Nada había para mí en ese mundo. Después de mucho pensarlo decidí que
regresaría a mi isla, allí estaría solo con mi oscuridad, nadie podía dañarme y
a nadie dañaría. Moriría pronto, tal vez, eso es lo que deseaba.
Preparé mis escasas
pertenencias, alisté mi barco y me dispuse a zarpar. Mis Padres me contemplaban
con una mirada cargada de tristeza y desesperanza, sin embargo, en todo momento
respetaron mi decisión. La hora de partir llegó, abracé fuertemente a mis
amados Padres y juntos lloramos amargamente. Subí a mi barco, leve anclas, icé
las velas y partí sin imaginar lo que me esperaba más delante de ese viaje sin
final. Nuevamente abandonaba a los que
verdaderamente me aman y todo por mi cobardía y necedad.
El mar me contemplaba
enmudecido, era como si la tristeza que tenía en el corazón se transmitiera al
centro del ser poderoso que reprimía su furia. El viento estaba en completa
calma, los seres vivientes del mar se apartaban de mi camino. Aún la ira de los
elementos sentía mi tristeza y me dejaba en soledad. El sentir dentro de mi
alma cambiaba constantemente, de la tristeza pasaba a la resignación, después a
la nostalgia y de ese sentimiento a la soledad. Una mañana, estando ya muy
cerca de mi isla, el sentimiento que se apoderó de mi interior fue el rencor
revuelto con un poco de odio. Nubes negras cubrieron mi mente y mi corazón, al
instante, el cielo sobre el temible océano se cubrió de negros nubarrones, como
si el interior de mi ser controlara el interior del mar. Las olas crecieron
hasta sobrepasar a mi barco, las pesadas gotas de lluvia caían como misiles a
mi alrededor, el viento desató la furia que reprimía desde tiempos
inmemorables. La tempestad era más fiera que aquella que hizo naufragar a los caballeros del miedo. Era un monstruo
como ninguno, iracundo al grado diluviano.
-Tal vez, -pensé-, si
naufrago, el mar me lleve a un destino maravilloso como al que me llevó en el
pasado o de perdido la muerte se apiade de mí y me lleve a su oscuro mundo de
silencio.
Entre el poderoso
zumbido de la tempestad creí escuchar una carcajada en son de burla, tal vez
estaba enloquecido por el dolor y la soledad, o un ser superior a mí se mofaba
de mis pensamientos. Como haya sido, esta vez no luche para salvar a mi
embarcación del naufragio, no me importaba caer al mar, me daba igual si el mar
me llevaba a un mejor lugar o si me arrebataba la existencia. Dejé que la
tormenta y la furia del mar hicieran su trabajo sin resistencia. Abandoné a mi
barco a su suerte o a su destino, a quien le importa.
Pronto una gran ola
pasó sobre mí y derribó el mástil que a su vez destruyó otras partes
importantes de la embarcación. Antes de que pudiera reaccionar, mi barco
zozobraba en la profundidad del océano, tan cerca de mi isla, volví a naufragar
en la soledad de mi alma. Ese era el segundo barco que se entregaba a la
profundidad de ese mar, mi segundo naufragio y la… ya perdí la cuenta de las
veces que he mirado a la muerte a los ojos sin poder besar sus labios. Otro
naufragio, tendría que esperar el destino que el océano me impusiera.
El mar me tomó en sus
fúnebres brazos y me estrujó con violencia, me llevaba de un lado a otro como
una ventisca lleva a una hoja seca. La sal se pegaba a mis labios y los hacia
sangrar. Las conchas y pedazos de coral golpeaban mi cuerpo con gran fuerza y
casi eran balas que me mataban lentamente. La conciencia me abandonó, ya
conocía esa sensación, el torbellino y el agujero negro me habían enseñado esa
lección. En mi último pensamiento deseé despertar en Marus, bendito lugar en
donde el dolor, la traición, el miedo,
la muerte y esas cosas horribles no existen, sin embargo, nuevamente
escuché entre los truenos de la tempestad una terrible carcajada, intenté
reconocer la risa, pero lo único que entendí es que no era el demonio de mi
muerte. Allí se apagó la luz de mis ojos, ya veré, a donde el mar me lleve.
