El viento acariciaba mi rostro y jugaba con mis cabellos, el mar
susurraba a mis oídos la melodía de su oleaje, las estrellas iluminaban
tenuemente el surco que el barco dejaba en las azules aguas. Mientras esto
sucedía, mi mente pensaba en silencio en todo lo sucedido y se llenaba de un
terrible rencor, un vacío invadía mi vida, el odio y la soledad estaban
volviendo a mi alma y los celos, por primera vez brotaban de el interior de mi
ser. A pesar de que había visto un
sincero arrepentimiento en los ojos de Manora, sentía que no podía confiar más
en ella. Así pasaron varios días, Manora me buscaba y trataba de que todo fuera
igual que antes, pero por dentro, ella sabía que todo había cambiado. La vida
nunca más sería la misma. Existía un abismo entre nosotros, un sentimiento
desconocido, malo. Había desconfianza, resentimiento, dolor, celos. Cuando los
sentimientos negativos entran al corazón, desplazan al amor.
Días
después Omem indicó que su isla estaba cerca. Él, Senaiya y Bely se veían
felices por estar cerca de su hogar, yo sentí nostalgia y envidia por un
momento. Al día siguiente, cerca del atardecer llegamos a la isla de Omem. Los
barcos anclaron a cierta distancia de la playa y llegamos a la isla en los
botes de remo. Manora y Senaiya entraron a la choza a preparar alimentos, Bely
y Leimara se quedaron jugando cerca del mar, Omem y yo emprendimos una caminata
por la playa alrededor de la isla. Esa isla era bonita, pero a decir verdad, no
era tan bonita como la mía, pero se respiraba un aire más puro y había más
cordialidad.
Omem
me dijo estas palabras:
-Conozco
tu dolor, lo denotan tus ojos, pero un huracán no podría vencerte, ¿cómo te
vencerá una gota solitaria? Un miércoles de ceniza fue incapaz de derrotarte,
¿cómo te derrotará un día en el olvido? Somos una raza indestructible,
invisibles a los ojos del fracaso, somos los caballeros del miedo. ¿Cómo podrá
derrotarte la tristeza?
-No
fue en miércoles de ceniza, fue un domingo de ramos. Mi dolor mío es, al olvido
olvidaré. Ya venceré a este dolor que me
agobia, no podrá vencerme jamás, ni siquiera en medio de la tempestad. –Dije
mientras una tímida lágrima se asomaba en mi ojo-.
Omem
sonrió al escuchar mis palabras y volvió a hablar:
-Cuando
llegué a esta isla, traía veneno en mi corazón, el odio me corroía, pero aquí
conocí el amor y la felicidad y no dejaré que nada se interponga en mi camino
truncando esa felicidad y devolviéndome a la oscuridad de donde salí. He
construido un monumento en mi isla como tributo para todos aquellos que en vida
me dieron su amor y no he de decepcionarlos. Mis demonios fueron expulsados de
mi corazón y nada los hará volver. Ahora te pido un favor, toma a tu esposa y a
tu hija y ve a la isla que te dio la felicidad. Recuerda Mohamed, todo lo que
has conseguido con tu esfuerzo y dolor, tuyo es y de nadie más. Yo sé que este
dolor pasará, como han pasado todos los demás. No sé a ciencia cierta lo que
sucedió, pero si sé que tus mujeres te aman inmensamente, la prueba está en que
vuelven contigo a una isla solitaria en medio del mar, dejando atrás las
comodidades del mundo material que vimos en la ciudad, dejando a sus seres
queridos y a su pasado. Piensa con claridad, no dejes que la duda, el odio y el
rencor controlen de nuevo tu vida, sé lo que eres, un triunfador de este viaje
llamado vida. Si tus demonios vuelven y te atacan más fuertemente que antes, tú
también redobla tu esfuerzo y mira hacia el cielo, el cielo siempre te ayudará.
Ten fe, confianza, esfuérzate lo más que puedas y cuando sientas que ya no
puedes, esfuérzate el doble. Vamos a cenar y no te preocupes más.
