Desde que llegué a la isla miraba con interés otra isla que se veía a
una distancia considerable, esa isla tenía una montaña rocosa que llamaba mucho
mi atención, ya que desde niño mis dos grandes pasiones en la naturaleza fueron
el mar y las montañas. Siempre tuve la tentación de visitar esa isla y explorar
lo que en ella había, pero no me atrevía porque el trecho de mar era largo y se
veía peligroso, además de que el recuerdo de mi experiencia con los delfines
cuando era niño aún me provocaba un poco de temor.
Al
correr del tiempo mi interés fue desapareciendo. Pero un día, súbitamente el interés
en la isla volvió e incluso llegué a escuchar una voz que me decía que fuera
hacia allá. Se lo comenté a Manora y me dijo que estaba loco. El interés de
explorar esa isla se estaba transformando en obsesión, así que me preparé,
tanto física como mentalmente para el largo recorrido rumbo a lo desconocido.
Practiqué en el río el nado y aprendí a soportar sin respirar por si acaso me
hundía por instantes. Me preparé muy bien físicamente, aunque en lo mental me
descuidé un poco. (A veces, casi siempre, los descuidos salen muy caros).
Una
mañana en que el viento y el mar estaban calmos, y la marea baja, antes de que
Manora y Leimara volvieran de sus sueños, decidí que iría a explorar la isla.
Con un poco de temor comencé a nadar en la espumosa y salada agua del mar.
Conforme avanzaba, el temor desaparecía y era sustituido por el cansancio, sin
embargo no era un cansancio físico provocado por el esfuerzo, sino que era un
cansancio espiritual provocado por una rara sensación emergida del centro de la
isla. Una fuerza poderosa, no benigna, era emitida de cada rincón de la
misteriosa isla.
Dos
horas estuve nadando en el mar y extrañamente ningún animal marino se había
acercado a mí, era como si todo ese ser de agua estuviera muerto. Media hora
después llegué a la playa de la isla, que, contrariamente a mi isla, no tenía
arena fina y blanca, eran puras rocas afiladas que amenazaron con cortarme la
piel de mi cuerpo y cumplieron. Como pude salí de las rocas y vi que mis
heridas eran más graves de lo que pensaba,
pero el viaje había sido largo
y agotador y me
sería imposible regresar en ese
momento. Con las plantas que
pude recolectar y un poco de lodo
hice una especie de medicina y vendajes que no permitieron que mi sangre se
agotara. Esperaba recuperarme pronto para adentrarme en la isla o regresar a mi
isla junto a mis amadas.
Descansé
un momento en una gran roca, y cuando estuve recuperado del cansancio y un poco
de mis heridas comencé a explorar la misteriosa isla. La montaña era mucho más
alta de lo que imaginaba y sus rocas eran filosas y traicioneras. Con un gran
esfuerzo logré escalar la montaña y desde su cúspide lograba ver la redondez
del mundo dibujada en azul marino, también podía ver mi isla y cientos de islas
lejanas. En la mística isla en la que me encontraba no había vegetación y
aparentemente yo era la única criatura viva. Esa isla estaba muerta, como si
fuera poseedora de una terrible maldición, así como en la isla del Vedor, pero
sin su belleza.
Terminé
de observar todo lo que rodeaba a la isla y continué explorando. Al rato
encontré una caverna con entrada pequeña entre las rocas de la montaña y sin
medir el peligro entré en ella. Al parecer no tenía ramificaciones y era un
solo túnel largo y estrecho. Decidí explorar su interior y a rastras me metí en
él. El túnel no parecía conducir a ningún lugar, mas por alguna extraña razón
yo me arrastraba por su interior. Era como si hubiera perdido el control sobre
mi mismo y la isla me dominara. Momentos después vi una preciosa luz al final
del túnel. Pensé que era la salida y me apresuré hacia la luz. Bella sorpresa
encontré al salir del estrecho hueco en la montaña. Allí había todo un mundo
nuevo, llenó de vegetación y animales
preciosos. Había ríos y lagos, y también creí ver algunas chozas.
-Esta
isla está habitada, -pensé-.
Traté
de bajar por la ladera de la montaña que había mudado sus rocas por un fino
pasto y en mi intento resbalé y por más que traté de sostenerme de algo no lo
logré y caí hasta el fondo. Al abrir los ojos miré a un ser con ojos secos y
cabellos plateados, sus labios estaban agrietados y sus manos temblaban
constantemente.