Despertar fue
doloroso, mi cuerpo estaba dañado a tal grado que se podía comparar con mi
alma. La sangre brotaba copiosamente y manchaba de rojo a las afiladas rocas de
la isla a la cual me había llevado el mar. Una opresión en mi pecho no me
dejaba respirar, la opresión no era de un golpe o del exceso de agua en mis
pulmones, esa sensación ya la había tenido antes, sabía que mis demonios
estaban cerca, me acechaban, aguardaban para atacarme.
Una mano terriblemente
fría me tomó y me sacó del agua. Sin que yo pudiera mirar al ser, este curó mis
heridas al instante y me soltó. Volteé apresurado para contemplar a la criatura
que me había sanado y con terror en los ojos vi que era ese ser de mirada de
infinito, oscuro como la noche sin luna.
-Bienvenido a la isla
de los demonios, -dijo con voz de trueno-.
-No puede ser, yo
destruí esta isla hace años.
-Eso creíste tú. En
realidad estábamos esperando el regreso de tu alma a esta isla para de nuevo
habitar en ti.
-En realidad, eres el
único demonio que esperaba ver junto a mí, ¡OH amada muerte!
-De nuevo te he mirado
a los ojos, sin embargo, todavía no es tu hora.
El demonio de mi
muerte sacó de sus oscuros ropajes el reloj de arena que ya estaba un poco más
de la mitad.
-Sólo vine a darte la
bienvenida, pronto verás a los demás demonios.
Me derrumbé sobre la
infértil arena de la playa maldita y observaba cada uno de los rincones
solitarios de esa isla de roca. Allí no había nada; no había alimento, ni
árboles para construir un barco, ni seres vivientes, sólo estaba yo y algunos
demonios que no podía ver pero que recordaba con claridad. Me quedé dormido
sobre la arena y tuve un sueño maravilloso.
“Un valle verde se
recostaba ante mis pies y se extendía hasta donde mi mirada no llegaba. Los
árboles se mecían quedamente ante el contacto de la brisa matinal, las aves
entonaban melodías exquisitas y los seres de la tierra despertaban felices ante
un nuevo día. Era hermoso lo que mis ojos miraban, delicado lo que mi piel
sentía, arrullador lo que mis oídos escuchaban. El fresco aroma del valle y las
flores inundaban mi torrente de aire. Cerca de allí corría un riachuelo de
aguas dulces que alimentaba toda la hermosura de ese valle.
Estaba extasiado
mirando ese paisaje de ensueño cuando de pronto una voz me llamó por mi nombre.
-Mohamed, mi amor,
vente a desayunar.
Miré apresurado para
ver a la mujer que me llamaba. Sus ojos se clavaron en los míos. Ella era
hermosa, como la luna de octubre. Sus cabellos rizados llegaban hasta la
cintura. Sus labios enrojecidos por el frío de la mañana sonreían como el sol.
Su cuerpo delicado y a la vez fuerte me invitaba a olvidar mi dolor. Era
hermosa la mujer, sin embargo, no la conocía, pero ella me llamaba mi amor.
Atrás de ella estaba una casa pequeña y muy bonita, con un jardín lleno de
rosas y una cerca blanca. Un perro ladraba a las aves cerca de la puerta. Me
acerqué a la mujer, ella sonrió y besó mis labios y me jaló de la mano hacia el
interior de la casa. Adentro, había un hogar limpio y acogedor, también estaba
una mesa llena de alimentos deliciosos. De pronto, una niña tan linda como su
Madre Salió de una habitación y se abrazó a mi cuerpo gritándome Papá. La tomé
entre mis brazos y al mirarla sentí que era una copia hermosa entre la mujer y
yo. Después salió un niño más pequeño que apenas si podía caminar pero que
corrió fuertemente hasta mis brazos. Todos juntos nos sentamos a la mesa y mi
esposa dijo una bendición para el alimento y para la maravillosa familia que
Dios le había dado. Me sentía rebosante de felicidad, nada podía ser mejor.”
Una ola del mar maldito me regresó a la
realidad, no había valle, ni mujer, ni hijos, ni hogar, ni nada de las
maravillas que soñé, sólo estaba mi soledad y la isla rocosa donde habitaban
mis demonios. Pero, ¿Dónde estaban los demonios? No los había visto, a pesar de
que ya había recorrido la isla después de recuperar las fuerzas. La isla estaba
totalmente desierta. Tal vez estaban escondidos, mirando todo lo que yo hacia,
burlándose de mi dolor a mis espaldas.
