Un día me encontré una escalera que tenía un letrero que decía:
“Al
final de la escalera está el paraíso”.
La
escalera era tan alta que no le alcanzaba a ver el final, pero el premio era
demasiado tentador y acepté el reto de subir por ella.
El
primer peldaño no ofreció mucha resistencia, fue fácil llegar a él. Este
peldaño decía:
“Bienvenido,
hoy has comenzado el camino al paraíso”.
El
segundo peldaño fue un poco más difícil de conquistar, era bastante alto, y
decía:
“Hoy
diste tu primer paso, de aquí en adelante nadie podrá detener tu andar, ni aún
las caídas lo harán”.
El
tercer peldaño fue un poco más complicado que los anteriores, pero logré llegar
a él, y decía:
“Has
aprendido el valor de las palabras, ese poder te llevará a un final feliz y
deseado si logras usarlo como un elevador y no como un arma”.
El
cuarto peldaño tenía espinas enredadas que dificultaban el ascenso, pero aunque
mis manos sangraron logré conquistar su altura. Este peldaño decía:
“La
sabiduría no es parte del ser, la sabiduría se gana con esfuerzo, paciencia y
dedicación. Hoy, has sembrado la semilla de la sabiduría, cuídala, riégala,
abónala, para que el día de mañana de el fruto deseado”.
El quinto peldaño
fue una traición, (así lo pensé yo). Al colocarme sobre ese peldaño se rompió y
caí hasta el principio de la escalera. Por un momento estuve tentado de irme a
otro lado, pero la tentación de llegar al paraíso fue más grande y comencé de
nuevo la subida. Subir de nuevo no fue
difícil, pues ya conocía los secretos para conquistar cada peldaño, además que
había personas que me impulsaban a seguir subiendo.
Cuando
llegué de nuevo al cuarto peldaño vi que el quinto estaba roto y el sexto
estaba demasiado lejos. Hice un gran esfuerzo, no podía detenerme. Escalé como
pude, mi piel se rasgó, el cansancio me atacó, lloré, sangré, pero no me detuve
mas que para descansar y sanar mis heridas. Por fin, después de tanto esfuerzo
llegué al sexto peldaño que decía:
“Encontraste
el tesoro más preciado que el hombre puede tener; el amor. Cuídalo, hazlo
crecer día a día, porque ese amor te acompañará por el resto de tus días, será
tu apoyo y compañía aún en la eternidad del paraíso”.
El
séptimo peldaño no fue fácil de alcanzar, tardé mucho tiempo en alcanzarlo y el
esfuerzo fue grande, pero el ascenso se me hizo liviano porque tenía quien me
ayudara y a quien ayudar, y juntos conquistamos el peldaño que decía:
“La
sabiduría no deja de crecer aquí, si bien tienes su fruto en la mano, recuerda
que cada primavera reverdece la hierba, florecen los árboles y brotan los
nuevos frutos”.
El
octavo peldaño fue uno de los más anhelados de mi subida. El peldaño decía:
“Ya
no soy yo, ni eres tú, somos nosotros, un nosotros que no son varios, sino
uno solo hasta el final del
siempre. Mañana el uno solo seremos varios, tal vez tres, o
cuatro, o cinco, pero nunca dejaremos de ser uno solo”.
(Después de este peldaño el ascenso ya no
sería mío, sino nuestro).
El
noveno peldaño fue complicado de conquistar, a pesar del esfuerzo mutuo, pero
la lucha valió la pena y por fin llegamos a él, y decía:
“Bien
podrías decir que has logrado tu objetivo, pero el verdadero esfuerzo comienza
aquí, el pasado ya pasó y el futuro está entre nubes, hoy estás forjando el
resto del camino, de ti depende llegar al paraíso”.
La
más grande felicidad de mi vida la encontré en el décimo peldaño, (la
encontramos). El peldaño decía:
“Sus
vidas y su ascenso no importan mas, ahora lo importante es la vida y el ascenso
de los que han nacido de ustedes”.
El
final de la escalera aún está lejos, nosotros estamos entre las nubes, pero
nuestro ascenso sigue con esfuerzo y dedicación, por nosotros mismos y por los
que han nacido de nosotros. En nuestro subir ha habido caídas, pero nada que
nos pueda detener. Ha habido espinas, pero nada que nos arrebate la fe.
Seguimos ascendiendo por la escalera de la vida peldaño a peldaño porque
nuestra seguridad es que al final de la escalera encontraremos el paraíso.
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