Cenamos
deliciosamente y dormimos felices, a la mañana siguiente tendríamos que partir.
Le
agradecí a Omem por toda la ayuda que durante la vida me había brindado, me
despedí de él, de su mujer y de su pequeña hija, tomé con mis manos a mis
mujeres y nos fuimos remando de aquella isla. Levamos el ancla de nuestro barco
y comenzamos a navegar hacia nuestra isla. Al alejarnos de la isla de Omem
escuché un canto que repetía una y otra vez la misma frase, era la voz de Omem
que decía:
-“Con
una lágrima de miedo te digo adiós, al conocer lo único que en este mundo no se
puede resolver”.
El
mar nos guiaba hacia nuestro hogar, pero tal vez mi alma no deseaba llegar.
Porque bien sabía que allí me esperaban mis demonios para atacarme y devorarme
en vida, para destruirme y destruir lo que amo.
Los días pasaron y
con ansiedad miraba el horizonte, como si tratara de encontrar en él la
solución a mi desdicha. Mientras yo permanecía mudo en la proa de mi barco,
Manora y Leimara me miraban de lejos como tratando de encontrar mi mirada y de
escuchar mis palabras, pero eso no sucedía, pues mi vista se clavaba en la
conjunción del cielo y del mar, y mi silencio enmudecía aún a las olas del mar.
El odio estaba de vuelta y afectaba lo
que más amo en el mundo. Leimara y Manora me extrañaban, a pesar de que mi
cuerpo estaba junto a ellas, me extrañaban en espíritu. Yo las extrañaba a
ellas también, pero mis demonios eran más fuertes que mi amor y ese amor cada
día se debilitaba más y más.
Una madrugada, al salir la mañana,
cuando esperábamos ver una isla iluminada por los rayos del sol, nos aterró la sorpresa
que posaba ante nuestros ojos, la peor pesadilla de los náufragos se hacía
real. Una poderosa nube negra cubría todo el cielo y el viento retumbaba en
cada rincón del barco, las olas enfurecían y crecían como un monstruo terrible,
y de pronto, las gotas frías y gruesas comenzaron a caer pesadamente desde la
nube, los rayos iluminaban el
rostro del monstruo de la tempestad y nos hacía temblar de miedo. Por primera vez
en el viaje se quitó mi enojo y apareció un terrible miedo a perder a mis amadas
damas. Cada trueno que retumbaba hasta el último rincón de cada molécula de mi
cuerpo y de mi barco me atraía recuerdos horrorosos. Vi frente a mí la nueva
posibilidad de naufragar.
Tuve miedo, esa era la séptima vez
que la muerte me miraba a los ojos y bien sabía que no venía por mí, pues mi
tiempo no había llegado. El miedo era que viniera por mis amadas. Yo estaba dispuesto
a cambiar esa situación, no iba a permitir que se las llevara.
Dentro de mi corazón me propuse, al
recordar las palabras de Omem: “un huracán no podría vencerte”, a vencer a ese
monstruo y a mis miedos. Luché, luchamos con gran fuerza, y a pesar de que el
barco se sacudía de un lado a otro del océano y crujía al choque de las olas y
del viento, a pesar de que el mar quiso devorarnos y el viento mutilarnos, a
pesar de que todos los elementos se aliaron en contra nuestra, esta vez, la
tormenta no pudo romper las alas de la
embarcación, se mantuvo firme ante la
tormenta. Así fue como vencimos a la tempestad. La cual se alejó llorando hacia
el horizonte. Al día siguiente, ya
envueltos en una tensa calma, vimos nuestra isla esperándonos con sus brazos
abiertos. Rápidamente llegamos a ella y anclamos nuestro barco en la playa, en
el bote de remo cargamos nuestras pertenencias y llegamos a la isla. Al pisar
el suelo, en vez de abrazar a mis queridas mujeres y agradecerle al poder
infinito por su protección en medio de los peligros, me fui rumbo al centro de
mi isla, el rencor estaba destrozando a mi alegría. La ira no me permitió
agradecer por la bendición recibida.