A la distancia pude
contemplar mi antigua isla, esa donde creí ser feliz con Manora y Leimara,
aunque me daba cuenta que solamente fue con mi locura. Pero ahí estaba la isla,
con su hermosura marchita, pero fértil, lista para ser habitada y sembrada la
belleza.
Me senté en la arena
desesperado a contemplar el mar, esperando a la muerte que bien sabía no iba
llegar. De pronto, un fuerte impulso de lanzarme al agua se apoderó de mi alma,
lo hice, comencé a nadar fuertemente en las aguas malditas alrededor de esa isla.
Todo era justo como lo recordaba, agua fría, sin vida alguna, tenebrosa como la
noche de mi más profundo miedo. Durante horas nadé y mi isla aún se veía
lejana. Mientras nadaba pensaba en que tal vez la isla y el mar me darían una
nueva oportunidad como lo habían hecho en el pasado. Tal vez me reencontraría
con la felicidad anhelada. Tal vez Manora me estaría esperando en nuestro
hogar. Tal vez… en medio de la soledad y la desesperación se piensan tantas
estupideces, que absurdo.
El mar cada vez era
más denso, las fuerzas me faltaban, de pronto, sentí que algo me empujaba
fuertemente, miré hacia atrás y vi a dos delfines que me llevaban a la playa de
mi isla, eran los mismos que una vez me protegieron de los tiburones, que
agradecido estaba con esos hermosos seres, mas no pude agradecerles porque me
arrojaron a la playa y se fueron a gran velocidad. Se perdieron en la oscura
profundidad del océano, esa fue la última vez que los vi.
Me recosté en la playa
de mi isla y cuando voltee hacia el interior con la esperanza de ver a Manora junto a mí, me llevé una sorpresa que
cada vez que pasaba me era menos desagradable. Parados junto a mí, estaban
todos mis demonios y algunos otros que no conocía.
-Sabía que
regresarías, -dijo el demonio del odio con sus ojos secos y las manos
temblorosas-.
El Vedor, mi temible
demonio de la desconfianza remontó el vuelo y me dijo:
-Estás predestinado,
no puedes vivir sin nosotros, no te resistas más y deja que habitemos en tu
alma.
-Es verdad, -dijo la
cabra, mi demonio de la soledad-, sin nosotros tan sólo eres un perdedor
solitario.
Desde el fondo del mar
se levantó un gran chorro de agua, en seguida lo reconocí, era el demonio de
los celos.
-Que bueno que
volviste, juntos consumaremos la venganza. Es tiempo de que sufran los que te
han dañado.
Los demonios hablaron
y después de eso sentí un frío indescriptible. Frente a mi vista posaba uno de
mis demonios, el demonio al que más temía. La mujer de rostro antiguo y cabello
sangrante, sus ojos vacíos y sus labios blancos me dijeron:
-¿Me recuerdas? Soy tu
demonio de los miedos pasados y me da gusto que estés con nosotros, déjanos
entrar en tu alma y vivamos juntos por el resto del destierro.
En esta ocasión no
refuté nada de lo que los demonios me decían. Guardé un silencio profundo y con
recelo miré a los demonios que no conocía y que también guardaban
silencio. Después de mirarlos durante un
rato les dije:
-¿Quiénes son ustedes?
No los conozco. ¿Qué hacen en mi isla?
-Yo soy el demonio de
la ira, -me dijo un ser de ojos de lumbre oscura. En sus manos, en vez de dedos
tenía espadas. Sus cabellos eran armas de fuego-. Te voy a acompañar por el
resto de tus días.
-Yo soy tu demonio de
la venganza, mi misión es acompañarte hasta que te desquites de todos aquellos
que de una forma u otra te han dañado. Juntos emprenderemos la más grande de
las venganzas. –Me dijo un ser de semblante triste y a la vez malévolo, frío
como la muerte y oscuro como el universo-.
Otro ser, que se
mantenía distante de sus compañeros, me habló sin abrir sus labios que parecían
estar cocidos con hilo, pero no puedo asegurarlo porque su rostro era borroso y
su cuerpo distorsionado. Este ser me dijo:
-Soy el demonio de la
incredulidad y no te digo que te voy a acompañar por el resto de tu vida o que
voy a entrar en tu alma, porque allí es donde vivo desde tiempos remotos, lo
que si te digo es que voy a resurgir desde ti como un monstruo terrible e
indomable.
