En el horizonte posaba una exquisita nube gris y la nube crecía y
crecía, como un monstruo, como un gigante. Pronto, la pequeña nube se convirtió
en un mar de nubes que cubrían con sus negros crespones todo el cielo al
alcance de mi vista. El sol que moría tras la tarde se escondió detrás de las
montañas a lo lejos de los negros nubarrones y la oscuridad reinó antes de
tiempo.
Mi
vista se perdía en la oscuridad del cielo y de pronto fue arrancada por un
espectacular rayo de luz, ha sido el más impresionante destello de fuego que he
visto en los siglos de mi tiempo, y detrás del destello un fuerte ronquido
rasgó el silencio del viento
simulando ser el llanto
de las almas que sufren un viejo destierro. Pero el rayo y el trueno
no venían solos, era un enorme ejército de rayos, centellas, bellos destellos y
truenos, que hacían que la tierra se cimbrara hasta su más profundo
cimiento.
Después,
la furia de las nubes se calmó y vio morir al último rayo y al último trueno, y
como prueba de luto, el cielo ennegrecido comenzó a llorar. Una gota de agua
transparente cayó de la nube y se rompió en mil pedazos contra el suelo frente
a mis ojos; y después, otra gota, y otra, y otra, hasta que fueron miles de
gotas cayendo al mismo tiempo contra el suelo. La tormenta se había
consumado.
Yo
observaba extasiado desde mi ventana el maravilloso espectáculo de la
naturaleza, pero por dentro mi alma lloraba.
Al
igual que la tormenta mi dolor comenzó como una pequeña nube gris en el horizonte de mi vida y creció como un
monstruo de diez cabezas hasta ennegrecer todo mi cielo; y los rayos y los
truenos retumbaban en mi cabeza; y en mi
alma y en mi corazón gruesas gotas de dolor me ahogaban la esperanza. Así me
sentía en medio de mi tormenta.
Para
cuando la tormenta cesó el sol ya había muerto por completo detrás de las montañas y el viento se llevó los restos de las
nubes. Y detrás de la tormenta quedó una
dulce paz, el cielo quedó libre de impurezas, la luna y las estrellas brillaban
más que nunca. Todo era apacible y bello, tranquilizador y puro. Mi alma se
llenó de gozo, porque así como cesó la tormenta cesará la tormenta de mi
interior, mi cielo y mi vida quedarán más limpias y brillantes.
Después
de todo, aquellas sabias palabras son verdaderas:
“Después
de la tormenta viene la calma.”
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