martes, 13 de marzo de 2012

TUMBA DE SAL


 
Una pequeña parte del gran mar observaba con atención la llegada del río.
            -Hace siglos que llega el río al mar, -pensó-. Siempre es igual, la vida nunca cambia. Yo voy a hacer que cambie, iré río arriba para conocer todos esos maravillosos lugares.
            La pequeña parte del gran mar comenzó a moverse rumbo a la desembocadura del río. Miró hacia enfrente y dijo:
            -Soy más fuerte que el río, fácilmente iré contra la corriente y llegaré hasta su nacimiento.
            -¡No lo hagas! –Gritó el gran mar-. Si tú vas contra la corriente del río provocarás un terrible desastre.
            -Claro que no, sólo voy a observar las maravillas que el río recorre y regresaré sin tocar ni dañar nada. Pronto volveré.
            La pequeña parte del gran mar se movió río arriba, el agua dulce del río no ejerció resistencia pues era más débil que el agua salada. La parte de mar iba tranquila observando la belleza de un mundo que durante siglos se había perdido. Observó las plantas y árboles que recogían nutrientes del río. Vio a muchos animales y humanos que vivían gracias a las bendiciones de las claras y dulces aguas. Miró la hermosura de los peces y las formaciones que las aguas habían hecho en las rocas en su eterno andar. Contempló el poder de las cascadas y la tranquila majestuosidad de los lagos. Iba feliz, extasiado con todo lo que observaba. Días después llegó a las montañas y se dio cuenta de que el río nacía debajo de las rocas.
            -Logré llegar a mi objetivo, -gritó-, pero no entraré en las rocas, estar bajo tierra ha de ser horrible, mejor me saldré del río a descansar un momento y regresaré al gran mar.
            La pequeña parte del mar se salió del río y formó un lago salado. Inmediatamente, escuchó un grito desgarrador:
            -¿Qué has hecho? Asesino, traidor, ser infame.
            -Perdóname montaña, no sé de que me estás hablando.
            -Mira hacia atrás, ve la destrucción y muerte que has dejado a tu paso.
            El lago salado miró hacia atrás y con horror contempló la destrucción. Las plantas se habían secado por el exceso de sal. Los peces y otros seres estaban muertos por consumir las amargas aguas. Las tierras se habían inundado por completo porque la fuerza del mar arrojó al agua dulce fuera del cauce del río. Las cascadas y los lagos estaban secos. Lo que algún día fue un paraíso, se transformó en un desierto. Todo estaba muerto.
            -No fue mi intención, -dijo atormentado el lago salado-. Solamente quería contemplar la belleza de todo. Venía tan extasiado que no vi que hacia daño a otros seres. Estoy triste por lo que he hecho. Dime montaña. ¿Cómo lo puedo arreglar? 
            -No puedes, las cosas que hacemos no se pueden cambiar. Todos tenemos una misión y un lugar en este universo, el tuyo era estar con el gran mar y darle vida a los seres que viven en él. Abandonaste tu lugar y misión y allí están las consecuencias. El universo tiene un equilibrio perfecto, si se destruye, vendrán terribles problemas. Tú destruiste ese equilibrio y tendrás que pagar por ello.
            -Estoy dispuesto a pagar el precio. Dime montaña. ¿Cuál será el castigo por mi maldad?
            -Tú no eres mala pequeña parte del mar, únicamente cometiste un terrible error, aún así recibirás tu castigo. Tu paga será quedarte aquí, no podrás regresar al gran mar.
            El lago salado se quedó en silencio durante años, eternamente arrepentido por su error. Al pasar de los años, el sol evaporó toda el agua del lago y en aquel lugar de la montaña sólo quedó una tumba de sal.
 

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