-“Regalos que mueren,
muerden, pierden la razón. Regalos que muerden, mueren, muestran el amor. Que
mueren, muerden, sienten el dolor”.
Debajo
de un puente estaba sentado un hombre, sus ropas andrajosas olían mal, su
cabello y su barba eran bastantes largos y desarreglados, su piel estaba agrietada y sucia, claramente se notaba que el hombre era un
vagabundo, o un loco, o ambas cosas, y repetidamente gritaba esas palabras. Me
acerqué a él y le pregunté porque
gritaba de esa forma.
-Vivo
en el pasado –me contestó él-, si quieres te puedo platicar mi pasado.
-Está
bien, -le dije-, puedes platicármelo.
-En
la cárcel de oro custodiada por los santos (eso decían ellos mismos) recibí una
noticia, allá, en tierras lejanas y desconocidas, en la tierra de la esperanza
me esperaba un regalo que cambiaría para siempre mi vida. Era un regalo vivo, de carne y hueso, era una dama que no sabía que era dama. Yo
estaba desesperado por ir a la tierra de la esperanza y recibir mi regalo, así
que escapé de mi prisión y fui en busca de mi destino.
Aunque
yo no conocía a aquella dama, en cuanto la vi la reconocí y ella me reconoció,
fue como si un imán en el cosmos nos hubiera atraído, como si nos conociéramos
desde siempre y como si nos amaramos desde antes de la existencia del amor. Yo
cabalgaba en caballo de sueños y ella veloz corría junto a mí, brincábamos sobre
las espinas del agua
y nos alimentábamos del fruto
de una tierra bondadosa, nos escondíamos
de la luz del
cielo y recorríamos juntos y encadenados los valles repletos de
pastos y ensueños. Juntos conocimos el glorioso ayer ya en ruinas y el sabor
delicado de la nostalgia de aquellos claros años. Que más les puedo decir, yo
aún la llevo en el corazón, aunque jamás la vuelva a ver.
Un
mal día los santos custodios me encontraron y me llevaron preso a la cárcel de
oro, a mi querida dama de castigo por mi culpa la apresaron en los muros del
pastor, ella al verse sola, sin entender lo que había pasado con aquel mundo
claro, sintió algo que nunca había sentido… dolor, soledad, miedo,
desesperanza, melancolía, tristeza y muchos otros sentimientos revueltos con el
alcohol de la amargura.
En
su desesperación vio que tenía la oportunidad de huir, se asomó por una barda,
miró hacía abajo y no vio la gran altura sino la esperanza de la libertad y de
volverme a mirar con sus grandes ojos de color
de miel y sin pensarlo
dos veces saltó al abismo,
y no me encontró a mí, ni a la libertad, sólo
encontró a la muerte con los brazos abiertos.
Yo
supe de la muerte de mi dama por medio de los labios de un ave que también
había vivido en los muros del pastor, la tristeza invadió mis ojos, porque
nunca supe decirte lo que eras para mí y jamás tuve la oportunidad de ver como
tu cuerpo era devorado por la tierra.
Y
me lleno más de coraje, tristeza y rencor al saber que no tengo la esperanza de
volverte a ver otra vez, de saber que nunca más volverás a la vida y que serás
eterna prisionera en los muros del pastor.
Miraré
de nuevo al cielo y elevaré mi última plegaría por ti:
-“Regalos que mueren, muerden, pierden la razón.
Regalos que mueren, muerden, muestran el amor. Que mueren, muerden, sienten el
dolor.”
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