Un grupo de hienas platicaba a la luz de la luna en el desierto.
Una de ellas dijo:
-No soporto a esos coyotes, siempre
buscando comida, son tan montoneros y se comen todo lo que encuentran.
-Eso dices de los coyotes, -dijo
otra-. Pero, ¿qué me dices de los lobos? Siempre con su astucia y su mirada
maligna. Los lobos son perores que los coyotes.
Otra de las hienas con mucha
seriedad dijo:
-Eso no es nada, los buitres son
peores, siempre esperando que otros mueran para alimentarse de sus restos. Eso
es terrible.
-Sí, es verdad, -dijo una cuarta
hiena-. Sin embargo los peores de todos son los leones que con su gran poder se
vuelven los tiranos de otros seres.
Así estuvieron durante mucho tiempo,
las hienas criticando a los demás seres bajo la luz de la luna. De pronto,
cuando más interesadas estaban las hienas en su palabrería, llegó una serpiente
y les dijo:
-Señoras hienas, quiero darles un
sabio consejo, espero que lo acepten. Mi consejo es; no muerdan, morder es
malo.
Las hienas soltaron una estridente
carcajada y la líder del grupo le dijo a la serpiente:
-No seas hipócrita, tú vives de
morder a otros y vienes a decirnos que no mordamos porque es malo.
-Exacto, -dijo la serpiente-. Me
escuché ridícula e hipócrita, igual que ustedes en su plática trivial. Todos
los defectos que dijeron de los
animales los tienen ustedes mismas y muchos más. ¿Cómo se atreven
a criticar a sus hermanos?
La víbora se fue reptando en la arena del desierto y las
hienas se quedaron en un sepulcral silencio al ser abofeteadas por las palabras
de la serpiente. Las hienas ya no hablaron más bajo la luz de la luna en el
desierto.
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