No me atemorice con
los demonios ni traté de ahuyentarlos, únicamente me quedé en silencio, me
recosté en la arena y me quedé profundamente dormido.
Tuve un sueño de lo
más extraño:
“A lo lejos vi a
Manora y la seguí sin poder
alcanzarla, ella no se movió y aún así
no logré llegar a donde estaba. Después
escuché un grito y al voltear vi que era Liagiba que trataba de alcanzarme, yo
me detuve en mi loca persecución de Manora, sin embargo, Liagiba nunca llegaba
a mi lado. La desesperación me invadió y miré constantemente hacia a tras y
hacia delante, traté de llegar a Manora o a Liagiba, pero no pude alcanzar a
ninguna de las dos. Un poco después noté que una tercera mujer observaba la
escena en silencio, la miré y ella sonrió, inmediatamente en mi interior hubo
una sensación extraña y desconocida que hasta la fecha no puedo describir”.
Inmediatamente, sin
despertar, mi sueño cambió de esa escena a una totalmente diferente:
“Estaba con Tena en lo
alto de una montaña, a nuestros pies estaba una profunda barranca a la cual no
se le veía el final. Al otro lado de la barranca estaban mi Padre Luar y mi
Madre Ave sentados en una roca muy alta. Ellos querían llegar a donde Tena y yo
estábamos y nosotros también queríamos llegar con ellos, pero la barranca era
enorme y profunda y al parecer no había camino alguno que los juntara. Tena
hizo un movimiento brusco y dijo que buscaría un camino. Ella comenzó a caminar
sobre las rocas y yo la seguí, de
pronto, ella se resbaló y cayó al barranco. El terror invadió mis entrañas, me
acerqué a la orilla del barranco y no alcancé a mirar el cuerpo de Tena, pero
si una horrenda mancha de sangre en la roca. El colapso interno fue inmediato,
sentí que el universo entero se caía hacia mi interior. Levanté mi vista y vi a
mis Padres atónitos al otro lado de la barranca, Mi Madre lloraba en silencio,
mi Padre con su rostro inmutable comenzó a gritar en mi contra:
-Es tu culpa Mohamed,
porque no la salvaste, es mi niña no la quiero perder, si yo hubiera estado en
tu lugar nada de esto hubiera pasado. Tena no debió caer Mohamed, tú debiste
caer en vez de ella.
Esas palabras hirieron
a mi ya de por si lastimado corazón. Volvía mirar las lágrimas de Mi Madre Ave
y me dejé caer a la profundidad del abismo.”
En ese momento
desperté y me llevé una horrible sorpresa. Allí, frente a mí estaban los ojos
más oscuros que he visto en mi vida, estaban enmarcando un rostro desencajado,
sin forma. Un rostro que dolía y desesperaba. Un rostro absurdo, entre la
carcajada y el llanto.
-Hola, -me dijo, y se
echó a llorar mientras reía a carcajadas-. Soy tu demonio, el demonio de la
locura y desde hoy, yo soy tú y tú no eres nadie, sólo una sombra perturbadora
en la soledad de esta soledad.
Me quedé en silencio,
comprendiendo que decía la verdad aunque no entendí mucho. Era extraño, después
de ese sueño, cada vez que cerraba mis ojos me veía cayendo en el barranco, y
caía y caía y jamás llegaba al final, era una caída eterna, sin dolor.
Los meses pronto
pasaron en mi isla solitaria, aunque a quien le importaba, seguido subía a las
montañas de mi isla, era el único lugar donde podía estar sin mis demonios,
porque por alguna razón a los demonios no les gusta la altura de las montañas,
en esos viajes de altura sólo me acompañaba el demonio de los miedos pasados, a
ese demonio si le gusta la altura como podrán recordar. Allí meditaba en el pasado,
todos mis recuerdos se agolpaban en mi mente. Por momentos recuperaba la
cordura pero en cuanto bajaba la locura me invadía por completo.
Un día, cuando estaba
meditando en la altura de la montaña, vi a la distancia sobre el mar a un
pequeño bote, parecía vació y flotaba a la deriva. La caprichosa marea movía al
bote de un lado a otro y poco a poco lo arrastró hasta mi isla. De grandes
saltos bajé de la montaña y me apresuré a ver lo que el mar me había traído.
