jueves, 9 de febrero de 2012

CAP 08 LA ISLA DE LOS DEMONIOS


Desde que llegué a la isla miraba con interés otra isla que se veía a una distancia considerable, esa isla tenía una montaña rocosa que llamaba mucho mi atención, ya que desde niño mis dos grandes pasiones en la naturaleza fueron el mar y las montañas. Siempre tuve la tentación de visitar esa isla y explorar lo que en ella había, pero no me atrevía porque el trecho de mar era largo y se veía peligroso, además de que el recuerdo de mi experiencia con los delfines cuando era niño aún me provocaba un poco de temor.
Al correr del tiempo mi interés fue desapareciendo. Pero un día, súbitamente el interés en la isla volvió e incluso llegué a escuchar una voz que me decía que fuera hacia allá. Se lo comenté a Manora y me dijo que estaba loco. El interés de explorar esa isla se estaba transformando en obsesión, así que me preparé, tanto física como mentalmente para el largo recorrido rumbo a lo desconocido. Practiqué en el río el nado y aprendí a soportar sin respirar por si acaso me hundía por instantes. Me preparé muy bien físicamente, aunque en lo mental me descuidé un poco. (A veces, casi siempre, los descuidos salen muy caros).
Una mañana en que el viento y el mar estaban calmos, y la marea baja, antes de que Manora y Leimara volvieran de sus sueños, decidí que iría a explorar la isla. Con un poco de temor comencé a nadar en la espumosa y salada agua del mar. Conforme avanzaba, el temor desaparecía y era sustituido por el cansancio, sin embargo no era un cansancio físico provocado por el esfuerzo, sino que era un cansancio espiritual provocado por una rara sensación emergida del centro de la isla. Una fuerza poderosa, no benigna, era emitida de cada rincón de la misteriosa isla.
Dos horas estuve nadando en el mar y extrañamente ningún animal marino se había acercado a mí, era como si todo ese ser de agua estuviera muerto. Media hora después llegué a la playa de la isla, que, contrariamente a mi isla, no tenía arena fina y blanca, eran puras rocas afiladas que amenazaron con cortarme la piel de mi cuerpo y cumplieron. Como pude salí de las rocas y vi que mis heridas eran más graves de lo que pensaba,  pero el  viaje había  sido largo  y  agotador  y me  sería imposible regresar en ese  momento.  Con las  plantas que  pude recolectar y  un poco de lodo hice una especie de medicina y vendajes que no permitieron que mi sangre se agotara. Esperaba recuperarme pronto para adentrarme en la isla o regresar a mi isla junto a mis amadas.
Descansé un momento en una gran roca, y cuando estuve recuperado del cansancio y un poco de mis heridas comencé a explorar la misteriosa isla. La montaña era mucho más alta de lo que imaginaba y sus rocas eran filosas y traicioneras. Con un gran esfuerzo logré escalar la montaña y desde su cúspide lograba ver la redondez del mundo dibujada en azul marino, también podía ver mi isla y cientos de islas lejanas. En la mística isla en la que me encontraba no había vegetación y aparentemente yo era la única criatura viva. Esa isla estaba muerta, como si fuera poseedora de una terrible maldición, así como en la isla del Vedor, pero sin su belleza.
Terminé de observar todo lo que rodeaba a la isla y continué explorando. Al rato encontré una caverna con entrada pequeña entre las rocas de la montaña y sin medir el peligro entré en ella. Al parecer no tenía ramificaciones y era un solo túnel largo y estrecho. Decidí explorar su interior y a rastras me metí en él. El túnel no parecía conducir a ningún lugar, mas por alguna extraña razón yo me arrastraba por su interior. Era como si hubiera perdido el control sobre mi mismo y la isla me dominara. Momentos después vi una preciosa luz al final del túnel. Pensé que era la salida y me apresuré hacia la luz. Bella sorpresa encontré al salir del estrecho hueco en la montaña. Allí había todo un mundo nuevo, llenó de vegetación  y animales preciosos. Había ríos y lagos, y también creí ver algunas chozas.
-Esta isla está habitada, -pensé-.
Traté de bajar por la ladera de la montaña que había mudado sus rocas por un fino pasto y en mi intento resbalé y por más que traté de sostenerme de algo no lo logré y caí hasta el fondo. Al abrir los ojos miré a un ser con ojos secos y cabellos plateados, sus labios estaban agrietados y sus manos temblaban constantemente.