-¿Quién
eres? –le pregunté con temor en mi alma pues era el ser más horrendo que había
visto en mi vida-.
La
respuesta que recibí de su ronca voz, fue la respuesta que menos quería recibir
o que menos imaginé recibir en cualquier momento de mi vida.
-Soy
tu demonio. El demonio de tu odio. Al llegar a la isla después del naufragio y
conocer a Manora creíste que había desaparecido, pero en tu corazón seguí viviendo
y sólo necesitas un motivo para que de nuevo resurja en ti, de la misma forma
en que resurgí en el combate contra el Vedor.
-Es
mentira, tú no vives en mí, no te necesito, ahora soy feliz, ya no deseo más al
demonio del odio. Además como conoces los eventos de mi vida. ¿Quién te crees
que eres monstruo horrendo?
Una
carcajada estrepitosa brotó desde los ojos secos del demonio, y sin mover sus
agrietados labios me dijo:
-¡Sí
no me necesitas, entonces! ¿Por qué has venido a buscarme en la isla? Cruzaste
una gran extensión de mar, un mar maldito si es que lo pudiste notar. Caminaste
por las piedras que parecen cuchillos y rasgaste tu piel, y con ese dolor
escalaste la montaña y te arrastraste por un túnel sin final. Todo eso por que
escuchaste mi voz llamándote. ¿Y dices que no me necesitas? Yo soy parte de ti
y tú eres mío. Vete de mi presencia, que ya llegará el momento exacto en que
invoques de nuevo mi presencia, será el momento en que el odio vuelva a reinar
en tu vida. Te veré pronto necio. Vete ya, no tolero tu impertinencia ni tu
orgullo.
Salí
despavorido de ese lugar, escalé rápidamente la montaña y recorrí el túnel casi
sin sentirlo. Deseaba alejarme de esa isla prontamente y nunca más volver ni
siquiera a mirarla. Tanto miedo tenía que olvidé mis heridas y cansancio y casi
pude volar sobre la montaña.
A
la salida del túnel me esperaba otra sorpresa desagradable, todavía no me
sobreponía del horror del demonio del odio cuando llegó un nuevo miedo, allí,
revoloteando sobre mi cabeza estaba el ave nocturna llamada Vedor, a plena luz
de día y sin estar intoxicado por los hongos.
El
Vedor me miró fijamente y me dijo:
-Hoy
estás solo, hoy eres un simple humano. Yo soy tu demonio, el demonio de la
desconfianza. Desde tu tierna infancia viví en tu corazón. Provoqué que no
creyeras en ti mismo ni en nada de lo que te decían, pero una noche me
expulsaste de tu corazón en un
sueño, ¿lo recuerdas? Tiempo después mientras vagaba por el mundo
te encontré y no te reconocí, pero en
cuanto te reconocí me llené de temor
pues el demonio del odio vivía en ti. Hoy estás solo, ni siquiera el demonio
del odio está contigo. Mas no te preocupes, no es mi intención volver a tu
corazón, porque algún día tú volverás apresurado al mío. Por tu propia voluntad
nos volveremos a ver, seremos un solo ser.
El
Vedor se fue volando sin permitirme decir nada a mi favor. Me quedé petrificado
por las cosas que estaba viendo o tal vez las estaba alucinando.
Esa
isla era un infierno que deseaba abandonar al instante, bajé la montaña
velozmente y a sus faldas me esperaba una cabra con los cuernos exageradamente
torcidos y sus ojos desorbitados, parecía que la cabra me quería atacar. Yo me
quedé inmóvil esperando el ataque, y en vez de eso la cabra me habló con voz
chirriante:
-Soy
tú demonio, el demonio de la soledad. Hace tiempo fui uno contigo, tu soledad
era nuestra soledad, sin embargo encontraste gente como tú, sola, deprimida,
perturbada y te aliaste en amistad con ellos, para mí eso fue imposible de
lograr y nuestra soledad se volvió mi soledad. Extrañamente eso no me preocupa,
pues yo sé que muy pronto volverás a mí, esta soledad será de ambos nuevamente.
Volveremos a ser una sola soledad.
-No
volveré a ti maldito demonio de la soledad, nunca volveré a ti, tengo amigos,
esposa e hija. ¿Cómo podré volver a ti voluntariamente?
