Té vi en un camino de espinas envuelta entre pétalos de estrellas y
lunas, dabas grandes pasos de flor en flor sin que las espinas rasgaran un
milímetro de tu piel de seda. Tus ojos brillaban como el lucero del amanecer,
tan llenos de sueños, tan lindos como el cielo. Tu cabello rizado caía por tu
rostro y por tus hombros y se enredaba con el aroma del viento. Como blancas
carcajadas sonreían tus dientes y tus labios rosas incitaban a morderlos como a
una manzana. Tu cintura delicada era ceñida por un cinturón de fuego y tus
piernas estremecían cada hoja y cada flor. Tu rostro de hermosura ancestral
irradiaba felicidad y tu piel morena desorbitaba a los planetas. Tus pechos
como hermosos símbolos de la vida exaltaban la belleza de la mujer. Tus manos
exquisitas, tus brazos excelsos, tus pies de miel, tus caderas bellas. Todo en
ti era hermoso.
Te vi en un camino de espinas,
hermosa como tu vestido de estrellas y lunas. Me pareciste perfecta. Extasiado
te observaba como saltabas de flor en flor mientras las espinas té hacían
reverencia. Sin embargo, la perfección se rompió cuando miré un hálito de dolor
en la profundidad de tus ojos.
Yo caminaba por el mismo camino de
espinas que tú, pero a mí las espinas me habían rasgado toda la piel. Al
mirarte dejé de sangrar y olvidé el dolor de mis heridas. A pesar de la
tristeza en la profundidad de tus ojos, me encantaste inmensamente.
En un éxtasis visual te miraba
saltando de flor en flor cuando de pronto una de las flores rompió su tallo
haciéndote caer sobre una espina que se clavó cerca de tu corazón. Corrí
presuroso a tu lado y limpié con mis manos tu tibio llanto.
-Me duele el corazón, -dijiste-.
Pero, ¿qué es este dolor de una espina comparado con tus mil heridas?
-Mis heridas no importan, la tuya es
en el corazón.
-Pero no mata, sólo duele un poco.
Tu voz fue un canto de mil ángeles
al contacto de mi oído y tu sangre un elixir a mi vida. Traté de curar tu
herida con mis labios, mas la espina se había clavado hasta el centro de tu
corazón, la herida sería eterna.
-¿Cómo puedo pagarte tu bondad?
–Preguntaste con ojos de ilusión-.
-Permíteme tomar una pequeña parte
de tu vida y de tu corazón. Con eso me daré por bien pagado.
-Tómala toda.
Miré tu hermosura de cerca y me
pareciste aún más hermosa. Tus palabras se clavaron en mi mente y en mi alma
como la espina en tu corazón y me hicieron sangrar de alegría.
Con voz de canto y trompeta te dije:
-Tú me ofreces tu vida, yo te
ofrezco mi todo. Te ofrezco la luz de mis ojos y la sangre de mis heridas. Mis
días y noches son tuyos. Cada centímetro que ocupe mi cuerpo en el universo es
para ti. Mis dolores y alegrías. Todo te lo doy. Mis ojos cansados y mis manos
ásperas. Mis pies. Mis labios llagados. Todo lo que tengo es tuyo.
Nos tomamos de las manos y caminamos
entre las espinas sin lastimarnos más, hasta que llegamos al final del camino.
Más allá del camino de espinas estaba un valle fértil, repleto de frutos, agua,
vida y flores sin espinas. Nosotros avanzamos hacia el valle envueltos en
pétalos de estrellas y lunas y ahí permanecimos largo tiempo. Besamos nuestros
labios y la piel. Acariciamos nuestros cuerpos. Éramos felices en el valle
fértil.
-Veamos que hay más allá, -dijiste
un día-.
-Veamos, -contesté con ironía-.
Salimos del valle y más allá sólo
había un desierto estéril, sólo sol, arena y ponzoña vivían en el desierto. Tus
labios se secaron al igual que los míos. La piel agrietada exigía el agua
sagrada de los manantiales y las montañas. El calor nos secó hasta los huesos.
-Volveré al valle, -dijiste-. Tú
busca la vida en otra parte.
-¿Por qué en otra parte? Volvamos
juntos a nuestro fértil valle.
-Quiero ir sola, no quiero verte
más.
-¿Qué? Yo te ofrecí mi todo y tu me
ofreciste tu vida.
-No hay más que decir, volveré al
valle sin ti. El veneno de la espina ha matado tu amor en mi corazón.
Ella se fue al valle fértil con los
ojos secos, yo me quedé en el desierto estéril con lluvia en los ojos.
-Me iré de aquí, -pensé después-.
Tal vez en otro valle encuentre a otra mujer que no tenga una espina en el
corazón.
Y me fui, pero nunca encontré a otra
mujer que me supiera a miel ni envuelta en pétalos de estrellas y lunas. Mi
vida fue amarga y solitaria. Pero un día, algún tiempo después, escuché la voz
de mi amada que decía:
-¡Albricias, albricias! La espina ha
sido arrancada del corazón y te he buscado por el mundo para decirte que en mí
no ha muerto tu amor y quiero volver al valle fértil contigo. Si me perdonas y
regresas a mi lado, seremos felices por la eternidad.
Por supuesto que te perdoné y
volvimos juntos al valle fértil a vivir de nuestro amor.
¡Gracias al cielo por haber
arrancado la espina de tu corazón!
No hay comentarios:
Publicar un comentario