I
La rosa
Se va por el camino sin mirar atrás, su orgullo no se lo permite. Yo
miro desde la puerta del jardín, no lo sigo, mi orgullo es grande. En su mano
lleva la rosa que traía para mí, sus espinas le hieren la piel, la sangre cae
junto a los pétalos rotos de la rosa. Se va, yo no lo sigo, él no mira atrás.
El orgullo es más grande que la rosa y el amor.
II
Esclavitud
Te abrazo por la espalda y susurro palabras de amor en tu oído, no
quiero dejarte ir, pero tú te escapas y me desprecias, tu espalda insensible a
mi abrazo, tu oído sordo a mis palabras. Tú miras a otro, quieres escaparte, yo
no quiero dejarte ir. Sin embargo, te voy a dejar ir, porque cuando dos se
aman, es una bendición el estar siempre juntos. Pero, cuando sólo hay amor de
uno, estar juntos es esclavitud.
III
Te vas
Te vas, es imposible. Será como si el mar nunca mas besa a la playa.
Como si el ocaso y el amanecer se encontraran. Te vas, mejor la muerte, pero te
vas, te vas para siempre.
IV
El juego
Fui un juego, una burla, un placer pasajero. Y yo que me enamoré de ti.
Te amé, como la flor ama a la primavera, como el cielo ama a la luna llena. Te
amé, mas no te amaré jamás. Un día dijiste:
-Ya no te quiero.
Si acaso me quisiste un día, y te
fuiste a buscar un nuevo juego. Lo único que me queda de ti, es que aprendí a
no amar tanto y a amar mucho mejor.
V
Sin dejar de ser amor
¿Qué nos separa? Tú me amas, yo te amo. ¿Qué nos aleja? Tu mirada busca
mi mirada y se encuentran. Sin embargo, nos separamos, decimos odiarnos, pero
la sed de caricias y besos nos delatan la mentira. Nos odiamos sin dejar de ser
amor. ¿Qué nos separa?
VI
Pensando
en él, pensando en ella.
Un silencio trémulo entre los labios que se besan; un ardor de frío en
las manos que se estrechan; un vacío de fuego en las miradas que no reflejan;
un abismo oscuro entre los cuerpos que se abrazan.
-¿Qué pasa en esta noche que no
brillan las estrellas? –Preguntó un hombre-.
-Nada pasa. –Contestó una mujer-.
Las estrellas brillan sobre tu sien.
-¿Qué ha ocurrido que de tus labios
ya no siento su miel?
-Es la misma miel que has probado
ayer y hoy.
-¿Qué se ha ido de tus caricias, ya
no siento su calor?
-Nada se ha ido, mis caricias son de
seda y de calor.
-¿Qué pasa con tus ojos que no
reflejan mi mirada?
-Sí, se refleja en la profundidad de
mi alma.
-¿Qué ha muerto entre nosotros que
sepulta nuestros cuerpos?
-Absolutamente nada ha muerto,
nuestros cuerpos se abrazan.
-Mientes mujer, algo nos sofoca y
nos separa. Dime la verdad de una vez.
-Bueno… es que… se ha muerto el amor
que nos unía.
-¿Es acaso eso? O ¿Sigues pensando
en él?
-¿En él? ¿De que hablas?
-De tu antiguo amor, de ese que
sientes sed de caricias y besos.
-No te puedo mentir más. Sí, sigo
pensando en él, nunca lo he podido olvidar, lo amo aún.
-Bueno, pero no llores mujer, que
esto que siento en mi pecho es alivio y no dolor. Debo confesarte que en ti
busqué olvido sin hallarlo, porque también yo pienso en ella, aún la sigo
amando.
Los caminos se separaron para
siempre en el trémulo silencio de un beso, en el frío de la estreches de una
mano, en el fuego vacío de una mirada y en el oscuro abismo entre dos cuerpos
que se alejan.
VII
Flor seca
Se ha secado la flor sobre la mesa y el viento ha esparcido su ceniza
sobre el mantel. La flor era el último recuerdo de tu amor. Así también se secó
nuestro amor, como esa flor, y el olvido ha esparcido su ceniza en la tristeza
del adiós.