El
barco no se hundió en el mar, pero mi corazón había naufragado.
La
tormenta no pudo vencernos, pero los demonios de la isla se apoderaban de mi
corazón.
Dentro
de mi ser deseaba morir, pero ese sería el último demonio que yo vería.
Mis ojos veían con
desesperación a la isla de los demonios, y pensaba para mí:
-Me iré a esa isla
maldita a vivir en soledad y sólo vendré a mirar a Leimara de vez en cuando.
Tal vez así sea mejor. Mejores mis demonios que la traición de una mujer. Mejor
la soledad que la mala compañía.
La tentación de irme
a la isla era grande y las voces que provenían de ella cada vez se escuchaban
más fuertes:
-Mohamed, ven acá.
Este es tu verdadero lugar. Te esperamos con los brazos abiertos, nosotros si
sabemos ser fieles. Ven…
Construí un pequeño
bote de madera para irme a la isla. No tenía la intención de nadar sobre ese
mar maldito y muerto. Manora me rogó que no me fuera, que la perdonara y
Leimara lloró con lágrimas tiernas que eran ácido a mi piel. Pero el llamado de
los demonios era fuerte y mi corrupto interior no me dejaba vivir. Egoístamente
me propuse castigar a Manora por su error, sin saber que ella misma se castigaba
ya. El castigo que me propuse hacerle, fue para mí.
Comencé a remar y
mientras me alejaba de la playa Manora me gritó:
-Cuando puedas
perdonarme y estés curado de tus males internos, cuando sepultes a tus demonios y a tus egos muertos, aquí esteremos,
esperando tu regreso, pues te amamos sinceramente y el arrepentimiento es
sincero. No podré curar tus heridas si no me dejas entrar en tu corazón.
Esas fueron las
últimas palabras que escuché de Manora mientras Leimara lloraba en silencio. Yo
me alejé voluntariamente de la isla de mi salvación y voluntariamente iba
camino a mi infierno.
Pronto estuve cerca
de la isla y entre más me acercaba a ella más cobarde y lleno de prejuicios me
sentía. Casi al llegar a la playa de rocas filosas me atrapó una corriente
marina que me estrelló violentamente contra las rocas, el pequeño bote se
quebró en mil pedazos y mi piel nuevamente yacía lacerada ante su furia. Cuando
abrí los ojos, vi a mis demonios parados junto a mí, a cada uno de ellos y a
otros que no conocía. Todos estaban dándome la bienvenida y repitiéndome que me
lo habían advertido. El único demonio que no estaba presente era el que yo más
deseaba ver, el demonio de mi muerte. Así sucede, recibimos de todo, menos lo
que esperamos recibir.
En la soledad humana
de mi nueva isla pensé en muchas cosas, ¿sería posible que el antiguo yo
estuviera renaciendo dentro de mí? ¿Podré convertirme nuevamente en esa
criatura oscura que antes fui?
En la soledad recordé
tantas cosas:
Recordé el día en que
conocí el miedo, siendo todavía muy pequeño, las lecciones del dolor habían
comenzado. El miedo y el dolor habían vuelto, y a una isla de distancia estaba
mi paz y mi salvación, mas el demonio del rencor me prohibía ir a ella. Que
torpe fui, me odio por eso y reniego de mi propio comportamiento.
Recordé la tarde en
que conocí a la muerte, la vi por primera vez a los ojos aunque después los
encuentros serían tan frecuentes que la llegaría a considerar como a una amiga,
(grave error). La muerte había vuelto a mirarme a los ojos, y a unas horas de
nado estaba la vida, pero el demonio del
odio me hizo quedar.
Recordé el día en que
conocí la decadencia, cuando conocimos lo prohibido en manos de la misma
sangre, fue el inicio de la caída. La decadencia había vuelto en manos
desconocidas, y a un brinco del mar estaba la redención, pero el demonio de la
desconfianza me negó el viaje.