-Ya
lo verás cuando sea el momento. Por hoy te voy a dejar que sigas con tus
sueños. Te veré pronto en medio de esta soledad, cuando regreses a la terrible
realidad. Nos vemos pronto Mohamed.
Corrí
hacia el mar apresuradamente y la cerrazón inundando mi mente no permitió
recordar las afiladas rocas y otra vez caí en ellas haciendo más profundas mis
sangrantes heridas. Caí de bruces dentro del mar y la sal carcomió mi carne
viva. Abrí mis ojos buscando en el cielo una esperanza y la memoria de mis
mujeres amadas vino a mi mente. ¿Cómo era posible que hubiera cometido el
terrible error de ir a esa isla? No
tenía ningún motivo para arriesgar a perder todo lo que tenía, por primera vez
en muchos años la vida era buena conmigo y tenía que echarlo a perder con mi
necedad. La imagen de mis mujeres amadas me dolía en el interior del alma, tal
vez no las volvería a ver y ellas quedarían solas en la isla.
Ante
mis ojos apareció una criatura negra como la noche, sus ojos parecían abismos
infranqueables y sus vestiduras como la eternidad del infinito. En su mano
derecha tenía una hoz y en su mano izquierda un reloj de arena que estaba a
menos de la mitad de su tiempo.
-¿Quién
eres? ¿Acaso eres mi muerte?
Con
voz que parecía llanto y estruendo de dolor me dijo:
-Soy
tu demonio, soy tu muerte. Pero no temas que este reloj indica tu día y tu
hora, y como verás no está ni a la mitad del tiempo. Antes te he visto; en el
día de nacer te vi por primera vez; en la noche fría del cisne muerto; después
en la caída del templo natural; también al cruzar el fiero mar; y en el
naufragio también te miré; hoy te miró a los ojos por sexta vez, sin embargo
todavía no es tu tiempo. Te veré algunas veces más y en una de ellas irás conmigo.
Tú y yo sabremos el momento preciso en que seremos uno.
No
pude refutarle nada a ese demonio, es el único demonio que tiene razón. No vale
la pena luchar contra él, porque aunque uno piense que se le puede vencer, en
realidad es él que no quiere ganar, porque llegando el momento indicado, nos
vence sin ningún problema.
Antes
de irse a su infierno entre los sepulcros de los santos muertos y soplar su
halito negro entre los vivos, el demonio de la muerte me dijo algo más:
-Hoy
te miré a los ojos y no para arrancar tu vida, sino para protegerla, el olor de
tu sangre atraerá a los tiburones y querrán devorar tu carne, sin embargo he de
mandar a los delfines para que protejan tu vida. No debes morir, ese es mi
trabajo, no tu voluntad.
La
muerte se fue de mi lado y los delfines llegaron. Con dolor comencé a nadar en
el frío mar. Mientras nadaba recordé todos mis encuentros con la muerte, ya antes me había mirado a los ojos, pero me
dio mucha seguridad saber que la muerte me protegía de la muerte y que mi
tiempo en el reloj de arena todavía no estaba ni a la mitad. Mi cabeza no sería
cortada por la hoz de la muerte, no todavía.
El
mar me pareció mucho más pesado de vuelta, la sal se metía en mis heridas y el
miedo a los tiburones era grande, no porque me
fueran a comer pues mi hora
no había llegado, el miedo era a que me arrancaran una pierna o
un brazo, sin embargo los delfines vigilaban constantemente y no se separaban
de mí. Observaban a todos lados y giraban a mi alrededor, buenos guardianes y
amigos.
A
medio camino acuático, los delfines se detuvieron, se pusieron notablemente
nerviosos, comenzaron a dar vueltas a mi alrededor y brincaban por encima de mi
cabeza. Me asusté, y esperaba ver a los tiburones rondando, no fue eso lo que
vi, un gran chorro de agua se elevó hasta una gran altura y comenzó a tomar una
forma semihumana. Era transparente como el agua, pero a la vez denso como un
cuerpo. Era un monstruo gigantesco. La
transformación del agua cesó y el ser que brotó de ella me dijo:
-Soy
tu demonio, el demonio de los celos. Antes no nos conocíamos, hoy nos
conocimos, y mañana viviré dentro de ti. También soy el demonio del rencor, que
junto con los celos, el odio, la soledad y la muerte, pronto viviremos dentro
de ti. Seremos una sola fuerza, una devastadora combinación que hará daño a
todo lo que nos rodee.