-¿Quién eres? –le pregunté con temor en mi alma pues era el ser más horrendo que había visto en mi vida-.
La respuesta que recibí de su ronca voz, fue la respuesta que menos quería recibir o que menos imaginé recibir en cualquier momento de mi vida.
-Soy tu demonio. El demonio de tu odio. Al llegar a la isla después del naufragio y conocer a Manora creíste que había desaparecido, pero en tu corazón seguí viviendo y sólo necesitas un motivo para que de nuevo resurja en ti, de la misma forma en que resurgí en el combate contra el Vedor.
-Es mentira, tú no vives en mí, no te necesito, ahora soy feliz, ya no deseo más al demonio del odio. Además como conoces los eventos de mi vida. ¿Quién te crees que eres monstruo horrendo?
Una carcajada estrepitosa brotó desde los ojos secos del demonio, y sin mover sus agrietados labios me dijo:
-¡Sí no me necesitas, entonces! ¿Por qué has venido a buscarme en la isla? Cruzaste una gran extensión de mar, un mar maldito si es que lo pudiste notar. Caminaste por las piedras que parecen cuchillos y rasgaste tu piel, y con ese dolor escalaste la montaña y te arrastraste por un túnel sin final. Todo eso por que escuchaste mi voz llamándote. ¿Y dices que no me necesitas? Yo soy parte de ti y tú eres mío. Vete de mi presencia, que ya llegará el momento exacto en que invoques de nuevo mi presencia, será el momento en que el odio vuelva a reinar en tu vida. Te veré pronto necio. Vete ya, no tolero tu impertinencia ni tu orgullo.
Salí despavorido de ese lugar, escalé rápidamente la montaña y recorrí el túnel casi sin sentirlo. Deseaba alejarme de esa isla prontamente y nunca más volver ni siquiera a mirarla. Tanto miedo tenía que olvidé mis heridas y cansancio y casi pude volar sobre la montaña.
A la salida del túnel me esperaba otra sorpresa desagradable, todavía no me sobreponía del horror del demonio del odio cuando llegó un nuevo miedo, allí, revoloteando sobre mi cabeza estaba el ave nocturna llamada Vedor, a plena luz de día y sin estar intoxicado por los hongos.
El Vedor me miró fijamente y me dijo:
-Hoy estás solo, hoy eres un simple humano. Yo soy tu demonio, el demonio de la desconfianza. Desde tu tierna infancia viví en tu corazón. Provoqué que no creyeras en ti mismo ni en nada de lo que te decían, pero una noche me expulsaste de  tu corazón  en un  sueño,  ¿lo recuerdas?  Tiempo después mientras vagaba por el mundo te encontré y no te reconocí,  pero en cuanto te reconocí   me llené de temor pues el demonio del odio vivía en ti. Hoy estás solo, ni siquiera el demonio del odio está contigo. Mas no te preocupes, no es mi intención volver a tu corazón, porque algún día tú volverás apresurado al mío. Por tu propia voluntad nos volveremos a ver, seremos un solo ser.
El Vedor se fue volando sin permitirme decir nada a mi favor. Me quedé petrificado por las cosas que estaba viendo o tal vez las estaba alucinando.
Esa isla era un infierno que deseaba abandonar al instante, bajé la montaña velozmente y a sus faldas me esperaba una cabra con los cuernos exageradamente torcidos y sus ojos desorbitados, parecía que la cabra me quería atacar. Yo me quedé inmóvil esperando el ataque, y en vez de eso la cabra me habló con voz chirriante:
-Soy tú demonio, el demonio de la soledad. Hace tiempo fui uno contigo, tu soledad era nuestra soledad, sin embargo encontraste gente como tú, sola, deprimida, perturbada y te aliaste en amistad con ellos, para mí eso fue imposible de lograr y nuestra soledad se volvió mi soledad. Extrañamente eso no me preocupa, pues yo sé que muy pronto volverás a mí, esta soledad será de ambos nuevamente. Volveremos a ser una sola soledad.
-No volveré a ti maldito demonio de la soledad, nunca volveré a ti, tengo amigos, esposa e hija. ¿Cómo podré volver a ti voluntariamente?
