domingo, 26 de febrero de 2012

FRAGMENTOS DE AMORES ROTOS



 

I

La rosa



Se va por el camino sin mirar atrás, su orgullo no se lo permite. Yo miro desde la puerta del jardín, no lo sigo, mi orgullo es grande. En su mano lleva la rosa que traía para mí, sus espinas le hieren la piel, la sangre cae junto a los pétalos rotos de la rosa. Se va, yo no lo sigo, él no mira atrás. El orgullo es más grande que la rosa y el amor.

 

 

II

Esclavitud



Te abrazo por la espalda y susurro palabras de amor en tu oído, no quiero dejarte ir, pero tú te escapas y me desprecias, tu espalda insensible a mi abrazo, tu oído sordo a mis palabras. Tú miras a otro, quieres escaparte, yo no quiero dejarte ir. Sin embargo, te voy a dejar ir, porque cuando dos se aman, es una bendición el estar siempre juntos. Pero, cuando sólo hay amor de uno, estar juntos es esclavitud.

 




III

Te vas



Te vas, es imposible. Será como si el mar nunca mas besa a la playa. Como si el ocaso y el amanecer se encontraran. Te vas, mejor la muerte, pero te vas, te vas para siempre.

 

 

IV

El juego



Fui un juego, una burla, un placer pasajero. Y yo que me enamoré de ti. Te amé, como la flor ama a la primavera, como el cielo ama a la luna llena. Te amé, mas no te amaré jamás. Un día dijiste:
            -Ya no te quiero.
            Si acaso me quisiste un día, y te fuiste a buscar un nuevo juego. Lo único que me queda de ti, es que aprendí a no amar tanto y a amar mucho mejor.





V

Sin dejar de ser amor



¿Qué nos separa? Tú me amas, yo te amo. ¿Qué nos aleja? Tu mirada busca mi mirada y se encuentran. Sin embargo, nos separamos, decimos odiarnos, pero la sed de caricias y besos nos delatan la mentira. Nos odiamos sin dejar de ser amor. ¿Qué nos separa?

 


VI


Pensando en él, pensando en ella.


Un silencio trémulo entre los labios que se besan; un ardor de frío en las manos que se estrechan; un vacío de fuego en las miradas que no reflejan; un abismo oscuro entre los cuerpos que se abrazan.
            -¿Qué pasa en esta noche que no brillan las estrellas? –Preguntó un hombre-.
            -Nada pasa. –Contestó una mujer-. Las estrellas brillan sobre tu sien.
            -¿Qué ha ocurrido que de tus labios ya no siento su miel?
            -Es la misma miel que has probado ayer y hoy.
            -¿Qué se ha ido de tus caricias, ya no siento su calor?
            -Nada se ha ido, mis caricias son de seda y de calor.
            -¿Qué pasa con tus ojos que no reflejan mi mirada?
            -Sí, se refleja en la profundidad de mi alma.
            -¿Qué ha muerto entre nosotros que sepulta nuestros cuerpos?
            -Absolutamente nada ha muerto, nuestros cuerpos se abrazan.
            -Mientes mujer, algo nos sofoca y nos separa. Dime la verdad de una vez.
            -Bueno… es que… se ha muerto el amor que nos unía.
            -¿Es acaso eso? O ¿Sigues pensando en él?
            -¿En él? ¿De que hablas?
            -De tu antiguo amor, de ese que sientes sed de caricias y besos.
            -No te puedo mentir más. Sí, sigo pensando en él, nunca lo he podido olvidar, lo amo aún.
            -Bueno, pero no llores mujer, que esto que siento en mi pecho es alivio y no dolor. Debo confesarte que en ti busqué olvido sin hallarlo, porque también yo pienso en ella, aún la sigo amando.
            Los caminos se separaron para siempre en el trémulo silencio de un beso, en el frío de la estreches de una mano, en el fuego vacío de una mirada y en el oscuro abismo entre dos cuerpos que se alejan.


