domingo, 26 de febrero de 2012

LA RECOMPENSA




La densa niebla apenas permitía ver a medio metro de distancia. Roberto caminaba con las manos hacia enfrente para advertirse de algún objeto que le impidiera continuar con su camino, la casa aún estaba lejos y el puente por el que cruzaba era peligroso. El río corría furiosamente a cincuenta metros por debajo del puente y reclamaba con ira alguna vida.
Algunos pasos más adelante, Roberto vio vagamente una sombra a la orilla del puente, creyó que alucinaba o que miraba algún fantasma, pero al acercarse más descubrió que la sombra era una mujer que miraba fijamente al abismo invisible por la niebla. Todo parecía indicar que la mujer saltaría al río.
Roberto se acercó a la orilla del puente y se paró junto a la mujer.
-No se acerque más, -dijo ella-.
-Disculpe usted señora, no la había visto.
-¿Qué es lo que quiere? –preguntó extrañada-.
Roberto miró a la mujer entre la niebla y le dijo:
-Yo sólo he venido a saltar al río. No tengo motivos para vivir. Mi nombre es Roberto Irigoyen, trabajo como albañil, tengo treinta y seis  años, soy soltero, y no tengo a nadie en el mundo. Mi casa es pequeña y fría, no tengo que comer, pero en cambio tengo muchas deudas. Como usted podrá ver mi vida es un  desastre  y no  vale  la  pena  continuar.  Usted  es  la  última persona que me verá con vida, yo ya le conté mi tragedia,   la  razón   por  la   cual  estoy   aquí.  Mi  última voluntad como condenado a muerte, es que usted me diga la razón por la que está aquí.
La mujer aceptó. Con un poco de duda dijo:
-Mi nombre es Esmeralda Rascón, soy doctora, tengo treinta y cuatro  años,  soy  divorciada  y  tampoco  tengo a  nadie en  el mundo. Hace algunos años conocí a un hombre con el cual me casé después de un corto noviazgo. A los dos años nació mi hija Rubí, yo era feliz con mi vida. Pero un día saqué a mi hija a pasear en bicicleta y en un descuido que tuve un auto la atropelló arrancándole de golpe la vida. Mi esposo me culpó de la muerte de Rubí y me abandonó. Yo enloquecí, perdí mi trabajo en el hospital, lo perdí todo. Como usted verá, yo tampoco tengo motivos para vivir. La razón por la que estoy en el puente es que me voy a arrojar para perder la vida.
Roberto se quedó en silencio por algunos minutos y luego dijo:
-Le propongo un trato, saltemos juntos al abismo, pero no hoy. Vamos a volver a la vida y peleemos contra ella, hay que demostrarles a todos que somos fuertes, hay que demostrarnos a nosotros mismos que no seremos vencidos por la adversidad. Dios nos ayudará a salir adelante en esta dura cuesta.
Esmeralda, después de conversar largas horas con Roberto, de llorar mil lágrimas en sus brazos, aceptó el trato.  
La mañana disipó la niebla y la luz del sol encontró a Roberto y a Esmeralda dormidos en el puente. Al despertar se miraron el rostro por primera vez, a pesar de que ya se conocían a la perfección. Esmeralda se levantó y se alejó rápidamente de Roberto, no sin antes decirle:
-Recuerde que un día saltaremos juntos al abismo.
Roberto asintió con la cabeza, y diciendo adiós con la mano se fue de vuelta a casa.
Dos años pasaron desde aquel extraño encuentro. Un día mientras Roberto trabajaba, se rompió un andamio y lo arrojó contra el duro concreto. El golpe fue terrible. Al llegar al hospital, declararon a Roberto muerto.
Extraña coincidencia, Esmeralda estaba de guardia en el hospital. Esmeralda había estado en tratamiento y la locura había desaparecido. Cuando Esmeralda vio al hombre fallecido lo reconoció de inmediato.
-Es Roberto Irigoyen, -le dijo a los doctores-. Este hombre me salvó la vida hace años. Me contó una mentira que salvó mi vida. Prometimos saltar juntos al abismo y hoy me está rompiendo la promesa. Es mi turno para salvarle la vida.
Durante cinco minutos Esmeralda peleó contra la muerte y gracias a Dios, triunfó.
Roberto abrió sus ojos y al ver a Esmeralda preguntó:
-¿Acaso eres tú mi ángel?
-No lo soy. Sólo le estoy regresando el favor que un día me hizo, salvar la vida, y de paso obligarlo a cumplir la promesa que nos hicimos. Vamos a saltar juntos al abismo.
La recuperación de Roberto fue lenta, pero pudo salir adelante.
Años más tarde, Roberto y Esmeralda se casaron, tuvieron dos hijos y vivieron felices para siempre.
Cuando salvas a otros te salvas a ti mismo. Cuando le devuelves la esperanza a otro tú mismo recuperas la esperanza. Si quieres salvar tu vida lo mejor que puedes hacer es salvar la vida de otros.
Roberto y Esmeralda saltaron juntos al abismo siendo ya muy ancianos. La recompensa que les dio la vida fue maravillosa y la recompensa que recibirán más allá, ¿por qué no? Será mucho mejor.

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