VIII
Al despertar
Al despertar de la mañana te encontré, tan linda como siempre. Tus ojos
cerrados, tus labios rojos. Parecías una reina, rodeada de flores; los claveles
te hacían reverencia; las rosas te daban su perfume; las gladiolas te ofrecían
su color. Tan lindas las flores, tan lindas como tú. Mas tú ignorabas a los
claveles; no olías a las rosas; ni veías de las gladiolas el color. Que egoísta
eres, detrás de tu cristal, tan linda como siempre, no te veré jamás. Al
despertar de la mañana te encontré…
IX
El conejo
¡Que amor! ¡Que amor tan grande! Como no sentí jamás. Amo a mi
Madre, amo a mi Padre, pero este amor
que en
mí nace es distinto
a todo amor. ¡Ay mi lindo conejito! A mi corta edad, ya sé lo que es amar.
¡Pero que tristeza tan enorme! Una
mañana de oscuros crespones, mi conejito no amaneció más. ¡Que tristeza! ¡Que
tristeza! A mi corta edad ya sé lo que es llorar cuando un amor se va.
X
Ha muerto el amor
Un beso, frío, seco, no hace la sangre correr. Un abrazo, tenso, muerto,
no hace al alma desfallecer. Una mirada sin reflejo, sin luz en la profundidad.
Una caricia congelada, sin fuego, sin pasión. Palabras huecas, sin razón.
Entiende, entiende corazón, se ha muerto, se ha muerto el amor.
XI
Adiós
Una lágrima de mujer, como perla cristalina. Una lágrima de hombre, como
dragón que desfallece. Se entremezclan, se vuelven una sola lágrima. Una sola
lágrima al contacto del adiós.
XII
La nieve
La tierra se cubría de una blanca capa de nieve, los copos multiformes y
fríos caían en un espectáculo incomparable. Hacía frío, mucho frío.
Ella se abrazaba fuertemente a él,
como si quisiera fundirse en un solo cuerpo. Él también la abrazaba, pero frío
como la nieve que caía. Ella se abrazaba
fuertemente a él, pero no por el frío, sino porque sabía que ese sería el
último abrazo. Él, sabiendo lo mismo seguía frío ante el abrazo.
-No te vayas, -retumbó una dulce voz
de mujer-. ¿Qué será de mí sin ti? No te vayas de mi lado.
El amor se acabó, -dijo él-. El amor
se acabó.
El hombre separó lentamente a la
mujer y limpiando sus gélidas lágrimas le dijo adiós.
Ella miraba a su amado alejarse para
siempre entre la nieve y lloró, amargamente lloró. Él se fue para siempre y las
lágrimas de ella, se convirtieron en un copo de nieve.
XIII
La traición
Le besé los labios a la soledad mientras me abrazaba de su espalda. Y le dije adiós a su recuerdo, no la
volveré a soñar. La amé, mucho la amé, no la amaré más. Su traición me
destrozo, al olvido amaré.
XIV
Ganador
A pesar de tu cruel traición te perdoné e intenté comenzar de nuevo, pero
tú me rechazabas diciendo que me
amabas pero que lo amabas
también a él. Meses de ruego en vano, tú me besabas y
decías amarme, pero no volvías conmigo, a él, lo veías cada nunca.
Un día me encontré a una mujer que
se entregó por completo sin pedir nada a cambio y la amé, tú, al darte cuenta
de esto, lloraste y me dijiste las palabras de ruego que yo te dije antes.
Tú inventaste este juego y no lo
supiste ganar. Yo fui víctima de tú juego, sin embargo, aprendí a ganar. Adiós
amor, esta es la última vez que te digo amor.
XV
Amores rotos
No sólo un adiós al amor es un amor roto. La muerte, la distancia, el
olvido, una flor seca, las olas del mar, la nube viajera, la última palabra,
una lágrima. Todo esto es un amor roto. Todo esto y mucho más.
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