-Ya lo verás cuando sea el momento. Por hoy te voy a dejar que sigas con tus sueños. Te veré pronto en medio de esta soledad, cuando regreses a la terrible realidad. Nos vemos pronto Mohamed.
            Corrí hacia el mar apresuradamente y la cerrazón inundando mi mente no permitió recordar las afiladas rocas y otra vez caí en ellas haciendo más profundas mis sangrantes heridas. Caí de bruces dentro del mar y la sal carcomió mi carne viva. Abrí mis ojos buscando en el cielo una esperanza y la memoria de mis mujeres amadas vino a mi mente. ¿Cómo era posible que hubiera cometido el terrible error  de ir a esa isla? No tenía ningún motivo para arriesgar a perder todo lo que tenía, por primera vez en muchos años la vida era buena conmigo y tenía que echarlo a perder con mi necedad. La imagen de mis mujeres amadas me dolía en el interior del alma, tal vez no las volvería a ver y ellas quedarían solas en la isla.
Ante mis ojos apareció una criatura negra como la noche, sus ojos parecían abismos infranqueables y sus vestiduras como la eternidad del infinito. En su mano derecha tenía una hoz y en su mano izquierda un reloj de arena que estaba a menos de la mitad de su tiempo.
-¿Quién eres? ¿Acaso eres mi muerte?
Con voz que parecía llanto y estruendo de dolor me dijo:
-Soy tu demonio, soy tu muerte. Pero no temas que este reloj indica tu día y tu hora, y como verás no está ni a la mitad del tiempo. Antes te he visto; en el día de nacer te vi por primera vez; en la noche fría del cisne muerto; después en la caída del templo natural; también al cruzar el fiero mar; y en el naufragio también te miré; hoy te miró a los ojos por sexta vez, sin embargo todavía no es tu tiempo. Te veré algunas veces más y en una de ellas irás conmigo. Tú y yo sabremos el momento preciso en que seremos uno.
No pude refutarle nada a ese demonio, es el único demonio que tiene razón. No vale la pena luchar contra él, porque aunque uno piense que se le puede vencer, en realidad es él que no quiere ganar, porque llegando el momento indicado, nos vence sin ningún problema.
Antes de irse a su infierno entre los sepulcros de los santos muertos y soplar su halito negro entre los vivos, el demonio de la muerte me dijo algo más:
-Hoy te miré a los ojos y no para arrancar tu vida, sino para protegerla, el olor de tu sangre atraerá a los tiburones y querrán devorar tu carne, sin embargo he de mandar a los delfines para que protejan tu vida. No debes morir, ese es mi trabajo, no tu voluntad.
La muerte se fue de mi lado y los delfines llegaron. Con dolor comencé a nadar en el frío mar. Mientras nadaba recordé todos mis encuentros con la muerte,  ya antes me había mirado a los ojos, pero me dio mucha seguridad saber que la muerte me protegía de la muerte y que mi tiempo en el reloj de arena todavía no estaba ni a la mitad. Mi cabeza no sería cortada por la hoz de la muerte, no todavía.
            El mar me pareció mucho más pesado de vuelta, la sal se metía en mis heridas y el miedo a los tiburones era grande, no porque me  fueran a  comer pues  mi hora  no había  llegado,  el miedo era a que me arrancaran una pierna o un brazo, sin embargo los delfines vigilaban constantemente y no se separaban de mí. Observaban a todos lados y giraban a mi alrededor, buenos guardianes y amigos.
A medio camino acuático, los delfines se detuvieron, se pusieron notablemente nerviosos, comenzaron a dar vueltas a mi alrededor y brincaban por encima de mi cabeza. Me asusté, y esperaba ver a los tiburones rondando, no fue eso lo que vi, un gran chorro de agua se elevó hasta una gran altura y comenzó a tomar una forma semihumana. Era transparente como el agua, pero a la vez denso como un cuerpo. Era un monstruo gigantesco.  La transformación del agua cesó y el ser que brotó de ella me dijo:
-Soy tu demonio, el demonio de los celos. Antes no nos conocíamos, hoy nos conocimos, y mañana viviré dentro de ti. También soy el demonio del rencor, que junto con los celos, el odio, la soledad y la muerte, pronto viviremos dentro de ti. Seremos una sola fuerza, una devastadora combinación que hará daño a todo lo que nos rodee.
