La densa niebla apenas permitía ver a medio metro de distancia. Roberto
caminaba con las manos hacia enfrente para advertirse de algún objeto que le
impidiera continuar con su camino, la casa aún estaba lejos y el puente por el
que cruzaba era peligroso. El río corría furiosamente a cincuenta metros por
debajo del puente y reclamaba con ira alguna vida.
Algunos
pasos más adelante, Roberto vio vagamente una sombra a la orilla del puente,
creyó que alucinaba o que miraba algún fantasma, pero al acercarse más
descubrió que la sombra era una mujer que miraba fijamente al abismo invisible
por la niebla. Todo parecía indicar que la mujer saltaría al río.
Roberto
se acercó a la orilla del puente y se paró junto a la mujer.
-No
se acerque más, -dijo ella-.
-Disculpe
usted señora, no la había visto.
-¿Qué
es lo que quiere? –preguntó extrañada-.
Roberto
miró a la mujer entre la niebla y le dijo:
-Yo sólo he venido
a saltar al río. No tengo motivos para vivir. Mi nombre es Roberto Irigoyen,
trabajo como albañil, tengo treinta y seis
años, soy soltero, y no tengo a nadie en el mundo. Mi casa es pequeña y
fría, no tengo que comer, pero en cambio tengo muchas deudas. Como usted podrá
ver mi vida es un desastre y no
vale la pena
continuar. Usted es la última persona que me verá con vida, yo ya le
conté mi tragedia, la razón
por la cual
estoy aquí. Mi
última voluntad como condenado a muerte, es que usted me diga la razón
por la que está aquí.
La
mujer aceptó. Con un poco de duda dijo:
-Mi
nombre es Esmeralda Rascón, soy doctora, tengo treinta y cuatro años,
soy divorciada y
tampoco tengo a nadie en
el mundo. Hace algunos años conocí a un hombre con el cual me casé
después de un corto noviazgo. A los dos años nació mi hija Rubí, yo era feliz
con mi vida. Pero un día saqué a mi hija a pasear en bicicleta y en un descuido
que tuve un auto la atropelló arrancándole de golpe la vida. Mi esposo me culpó
de la muerte de Rubí y me abandonó. Yo enloquecí, perdí mi trabajo en el
hospital, lo perdí todo. Como usted verá, yo tampoco tengo motivos para vivir.
La razón por la que estoy en el puente es que me voy a arrojar para perder la
vida.
Roberto
se quedó en silencio por algunos minutos y luego dijo:
-Le
propongo un trato, saltemos juntos al abismo, pero no hoy. Vamos a volver a la
vida y peleemos contra ella, hay que demostrarles a todos que somos fuertes,
hay que demostrarnos a nosotros mismos que no seremos vencidos por la
adversidad. Dios nos ayudará a salir adelante en esta dura cuesta.
Esmeralda,
después de conversar largas horas con Roberto, de llorar mil lágrimas en sus
brazos, aceptó el trato.
La
mañana disipó la niebla y la luz del sol encontró a Roberto y a Esmeralda
dormidos en el puente. Al despertar se miraron el rostro por primera vez, a
pesar de que ya se conocían a la perfección. Esmeralda se levantó y se alejó
rápidamente de Roberto, no sin antes decirle:
-Recuerde
que un día saltaremos juntos al abismo.
Roberto
asintió con la cabeza, y diciendo adiós con la mano se fue de vuelta a casa.
Dos
años pasaron desde aquel extraño encuentro. Un día mientras Roberto trabajaba,
se rompió un andamio y lo arrojó contra el duro concreto. El golpe fue
terrible. Al llegar al hospital, declararon a Roberto muerto.
Extraña
coincidencia, Esmeralda estaba de guardia en el hospital. Esmeralda había
estado en tratamiento y la locura había desaparecido. Cuando Esmeralda vio al
hombre fallecido lo reconoció de inmediato.
-Es
Roberto Irigoyen, -le dijo a los doctores-. Este hombre me salvó la vida hace
años. Me contó una mentira que salvó mi vida. Prometimos saltar juntos al
abismo y hoy me está rompiendo la promesa. Es mi turno para salvarle la vida.
Durante
cinco minutos Esmeralda peleó contra la muerte y gracias a Dios, triunfó.
Roberto
abrió sus ojos y al ver a Esmeralda preguntó:
-¿Acaso
eres tú mi ángel?
-No
lo soy. Sólo le estoy regresando el favor que un día me hizo, salvar la vida, y
de paso obligarlo a cumplir la promesa que nos hicimos. Vamos a saltar juntos
al abismo.
La
recuperación de Roberto fue lenta, pero pudo salir adelante.
Años
más tarde, Roberto y Esmeralda se casaron, tuvieron dos hijos y vivieron
felices para siempre.
Cuando
salvas a otros te salvas a ti mismo. Cuando le devuelves la esperanza a otro tú
mismo recuperas la esperanza. Si quieres salvar tu vida lo mejor que puedes
hacer es salvar la vida de otros.
Roberto
y Esmeralda saltaron juntos al abismo siendo ya muy ancianos. La recompensa que
les dio la vida fue maravillosa y la recompensa que recibirán más allá, ¿por
qué no? Será mucho mejor.
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