martes, 28 de febrero de 2012

LA ESPINA



Té vi en un camino de espinas envuelta entre pétalos de estrellas y lunas, dabas grandes pasos de flor en flor sin que las espinas rasgaran un milímetro de tu piel de seda. Tus ojos brillaban como el lucero del amanecer, tan llenos de sueños, tan lindos como el cielo. Tu cabello rizado caía por tu rostro y por tus hombros y se enredaba con el aroma del viento. Como blancas carcajadas sonreían tus dientes y tus labios rosas incitaban a morderlos como a una manzana. Tu cintura delicada era ceñida por un cinturón de fuego y tus piernas estremecían cada hoja y cada flor. Tu rostro de hermosura ancestral irradiaba felicidad y tu piel morena desorbitaba a los planetas. Tus pechos como hermosos símbolos de la vida exaltaban la belleza de la mujer. Tus manos exquisitas, tus brazos excelsos, tus pies de miel, tus caderas bellas. Todo en ti era hermoso.
            Te vi en un camino de espinas, hermosa como tu vestido de estrellas y lunas. Me pareciste perfecta. Extasiado te observaba como saltabas de flor en flor mientras las espinas té hacían reverencia. Sin embargo, la perfección se rompió cuando miré un hálito de dolor en la profundidad de tus ojos.
            Yo caminaba por el mismo camino de espinas que tú, pero a mí las espinas me habían rasgado toda la piel. Al mirarte dejé de sangrar y olvidé el dolor de mis heridas. A pesar de la tristeza en la profundidad de tus ojos, me encantaste inmensamente.
            En un éxtasis visual te miraba saltando de flor en flor cuando de pronto una de las flores rompió su tallo haciéndote caer sobre una espina que se clavó cerca de tu corazón. Corrí presuroso a tu lado y limpié con mis manos tu tibio llanto.
            -Me duele el corazón, -dijiste-. Pero, ¿qué es este dolor de una espina comparado con tus mil heridas?
            -Mis heridas no importan, la tuya es en el corazón.
            -Pero no mata, sólo duele un poco.
            Tu voz fue un canto de mil ángeles al contacto de mi oído y tu sangre un elixir a mi vida. Traté de curar tu herida con mis labios, mas la espina se había clavado hasta el centro de tu corazón, la herida sería eterna.
            -¿Cómo puedo pagarte tu bondad? –Preguntaste con ojos de ilusión-.
            -Permíteme tomar una pequeña parte de tu vida y de tu corazón. Con eso me daré por bien pagado.
            -Tómala toda.
            Miré tu hermosura de cerca y me pareciste aún más hermosa. Tus palabras se clavaron en mi mente y en mi alma como la espina en tu corazón y me hicieron sangrar de alegría.
            Con voz de canto y trompeta te dije:
            -Tú me ofreces tu vida, yo te ofrezco mi todo. Te ofrezco la luz de mis ojos y la sangre de mis heridas. Mis días y noches son tuyos. Cada centímetro que ocupe mi cuerpo en el universo es para ti. Mis dolores y alegrías. Todo te lo doy. Mis ojos cansados y mis manos ásperas. Mis pies. Mis labios llagados. Todo lo que tengo es tuyo.
            Nos tomamos de las manos y caminamos entre las espinas sin lastimarnos más, hasta que llegamos al final del camino. Más allá del camino de espinas estaba un valle fértil, repleto de frutos, agua, vida y flores sin espinas. Nosotros avanzamos hacia el valle envueltos en pétalos de estrellas y lunas y ahí permanecimos largo tiempo. Besamos nuestros labios y la piel. Acariciamos nuestros cuerpos. Éramos felices en el valle fértil.
            -Veamos que hay más allá, -dijiste un día-.
            -Veamos, -contesté con ironía-.
            Salimos del valle y más allá sólo había un desierto estéril, sólo sol, arena y ponzoña vivían en el desierto. Tus labios se secaron al igual que los míos. La piel agrietada exigía el agua sagrada de los manantiales y las montañas. El calor nos secó hasta los huesos.
            -Volveré al valle, -dijiste-. Tú busca la vida en otra parte.
            -¿Por qué en otra parte? Volvamos juntos a nuestro fértil valle.
            -Quiero ir sola, no quiero verte más.
            -¿Qué? Yo te ofrecí mi todo y tu me ofreciste tu vida.
            -No hay más que decir, volveré al valle sin ti. El veneno de la espina ha matado tu amor en mi corazón.
            Ella se fue al valle fértil con los ojos secos, yo me quedé en el desierto estéril con lluvia en los ojos.
            -Me iré de aquí, -pensé después-. Tal vez en otro valle encuentre a otra mujer que no tenga una espina en el corazón.
            Y me fui, pero nunca encontré a otra mujer que me supiera a miel ni envuelta en pétalos de estrellas y lunas. Mi vida fue amarga y solitaria. Pero un día, algún tiempo después, escuché la voz de mi amada que decía:
            -¡Albricias, albricias! La espina ha sido arrancada del corazón y te he buscado por el mundo para decirte que en mí no ha muerto tu amor y quiero volver al valle fértil contigo. Si me perdonas y regresas a mi lado, seremos felices por la eternidad.
            Por supuesto que te perdoné y volvimos juntos al valle fértil a vivir de nuestro amor.
            ¡Gracias al cielo por haber arrancado la espina de tu corazón!

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