El poeta no podía escribir porque su inspiración era la lluvia y no
llovía. Y no llovía porque la enamorada no lloraba y no había agua que se
transformara en vapor para la nube. Y la enamorada no lloraba porque el poeta
no escribía sus tristes poemas.
El
poeta le gritó a la nube:
-Llueve-.
Y
la nube le contestó:
-No
puedo, porque la enamorada no llora.
La
nube le gritó a la enamorada:
-Llora-.
Y
la enamorada le contestó:
-No
puedo, porque el poeta no escribe.
La
enamorada le gritó al poeta:
-Escribe-.
Y
el poeta le contestó:
-No
puedo, porque la nube no llueve.
El
tiempo pasó y el poeta seguía sin escribir, la enamorada sin llorar y la nube
sin llover. Un día el poeta murió y la enamorada se entristeció tanto que
también murió y la nube al ver que ambos habían muerto se dijo a si misma:
-No
tiene sentido que yo esté en este lugar, pues ya no hay nadie que necesite la
lluvia y se fue hacia el mar.
Tiempo después
llegó un poeta al pueblo y escribió poemas de las rosas, de los valles y de las
montañas, también escribió poemas de las mujeres, de la vida y de Dios. Este
nuevo poeta se
inspiraba en todo
y no exclusivamente en
la lluvia. Las
otras enamoradas se dieron cuenta de que también de felicidad
se llora y no sólo de los poemas tristes.
Las
nubes nuevas que llegaron al cielo del pueblo se dieron cuenta que había otras
fuentes de vapor y no sólo las lágrimas de las enamoradas, tomaron vapor del
río, y del lago, y de los arroyos, y llovió lo suficiente en aquel pueblo como
para recoger la mejor cosecha de su historia.
-A
nosotros nos queda esperar que llegue un nuevo poeta, que haga llorar a las
enamoradas del pueblo y que las nubes quieran llorar junto con ellas.
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