-No te conozco y jamás te conoceré. Tengo confianza en lo que amo y los celos nunca me invadirán. Tú no tendrás potestad de mi vida ni de mi corazón. No te temo, sé bien lo que soy y lo que siento.
El demonio de los celos y el rencor comenzó a volverse agua y casi antes de fundirse de nuevo con el mar, me dijo:
-Ya verás mañana. Te veré de nuevo y me dirás lo que opinas de las vueltas que la vida da.
El demonio desapareció, no sin antes resonar una estruendosa carcajada, los delfines se tranquilizaron, yo seguí nadando en la pesada agua y todavía no podía mirar mi isla. Nadé casi las cuatro horas, lo cual me indicó que iba mucho más lento que de ida. Por fin miré la playa suave de mi isla y justo en ese momento apareció en el cielo la primera estrella de la noche, que me pareció burlarse de mi situación. Los delfines se detuvieron y uno de ellos me dijo:
-Mira al cielo, es más grande, poderoso y majestuoso que la isla de los demonios y que los propios egos de tu interior marchito. Los demonios te atacarán, así está escrito en las líneas de la corriente marina de tu vida. Sin embargo, cuando llegue ese momento mira al cielo y pídele ayuda. Recuerda, que todos los demonios del mundo son un grano de polvo ante el magnánimo poder del cielo.
Los delfines se fueron zigzagueando y saltando en el agua y yo me quedé mirando las estrellas en su triunfante aparición sobre el cielo de la noche en mi isla. El delfín tenía razón. Todos los demonios del mundo serían incapaces de dañarme y hacerme volver a ser un caballero del miedo si yo me acordaba del cielo y le pedía su ayuda. ¿Quién podrá vencernos?
Nadé los escasos metros que me faltaban para llegar a la seguridad de mi isla y en la playa me esperaban Manora y Leimara. Ellas, en vez de estar molestas con mi actitud egoísta, me abrazaron, besaron y tiernamente curaron mis heridas. Nunca preguntaron lo sucedido en la isla, ni yo se los comenté. (Hay cosas que nadie merece saber jamás, demasiado dolor).   Aquella experiencia quedó guardada en mi corazón. Leimara me miraba como si no fuera yo, tal vez era por mis ojos perdidos o por la mutación de mi rostro, el miedo que ella sentía en su interior hacia mí me desquebrajó el alma. No existe un dolor más grande dentro del corazón humano que el ser temido por los que tanto amas.     
Salimos todos juntos después de curar mis heridas y descansar un poco a mirar las estrellas, allí conocí de nuevo a mi miedo y pensaba en todo lo que los demonios me habían dicho, ¿qué pasaría si se volvían reales sus amenazas? Sólo me quedaba mirar al cielo y confiar en él.
Esa noche dormimos en las arenas de la playa y tuve un sueño perturbador. Éste fue mi sueño:
“Estaba parado en la playa de mi isla, solo, Manora y Leimara aún no aparecían en mi vida. En el horizonte observaba un resplandor poderoso, una luz etérea, sublime, inaccesible. La luz, lentamente se acercaba y en su andar congelaba todo lo que tocaba, las olas quedaban heladas en lo alto del cielo y los animales del mar como estatuas de cristal. La luz crecía y crecía mientras se acercaba con su helado poder. De pronto, la luz me envolvía, pero no me congelaba, solo pasaba por mi ser y se alejaba de mí, congelando la isla y el mar. De horizonte a horizonte todo era hielo, la blancura de ese mundo me daba temor, una sensación de vacío y soledad que me petrificaban. Más tarde, el hielo comenzaba a quebrarse, explotaba como si un fuego interno las poseyera y de cada trozo de hielo brotaba un halito extraño, eran espíritus, mis demonios odiados. Todos ellos me rondaban, pero al parecer no podían tocarme, entonces fue cuando vi lo más sorprendente de todo, un rayo poderoso de luz bajaba del cielo y quemaba a los espíritus, convirtiéndolos en nada. El hielo desaparecía sin dejar rastro, todo volvía a la normalidad.
Desperté, Manora me abrazaba y Liagiba estaba sentada observándome. Ella me sonrió y me hizo olvidar todo el dolor. No sé lo que signifique ese sueño, cada quién puede descifrarlo según su entendimiento, pero yo lo tomo, como un presagio de lo que pronto será. Tal vez, cuando el destino nos alcance.   