Comencé a revisar el bote, había alimento que hace mucho que no comía, había
bebidas embriagantes, cigarros y muchas otras cosas que me había prohibido
durante algún tiempo, pero que ahora que el mar me los había traído me parecían
un manjar. En el bote también había ropa de mujer y otros accesorios femeninos.
La última parte del bote que me faltaba de revisar era el camarote, abrí la
puerta y en el camarote estaba profundamente dormida una mujer, con un
movimiento en su hombro la desperté, ella abrió los ojos como si no supiera en
donde estaba y que es lo que hacía, aún así, me sonrió y dijo hola. La mujer me
pareció extrañamente conocida pero no pude reconocerla. Era bella, con sus
cabellos largos y rostro fino, mirada extrañamente dura entremezclada de
ternura, baja de estatura pero bien definidas sus formas de mujer.
-¿Quién eres y qué
haces en mi isla? –Le pregunté con recelo-.
-Mi nombre es Alecari
Azrap y vengo de un lejano puerto, llegué a tu isla por error pero si quieres
me marcho al instante. En realidad ni siquiera sé en dónde estoy, me dejé guiar
por las corrientes marinas.
-No, si quieres
descansar y comer algo puedes hacerlo y si decides partir después de eso puedes
hacerlo. Yo soy Mohamed y vivo aquí desde hace mucho tiempo. No recuerdo desde
hace cuanto, me parece que han sido siglos.
Alecari se refresco
del viaje y del sueño tomando un sabroso baño en mi casa, después durmió y
comió algo. Ella me parecía conocida, sobre todo su sonrisa. En alguna parte la
había visto, a ella o a alguien de su propia sangre que se le parecía, no
recuerdo bien.
-¿Qué haces aquí en
medio de la nada y solo? –Me preguntó-.
-Esa es una historia
larga pero puedo resumirla en unas pocas palabras. Hace años, muchos años,
naufrague junto con mis amigos y el mar
me trajo hasta esta isla, estaba desierta. Después llegó una mujer y se quedó
conmigo, fuimos muy felices durante algunos años, pero un día decidimos ir a la
ciudad y ella me traiciono con otro hombre, yo traté de rehacer mi vida con
otra mujer, pero me fue imposible, así que decidí regresar a la soledad de mi
isla. Esa es mi historia. ¿Cuál es la tuya?
-Bueno, -me dijo-, mi
historia no es mejor ni más feliz que la tuya. En mi puerto de origen encontré
la felicidad en los brazos de un hombre, pero resulto ser un mal hombre, él me
dañó mucho y decidí dejarlo y escapar a la profundidad de mi alma, a una
soledad lejana. Discúlpame si me notas un poco huraña, pero me es difícil
confiar en las personas, he quedado profundamente dolida.
-Sí, yo te entiendo,
siento lo mismo. Sé lo que es desconfiar de todo y de todos.
Los
días pasaron y Alecari seguía en mi isla, platicábamos mucho y pronto tomamos
confianza. A veces pensábamos que podíamos unirnos, pero no teníamos el valor
de empezar de nuevo. ¿Será que valga la pena arriesgarse a perder de nuevo?
Pasaron más días,
meses, ignoro si alcanzaron a ser años, entre Alecari y yo existía una
complicidad extraña, una vida unida sin llegar a ser una, una amistad que se
perdía por instantes y se recuperaba en torrentes de pasión, no puedo decir mas
de Alecari, fue una nube pasajera que me cubrió del sol cuando mas quemaba y
una mañana, al despertar, ya no estaba ahí. Había tomado el mismo bote en el
que llegó y se fue sin despedirse. Jamás volví a saber de ella, no sé a donde
la llevo el mar y si el destino la alcanzó.
Que largo me parecía
el camino recorrido y muy corto el camino por recorrer. Esos amores infecundos,
no natos, sin concebir, me rondaban la memoria en mis días de más terrible
soledad. Besos infructuosos, con sabor a nada, llenos de licor, etílicas
miradas, penetraciones de hueca ironía, sin amor sin placer. Recorriendo
caminos ya recorridos, soñando sueños olvidados. Lenta pero efectivamente la
locura dominaba mi alma, entre los carnosos montes de la tardanza y esos
vientres incapaces de dar vida, me hundía en la barranca del agua viva, sin
ahogarme ni resucitar, que veloz desaparecía todo, como la luz entre las manos.