-No
te conozco y jamás te conoceré. Tengo confianza en lo que amo y los celos nunca
me invadirán. Tú no tendrás potestad de mi vida ni de mi corazón. No te temo,
sé bien lo que soy y lo que siento.
El
demonio de los celos y el rencor comenzó a volverse agua y casi antes de
fundirse de nuevo con el mar, me dijo:
-Ya
verás mañana. Te veré de nuevo y me dirás lo que opinas de las vueltas que la
vida da.
El
demonio desapareció, no sin antes resonar una estruendosa carcajada, los
delfines se tranquilizaron, yo seguí nadando en la pesada agua y todavía no
podía mirar mi isla. Nadé casi las cuatro horas, lo cual me indicó que iba
mucho más lento que de ida. Por fin miré la playa suave de mi isla y justo en
ese momento apareció en el cielo la primera estrella de la noche, que me
pareció burlarse de mi situación. Los delfines se detuvieron y uno de ellos me
dijo:
-Mira
al cielo, es más grande, poderoso y majestuoso que la isla de los demonios y
que los propios egos de tu interior marchito. Los demonios te atacarán, así
está escrito en las líneas de la corriente marina de tu vida. Sin embargo,
cuando llegue ese momento mira al cielo y pídele ayuda. Recuerda, que todos los
demonios del mundo son un grano de polvo ante el magnánimo poder del cielo.
Los
delfines se fueron zigzagueando y saltando en el agua y yo me quedé mirando las
estrellas en su triunfante aparición sobre el cielo de la noche en mi isla. El
delfín tenía razón. Todos los demonios del mundo serían incapaces de dañarme y
hacerme volver a ser un caballero del miedo si yo me acordaba del cielo y le
pedía su ayuda. ¿Quién podrá vencernos?
Nadé
los escasos metros que me faltaban para llegar a la seguridad de mi isla y en
la playa me esperaban Manora y Leimara. Ellas, en vez de estar molestas con mi
actitud egoísta, me abrazaron, besaron y tiernamente curaron mis heridas. Nunca
preguntaron lo sucedido en la isla, ni yo se los comenté. (Hay cosas que nadie
merece saber jamás, demasiado dolor). Aquella experiencia quedó guardada en mi
corazón. Leimara me miraba como si no fuera yo, tal vez era por mis ojos
perdidos o por la mutación de mi rostro, el miedo que ella sentía en su
interior hacia mí me desquebrajó el alma. No existe un dolor más grande dentro
del corazón humano que el ser temido por los que tanto amas.
Salimos
todos juntos después de curar mis heridas y descansar un poco a mirar las
estrellas, allí conocí de nuevo a mi miedo y pensaba en todo lo que los
demonios me habían dicho, ¿qué pasaría si se volvían reales sus amenazas? Sólo
me quedaba mirar al cielo y confiar en él.
Esa
noche dormimos en las arenas de la playa y tuve un sueño perturbador. Éste fue
mi sueño:
“Estaba
parado en la playa de mi isla, solo, Manora y Leimara aún no aparecían en mi
vida. En el horizonte observaba un resplandor poderoso, una luz etérea,
sublime, inaccesible. La luz, lentamente se acercaba y en su andar congelaba
todo lo que tocaba, las olas quedaban heladas en lo alto del cielo y los
animales del mar como estatuas de cristal. La luz crecía y crecía mientras se
acercaba con su helado poder. De pronto, la luz me envolvía, pero no me
congelaba, solo pasaba por mi ser y se alejaba de mí, congelando la isla y el
mar. De horizonte a horizonte todo era hielo, la blancura de ese mundo me daba
temor, una sensación de vacío y soledad que me petrificaban. Más tarde, el
hielo comenzaba a quebrarse, explotaba como si un fuego interno las poseyera y
de cada trozo de hielo brotaba un halito extraño, eran espíritus, mis demonios
odiados. Todos ellos me rondaban, pero al parecer no podían tocarme, entonces
fue cuando vi lo más sorprendente de todo, un rayo poderoso de luz bajaba del
cielo y quemaba a los espíritus, convirtiéndolos en nada. El hielo desaparecía
sin dejar rastro, todo volvía a la normalidad.
Desperté,
Manora me abrazaba y Liagiba estaba sentada observándome. Ella me sonrió y me
hizo olvidar todo el dolor. No sé lo que signifique ese sueño, cada quién puede
descifrarlo según su entendimiento, pero yo lo tomo, como un presagio de lo que
pronto será. Tal vez, cuando el destino nos alcance.