-� s r � S 0�2 9pt'>           Omem:
           -“Es verdad que yo les obligué a decir promesas que sabía no cumplirían. Pero el miedo a la soledad me inundaba en aquella noche y me era necesario sentir que el destino nunca nos alcanzaría y que nuestros caminos no se bifurcarían. Mas la tempestad me orilló a una isla suave y tibia, y me dio el placer y el amor que nuca tuve, y ahora hasta tengo una nueva vida que proteger. Hermanos míos, los perdono de todo y olvido sus promesas, ahora pueden vivir en sus propia islas, ser felices y luchar por ello. Yo me mantendré en mi hermosa isla y algún día, tal vez en otra vida o en otro lugar, los veré.”    
Cuando escuché las voces de los caballeros del miedo, sabiendo que habían encontrado lo que buscaban y que por ello estaba solo y triste, lloré,  lloré como nunca antes  lo había hecho y entristecí a tal grado de odiar la vida en todos sus sentidos. Yo que nunca hice promesa alrededor del fuego era el más dolido por el incumplimiento de las promesas. Cuanta razón tuve de no prometer y no creer en las promesas, éstas siempre se olvidan.    
Un día, en mi soledad propuse a mi corazón. Usaré el barco para que me ayude a rescatar a los caballeros del miedo y regresaremos a nuestro hogar. Comencé la obra y mientras sacaba a mi barco de su escondite vi que el mar le entregaba a la playa una mujer victima de otro naufragio. Corrí hasta la playa y tomé a la mujer en mis brazos, ella abrió sus ojos cansados y asustados  y  fue  como  si el  destino  fuera  que  nuestras  vidas estuvieran juntas por la eternidad y ese destino nos hubiera alcanzado. Sus grandes ojos color café me miraron como nunca antes alguien me había mirado, su cabello rizado se enredo entre los dedos de mi mano, su frágil cintura se protegió con mi brazo,  sus labios rotos de angustia  esbozaron una sonrisa  y sus delicadas manos arrugadas por el agua y la sal se abrazaron a mi cuello. Parecía que la vida me sonreía por fin, después de tanto dolor y decadencia, la vida y el mar me traían algo bueno.    
-¿Cómo te llamas? -Le pregunté a la mujer-.
-Mi nombre es Manora Naele, -me contestó con su dulce voz-.
-Mucho gusto que estés aquí, -le dije nuevamente-. Yo soy Mohamed Vak y te doy la más cordial bienvenida a esta isla. Lamento que sea en estas condiciones, tras un naufragio, pero en verdad me agrada que estés aquí. Pero dime que fue lo que te pasó, cual es tu historia.     
Manora había naufragado mientras viajaba solitaria a un mejor destino, (eso creía ella). Los que la acompañaban en el viaje habían perecido, pero en realidad eso no le importaba mucho. Me contó esto con lágrimas en los ojos y tuve la impresión de que algo me escondía. No dije nada, pues en verdad no me incumbía, ni era el momento de confesar. Yo le curé sus heridas, le di de beber y la alimenté. Le confeccioné vestimenta y refugió para habitar. Ella me estaba agradecida por todo, aunque en sus ojos se asomaba la tristeza.
Manora y yo pronto nos enamoramos y no fue por que éramos el único hombre y la única mujer de la isla, entre un millar do de personas también nos hubiéramos enamorado porque así estaba escrito el destino. O por lo menos eso pensábamos nosotros en aquel momento. Los instantes de la vida nos hacen pensar en cosas que al verse en retrospectiva nos parecen tan ridículas, aún así, no se pueden omitir debido a la felicidad que algún día provocaron.
Los años pasaron como la espuma del mar y Manora y yo hemos sido muy felices en nuestra isla, nos hemos propuesto habitarla y llenarla de vida hasta que la muerte nos alcance, si es que no podemos vencerla algún día. Tenemos tantos planes maravillosos, tantos sueños.     