VII

Flor seca




Se ha secado la flor sobre la mesa y el viento ha esparcido su ceniza sobre el mantel. La flor era el último recuerdo de tu amor. Así también se secó nuestro amor, como esa flor, y el olvido ha esparcido su ceniza en la tristeza del adiós.

VIII

Al despertar



Al despertar de la mañana te encontré, tan linda como siempre. Tus ojos cerrados, tus labios rojos. Parecías una reina, rodeada de flores; los claveles te hacían reverencia; las rosas te daban su perfume; las gladiolas te ofrecían su color. Tan lindas las flores, tan lindas como tú. Mas tú ignorabas a los claveles; no olías a las rosas; ni veías de las gladiolas el color. Que egoísta eres, detrás de tu cristal, tan linda como siempre, no te veré jamás. Al despertar de la mañana te encontré…


IX

El conejo



¡Que amor! ¡Que amor tan grande! Como no sentí jamás. Amo a mi Madre,  amo a mi Padre, pero este amor que en
mí nace es distinto a todo amor. ¡Ay mi lindo conejito! A mi corta edad, ya sé lo que es amar.
            ¡Pero que tristeza tan enorme! Una mañana de oscuros crespones, mi conejito no amaneció más. ¡Que tristeza! ¡Que tristeza! A mi corta edad ya sé lo que es llorar cuando un amor se va.


X

Ha muerto el amor



Un beso, frío, seco, no hace la sangre correr. Un abrazo, tenso, muerto, no hace al alma desfallecer. Una mirada sin reflejo, sin luz en la profundidad. Una caricia congelada, sin fuego, sin pasión. Palabras huecas, sin razón. Entiende, entiende corazón, se ha muerto, se ha muerto el amor.


XI

Adiós



Una lágrima de mujer, como perla cristalina. Una lágrima de hombre, como dragón que desfallece. Se entremezclan, se vuelven una sola lágrima. Una sola lágrima al contacto del adiós.


XII

La nieve


La tierra se cubría de una blanca capa de nieve, los copos multiformes y fríos caían en un espectáculo incomparable. Hacía frío, mucho frío.
            Ella se abrazaba fuertemente a él, como si quisiera fundirse en un solo cuerpo. Él también la abrazaba, pero frío como la nieve que caía.  Ella se abrazaba fuertemente a él, pero no por el frío, sino porque sabía que ese sería el último abrazo. Él, sabiendo lo mismo seguía frío ante el abrazo.
            -No te vayas, -retumbó una dulce voz de mujer-. ¿Qué será de mí sin ti? No te vayas de mi lado.
            El amor se acabó, -dijo él-. El amor se acabó.
            El hombre separó lentamente a la mujer y limpiando sus gélidas lágrimas le dijo adiós.
            Ella miraba a su amado alejarse para siempre entre la nieve y lloró, amargamente lloró. Él se fue para siempre y las lágrimas de ella, se convirtieron en un copo de nieve.


XIII

La traición



Le besé los labios a la soledad mientras me abrazaba de su espalda.  Y le dije adiós  a su recuerdo,  no la  volveré a soñar. La amé, mucho la amé, no la amaré más. Su traición me destrozo, al olvido amaré.


XIV


Ganador


A pesar de tu cruel traición te perdoné e intenté comenzar de nuevo, pero tú me rechazabas diciendo que me  amabas  pero que  lo amabas  también a  él.  Meses de ruego en vano, tú me besabas y decías amarme, pero no volvías conmigo, a él, lo veías cada nunca.
            Un día me encontré a una mujer que se entregó por completo sin pedir nada a cambio y la amé, tú, al darte cuenta de esto, lloraste y me dijiste las palabras de ruego que yo te dije antes.
            Tú inventaste este juego y no lo supiste ganar. Yo fui víctima de tú juego, sin embargo, aprendí a ganar. Adiós amor, esta es la última vez que te digo amor.




XV

Amores rotos


No sólo un adiós al amor es un amor roto. La muerte, la distancia, el olvido, una flor seca, las olas del mar, la nube viajera, la última palabra, una lágrima. Todo esto es un amor roto. Todo esto y mucho más.

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