Recordé tantas cosas
que deseaba olvidar; mi primer demonio; la caída desde mis ojos; la tumba vieja
de pasión etérea; los caminos de la vejez; cada una de las visiones de muerte o
fantasmas de la vida; el alimento que no salva; el olvido; la lejanía de los
que creía míos.
También recordé cuando conocí a los
caballeros del miedo, el primero fue Niwde, extrañamente el más ajeno a todos.
Su vida normal discordaba con la enfermiza danza de las nuestras, pero aún así
debo decir que fue el primero y nos ayudó a que el camino de la vida de los
caballeros del miedo fuera menos difícil. El segundo fue Cholme, con su
tendencia a ser dominado pudiendo conquistar al mundo, él fue una ayuda de
protección. Después vino Siry, en la condición más extraña en la que se puede
encontrar a una alma gemela,
en medio de una guerra y en
pelotones enemigos, pero así es la vida, que de una guerra me regaló un
hermano. El cuarto fue Omem, él y yo nos mirábamos a la distancia pensando en
que éramos almas gemelas, pero ni uno de los dos decía nada, fue Siry quien nos
unió tiempo después y confirmamos la creencia de las almas. Leuri y Uram se
unieron a los caballeros del miedo cuando sus dolores los transformaron
naturalmente en uno de nosotros. Wu y Kire se unieron un tiempo después, tal
vez sin conocer la profundidad de nuestros corazones. Algunos otros tuvieron un
paso fugaz por nuestro grupo, pero ni uno de ellos soportó la tortura en la
cual vivíamos y se alejaban despavoridos de nosotros.
Todo esto recordé de
los caballeros del miedo y algunas otras cosas y traté de recordar más de
ellos, pero mi mente estaba nublada.
También recordé mis inicios con Manora, toda esa felicidad
que ahora se desintegraba como ola en la playa, y se esfumaba como la espuma
del mar ante el contacto de la lluvia y del viento, y extrañé estar con ella.
Sus besos tibios y dulces, su calor hermoso, sus manos frágiles, frías, su
cabello exacto y quebrado, su espalda breve, su cintura delicada, sus defectos,
sus pasiones, la extrañé. Confundiendo la costumbre con el amor.
-Debo perdonarla de
corazón, -pensé-.
Pero el demonio de mi
orgullo era más fuerte que mi amor.
De vez en cuando
escuchaba la voz de Manora que me gritaba palabras al viento:
-Ya no ríen más tus
labios, ya no cantas con tus manos. Mi arrepentimiento es sincero y mi amor por
ti es inmenso. Nos haces mucha falta en esta isla, por favor ¡perdóname! Y
vuelve con nosotras, somos tuyas para siempre. Ya no te duelas del ayer ni
busques martirios en el atardecer, sé, lo que diste a conocer, no lo que la
vida y sustracciones te hicieron, sino el alma pura que te dio el nacer. Te
amamos, vuelve pronto por favor.
Mi rencor me cegaba
por completo, pero al recordar las palabras de Omem cuando me dijo que junto a
ellas estaba mi felicidad y que sería muy tonto de mi parte dejarlas. Entonces
recordé lo que el delfín me había dicho aquella tarde cuando escapé de la isla
de los demonios, al ver la primera estrella, y recordé que Omem me había reiterado esas
palabras al caminar en plática por su playa. Recordé esas palabras y
estuve dispuesto a intentarlo. Con las fuerzas de mi amor miré hacia arriba, a
pesar de que los demonios que me poseían me hundían la cabeza en el lodo, y le
pedí al cielo la paz que necesitaba para perdonar de verdad, y el cielo me la
dio. Que tonto había sido, lo único que me hacia falta para enderezar de nuevo
mi vida era mirar al cielo y pedirle ayuda de todo corazón y lo obtendría.