En esos días de locura
encontré entre mis pertenencias un lápiz, unas hojas en blanco y una tabla de
dibujo y recordé que tenía un arte escondido. Comencé a dar unos trazos con el
lápiz en la blancura de la hoja y me quedó finalmente un dibujo horrendo, no en
su calidad artística sino en su contenido. Seguí dibujando, día tras día, cada
evento de mi vida, cada demonio y cada muerte, las traiciones y los pocos
instantes de paz. Todo lo que aconteció en mi vida quedó semi eternizado en el
blanco papel por un pedazo de carbón en
forma de lápiz. Ese arte escondido que recordé de repente me ayudo mucho en mi
soledad, la hizo un poco más ligera.
Transcurrieron los
días. La isla cada vez estaba más habitada por demonios que quien sabe de donde
llegaban, la verdad es que yo ya no los tomaba en cuenta y ellos enflaquecían
cada vez más y más, es como si se alimentaran de la resistencia y el miedo de
las almas y al desaparecer todo eso, morían de aburrimiento. Aún así, la isla
era un paraje infernal, llena de espíritus flacos, pálidos y somnolientos.
Vacía de vida a excepción de la propia
que se confundía con la muerte. El cielo, más ennegrecido y silencioso que
nunca parecía tener movimiento alguno, como si el tiempo se hubiera suspendido
y cada día fuera igual que ayer o que hoy o que mañana, que importa. Un día, al
abrir mis ojos, vi un resplandor que me encandiló. Era el sol en el despejado
cielo, una brisa fresca lo acompañaba y todo olía a flores, me levanté
presuroso y no vi a los demonios, no había uno solo de ellos.
-¿Qué pasa? –Pregunté
en voz alta-.
El viento silbó y me
pareció escuchar un murmullo que decía:
-Es un nuevo día,
apresúrate que hoy te toca nacer de nuevo.
No entendí lo que
pasaba, pero me fui al riachuelo y me lavé el cuerpo, me afeite y me froté con
aroma de flores. Al regresar a la playa vi una columna de humo en el horizonte,
al principio traté de ignorarla, pero el humo tenue a la distancia daba vueltas
en mis pensamientos, hasta que por fin me armé de valor, tomé una pequeña
barcaza que había construido con troncos y remé hacia el humo. Al contrario de
lo que yo creí, el humo no estaba lejos, provenía de una isla desértica y
caliente, a la que sus habitantes llamaban Norret. Al llegar a la playa me
recibió una mujer, bajita de estatura y ojos orientales, ojos que irradiaron
una luz que perforó la oscuridad de mi alma. Era bella, diferente a lo que
antes había visto.
-Hola. –le dije con
voz queda por el cansancio de remar-Vi el humo a la distancia desde mi isla y
pensé que tal vez sería un naufragio o un naufrago en una isla desierta, pero
veo que esta es una isla habitada y que tienes compañía. Disculpa, regreso a mi
isla.
-No sabes la soledad
que puede haber en una isla habitada y lo inútil que puede ser la compañía no
deseada. –Dijo ella con su voz
melódica y su acento extraño para mí-.
-Perdón,
-respondí- no quería causarte molestias con mi presencia, enseguida retorno a
mi isla. No deseas compañía y no te molestaré más.
-¡OH no! No lo dije
por ti, sino por los habitantes de esta isla, mi nombre es Jelyna Gleznaz y tú
eres bienvenido en la isla de Norret.
-Gracias, yo soy
Mohamed Vak y vivo en mi isla no muy lejos de aquí. ¿Cuál es tu historia bella
dama?
-En realidad no hay
mucha historia, nací en la gran ciudad y hace años que habito en esta isla
desértica, mi vida ha sido tranquila, sin sobresaltos y estoy en esta playa
esperando que mi destino llegue disfrazado de lo desconocido. ¿Cuál es tu
historia?
Contarla era algo
complejo y a grandes rasgos le conté mi historia o por lo menos las partes que
recordaba, ya habrá tiempo de decir lo demás. Jelyna escuchó con atención cada
una de mis palabras y en varias partes se sobresalto, pero no me juzgó por mis
errores ni por mis locuras y eso me dio una paz interna que jamás había
sentido. Fue algo extraño lo nuestro, casi de inmediato nació una amistad
profunda que pronto llegó a ser un sentimiento hermoso más allá de lo que todos
llaman amor. Me sentía renacido, reconfortado como si fuera otro ser distinto.