El dolor de las promesas olvidadas ya quedó en el olvido, tal vez fue necesario que se rompieran para que cada uno de los caballeros del miedo encontráramos la felicidad y olvidáramos la amargura de nuestros corazones. A mí me queda el consuelo de no haber roto promesas, pues nunca las hice alrededor del fuego. Y si las hice, las hice en lo profundo de mi corazón y  de mi  alma.  Tal vez  el naufragio  fue la más grande bendición de nuestras vidas. Tal vez las tragedias nos llevan a las bendiciones, tal vez el dolor nos lleve a la felicidad, tal vez la guerra interna nos lleve a la paz del alma. Y tal vez, ¿porque no? los veré de vez en cuando flotando en el viento de mi memoria.    
Hasta que el destino nos alcance…
El tiempo pasó rápidamente de la misma forma que los granos de arena pasan de un lado a otro dentro de un enorme y viejo reloj. Como el viento, que se va y vuelve a venir, sin dirección, sin mando. Así es el tiempo, vuela cuando quieres que pase lento y se detiene por completo cuando quieres que se vaya lejos.
Manora y yo hemos vivido felices en nuestra isla, y de nuestro amor que nos profesamos a diario ha nacido nuestro nuevo amor y le hemos puesto por nombre “Leimara” en honor a la isla que nos salvó de la furia del mar y de nuestros naufragios. Leimara se parece mucho a su madre, su cabello color castaño es rizado como los rayos del sol entre las nubes, sus ojos grandes color de miel son la alegría de esta isla y su cuerpo delicado, pequeño y hermoso es nuestro motivo de felicidad. La vida ha sido buena con nosotros, esta isla nos da alimento y protección, el amor nos dirige a diario, somos felices. Es verdad que ha habido algunas tormentas que azotan con furia a la isla, pero nada suficientemente fuerte para destruirnos.
Yo siempre supe que el destino nos alcanzaría, pero nunca imaginé que sería de esta forma. Si es que esa es la forma definitiva que el destino nos ha deparado, tal vez aún no nos alcanza. En la carrera de la vida uno no puede saber que ha llegado a la meta, hasta que realmente se está en ella, hay muchas metas falsas.
-Nos encontrará la muerte –pensé-. Llena de ira y venganza, nos hará sufrir de dolor, nos destrozará como animal rabioso. Así pensaba que sería cuando el destino nos alcanzara, y nos alcanzó, pero no de esa forma, sino todo lo contrario. La vida ha sido buena con cada uno de nosotros, con cada isla y espero que así siga por mucho tiempo o mejor aún por la eternidad.
No me ciego a que el destino que pensé nos alcanzará algún día, si es que no podemos derrotarlo unas cuantas veces más, pero ahora lo veo de otra forma, porque la vida no ha seguido con sus clases de dolor con mi alma, sino que me ha regalado una dicha enorme desde que naufragué.  He sido capaz de ver lo bueno dentro de lo malo, la bendición dentro de la aparente  maldición.  Y ya veré  que sorpresas  más me  traerá la vida. Me ha alcanzado un destino, distinto al que creí. ¿Me alcanzará de nuevo el destino?      ndo � i i � S 0�2 de felicidad, donde la muerte es inexistente, miré las maravillas que ustedes  no   pueden  tan    siquiera  imaginar,   fui  feliz   en  esa eternidad, arrastré las estrellas con mis manos y mis pies, y entendí la verdad del universo, yo sé que ustedes no me comprenden, pero lo que les digo en verdad pasó, yo lo viví, yo lo vi todo.    
-Me parece que el agua se te subió al cerebro, pero ya se te pasará, -me dijo Omem con su típica expresión de insensibilidad -.
No quise protestarle a Omem y a los otros, después de todo no había forma de comprobar lo que les estaba diciendo, yo mismo dudaba de que  en realidad hubiera pasado.  Mejor me lo guardé en secreto y ya veré si algún día sé lo que en realidad pasó.
Omem continuó hablando:
-Lo importante es que estás bien para ayudarnos  con el gran  problema  que  tenemos.  Nuestro  barco aún no se recupera del sueño y no podremos partir a alta mar y las  provisiones  han   escaseado  y  se  han   acabado.   Tú  estás entrenado y podrás ayudarnos a no morir de inanición en esta horrible isla, ayúdanos Mohamed. Hoy más que nunca necesitamos de tu experiencia y habilidad para salir de este problema.
(Mi entrenamiento era: cuando niño pertenecí a un club de exploradores y aprendí a hacer fogatas aún bajo la lluvia; a cazar animales salvajes; a hacer nudos para diferentes ocasiones; a cocinar al aire libre; aprendí primeros auxilios, y otras muchas cosas útiles que todo niño debiera aprender por si algún día lo necesita. Ese era mi día).