-�
s r � S
0�2 9pt'> Omem:
-“Es verdad que yo les
obligué a decir promesas que sabía no cumplirían. Pero el miedo a la soledad me
inundaba en aquella noche y me era necesario sentir que el destino nunca nos
alcanzaría y que nuestros caminos no se bifurcarían. Mas la tempestad me orilló
a una isla suave y tibia, y me dio el placer y el amor que nuca tuve, y ahora
hasta tengo una nueva vida que proteger. Hermanos míos, los perdono de todo y
olvido sus promesas, ahora pueden vivir en sus propia islas, ser felices y
luchar por ello. Yo me mantendré en mi hermosa isla y algún día, tal vez en
otra vida o en otro lugar, los veré.”
Cuando
escuché las voces de los caballeros del miedo, sabiendo que habían encontrado
lo que buscaban y que por ello estaba solo y triste, lloré, lloré como nunca antes lo había hecho y entristecí a tal grado de
odiar la vida en todos sus sentidos. Yo que nunca hice promesa alrededor del
fuego era el más dolido por el incumplimiento de las promesas. Cuanta razón
tuve de no prometer y no creer en las promesas, éstas siempre se olvidan.
Un
día, en mi soledad propuse a mi corazón. Usaré el barco para que me ayude a
rescatar a los caballeros del miedo y regresaremos a nuestro hogar. Comencé la
obra y mientras sacaba a mi barco de su escondite vi que el mar le entregaba a
la playa una mujer victima de otro naufragio. Corrí hasta la playa y tomé a la
mujer en mis brazos, ella abrió sus ojos cansados y asustados y
fue como si el
destino fuera que
nuestras vidas estuvieran juntas
por la eternidad y ese destino nos hubiera alcanzado. Sus grandes ojos color
café me miraron como nunca antes alguien me había mirado, su cabello rizado se
enredo entre los dedos de mi mano, su frágil cintura se protegió con mi
brazo, sus labios rotos de angustia esbozaron una sonrisa y sus delicadas manos arrugadas por el agua y
la sal se abrazaron a mi cuello. Parecía que la vida me sonreía por fin,
después de tanto dolor y decadencia, la vida y el mar me traían algo bueno.
-¿Cómo
te llamas? -Le pregunté a la mujer-.
-Mi
nombre es Manora Naele, -me contestó con su dulce voz-.
-Mucho
gusto que estés aquí, -le dije nuevamente-. Yo soy Mohamed Vak y te doy la más
cordial bienvenida a esta isla. Lamento que sea en estas condiciones, tras un
naufragio, pero en verdad me agrada que estés aquí. Pero dime que fue lo que te
pasó, cual es tu historia.
Manora
había naufragado mientras viajaba solitaria a un mejor destino, (eso creía
ella). Los que la acompañaban en el viaje habían perecido, pero en realidad eso
no le importaba mucho. Me contó esto con lágrimas en los ojos y tuve la
impresión de que algo me escondía. No dije nada, pues en verdad no me incumbía,
ni era el momento de confesar. Yo le curé sus heridas, le di de beber y la
alimenté. Le confeccioné vestimenta y refugió para habitar. Ella me estaba
agradecida por todo, aunque en sus ojos se asomaba la tristeza.
Manora
y yo pronto nos enamoramos y no fue por que éramos el único hombre y la única
mujer de la isla, entre un millar do de personas también nos hubiéramos
enamorado porque así estaba escrito el destino. O por lo menos eso pensábamos
nosotros en aquel momento. Los instantes de la vida nos hacen pensar en cosas
que al verse en retrospectiva nos parecen tan ridículas, aún así, no se pueden
omitir debido a la felicidad que algún día provocaron.
Los
años pasaron como la espuma del mar y Manora y yo hemos sido muy felices en
nuestra isla, nos hemos propuesto habitarla y llenarla de vida hasta que la
muerte nos alcance, si es que no podemos vencerla algún día. Tenemos tantos
planes maravillosos, tantos sueños.
