La libertad, en los
países cuyos gobiernos la pregonan a los cuatro vientos, es una falacia, porque
dicha libertad consiste en escuchar lo que ellos hablan, en ver lo que ellos
ven, en hacer lo que ellos quieran que se haga, en sentir las sensaciones
prefabricadas. Ellos hablan de libertad al mundo, que todos los países sean
como ellos, mas sin embargo, en sus propias calles y aún en sus propios hogares
hay esclavos, de la violencia, de la depravación, de las drogas, y, ¿no pueden
libertarlos? Es por eso que la libertad en los países libres es una falacia.
Por
otro lado, la libertad en los países cuyos gobiernos son enemigos de la
libertad, es una utopía, un sueño borroso y lejano. Prefieren estar sometidos,
dicen ellos, que ser esclavos de la libertad de los otros.
En todo
caso, la libertad en cualquier parte del mundo no existe por completo, todos
somos esclavos de algún otro. La única verdadera libertad es cada latido de
nuestro corazón, cada sentimiento de nuestra alma y cada pensamiento en lo
profundo de nuestra mente.
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