martes, 20 de marzo de 2012

EN LOS MUROS DEL PASTOR




-“Regalos que mueren, muerden, pierden la razón. Regalos que muerden, mueren, muestran el amor. Que mueren, muerden, sienten el dolor”.   
Debajo de un puente estaba sentado un hombre, sus ropas andrajosas olían mal, su cabello y su barba eran bastantes largos y desarreglados,  su piel estaba agrietada y sucia,  claramente se notaba que el hombre era un vagabundo, o un loco, o ambas cosas, y repetidamente gritaba esas palabras. Me acerqué a él y le pregunté  porque gritaba de esa forma.
-Vivo en el pasado –me contestó él-, si quieres te puedo platicar mi pasado.
-Está bien, -le dije-, puedes platicármelo.    
-En la cárcel de oro custodiada por los santos (eso decían ellos mismos) recibí una noticia, allá, en tierras lejanas y desconocidas, en la tierra de la esperanza me esperaba un regalo que cambiaría para siempre mi vida.  Era un regalo vivo,  de carne y hueso,  era una dama que no sabía que era dama. Yo estaba desesperado por ir a la tierra de la esperanza y recibir mi regalo, así que escapé de mi prisión y fui en busca de mi destino.
Aunque yo no conocía a aquella dama, en cuanto la vi la reconocí y ella me reconoció, fue como si un imán en el cosmos nos hubiera atraído, como si nos conociéramos desde siempre y como si nos amaramos desde antes de la existencia del amor. Yo cabalgaba en caballo de sueños y ella veloz corría junto a mí, brincábamos    sobre    las    espinas    del    agua    y    nos alimentábamos del fruto de una tierra bondadosa, nos escondíamos  de la  luz  del  cielo y  recorríamos   juntos y encadenados los valles repletos de pastos y ensueños. Juntos conocimos el glorioso ayer ya en ruinas y el sabor delicado de la nostalgia de aquellos claros años. Que más les puedo decir, yo aún la llevo en el corazón, aunque jamás la vuelva a ver.    
Un mal día los santos custodios me encontraron y me llevaron preso a la cárcel de oro, a mi querida dama de castigo por mi culpa la apresaron en los muros del pastor, ella al verse sola, sin entender lo que había pasado con aquel mundo claro, sintió algo que nunca había sentido… dolor, soledad, miedo, desesperanza, melancolía, tristeza y muchos otros sentimientos revueltos con el alcohol de la amargura.      
En su desesperación vio que tenía la oportunidad de huir, se asomó por una barda, miró hacía abajo y no vio la gran altura sino la esperanza de la libertad y de volverme a mirar con sus grandes ojos de color  de  miel  y  sin  pensarlo  dos veces  saltó  al abismo,  y  no  me encontró a mí, ni a la libertad, sólo encontró a la muerte con los brazos abiertos.    
Yo supe de la muerte de mi dama por medio de los labios de un ave que también había vivido en los muros del pastor, la tristeza invadió mis ojos, porque nunca supe decirte lo que eras para mí y jamás tuve la oportunidad de ver como tu cuerpo era devorado por la tierra.     
Y me lleno más de coraje, tristeza y rencor al saber que no tengo la esperanza de volverte a ver otra vez, de saber que nunca más volverás a la vida y que serás eterna prisionera en los muros del pastor.     
Miraré de nuevo al cielo y elevaré mi última plegaría por ti: 
-“Regalos que mueren, muerden, pierden la razón. Regalos que mueren, muerden, muestran el amor. Que mueren, muerden, sienten el dolor.”  
  

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