El
dolor de las promesas olvidadas ya quedó en el olvido, tal vez fue necesario
que se rompieran para que cada uno de los caballeros del miedo encontráramos la
felicidad y olvidáramos la amargura de nuestros corazones. A mí me queda el
consuelo de no haber roto promesas, pues nunca las hice alrededor del fuego. Y
si las hice, las hice en lo profundo de mi corazón y de mi
alma. Tal vez el naufragio
fue la más grande bendición de nuestras vidas. Tal vez las tragedias nos
llevan a las bendiciones, tal vez el dolor nos lleve a la felicidad, tal vez la
guerra interna nos lleve a la paz del alma. Y tal vez, ¿porque no? los veré de
vez en cuando flotando en el viento de mi memoria.
Hasta
que el destino nos alcance…
El
tiempo pasó rápidamente de la misma forma que los granos de arena pasan de un
lado a otro dentro de un enorme y viejo reloj. Como el viento, que se va y
vuelve a venir, sin dirección, sin mando. Así es el tiempo, vuela cuando
quieres que pase lento y se detiene por completo cuando quieres que se vaya
lejos.
Manora
y yo hemos vivido felices en nuestra isla, y de nuestro amor que nos profesamos
a diario ha nacido nuestro nuevo amor y le hemos puesto por nombre “Leimara” en
honor a la isla que nos salvó de la furia del mar y de nuestros naufragios.
Leimara se parece mucho a su madre, su cabello color castaño es rizado como los
rayos del sol entre las nubes, sus ojos grandes color de miel son la alegría de
esta isla y su cuerpo delicado, pequeño y hermoso es nuestro motivo de
felicidad. La vida ha sido buena con nosotros, esta isla nos da alimento y
protección, el amor nos dirige a diario, somos felices. Es verdad que ha habido
algunas tormentas que azotan con furia a la isla, pero nada suficientemente
fuerte para destruirnos.
Yo
siempre supe que el destino nos alcanzaría, pero nunca imaginé que sería de
esta forma. Si es que esa es la forma definitiva que el destino nos ha
deparado, tal vez aún no nos alcanza. En la carrera de la vida uno no puede
saber que ha llegado a la meta, hasta que realmente se está en ella, hay muchas
metas falsas.
-Nos
encontrará la muerte –pensé-. Llena de ira y venganza, nos hará sufrir de
dolor, nos destrozará como animal rabioso. Así pensaba que sería cuando el
destino nos alcanzara, y nos alcanzó, pero no de esa forma, sino todo lo
contrario. La vida ha sido buena con cada uno de nosotros, con cada isla y
espero que así siga por mucho tiempo o mejor aún por la eternidad.
No me ciego a que el destino que pensé nos
alcanzará algún día, si es que no podemos derrotarlo unas cuantas veces más,
pero ahora lo veo de otra forma, porque la vida no ha seguido con sus clases de
dolor con mi alma, sino que me ha regalado una dicha enorme desde que
naufragué. He sido capaz de ver lo bueno
dentro de lo malo, la bendición dentro de la aparente maldición.
Y ya veré que sorpresas más me
traerá la vida. Me ha alcanzado un destino, distinto al que creí. ¿Me
alcanzará de nuevo el destino?
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0�2 de felicidad, donde la
muerte es inexistente, miré las maravillas que ustedes no
pueden tan siquiera
imaginar, fui feliz
en esa eternidad, arrastré las
estrellas con mis manos y mis pies, y entendí la verdad del universo, yo sé que
ustedes no me comprenden, pero lo que les digo en verdad pasó, yo lo viví, yo
lo vi todo.
-Me
parece que el agua se te subió al cerebro, pero ya se te pasará, -me dijo Omem
con su típica expresión de insensibilidad -.
No
quise protestarle a Omem y a los otros, después de todo no había forma de
comprobar lo que les estaba diciendo, yo mismo dudaba de que en realidad hubiera pasado. Mejor me lo guardé en secreto y ya veré si
algún día sé lo que en realidad pasó.
Omem
continuó hablando:
-Lo
importante es que estás bien para ayudarnos
con el gran problema que
tenemos. Nuestro barco aún no se recupera del sueño y no
podremos partir a alta mar y las
provisiones han escaseado
y se han
acabado. Tú estás entrenado y podrás ayudarnos a no morir
de inanición en esta horrible isla, ayúdanos Mohamed. Hoy más que nunca
necesitamos de tu experiencia y habilidad para salir de este problema.
(Mi
entrenamiento era: cuando niño pertenecí a un club de exploradores y aprendí a
hacer fogatas aún bajo la lluvia; a cazar animales salvajes; a hacer nudos para
diferentes ocasiones; a cocinar al aire libre; aprendí primeros auxilios, y
otras muchas cosas útiles que todo niño debiera aprender por si algún día lo
necesita. Ese era mi día).