-Sí, les ayudaré y al mismo tiempo me ayudaré a mí, pero primero tienen que curarme las heridas que el hoyo negro provocó en mi cuerpo. Son dolorosas y profundas y con ellas a cuesta no podré hacer nada.
Todos me miraron con extrañeza, pues en mi cuerpo no había ni una sola herida, no en la piel, aunque todo me dolía, era muy probable que el dolor fuera interno o provocado por mi propia mente.
Vi el rostro preocupado de Omem, y tratando de serenarlo le dije:
-No se preocupen, que pronto encontraremos provisión para  nuestros  cuerpos y  para  nuestros  espíritus,   y cuando  se recupere nuestra embarcación del sueño, partiremos a tierras fértiles, ricas en alimentos y en bebidas y saciaremos nuestra hambre y nuestra sed. Y ya no me miren así –mi semblante se volvió rudo nuevamente-. Todo lo que les dije fue mentira, lo que pasa es que me quedé dormido en al agua y por poco me ahogo. (A veces es necesario mentir para no dañar). A trabajar, hay que sobrevivir.     
Todos se quedaron mirándome con sus ojos llenos de ilusiones. 
-Vamos a trabajar, -les dije-. Primero necesitamos que alguien fabrique un arma puntiaguda y que otro la use para ir a cazar. Después necesitamos un recolector de raíces para sazonar la carne,  alguien más  buscará el  vino bajo  las piedras  y en  la corteza de los árboles. Después necesitaremos que alguien traiga partículas de gigantes caídos que sirvan para encender el fuego y cocer nuestro alimento, por supuesto también necesitamos que alguien encienda el fuego, otro tendrá que buscar algún objeto que sirva de sartén para cocinar. Por último necesitaremos que alguien corte la carne y las raíces y yo me encargaré de cocinar el alimento que les devuelva la esperanza. ¿Quién se ofrece de voluntario?                                 
-Yo fabricaré el arma, -dijo Kire con entusiasmo-. Romperé esta piedra y la afilaré y la amarraré a un palo, así tendremos una lanza poderosa y alguien podrá ir a cazar a nuestro alimento.
-Yo seré el cazador, -dijo Leuri-. Soy experto en eso, muchas veces he cazado animales para comer, pronto volveré con alimento.
-Yo juntaré las raíces más deliciosas de esta isla, -dijo Uram-. Conozco las raíces y podré traer esas delicias para sazonar la carne sin peligro de envenenarnos. Comeremos deliciosamente.
-Yo buscaré el vino, -dijo Cholme.- No descansaré hasta encontrarlo y traerlo para saciar la sed. No tengo tantas habilidades como ustedes, pero soy de gran tesón.
Siry dijo:
-Yo iré en busca de los maderos que quemarán el alimento, pronto volveré con suficientes maderos secos, no verdes para que no se enoje el Vedor, sino los que ya hace tiempo han caído, ellos nos darán fuego para cocinar la carne.
-Yo buscaré un pedazo de metal que nos sirva de sartén para cocinar, -dijo Niwde y se fue corriendo-.
-Yo encenderé el fuego con el último fósforo que me queda,  -dijo Wu-. Debemos proteger al fuego para que no se apague con el viento, pues no hay más fósforos.
-Muy bien, -dijo Omem-, yo seré quien corte la carne y las raíces para que Mohamed pueda cocinar el alimento.    
Pronto cumplimos con nuestras labores, todos de buena forma y rápido como solíamos hacerlo. Conseguimos alimento sabroso y lo cocinamos en el fuego y el vino era delicioso.
Nuestros cuerpos y nuestros espíritus se saciaron, se llenaron de nuevas fuerzas y esperanzas. Ya sólo nos quedaba esperar que nuestra embarcación estuviera lista para emprender el viaje nuevamente.
El resto del día jugamos en las entrañas del agua hirviente   y   de   vez   en   cuando   mirábamos   hacia   nuestra embarcación con la esperanza de que se recuperara del sueño y así poder volver a alta mar.
Nadie decía nada, pero todos deseábamos volver a nuestros hogares, aunque renegábamos mucho de ellos, pero el abandono nos hacia suspirar por lo que decíamos odiar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...