En el cuerpo de una persona vivían un gran número de órganos que se
coordinaban para que pudiera seguir viviendo. Cada uno de los órganos realizaba
su función con alegría y vivían en total armonía. Pero uno de los órganos era
un amargado, siempre decía cosas malas y su infelicidad afectaba a los demás
órganos. Ese órgano amargado era el corazón.
Un día
se reunieron a escondidas todos los órganos. Ellos se quejaban del amargado
corazón y decidieron darle una valiosa lección. Los órganos comenzarían una
revolución interna.
Al día
siguiente se volvieron a reunir y fueron con el corazón.
-Mira
corazón, -dijo el cerebro-. Estamos hartos de tu amargura y tu negativismo.
Venimos a exigirte que cambies o si no tendremos que formar una revolución en
tu contra.
El
corazón, arrogante y grosero, dijo:
-Ahora
yo soy el amargado, yo tengo la culpa de todo. Vean la razón de por que soy un
amargado. Todo lo que los ojos ven es triste, malo y feo, si alguien tiene la
culpa de mi amargura, son los ojos.
Al
escuchar esto los ojos apagaron su luz y aquel cuerpo quedó ciego. Ya no había
razón para que el corazón se amargara.
Pasó un
tiempo y el corazón seguía en las mismas. Nuevamente los órganos se reunieron
con el corazón y esta vez el corazón culpó a las horribles cosas que escuchaban
los oídos.
-Los
oídos sólo escuchan tragedias, malas palabras y llantos. Reconozco que soy un
amargado, pero los oídos tienen la culpa de que lo sea.
Los
oídos al escuchar que el corazón los culpaba por su amargura se hicieron nudos
y aquel cuerpo quedó sordo. Ya no había pretexto para la amargura del corazón.
El
cuerpo era ciego y sordo, pero el corazón seguía siendo un amargado. Todos los
órganos que aún funcionaban se reunieron de nuevo con el amargo corazón y le
exigieron cambiar su conducta, mas el corazón nuevamente culpó a otros.
-La
lengua es una falsa, sólo se mueve para maldecir y contar chismes, es por culpa
de la lengua que soy un corazón amargo.
Al escuchar
esto la lengua se trabo y el cuerpo quedó mudo. Siendo ciego, sordo y mudo, ya
no habría pretexto para ser un amargado.
Algunos
días pasaron y el corazón cada día estaba peor. El cerebro exigió el cambio de
conducta al corazón, pero este continuaba culpando a otros por su amargura.
-La
piel siente dolor constantemente y ese dolor me amarga. La nariz huele cosas
desagradables y esa pestilencia me amarga. Los huesos y los músculos se
lesionan y ese dolor me amarga. Las manos y los pies tocan cosas indebidas y se
mueven a lugares prohibidos y su desobediencia me amarga. Y que puedo decir de
los órganos internos, todos se enferman y su sufrimiento me amarga.
Al
escuchar esto, la piel se insensibilizó, la nariz se tapó, los huesos y los
músculos dejaron de moverse, las manos y los pies se paralizaron y los órganos
internos dejaron de funcionar.
El
cuerpo quedó en estado vegetal, sólo el cerebro y el corazón seguían
funcionando y mantenían con vida al cuerpo.
-Ya
sólo quedamos tú y yo, -dijo el cerebro-. Si cualquiera de nosotros dos deja de
funcionar el cuerpo morirá y por lo tanto todos moriremos. Tú decide corazón,
si continúas con tu amargura yo dejaré de funcionar y tendrás que morir mi
muerte.
El
corazón se quedó en silencio como pensando en lo que haría, y después dijo:
-Cerebro,
tú tienes la culpa de mi amargura, siempre estás pensando en cosas malas y tu
maldad me amarga.
-¡Basta
ya! Deja de culpar a otros por tu amargura. Dejaré de funcionar porque estoy
harto de tu estupidez.
-¡No,
espera! No dejes de funcionar por favor, te prometo que voy a cambiar, me
quitaré toda la amargura y pediré perdón a los otros órganos.
Al
escuchar las palabras sinceras del corazón, todos los órganos despertaron; los
ojos vieron de nuevo, los oídos escucharon, la lengua habló, la piel sintió, la
nariz olió, los huesos y los músculos funcionaron, las manos tocaron y los pies
caminaron, y todos los otros órganos volvieron a funcionar.
Desde
ese día en que el corazón arrancó su amargura, el cuerpo volvió a vivir en
armonía y todos los órganos son felices porque recuperaron a su hermano el
corazón.
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