En ese momento comprendí el murmullo del viento, era mi nuevo nacimiento, una
nueva oportunidad, ahí era el lugar que el destino había previsto para mí, lo
comprendí al instante y no opuse resistencia alguna.
Los días pasaron,
felices y extraños. Jelyna se veía radiante, yo la amaba con más profundidad
cada día y sentía que ella a mí también. Esos días transcurrieron entre besos
negados en las cristalinas aguas de islas ajenas y señales de humo que
acortaban las distancias. Entre esperas insaciables de desaparecer los
obstáculos físicos y mentales. Entre acercamientos que se diluían como agua
entre los dedos. Fue entonces cuando la invité a vivir conmigo en mi isla, ella
aceptó, con un poco de temor y con una condición.
-Si me voy contigo
–dijo con un tono serio- será para siempre, sin marcha atrás, sin juegos, sin
traiciones, ya no hay tiempo de mirar atrás ni de decir nunca más.
-Estoy de acuerdo, esa es mi más grande ilusión. –Dije
esto mientras una lágrima involuntaria brotaba de mi ojo y corría por mi
mejilla-.
A los pocos días nos
unimos ya en mi isla, en medio de dolencias profundas y una extraña tormenta
poderosa y pasajera, que, por un instante creí que eran todos mis demonios que
morían de golpe y en un último esfuerzo de destruirme cayeron en pedazos como
gotas de agua y granizo, mas no lograron su cometido y sus acuosos cuerpos sin
vida quedaron sepultos en los arroyos de mi isla. Jelyna y yo dimos votos de
amor, a pesar de la adversidad y unimos nuestras existencias paralelas para
siempre, pero el vacío y los restos de
lo que esa isla habían sido en un pasado cercano no nos permitían ser felices
por completo, así que decidimos regresar juntos, ya como familia a Norret. Al
principio fue difícil, yo estaba acostumbrado a ser un espíritu libre y
perturbado, pero al poco tiempo encontré una actividad lucrativa que me gustaba
mucho realizar y la vida se transformó por primera vez en muchos años en una
aventura maravillosa. Al poco tiempo llego a nuestras vidas un pequeño ser,
hermoso, alegre, un regalo de Dios, al cual le pusimos por nombre Branyi
Vak Gleznaz. Todo esto no fue una
alucinación de mi mente perturbada, era real, era hermoso, me provocaba una
sensación que no puedo explicar, una sensación de bienestar completa. Tal vez
los que ya han pasado por estos caminos me comprendan, los que no han pasado,
les deseo de todo corazón que algún día lo hagan. Para mi, estar con
Jelyna es como degustar la mas sagrada
miel, sus labios son el elixir de la eterna juventud, sus pechos la sabia de la
vida, su sonrisa la luz de Marus. Toda ella una delicia para mis cansancios y
sufrimientos. Un gotero que se administra para durar toda la vida. De Branyi
que puedo decir, él es, mi maquina para existir, mi vida entera, soy yo vuelto
a nacer. Los amo de todo corazón, por fin encontré lo que durante toda mi vida
busqué. Son el regalo más hermoso que el cielo le puede dar a un mortal en esta
tierra. Es extraño como vidas tan diferentes, en lugares tan lejanos, pueden
quedar unidas de tal manera, es como si una mano gigante tomara los botes y los
llevara a puerto seguro, cada cual al puerto donde debe estar.
Una noche mientras
caminaba por un bosque fresco dentro del infierno de la isla de Norret, tuve mi
último encuentro con mis demonios, yo los creí muertos, pero ellos no mueren,
hasta el día indicado. Todos aparecieron juntos y en coro hablaron con voces
convulsas.
-Nos has vencido, pero
no morimos, enflaquecimos con tus desprecios y tu falta de todo, no
apareceremos más ante ti, pero a la distancia te veremos y de vez en cuando
tocaremos a tu corazón, igual que con el resto de los humanos e intentaremos
hacer que el mal te invada…
Después, siguieron pronunciando
palabras que ya no entendí, estaba perdiendo la capacidad de su lenguaje
extraño.
-Podrán tocar a mi
corazón, -les dije-, pero será mi decisión no dejarlos entrar.
