Los sueños son parte de nuestra vida, todos soñamos. Algunos todas las
noches, otros sólo algunas. Muchos los recuerdan, otros los olvidan. Algunos
les dan mucha importancia, para otros no importan.
Así
son los sueños. Yo tengo dos sueños que se repiten constantemente y perturban
la paz de mi mente, y me gustaría saber si tienen un mensaje.
En
la vida también existen visiones, estas son más extrañas y muy pocos son los
que quieren hablar de ellas. Yo, repetidamente tengo una visión que perturba mi
mente y mi vida, y m encantaría saber su simbolismo.
Estos
son mis sueños y mi visión…
I
El camino de las flores
Voy caminando tranquilamente por un camino a la orilla de un profundo
barranco. De pronto un anciano se acerca a mí por el camino y en su mano trae
una flor blanca, al estar cerca de mí, el anciano me entrega la flor y me dice:
-Mira
como se deshoja la flor del cielo, pero no importa porque sólo una lágrima
caerá de tu ojo. Al terminar de hablar el anciano se aleja por el camino del
barranco.
Más
adelante me encuentro con una pequeña niña que trae una flor azul. Ella me
entrega la flor y me dice:
-Que
pronta se va la vida, ayer era un embrión, hoy envejezco, mañana polvo seré.
La
niña se va llorando por el camino. Yo sigo caminando, en mi mano sostengo una
flor blanca y una azul.
Después
de caminar un rato junto al barranco que parece no tener final me encuentro con
una mujer que lleva en su mano una flor roja. La mujer me entrega la flor y me
dice:
-Si yo pudiera conocerte no te olvidaría jamás, serías mi todo, mas sin
embargo, sólo eres mi olvido. La
mujer se aleja de mí por el camino y al alejarse me arroja besos con su mano,
pero yo no la conozco.
Después de mucho caminar aún conservo las tres flores. Pasa el tiempo
sin que me encuentre a nadie más, pero después veo que un hombre se acerca a mí
por el camino, su rostro y su cuerpo me son muy familiares, como si fuera un
espejo y al acercarse más a mí descubro con horror que soy yo mismo.
El otro yo trae en su mano una flor negra y sus espinas lo han hecho
sangrar. El otro yo me entrega la flor y me dice:
-En vano has guardado las flores de color, el tiempo es cruel y las ha
convertido en polvo que el viento esparcirá en el camino. En vano has caminado
por el camino que no te llevará a ningún lugar. En vano te compadeces por la
sangre de mi mano, al entregarte la flor negra, mi sangre se volvió tu sangre y
ennegreció tu cielo, tu camino y tu corazón. En vano temiste a la profundidad
del barranco, aún así caerás y te consumirás en sus llamas.
Mi otro yo me mira y me dice:
-Sólo una lágrima caerá de tus ojos y jamás terminé de conocerte. Hoy
seré polvo y tu olvido me regalará mil flores de color.
Al terminar de hablar mi otro yo se lanza al fondo del barranco. Con
desesperación lo veo caer y grito desesperado. Es entonces cuando despierto
sudando de frío…
II
Las
cavernas del sagrado nombre
En una montaña alta encuentro una caverna y en su entrada un letrero que
dice:
“Las
cavernas del sagrado nombre; aquel que entre en ellas no podrá salir
jamás”.
La
curiosidad me invade y pienso que si entro sólo un poco no pasará nada, doy dos
pasos dentro de la caverna, observo que es muy amplia y que contiene
impresionantes formaciones rocosas.
Quisiera entrar, pero recuerdo el
anuncio de la entrada y decido regresar. Doy la vuelta para salir de las
cavernas y con terror veo que no hay salida, en donde estaba sólo queda una
gran roca. La desesperación me invade al sentirme atrapado en las cavernas,
pero pienso que en algún lugar de la caverna debe de haber una salida, así que
decido buscarla antes que morir encerrado.
Comienzo
a caminar por las cavernas, al caminar encuentro formidables bóvedas. Al llegar
a cada bóveda leo un letrero que dice su nombre y lo que simboliza.
“La
bóveda del águila y el león”.
Significa
el poder del cielo y de la tierra. Al entrar en esta bóveda observo una roca
que parece el vuelo de un águila y otra que aparenta ser un fiero león. Para mi
gran sorpresa las rocas comienzan a moverse, el águila y el león me miran e
intentan atacarme, pero huyo veloz de esa bóveda.
Sigo
buscando la salida de las cavernas del sagrado nombre. Recorro pasillos de
estalactitas y estalacnitas, la humedad intensa me sofoca y la escasa luz
proveniente de no sé donde apenas me
permite ver mi camino.
“La
bóveda de la gran cascada”.
Significa
la caída de la vida. En esta gran bóveda hay miles de cavernas pequeñas y
pienso que una de
ellas puede ser la salida. Hay también una cascada de
piedra que repentinamente se transforma en agua pura y cristalina que corre por
toda la caverna en forma de río, bebo de sus aguas y calmo un poco mi calor. Al
estar más fresco comienzo a buscar la salida en las pequeñas cavernas pero
siempre termino en otra caverna. La
bóveda de la gran cascada comienza a inundarse y tengo que abandonarla para no
ahogarme.
Sigo
caminando dentro de las cavernas y pronto encuentro otra bóveda, su nombre es:
“La
bóveda de la luz”.
Significa
la esperanza de salir de la oscuridad. En ésta bóveda hay un hueco pequeño que llega hasta la superficie de la
tierra. Al estar el sol en alto entra la luz e ilumina toda la bóveda, ese
pequeño hueco me permite ver por un instante el exterior de la caverna y me
llena de esperanza. (Si fuera una mosca podría ser libre).
Sigo
buscando la salida lleno de esperanza, pero no la puedo encontrar, y por más
que busco, nunca la encuentro, y despierto llorando de miedo…
III
La
propia muerte
A la distancia, con el sol ocultándose tras las montañas, veía la
silueta de un hombre que, tenazmente acomodaba grandes piedras en forma de
montículo justo al pie de un enorme árbol. Todo se veía oscuro, entre las
sombras y no podía distinguir con claridad la identidad del hombre, ni lo que
construía con las piedras, ni tampoco la clase de árbol que estaba junto a él.
De pronto, un poderoso rayo descendió del cielo y partió en dos al enorme
árbol. El fuego iluminó el rostro del hombre y pude ver que era yo, la
construcción de piedras era un sepulcro, y un letrero decía mi nombre. ¡Era mi
propio sepulcro! Yo mismo me había sepultado…
Inmediatamente
cambiaba la escena…
Un
niño escarbaba entre una pila de cráneos, mientras sus ojos derramaban un
triste llanto. Yo miraba desde la distancia sin entender lo que aquel pequeño
buscaba y sin comprender su terrible dolor. De pronto, en el rostro del niño se
dibujaba una gran sonrisa, al parecer había encontrado lo que con tanto afán
buscaba. De un brinco se acercó a mí. Sus manos sostenían algo por detrás de
su espalada y cuando
mostró lo que era
noté que su preciado objeto era
mi cráneo. ¡Era mi propia muerte! Yo mismo me había matado.
Estos
son mis sueños y mi visión, no los puedo entender, pero si hay alguien que me
los pueda explicar le estaré eternamente agradecido.
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