Después de eso sólo me quedó decir:
-Y tú que decías que
eras mía... como de las manos el agua, como del viento la caricia. Y tú que
decías que eras mía... como del tiempo los segundos, como de mi recuerdo tus
labios. Mía, aunque el viento arrastre murmullos de tu soledad, aunque el mar
seque a tus pies el llanto, aunque sean los momentos de llorar y llorar por ti.
Mía, como mía la tristeza de no tenerte aquí. Mía, como una carta que nunca se
escribió, como una lágrima que nunca se derramó, como un corazón limpio que
nunca se amó. Mía, como mía el alma dolida que se duele de tu ausencia y tu
dolor.
Al terminar de hablar, casi como un
impulso me lancé al mar y nadé desesperadamente
con todas mis fuerzas. Al estar a
la mitad del recorrido sentí que una fuerza superior a las mías me jalaba hacia
la profundidad del mar.
-Es mi muerte, -pensé-. Ha llegado
mi hora. Pero no puede ser, el reloj estaba a la mitad.
Pero en ese momento estuve
dispuesto a pelear aún contra la misma muerte, pues era mi deseo ver, abrazar y
besar a mis amadas mujeres, y pedirles perdón por mi terrible cobardía y por
dejarme vencer tan torpemente por los demonios que ya antes había derrotado. La
fuerza comenzó a hundirme en el mar y contuve la respiración lo más que pude,
cuando el aire se terminó, abrí la boca y noté que podía respirar, que extraño,
podía respirar debajo del mar. En ese momento llegaron hasta mí las bellas
sirenas que antes había visto en el ojo de agua hirviente en la isla del Vedor
y con su hipnótica voz me dijeron:
-Somos
las ninfas del amor, a ti te entregamos hace años a una mujer que escrito
estaba sería tu destino de amor, pero tú has errado el camino como si nunca
hubieras cometido errores que la dañaran, y de ella nunca escuchaste un
reproche. El perdón brindado de sus
labios siempre fue sincero
y cuando llegues a la isla
nuevamente te perdonara sin cuestionarte ni reprocharte. Ámala para toda la
vida y que tus labios no vuelvan a reprocharle su error. Hazlo por su bien, por
el tuyo, por el de tu hija y por el bien de los que vendrán. Pero te
advertimos, si no eres capas de perdonar y olvidar, si no abandonas tus
demonios, ella se agotará, se exterminara la fuente de su amor y sus pasos
seguirán otro camino. Esfuérzate antes que sea tarde y no pierdas lo que te
pertenece.
Las
bellas sirenas dejaron de hablar y de sus ojos brotó un llanto color sangre que
se entremezclaba con las gotas de agua provocando un espectáculo multicolor en
el cristalino fondo del mar. Fue un éxtasis extraño que jamás volví a sentir,
una maravilla, un don.
Después
de eso vi que las sirenas se iban de mi lado nadando velozmente, y subí a la
superficie del mar y de nuevo comencé a nadar y nadé hasta llegar a mi isla. En
la playa me esperaban mis dos mujeres con sus ojos llenos de ilusión. Al salir
del agua abracé a Manora y le pedí perdón por haberla abandonado, también
abracé a mi hija Leimara. De verdad me sentía arrepentido por todo el rencor
guardado en mi corazón y también sentía que
el perdón hacia
Manora por su error
era sincero. Ellas no hicieron ningún reproche, al contrario, me
abrazaron y besaron durante muchas horas. (Los sentimientos de un momento, sin
fundamentos profundos, sin raíces, caen ante el primer hachazo del leñador, no
soportan las tormentas).
Al
anochecer nuestros ojos contemplaron un espectáculo increíble. El llanto de las
sirenas envolvió la isla de los demonios como un fuego destructor, y su canto
hizo retumbar la tierra y el mar. Entonces la isla se desquebrajó y se hundió
hacia su propio centro precipitándose al abismo del mar. Nada quedó de esa
isla, ni una sola roca, todo se fue a la oscuridad eterna en el fondo del mar. Mis
demonios y mis egos quedaron sepultados para siempre. No me molestarían más.
Desgraciadamente el demonio de la muerte no estaba allí.
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