Los demonios
desaparecieron y se esfumaron en un llanto profundo. No los volvería a ver. En
eso apareció ante mí el demonio más deseado antaño, mi demonio de la muerte. Él
sonrío y dijo:
Eres fuerte y el amor
te da más fuerza aún, esos ángeles que te acompañan en la vida te han hecho
intocable, para todos, menos para mí. Te veré pronto, cuando el reloj de arena
haya llegado a su fin.
-Hasta pronto, -le
dije-.
Desapareció entre la
nada y yo me fui a casa, al lado de mis amados ángeles. Antes no encontraba
lugar en el mundo, ahora sé bien cual es mi lugar. Mi felicidad es jugar con Branyi,
besarlo, abrazarlo y pasar mis días luchando por él y por el amor de Jelyna,
ella es mi tabla de salvación en cualquier naufragio. Los amo.
También con mis Padres
Luar y Ave todo ha sido mejor, seguido vienen a la isla de Norret y nosotros
vamos al puerto de Larra. Somos felices. También a Siry y Omem los veo junto a
sus familias. A los demás caballeros del miedo solo los escucho a la distancia,
cada cual haciendo su vida en una isla diferente. Así es como debe ser, a donde
el mar nos haya llevado.
Un
día, estaba sentado en la playa y pensaba en todo lo que había pasado en mi
vida, los momentos tristes y los momentos felices, recordaba a mis amigos, a
mis familiares, pensaba en todo lo que
había quedado atrás, cada tormenta, cada
palabra, todos los momentos gravados en lo más profundo de mi
memoria, el maravilloso encuentro con
Jelyna, el nacimiento de cada una
de mis alegrías, el fracaso, (si es que podemos llamarle así), de nuestro
último viaje, el triunfo sobre el monstruo de la tempestad, el rencor, el
perdón, cada cosa que pasó, todo y nada.
Meditaba un poco en el destino, algunas veces creí que el destino me
había alcanzado, en otras creía que el destino pronto me alcanzaría y me daría
una nueva traición, pero meditando en la playa de mi vida descubrí que si el
destino algún día nos llega ha
alcanzar, nos alcanzará
a todos de
una sola vez, llevándonos juntos a un nuevo destino,
por lo tanto he descubierto que el destino nunca nos alcanzará.
Aprendí tanto en esta aventura
llamada vida y lo que me
queda por aprender.
Aprendí que la verdadera amistad se
cultiva día con día; aprendí que la vida se forja en base al esfuerzo y no a un
destino preestablecido; aprendí que no vale la pena vivir con los demonios
dentro del corazón; aprendí que el cielo en su poder infinito siempre perdona y
te ayuda en todo momento; aprendí que cada prueba es un escalón más hacia la
meta; aprendí que el verdadero amor no se llena de reproches sino de besos,
caricias, comprensión, detalles y de amor, mucho amor; comprendí que las
palabras se las lleva el viento y la tempestad, pero que las promesas hechas en
el corazón permanecen para siempre; aprendí que el amor está por sobre todas
las cosas. El amor a los amigos, a la familia, a la pareja, a todas las cosas
del mundo y sobre todo el amor al infinito y poderoso Dios.
Esta es mi vida, esta es mi isla, soy
feliz con lo que tengo porque aquí me llevó el mar. Sé bien que esto aún no
termina, todavía tengo muchas aventuras por vivir y por contar, tengo muchas
experiencias que sentir y muchos viajes por realizar. No me ciego que algún día
tendré que ver a mis hijos partir en busca de su propio destino y volverán con
sus vidas erguidas sobre otras vidas y conoceré a mis nietos. También sé que
veré a los caballeros del miedo de vez en cuando flotando en el viento o en las
ondas del mar o en la espuma de las olas o en el rayo de la tempestad.
Escucharé sus voces cantando su historia y los recordaré con cariño. Hasta aquí
está mi vida y ya veremos a donde nos llevará el mar.
Aquí seguiremos en nuestra isla de felicidad,
cultivando alegrías día con día. El arrepentimiento sincero y el perdón sincero
llevan al olvido total de la ofensa. A través de esto quiero mandarle un abrazo
y un saludo a cada uno de los caballeros del miedo en donde quiera que estén, a
donde el mar los haya llevado y quiero decirles, que el destino nunca nos
alcanzará.
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