domingo, 26 de febrero de 2012

TORMENTA



En el horizonte posaba una exquisita nube gris y la nube crecía y crecía, como un monstruo, como un gigante. Pronto, la pequeña nube se convirtió en un mar de nubes que cubrían con sus negros crespones todo el cielo al alcance de mi vista. El sol que moría tras la tarde se escondió detrás de las montañas a lo lejos de los negros nubarrones y la oscuridad reinó antes de tiempo.    
Mi vista se perdía en la oscuridad del cielo y de pronto fue arrancada por un espectacular rayo de luz, ha sido el más impresionante destello de fuego que he visto en los siglos de mi tiempo, y detrás del destello un fuerte ronquido rasgó el silencio del viento  simulando  ser el  llanto  de las almas  que sufren  un viejo destierro. Pero el rayo y el trueno no venían solos, era un enorme ejército de rayos, centellas, bellos destellos y truenos, que hacían que la tierra se cimbrara hasta su más profundo cimiento.    
Después, la furia de las nubes se calmó y vio morir al último rayo y al último trueno, y como prueba de luto, el cielo ennegrecido comenzó a llorar. Una gota de agua transparente cayó de la nube y se rompió en mil pedazos contra el suelo frente a mis ojos; y después, otra gota, y otra, y otra, hasta que fueron miles de gotas cayendo al mismo tiempo contra el suelo. La tormenta se había consumado.    
Yo observaba extasiado desde mi ventana el maravilloso espectáculo de la naturaleza, pero por dentro mi alma lloraba.     
Al igual que la tormenta mi dolor comenzó como una pequeña nube gris  en el horizonte de mi vida y creció como un monstruo de diez cabezas hasta ennegrecer todo mi cielo; y los rayos y los truenos retumbaban en mi cabeza;  y en mi alma y en mi corazón gruesas gotas de dolor me ahogaban la esperanza. Así me sentía en medio de mi tormenta.
Para cuando la tormenta cesó el sol ya había muerto por completo detrás  de las montañas  y el viento se llevó los restos de las nubes.  Y detrás de la tormenta quedó una dulce paz, el cielo quedó libre de impurezas, la luna y las estrellas brillaban más que nunca. Todo era apacible y bello, tranquilizador y puro. Mi alma se llenó de gozo, porque así como cesó la tormenta cesará la tormenta de mi interior, mi cielo y mi vida quedarán más limpias y brillantes.    
Después de todo, aquellas sabias palabras son verdaderas:    
“Después de la tormenta viene la calma.”

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