algunos nunca se venderán. Mira, este es el monumento del envidioso. Este otro es el monumento del crítico. Aquel es el monumento del traidor y este de aquí es el del avaro. Puedes ver, tengo monumentos de todo tipo de hombre, hay del pesimista, del derrotado, del frustrado y hasta tengo el monumento al hombre sin talentos. Los ofrecí a todas las ciudades y pueblos del mundo, pero nadie quiso colocar en sus plazas a esos monumentos.
            -Son monumentos sin importancia, -dijo el solitario artista-.
            -Tú lo has dicho, -contestó el constructor-. Ahora ven, en mi taller tengo otro monumento que quiero que veas, ya casi lo termino.
            Ambos hombres caminaron en la playa entre los monumentos sin importancia hasta llegar al taller. Allí había un monumento aún sin acabar.
            El constructor dijo:
            -Este es el monumento del artista, ¿sabes? Lo ofrecí  en  todas las  ciudades,  pueblos y  corazones  de  la tierra y en todas partes me lo compraron porque los artistas son grandes y los aman en todo lugar. Tú y yo somos artistas y algún día tendremos un monumento en algún lugar del mundo. Entiende, todos los que te critican, en realidad te envidian, no te desanimes por ellos, ni les escuches, sigue adelante. Has a un lado a todos los que te dañen porque sólo son monumentos sin importancia.
            El joven le agradeció al constructor de monumentos y se fue de la isla feliz de la vida, porque sabía que era mucho más que un monumento sin importancia, él era un gran artista, envidiado por muchos y algún día tendrá su propio monumento, en las ciudades, en los pueblos y en los corazones.

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