-Sí,
les ayudaré y al mismo tiempo me ayudaré a mí, pero primero tienen que curarme
las heridas que el hoyo negro provocó en mi cuerpo. Son dolorosas y profundas y
con ellas a cuesta no podré hacer nada.
Todos
me miraron con extrañeza, pues en mi cuerpo no había ni una sola herida, no en
la piel, aunque todo me dolía, era muy probable que el dolor fuera interno o
provocado por mi propia mente.
Vi
el rostro preocupado de Omem, y tratando de serenarlo le dije:
-No
se preocupen, que pronto encontraremos provisión para nuestros
cuerpos y para nuestros
espíritus, y cuando se recupere nuestra embarcación del sueño,
partiremos a tierras fértiles, ricas en alimentos y en bebidas y saciaremos
nuestra hambre y nuestra sed. Y ya no me miren así –mi semblante se volvió rudo
nuevamente-. Todo lo que les dije fue mentira, lo que pasa es que me quedé
dormido en al agua y por poco me ahogo. (A veces es necesario mentir para no
dañar). A trabajar, hay que sobrevivir.
Todos
se quedaron mirándome con sus ojos llenos de ilusiones.
-Vamos
a trabajar, -les dije-. Primero necesitamos que alguien fabrique un arma
puntiaguda y que otro la use para ir a cazar. Después necesitamos un recolector
de raíces para sazonar la carne, alguien
más buscará el vino bajo
las piedras y en la corteza de los árboles. Después
necesitaremos que alguien traiga partículas de gigantes caídos que sirvan para
encender el fuego y cocer nuestro alimento, por supuesto también necesitamos
que alguien encienda el fuego, otro tendrá que buscar algún objeto que sirva de
sartén para cocinar. Por último necesitaremos que alguien corte la carne y las
raíces y yo me encargaré de cocinar el alimento que les devuelva la esperanza.
¿Quién se ofrece de voluntario?
-Yo
fabricaré el arma, -dijo Kire con entusiasmo-. Romperé esta piedra y la afilaré
y la amarraré a un palo, así tendremos una lanza poderosa y alguien podrá ir a
cazar a nuestro alimento.
-Yo
seré el cazador, -dijo Leuri-. Soy experto en eso, muchas veces he cazado
animales para comer, pronto volveré con alimento.
-Yo
juntaré las raíces más deliciosas de esta isla, -dijo Uram-. Conozco las raíces
y podré traer esas delicias para sazonar la carne sin peligro de envenenarnos. Comeremos
deliciosamente.
-Yo
buscaré el vino, -dijo Cholme.- No descansaré hasta encontrarlo y traerlo para
saciar la sed. No tengo tantas habilidades como ustedes, pero soy de gran
tesón.
Siry
dijo:
-Yo
iré en busca de los maderos que quemarán el alimento, pronto volveré con
suficientes maderos secos, no verdes para que no se enoje el Vedor, sino los
que ya hace tiempo han caído, ellos nos darán fuego para cocinar la carne.
-Yo
buscaré un pedazo de metal que nos sirva de sartén para cocinar, -dijo Niwde y
se fue corriendo-.
-Yo
encenderé el fuego con el último fósforo que me queda, -dijo Wu-. Debemos proteger al fuego para que
no se apague con el viento, pues no hay más fósforos.
-Muy
bien, -dijo Omem-, yo seré quien corte la carne y las raíces para que Mohamed
pueda cocinar el alimento.
Pronto
cumplimos con nuestras labores, todos de buena forma y rápido como solíamos
hacerlo. Conseguimos alimento sabroso y lo cocinamos en el fuego y el vino era
delicioso.
Nuestros
cuerpos y nuestros espíritus se saciaron, se llenaron de nuevas fuerzas y
esperanzas. Ya sólo nos quedaba esperar que nuestra embarcación estuviera lista
para emprender el viaje nuevamente.
El
resto del día jugamos en las entrañas del agua hirviente y
de vez en
cuando mirábamos hacia
nuestra embarcación con la esperanza de que se recuperara del sueño y
así poder volver a alta mar.
Nadie
decía nada, pero todos deseábamos volver a nuestros hogares, aunque renegábamos
mucho de ellos, pero el abandono nos hacia suspirar por lo que decíamos odiar.
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